Fotografías verbales: Gol, despertame gol

Fotografías verbales


Escrito por: Juan Miguel Álvarez
Foto: Alexis Múnera

#FotografíasVerbales

Nuevo espacio de Afluentes

Gol, despertame gol

(Córdoba, Argentina)

 

Media tarde de viernes. Por la ventana, el sol crepita sobre Avenida Corrientes, esquina del Luna Park. Hace instantes: pasta corta, ensalada, vino en jarra. Ahora, el letargo de la duermevela, cabeza va, cabeza viene, baba en el sofá y el aleteo de un mosquito que se solaza en un reguero de algo.

De súbito, grito desesperado: “Gooool, goooool, goooooooooooooooooooooool”, tono de narrador agotado, pienso, celebración del gol soñado, pienso: final de Mundial, último minuto, chalaca de espalda al arco y la pelota que entra por el rincón apenas entre horizontal y vertical. Pienso. Nada de eso. Falsa alarma. Es el despertador del teléfono móvil de Dante.

Dante se apellida Leguizamón, cordobés, cronista judicial en su provincia.

—Qué manera criminal de despertarte en la mañana —le digo.

—Ni hablar, es el gol de mi vida.

—¿Y quién hizo el gol, Maradona contra Inglaterra en el 86?

—No —me responde Dante—. Es el gol de la Paternidad Albiazul: Talleres sobre Belgrano.

Un clásico de provincia, un clásico de equipos hoy casi inexistentes.

—Los dos más grandes equipos de Córdoba son Talleres y Belgrano —Dante me cuenta la historia—. Tienen más de cien años. Belgrano nació en los ferrocarriles de Belgrano y Talleres surgió de los talleres de ese ferrocarril. Talleres tiene dos o tres años menos que Belgrano, habría que buscarlo en la web. Y desde ahí nació el clásico.

”En esos años se jugaba el Campeonato Metropolitano con River, Boca, Independiente… todos clubes de Buenos Aires; y se jugaban ligas provinciales. El clásico más notorio de la Liga de Córdoba ha sido el de Talleres y Belgrano. Si se han enfrentado en 200 partidos, cada uno debe haber ganado 98 y deben haber unos 20 empates. Muy parejo. Por el juego exquisito, el estadio de Talleres se llamó La Boutique; el de Belgrano, el Gigante de Alberdi ubicado sobre la calle Arturo Orgaz. De ahí nuestra canción: ‘Y vamos a dar la vuelta/ la vamos a dedicar/ a esos negros putos del Arturo Orgaz’.

”En la década del setenta se empezó a jugar un torneo llamado el Nacional. Una manera que tuvo la AFA de vincular los equipos del Interior a los torneos de Buenos Aires. Talleres y Belgrano comenzaron a jugar contra River, contra Boca, contra todos y allí empezó la era de gloria de Talleres porque no solo demostró que estaba al nivel de los equipos de Buenos Aires, también que les ganaba. Llegó a dos finales y a una semifinal. Belgrano no tuvo esa proyección en ese momento. Más tarde se creó el torneo de primera y el de segunda, con posibilidad de ascenso y descenso, y a Talleres, por decreto, se le dio la oportunidad de competir en los torneos nacionales; a los otros equipos de Córdoba y demás provincias les tocó participar en el Ascenso.

”No es casual que a Talleres se le haya dado ese beneficio. El dictador que gobernaba en Córdoba se llamaba Luciano Benjamín Menéndez y era hincha de Talleres. Se decía que como Talleres era un símbolo de Córdoba, parte del proyecto político de Menéndez era tener ese equipo en el Nacional. Y me dijo Carlos Hairabedian, un abogado penalista de Córdoba preso político de Menéndez, que ellos que eran hinchas de Talleres, mientras estaban presos festejaron la derrota de Talleres en la final de 1977 contra el Independiente de Bochini y Bertoni —el Independiente que ganó todo en el mundo—, porque en ese contexto la victoria de Talleres hubiera sido el símbolo político del éxito de Menéndez. Imaginate a Menéndez: consideraba a Videla la mano blanda de la dictadura y en 1978 le intentó un golpe de estado porque decía que Videla era un cagón; hacé esa lectura de Menéndez: un perverso hijo de mil putas.

”Desde esa derrota, nos quedó el mote de Gallinas. Fue vergonzoso: a Independiente le echaron a cuatro jugadores, el equipo se estaba yendo de la cancha y el técnico les dijo: ‘No. Hay que quedarse y jugar’, y con cuatro jugadores menos nos hicieron un gol y ganaron el torneo. En los años ochenta, Talleres empezó a volverse un equipo de mitad de tabla hasta que en los noventa terminó descendiendo a la B.

”En 1998, Ricardo Gareca entrenó a Talleres y logró armar con puros jugadores de la cantera un equipo para regresar a la A. El torneo de la B era un todos contra todos y los dos primeros de la tabla jugaban una final; el ganador ascendía. Y fue que Talleres y Belgrano llegaron a la final, partidos de ida y vuelta en el estadio más grande de Córdoba que hoy se llama Mario Alberto Kempes, 55 mil espectadores, la popular sur para Talleres, la popular norte para Belgrano. No se hablaba de otra cosa en Córdoba, el partido de fútbol más importante de la provincia en cincuenta años.

”La ida la ganó Talleres con gol del Cachi Celaya: desborde de Albornoz, tira el centro y gol del Cachi Celaya. En la vuelta, Talleres hizo el primer gol y tenía prácticamente asegurado el ascenso. No sé en qué momento Artime, el mejor de Belgrano, hizo un gol y empataron pero seguía ascendiendo Talleres debido a la victoria del primer partido. Hasta que en el minuto 47 del segundo tiempo, tiro libre a favor de Belgrano sobre la línea del área de Talleres. Fue Sosa. Vos veías la tribuna de Talleres y todos nos agarrábamos la cabeza y nos tapábamos los ojos. El peor universo posible era ese: un tiro libre en el último minuto en los pies de Sosa. Todos los jugadores de Talleres se miraban porque sabían que iba a ser gol. Nada peor podía pasar y pasó. Ni un penal hubiera sido tan complicado como esa situación porque Cuenca, el arquero de Talleres, atajaba penales muy bien. Y fue gol. Cuenca armó la barrera y se paró detrás de ella y descuidó el otro palo, ¡una cosa de locos! Sosa pateó al palo libre y ya está.

”Alargue.

”Talleres tenía a Humoller, el líbero, encalambrado. Fue un sufrimiento. Los dos equipos atacaban. Era tal el nivel de tensión que cada vez que Humoller tenía que salir a cruzar a un atacante de Belgrano y tenía que meter la pierna encalambrada gritaba de dolor: ahhgggggghagggg y todo el estadio escuchaba y nos agarrábamos la cabeza. Una tensión tremenda.

”Conclusión: penales. No recuerdo cómo fue la serie. El arquero de Belgrano era Ragg, un tipo que tenía dientes de conejo. Un segundo delantero de Talleres que le peleaba la titular al Cachi Celaya, Luis Oste, le tocó patear el último penal. Se paró frente a la pelota. Sufríamos. Y pateó a la derecha de Ragg y Ragg se tiró a su izquierda. Golazo… Golazo… Ascenso de Talleres y Belgrano para siempre en la B. Ahí comenzó la Paternidad Albiazul, el 5 de julio de 1998. Fue un partido larguísimo: recuerdo que empezó con el sol en la cabeza, tipo tres de la tarde, y terminó de noche.

”Desde entonces, cada 5 de julio la hinchada de Talleres va al Patio Olmos, que es un sector de Córdoba donde se encuentra la gente de la ciudad, como el Obelisco en Buenos Aires; también va Oste con la camiseta que tenía ese día del penal, viene de donde esté, no importa si está fuera del país, llega. Uno de los hinchas de Talleres se disfraza de Ragg con una máscara de conejo, hay bengalas, llevan un arco de futbolito con malla, y Oste va y patea el penal a la misma parte y el muñeco de Ragg se tira a la misma parte y siempre es gol y la gente lo grita, lo canta, y después la hinchada abraza a Oste, lo sube en hombros y le da una vuelta coreando: ‘Un minuto de silencio, pa’ Belgrano que está muerto, aeae aeae aeae’”. Tenés que verlo en Youtube.

—¿Y qué dicen los hinchas de Belgrano?

—No, nada. Todos los medios de Córdoba están llenos de hinchas de Belgrano, así que nunca sale publicado nada de esto en prensa.

—¿Cómo llegaste al despertador del móvil?

—Una tarde, en casa de mi viejo, sin darme cuenta él hizo que mi hermano lo llamara. Y lo escuché. Me puse loco, qué rico, y me lo pasó. La narración es de Oswaldo Weber que en ese momento ya no trabajaba en Córdoba, pero fue contratado para narrar esa final. ¿Viste que es  muy bueno?

 —¿Y vos has visto a Talleres quedar campeón de la primera categoría?

—En la A, ¡nunca!

—¿Realmente te despertás todas las mañanas con ese gol?

—Ya no todas. Cuando mi mujer me deja. Aturde, ¿viste?

 

Nuevo espacio de Afluentes Fotografías verbales Por: Juan Miguel Álvarez.

Con el nombre de ‘Fotografías verbales’ llevé durante unos meses de 2016 una columna en la revista Vice. Pasados estos años, con muchos más viajes a cuestas, retomo el ejercicio a partir de hoy pero en nuestra agencia Baudó AP. Se trata de narrar una historia real, un episodio, un movimiento y su estela en el tiempo, poner en palabras una sensación, convertir una fotografía mental en palabras.

En principio, será un texto cada mes. Luego, veremos si eso cambia.

Invitadísimos a leer, comentar y compartir.

Fotografías verbales Por Juan Miguel Álvarez

Nuevo espacio de Afluentes
Fotografías verbales
Por: Juan Miguel Álvarez

Con el nombre de ‘Fotografías verbales’ llevé durante unos meses de 2016 una columna en la revista Vice. Pasados estos años, con muchos más viajes a cuestas, retomo el ejercicio a partir de hoy pero en nuestra agencia Baudó AP.

Se trata de narrar una historia real, un episodio, un movimiento y su estela en el tiempo, poner en palabras una sensación, convertir una fotografía mental en palabras.

En principio, será un texto cada mes. Luego, veremos si eso cambia.

Invitadísimos a leer, comentar y compartir.

 

El exilio por tres canciones Una entrevista a Jandir Rodríguez

Texto: Daniela Mejía Castaño
Ilustración: Laura Villa

El exilio por tres canciones

Una entrevista a Jandir Rodríguez

Después de las protestas sociales que se iniciaron en Nicaragua el 18 de abril de 2018, y según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en el país han sido asesinadas 325 personas, más de 700  han sido sometidas a procesos penales y 70.000 nicaragüenses han pedido asilo en países como Costa Rica, México y Estados Unidos. La historia de Jandir es un caso que puede representar el destino de quienes se han opuesto al régimen autoritario del presidente Ortega.

La primera cosa que Jandir se ganó en la vida fue gracias al canto. Él tenía 4 años y cantaba afinadito mientras su abuela lo bañaba. Una vez quiso una lonchera para llevarla al preescolar y ella le dijo “te la doy si me cantás un canción”. Jandir, entonces, entonó una ranchera llamada “Y me bebí tu recuerdo”. Al día siguiente tenía fiambrera nueva y dice que eso nunca se le olvida, que desde ahí la música marcó su vida.

   No era algo ajeno a su familia; los tíos de su padre eran músicos y hacían parte de una banda filarmónica en la que, años después del episodio de la lonchera, Jandir llegó a tocar el redoblante. Luego estudió trompeta y piano, pero las practicas con esos instrumentos siempre terminaron en desencanto. Lo último que llegó a su vida fue la guitarra y con ella “sí vinieron las canciones y las composiciones”.

   Jandir alimentaba su pasión por la música sentado durante horas frente a la tele o al computador viendo las entrevistas de los que él admiraba: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Fernando Delgadillo, los exponentes de la nueva trova cubana. “Buscaba en ellos un algo, un camino para saber cómo debía hacerlo yo”, dice. Otras veces era la realidad de su país la que le daba lecciones: cuando él tenía 10 años el gobierno le negó el tradicional 6 por ciento del presupuesto público nacional a la universidades y los estudiantes protestaron en las calles mientras ponían la canción “Los estudiantes”, de Violeta Parra. “Yo veía aquella inspiración que esa música les transmitía y me decía que quería escribir canciones así” .

   Y las canciones así, con valor y fuerza, las escribió pronto. La primera la compuso tras el incendio en la Reserva Biológica Indio Maíz, ocurrido el 3 de abril del 2018 y que pese a las alertas tempranas no fue atendido por el gobierno nicaragüense sino hasta tres días después. El descuido dejó en cenizas más de cinco mil hectáreas de bosque tropical húmedo. Ambientalistas y vecinos de la reserva denunciaron que el fuego había sido provocado por agricultores que buscaban “limpiar” las tierras para el ganado y, aunque Daniel Ortega prohibió las quemas días después del incendio, la respuesta fue demasiado tarde. Jandir, entonces, cantó:

Déjame ser el árbol que permita ver la aurora
Me internaré a salvar Indio Maíz del fuego y del hacha destructora
Déjame ser el joven que se quiere comprometer con un país carente de amor y empatía
Con mi gente que lucha por el pan día con día…

Quince días después del incendio, el gobierno nicaragüense publicó la reforma al Instituto de Seguridad Social como respuesta a las advertencias del Fondo Monetario Internacional sobre el déficit económico de la entidad desde 2017. Una de las recomendaciones del FMI era aumentar la edad de jubilación, pero Ortega, en vez de hacer esto, redujo el monto de las pensiones a los jubilados y aumentó la cuota que empleadores y trabajadores deben aportar a la Seguridad Social. El pueblo, que solo veía una entidad estatal desangrada por la corrupción, encontró una vez más en las calles su lugar de resistencia. Tan solo en ese abril y según un reporte oficial de la ONU, hasta el día 27 habrían muerto al menos 30 personas, la mayoría estudiantes universitarios y periodistas, además de dos policías. También se suprimió la transmisión en vivo de las manifestaciones en los canales públicos de televisión por supuestos problemas técnicos que nunca fueron esclarecidos. Jandir volvió a cantar:

Hola qué tal
Soy la Nicaragua

La valiente mujer pencona que a sus hijos llora hoy

Voy a contar como esos mismos hijos sin dudarlo han defendido a su patria con amor

Y han pagado con su sangre su coraje y su valor…

La canción se convirtió en un himno que entonó casi toda Nicaragua, representaba lo que el pueblo había vivido en apenas un mes de marchas e hizo de Jandir una persona incómoda para el gobierno de Ortega, que al ver amenazado su poder contestó represivamente. Según lo denunció la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, las protestas fueron “repelidas con ataques violentos por grupos organizados progubernamentales conocidos como ‘fuerzas de choque’ o ‘turbas’”. El gobierno también hizo uso, según el mismo informe, de francotiradores para disuadir a los protestantes. La muerte de un adolescente de 15 años de edad, con una bala en su cuello que no fue atendido en el hospital público, enfureció aún más a todos. Dicen que la tercera es la vencida y Jandir, por su parte, cantó una vez más:

Y envuelto en gallardía le dolía respirar

Un libertador nacía quién lo iba a imaginar

Ni las balas lo han callado hoy es héroe en la nación

Con tan solo quince años inició una revolución… 

 

   Luego de esta tercera canción, Jandir se convirtió en un símbolo nacional de la lucha contra el gobierno de Ortega y recibió el reconocimiento de los artistas de su género. Los gobiernistas, entre tanto, lo amenazaron de muerte y él optó por exiliarse en Guatemala. Un día vio que alguien lo había etiquetado en un trino. Era un video: “Hola Jandir, aquí te habla tu hermanito mayor, Carlos Mejía Godoy. Estoy aquí con Ceshia Ubau, estamos aquí en La Sabana, en San José de Costa Rica, y todavía tengo unas lagrimitas en mis ojos porque acabo de escuchar esa canción hermosísima, que no conocía y que me avergüenza no haberla podido conocer antes, ‘Exiliado’. Una hermosísima canción, Jandir. Te admiro… Te deseo todo ese poder de convocatoria que tiene tu voz”. Y el video se corta.

   Godoy es uno de los trovadores más grandes de Nicaragua y Ubau, quien graba el video, es una de las poetizas y cantantes nueva sangre más potentes del país. Para Jandir este mensaje fue un alivio y un motivo para el orgullo propio: los que antes él veía en la tele, ahora le hablaban de tú y le hacían saber que había un camino, aunque doliera.

   Meses después de haberse exiliado vi llegar a Jandir con su guitarra, su sombrero y su maleta al aeropuerto de Ámsterdam. Me saludó como a una amiga, a pesar de que yo era una completa desconocida. Jandir estaba en Holanda como parte de una gira llamada ‘Nicaragua en la maleta’, patrocinada por nicaragüenses residentes en Europa que querían tenerlo cerca, escucharlo en vivo y, a través de él, sensibilizar a la comunidad europea sobre la crisis ‘nica’.

Pero antes de ser el músico al que Godoy llama “hermano” usted era un estudiante más de medicina y se pagaba sus estudios cantando en las misas.

   Empecé a ganar dinero en las misas cuando tenía 22 años. Me fui de mi casa, decidí independizarme, pero para poder hacerlo tenía que tener un ingreso, entonces pedí trabajo en una iglesia. Fíjate que yo estaba dispuesto a dejar los estudios, pero cuando llego a la iglesia el padre me dice que no, que yo iba a trabajar ahí pero también iba a estudiar. Viví tres años en la casa cural y creo que si no hubiera pasado todo lo que pasó yo seguiría ahí.

La música, entonces, era más un pasatiempo que le generaba algo de dinero.
   

Pero siempre soñé con estudiarla, lo que pasa es que en Nicaragua no hay una universidad que ofrezca la música como una carrera universitaria. No hay apoyo gubernamental y en la cultura no existe todavía el darse cuenta de que la música o cualquier arte en general se puede estudiar como una carrera. No tengo la oportunidad de estudiar música así que dije “voy a estudiar medicina”.

Ahí hay un quiebre en su vida: usted siendo estudiante escribió “Déjame ser” como respuesta a los incendios en Indio Maíz, y la canción fue escuchada; luego, compuso “Héroes de abril”, y la canción se viralizó. Esa canción es la estocada final de su exilio…

   Mirá, la gente ha dicho que “Héroes de abril” nació en el momento justo y fue porque yo recogí todo el sentimiento y lo que había sucedido en un mes de protestas y que se sigue repitiendo. La subí desde mi teléfono, le hice un video con imágenes de las protestas y se viralizó en cuestión de horas. Un primo, que me dio clases de piano, la escuchó. “Esa canción va a ser un éxito, la tenés que grabar”, me dijo. Él conocía al que hoy es mi productor, Hugo Castilla, y le explicó la canción y Castilla no nos cobró la grabación. Dijo que esa era su parte para ayudar en la lucha. Después grabamos “El libertador”. Con Carlos Mejía Godoy íbamos a grabar “Alfonsina de abril” pero a la semana de haber dicho “sí, la grabamos” él tuvo que irse al exilio por las amenazas. Esa canción ni siquiera la pude grabar yo, los secuestros se intensificaron, yo no salía de mi casa. No podía trasladarme desde San Rafael del Norte a Managua, la capital, que son doscientos kilómetros porque en cualquier estación me podían hacer algo.

¿Quiénes son los héroes de abril? ¿Quién es el libertador? ¿Quién es Alfonsina?

   El libertador es Álvaro Conrado, de15 años. Él andaba dejándole botellitas de agua a los manifestantes de la Universidad Nacional de Ingeniería, que queda muy cerca al estadio nacional. Entre la universidad y el estadio hay un predio, ahí se situaban los manifestantes y en el estadio estaban los francotiradores. A Conrado un francotirador le perforó la garganta con un disparo. Los estudiantes, entre ellos de medicina, lo atendieron, le ayudaron a que no se muriera desangrado. Lo llevaron al hospital todavía consciente y con muchas oportunidades de salvarse pero le negaron la atención porque el gobierno había dado la orden de no ayudar a los manifestantes. Lo sacaron de ese hospital, lo llevaron a uno privado y llegó desangrado. Lo mataron dos veces: la bala que le dio en el cuello y la gente que no lo quiso atender. Los héroes de abril son todos los que dejaron su vida por defender a la patria durante ese mes de protestas. “Alfonsina de abril” es una canción-homenaje a las madres de ese abril, eran 87 las que hasta ese momento habían perdido a sus hijos y hoy son más de 500.

Después de esas canciones viene su exilio, ¿cómo ocurrió todo eso?

   Estaba amenazado, me decían que si no me callaba me iban a callar, me llamaban a mi teléfono, me mandaban mensajes por las redes, por la página, y entonces dejé de publicar canciones. En noviembre recibí una llamada invitándome a un campamento internacional de cantautores organizado por la Embajada Americana en Guatemala, las Naciones Unidas y una organización guatemalteca que se llama Fundadela. Todos ellos, en conexión con la embajada americana en Nicaragua, metieron una carta en Migración para que nos dejaran salir y no tuviéramos ningún problema. Y estando afuera de mi país me dije: “Voy a aprovechar porque ya después no podré”. Decidí quedarme en Guatemala el 3 de diciembre de 2018.

¿Hay investigaciones por esas amenazas?

   Ellos tienen total impunidad por todo, por las muertes, por los desaparecidos y los encarcelados. Mi registro estudiantil también lo borraron, es como si yo no hubiera pisado la universidad.

¿Qué otros artistas se encuentran en su misma situación?

   Artistas gráficos, pintores, poetas. La masa intelectual de Nicaragua está en el exilio. Sergio Ramírez, que hace nada se ganó el premio Cervantes de literatura, Gioconda Belli, escritora de renombre. Ernesto Cardenal relegado a su mínima expresión. Pedro Molina, caricaturista, acaba de ganar un premio internacional de periodismo. Los periodistas independientes, en el exilio. Músicos como Luis Enrique, la Katia Cardenal, la Nina. Está Moisés Gadea, Ceshia, por supuesto, Pastor González y su hija Ale, que también es artista. Son muchas las mujeres que han estado en los últimos años produciendo canciones de autor de una calidad muy buena y que han tenido que salir al exilio.

No es la primera vez que usted menciona a las mujeres como parte fundamental de esta lucha.

   Es que las asociaciones de feministas han sido de las más influyentes en la lucha. Cuando el gobierno logró dispersar todas las manifestaciones en el país las únicas que protestaban eran ellas. Hubo una mujer que apresaron, la llevaron al chipote y le preguntaron que de qué organización era, si era de la CIA, si era del MRS, que es un partido político, que de qué organización era y quién estaba financiando el golpe de Estado. Ella dijo que era de la asociación de las mujeres del pico rojo, sacó su labial, se lo pintó, se lo pasó a todas las mujeres y las demás se pintaron con el labial. Al siguiente día eso se viralizó en toda Nicaragua, hasta los hombres postearon fotos con el pico rojo. Son cosas increíbles.

Los estudiantes también han jugado un papel muy importante, la universidad ha sido trinchera.

   Los estudiantes y las universidades no son lo mismo. La mayoría de universidades  involucradas en esto eran públicas y no apoyaban a sus estudiantes, eran manipuladas por el gobierno. Y la respuesta del estudiantado fue tomarse esas universidades como señal de resistencia. La respuesta del gobierno, obviamente, fue matar, sacarnos con balas y que cayeran los que cayeran. En la Universidad Nacional Autónoma de Managua fueron tres días de ataques seguidos, desde el 1 al 3 de julio de 2018, y hubo dos muertos.

En definitiva, quienes parecen ser los líderes del cambio son los jóvenes, los nietos del sandinismo, como los llamó el fotoperiodista Javier Bauluz. ¿Se considera usted uno de ellos?

          Yo me considero nieto de los errores del sandinismo. Gran parte de lo que está pasando hoy es culpa de esas personas que traicionaron la revolución. Mirá, luego de que la revolución sandinista hubiera ganado en el 79, en el 82 los somocistas se armaron, patrocinados por Estados Unidos, y crearon la guerrilla que se llamó la Contra. Daniel Ortega respondió: “¡Vamos a la guerra!”. Ese fue el gran error de la revolución. Cuando muere gente en la calle, el único responsable es el Gobierno. Los errores de esa revolución los hemos pagado todos, pero los jóvenes nos hartamos de eso y dijimos no, esta no es la Nicaragua que nosotros queremos, no vamos a ser sumisos como lo estuvieron nuestros padres y abuelos.

Y hubo un momento de esperanza, de creer que la revolución cívica ganaría y usted cantó: “Hoy la victoria se gesta por debajo de la tierra/ la sangre ha sido el abono/ nuestro ideal no es de guerra…”

“Canción de liberación”. La escribí porque sentíamos que la dictadura caía, millones de personas en la calle, ellos contra las cuerdas. Nos sentimos apoyados en la OEA y que Nicaragua estaba sonando a nivel mundial, y que Ortega había cedido al diálogo y, sin embargo, después nos dimos cuenta de que no era así. ¿Qué hizo que Ortega se sostuviera ahí? Las armas, ese es su único sostén y su única base: las armas, la violencia.

Y el concepto de Dios, el lema oficial del país es Nicaragua cristiana, socialista y solidaria. El tema religioso es fundamental.

No es más que un lema de adoctrinamiento, de márquetin, de lo que vos querés venderle a la gente. El modelo cristiano aprovechándose de que el 98 por ciento de la gente es cristiana. Y si te fijás, lo ponen de primero. La iglesia católica desde que se iniciaron las protestas estuvo del lado del pueblo. Los sacerdotes se iban a la calle a ponérsele en frente a los policías para que no mataran a la gente y algunos fueron golpeados. Como la iglesia católica le dio la espalda a Ortega, ahora él está con los evangélicos. A raíz de esto hay gente que no va a la iglesia, dicen que la iglesia católica no los representa porque calló por mucho tiempo lo que ocurría en Nicaragua, incluso aceptó invitaciones a eventos del gobierno. Los evangélicos, por su parte, han guardado mucho silencio.

¿Por qué cree que Nicaragua no ha tenido el mismo eco que sí tiene Venezuela en Latinoamérica?

No tenemos petróleo. Somos el segundo país más pobre de Latinoamérica. La diferencia siempre la hace el dinero. La única razón es esa: somos pobres, los pobres no interesan. Apoyamos a Venezuela, es algo muy similar a lo nuestro y nos conviene que Maduro caiga, es uno de los gobiernos que le da oxígeno a Ortega. Pero fíjate que cuando hacen las cumbres de la OEA el único que vota a favor del pueblo es Costa Rica, los demás se abstienen o votan negativo, eso te habla de la gran indiferencia y de la gran apatía latinoamericana.

En sus trinos se ve que es creyente, ¿cómo maneja el saber que ese mismo Dios que usted adora ha servido como excusa para armar una dictadura y asesinar a quien se oponga a ella?

            Soy creyente pero no soy ciego; creo en Dios y soy católico, pero sé que hay cosas que se hacen mal. Si en Nicaragua queremos un país con libertad de expresión y con pluralidad de pensamiento, debemos aprender a respetar las posturas ajenas. El estado laico es el futuro.

Usted también trinó “Los nicaragüenses vayamos donde vayamos no nos perdemos, ya sabemos cuál es la ruta”, ¿cuál es la ruta? 

Qué se vaya ese hijueputa.

Correspondencias desde la tierra

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Texto e ilustración: Equipo mediatón

#TierraPoderosa

Mediatón Chicas Poderosas

Correspondencias desde la tierra

Este reportaje fue realizado durante la Mediatón #TierraPoderosa de Chicas Poderosas Colombia, donde más de 100 mujeres que trabajan en medios y lideresas se reunieron para crear proyectos colaborativos multimedia, con el apoyo de Google News Initiative, Open Society Foundations, Sida, Meedan y la Fundación Universitaria de Popayán.

Para ver los otros proyectos creados en la Mediatón, visita este link.

En los relatos las mujeres exponen la defensa de la tierra, sus vivencias como víctimas de violencia sexual y del conflicto armado, y su rol como mujeres y lideresas.

Generar diálogos de realidades comunes es el objetivo del especial periodístico colaborativo Correspondencias desde la Tierra. A través de un intercambio de video-cartas entre mujeres indígenas, afrocolombianas y urbanas se comparten saberes y luchas que han realizado en defensa de sus derechos y territorios.

En los relatos las mujeres exponen la defensa de la tierra, sus vivencias como víctimas de violencia sexual y del conflicto armado, y su rol como mujeres y lideresas.

En el envío de las cartas, que se realiza desde la plataforma Instagram, se explora de manera cuidadosa y respetuosa la relación entre mujer, cuerpo y territorio. La iniciativa Correspondencias desde la Tierra es el resultado de la mediatón #TierraPoderosa convocada por el colectivo Chicas Poderosas, en una apuesta por generar un periodismo colectivo.

Por medio de las cartas conoceremos los territorios y las principales problemáticas que afectan a las mujeres.

 

Este proyecto se construyó bajo la idea de antaño de escribir cartas y propiciar una relación por medio de las letras, que hoy se complementa con las voces y la imagen; es esa la excusa de Correspondencias desde la Tierra para generar cercanía, andares y transformar territorios lejanos.

Un primer tema que desarrolla esta iniciativa periodística es Mujer, entendiéndose, en un todo, como la cuidadora y defensora de derechos.

Luego viene el Cuerpo, como nuestro gran templo, muchas veces violentado, otras veces protegido y amado.

Finalmente, el Territorio, como nuestra casa, la madre tierra y la que nos da vida.

Por medio de las cartas conoceremos los territorios y las principales problemáticas que las afectan.

La participación de las personas interesadas en enviar su carta o responder a quienes han enviado sus relatos, se hace ingresando al feed de Correspondencias de la Tierra de Instagram.

“Al escribir esta carta me da mucha satisfacción de saber que he logrado transformar mis hechos de tristeza en resistencia y esto me ha llevado a cambiar imaginarios”, son las palabras de Carmen Liliana Zape Paja, indígena del pueblo Nasa, tomada de la primera video-carta que se comparten las mujeres en esta iniciativa.

Este proyecto invita a mujeres, niños, niñas, niñes y hombres de todo el mundo a encontrarse en el abrazo de las palabras y de las cartas y con ellas darle un sentido a los momentos históricos que las comunidades y el país han vivido.

La participación de las personas interesadas en enviar su carta o responder a quienes han enviado sus relatos, se hace ingresando al feed de Correspondencias de la Tierra de Instagram.

 

 

Créditos

Cartas Enviadas desde los Territorios:

Carmen Liliana Zape Paja, Caloto – Cauca

Mauselen Zambrano – Resguardo Cilia – La Calera – Miranda – Cauca

Ximena Carabalí – Buenos Aires – Cauca

Paola Jineth Silva Melo – Mocoa – Putumayo

Laura Marcela González – Carta Cuerpo – Cali

Sofía Tapasco Ramírez – Resguardo CañaMomo Lomaprieta – Caldas

Equipo creativo

Productor audiovisual y videografo

Álvaro Andrés Cardona – Productor Audiovisual

Karol Eliana Rodríguez Cabezas – Productora Audiovisual

Lady Lorena Velasco – Productora Audiovisual

Lina Angélica Gaitán Sarmiento – Productora Audiovisual

Paola Nirta – Diseñadora Gráfica

Sara Cristina Tejada Chavez- Fotógrafa y videógrafa

Laura Valentina Pardo – Fotógrafa y videógrafa

Equipo de contexto

Paola Jineth Silva Melo – Carta Mujer

Karol Eliana Rodriguez Cabezas – Carta Cuerpo

Laura Muñoz – Carta Cuerpo

Lina Angélica Gaitán Sarmiento – Carta Territorio

Editoras

Laura Marcela González

Edilma Prada Céspedes

Elizabeth Otalvaro

Productoras

Diana Marcela Tapasco

Lina Julieth Angúlo Camilo

Sara Cristina Tejada

Mentoras

Elizabeth Otálvaro Vélez

Edilma Prada Céspedes

El muro somos nosotros

Texto: Felipe Chica Jiménez
Ilustración: Victor Galeano

El muro somos nosotros

Las migraciones de pueblos oprimidos parecen ser el reto mayor de este mundo contemporáneo. Los países expulsores no imaginan cómo detener el éxodo, mientras que los receptores parecen poco solidarios. La siguiente crónica narra un episodio en la frontera mexicana, que amén de escasa esperanza, revela una enconada xenofobia.

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Antonio Pineda hundía los dedos del pie en la arena cuando sonaron los primeros disparos. Mirábamos el río Suchiate que corta a México con el resto de Centroamérica. El caserío a nuestras espaldas era Tecún Umán, un poblado al norte de Guatemala famoso por su pollo frito.  Recuerdo que Toño, como el mismo se me presentó, era un joven menudo de origen hondureño.

Los estallidos parecían la señal de algo. Toño y yo corrimos guiados por gritos que se hacían más intensos conforme nos acercábamos al pueblo. Tras el cerco de árboles, el cotidiano ir y venir de la gente se había tornado en una riña uniforme. Los forcejeos habían comenzado cerca de la iglesia cuando un grupo de lugareños se encapucharon con sus camisas y se lanzaron a palo y piedra contra la multitud de migrantes que desde hacía tres días había ocupado el único parque del pueblo. Podían ser unos tres mil, en su mayoría de origen hondureño.

A tan solo una calle de distancia, policías inmóviles presenciaban la situación con rutina en la mirada. A sus espaldas, bajo la sombra del palacio municipal, los acompañaba Erik Zúñiga con los brazos cruzados. Erik fungía como alcalde de Tecún Umán, un municipio que a principios del 2000 llegó a ser de los más violentos de Guatemala. Sus habitantes, mitad campesinos, mitad contrabandistas, solían culpar al extranjero de todas sus desgracias. Consiente de que involucrar las fuerzas policiales en la expulsión de una multitud indefensa constituía un acto de estupidez política, Erick optó por convocar en secreto sus ciudadanos para que fueran ellos quienes recobraran la normalidad del pueblo. Los primeros inconformes con la medida fueron una recua de hombres que se lucraban de cruzar a lomo de río cuanto migrante cupiera en sus balsas.

La gresca tuvo por aliado al sol de medio día. Aligeré el paso en compañía de Toño, quien iba en busca de sus pertenencias. Mientras empacaba sus dos mudas de ropa tendidas al sol, otros tres disparos rasgaron el aire. La multitud huyó desesperada hasta el puente fronterizo derribando las vallas metálicas que la separaban de México, penetrando en las instalaciones aduaneras de ese país, cantando a pulmón herido el himno de Honduras.

A orillas del río, la situación era otra. Aterrorizados con la idea de ser deportados, un grupo de muchachos saltó al agua. El río, de carácter sinuoso, significaba una puerta de entrada a México menos burocrática. Más discreta. Toño fue con ellos y nadó hasta las orillas que dan con Ciudad Hidalgo, la última ciudad al sur de todo México. Al fondo, los Guatemaltecos encapuchados se sacudían el polvo. Tres fotógrafos los seguían.

Aterrorizados con la idea de ser deportados, un grupo de muchachos saltó al agua. El río, de carácter sinuoso, significaba una puerta de entrada a México menos burocrática.

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¿Por qué miles de migrantes centroamericanos dejaron sus países para atravesar caminando un México del que solo llegan malas noticias? Era la pregunta que para entonces muchos se hacían de este lado de la frontera. Según Toño, todo comenzó con un simple mensaje en redes sociales firmado por un tal Irineo Mujica, activista de Pueblos Sin Fronteras. Se trataba de una inusual convocatoria para ser parte de una caravana cuyo único objeto era caminar desde Tegucigalpa hasta Tijuana en busca del sueño americano. El llamado, por loco que se leyera, bastó para que miles se fueran escurriendo entre las calles, juntándose en las avenidas y formando un torrente de gente a las afueras de la capital hondureña.

Así llegó Toño a orillas mexicanas. Uno a uno los demás migrantes, retenidos en el punto de control aduanero, fueron entrando al país del progresista mexicano Andrés Manuel López Obrador, quien ordenó expedir una visa humanitaria a quienes portaran sus papeles de origen. El proceso tardó dos días. Al ingresar por el río, Toño se convirtió en uno de los miles que se escaparon a las estadísticas migratorias de ese país. Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Migración estimaban que unos 42.000 migrantes entraron a México en caravanas como estas desde mediados del 2018.

La tarde se fue deshaciendo mientras los miembros de la caravana se juntaron sobre la plaza central de Ciudad Hidalgo. Un grupo de mujeres mexicanas se acercó a ellos con ollas humeantes repletas de comida. Fue hasta el día siguiente que la caravana emprendió camino a pie hacia la ciudad de Tapachula. Atrás, Tegucigalpa, San Salvador y Tecún Umán; en frente, 3.200 kilómetros de un país que el escritor Juan Villoro comparó con Hannibal Lecter, por su infinita capacidad de crueldad.  

Tres horas bastaron para llegar a Tapachula y otras seis a Tuxtla Gutiérrez. En esta ciudad del Estado de Chiapas todos esperaban noticias de Irineo Mujica. Días atrás, el hombre habría llegado desde Estados Unidos a Guatemala para encontrarse con la multitud. Para ese momento ya la caravana era noticia internacional.  Mujica se acercaba a la frontera cuando fue puesto preso acusado de tráfico de personas. Un juez mexicano ordenó su libertad, luego de no hallar pruebas en su contra. Desde entonces, el paradero de aquel hombre es impreciso. La caravana a la que me integré recibió noticias suyas provenientes de Baja California, cerca de la frontera con Norteamérica. Dicen que Mujica habría llegado a ese lugar en avión para ayudar a algunas familias a cruzar hacia San Diego, Estados Unidos. Todos se preguntaban cómo aquel activista podía viajar de esa forma por todo México.

Mientras tanto, a la altura de Tuxtla, la caravana seguía esperando sus señales. Allí el camino se dividía en dos, según recuerdo. Unos querían seguir hacia el Estado de Veracruz en busca del tren conocido como “La Bestia”. Otros pensaban seguir el costado occidental en dirección a Michoacán y Guanajuato. A juzgar por las noticias, la diferencia se medía en probabilidades de muerte a manos de algún cartel.

Afuera, en las calles mexicanas, la gente se preguntaba cuál era la razón de una migración de esa magnitud. Que si era Donald Trump presionando a los demócratas para firmar la financiación del muro. Que si eran los demócratas confabulados contra el hombre más poderoso del mundo. Que si era, otra vez, la oposición hondureña. Que si las maras y los terratenientes. Qué si el sueño americano.

Mientras el grupo decidía qué camino tomar, viajé al cercano pueblo de San Cristóbal de las Casas. A las afueras se ubican las instalaciones del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social. En una de sus refinadas oficinas me entrevisté con Claudia Fernández, la directora, quien se ha dedicado a la investigación de las migraciones centroamericanas.

            —¿Por qué en su mayoría son hondureños?  

—Fíjate, los hondureños entraron tarde al sueño americano —me explicó, con su marcado acento del sur mexicano que alarga la última palabra de la oración—. Las cifras dicen que son los salvadoreños y guatemaltecos los que históricamente han migrado hacia Estados Unidos. El pico de migración de ese país coincide con una coyuntura política en su interior.

—¿Migran por razones económicas?

—De allá no están huyendo solo porque no tengan dinero, sino porque los están matando. Desde el 2012 el perfil del migrante que entra a México ha cambiado. Ya no es el hombre o la mujer joven que van un poco a la aventura, sino que son familias jóvenes con perfil de refugiados. Pero también están las maras que se meten con las familias, las extorsionan; a las chavas lindas se las han llevado para venderlas.

Para entonces, los medios locales hablaban de al menos 25.000 hondureños atrapados en los muros de Tijuana. La separación de familias vía deportación ha sido una de las principales acciones de disuasión de los Estados Unidos. Según las cifras de la Organización Internacional de Migraciones, el 2018 cerró con 45.371 personas deportadas hacia Honduras, El Salvador y Guatemala.

Después de la entrevista, me dirigí de nuevo a Tapachula, al Centro de Derechos Humanos Fray Matías Córdova. Sus instalaciones rebosaban gente y no permitían el ingreso a terceros porque es sitio de refugiados políticos de origen hondureño, salvadoreño y nicaragüense, todos amenazados de muerte: hombres y mujeres opositores a los gobiernos de sus países. A mi llegada, cientos esperaban por su caso. México está lleno de lugares como este, producto de alianzas civiles y religiosas que entienden la gravedad de la crisis social y política de Centroamérica.

            —Las caravanas van a seguir llegando y ahí estaremos nosotros —me dijo una de las profesionales que prefirió no ser nombrada a causa de las amenazas recibidas por su labor, pues la hostilidad de algunos mexicanos hacia los migrantes centroamericanos ha ido en aumento.

 

Afuera, en las calles mexicanas, la gente se preguntaba cuál era la razón de una migración de esa magnitud. Que si era Donald Trump presionando a los demócratas para firmar la financiación del muro.

3

Regresé a Tuxtla para unirme de nuevo con el grupo. En un rincón polvoriento Toño se había acomodado para pasar la noche. Antes de dormir sacó de su bolsillo un celular y me enseño una grabación que tomó un año atrás. En ella se veía un cordón de policías hondureños lanzando gases lacrimógenos contra una multitud dispersa. Era en Tegucigalpa, se escuchaba el estruendo seco de las bombas aturdidoras y la voz del propio Toño agitado que buscaba desesperadamente a su novia Milena.

            Fue a principios de diciembre de 2017. Toño, como muchos jóvenes en Tegucigalpa, trabajó en la campaña presidencial de Salvador Nasralla, candidato de izquierda. El 26 de noviembre se celebraron las elecciones y, caída la tarde, Nasralla se sabía presidente de Honduras. El sol se ocultaba cuando de pronto se apagó el Sistema de Conteo de Votos en todo el país. Una falla técnica dijeron los funcionarios del Tribunal Supremo Electoral dos horas después. José Orlando Hernández, quien minutos antes de la caída del sistema perdía su reelección, resultó victorioso por una diferencia de cincuenta mil votos.

La Organización de Estados Americanos y testigos internacionales publicaron de inmediato un informe recomendando repetir las elecciones ante las “serias dudas de fraude”. Nasralla y su principal padrino político, Manuel Zelaya, alegaron fraude ante la comunidad internacional. A las once de la mañana del día siguiente el Tribunal dio como ganador a Hernández, conocido en Honduras por ser un tipo que siempre se sale con la suya y por tener a su hermano Tony Hernández condenado a veinticinco años con cargos de narcotráfico en los Estados Unidos. El asunto quedó sellado horas después cuando Washington emitió su comunicado reconociendo como presidente al señor Hernández. Los reparos de grandes sectores de la opinión pública hacia su gobierno hablan de su fijación por reducir el tamaño del Estado y por erosionar el Sistema de Áreas Naturales, pero sobre todo, por sus supuestos nexos con el narcotráfico.

            La situación para Zelaya y Nasralla era un sin salida. La alianza entre la élite nacional y los Estados Unidos, que tanto habían denunciado, cerró por segunda vez las posibilidades de un gobierno alternativo en Honduras. La primera vez le sucedió al propio Zelaya siendo presidente en el 2009. Los jefes del Estado Mayor Conjunto, Orlando Vásquez y Javier Prince, enviaron con el Tío Sam una comisión de lobistas para exponer “el mal estado del país”. Los norteamericanos, prestando atención algebraica, dispusieron de la sede militar Soto Cano, bajo su control en Honduras, si acaso llegaba a presentarse un golpe de Estado.

            La incomodidad de los militares y la derecha radicaba en escenas como estas: el presidente Zelaya recibe en su despacho a la lideresa Bertha Cáceres, quien le expone la inconveniencia de seguir enviando soldados hondureños a la Escuela de las Américas del Ejército de los Estados Unidos. Zelaya presta atención. Cáceres manifiesta que en ese lugar han instruido a sus compatriotas en técnicas de tortura y sabotaje político. Zelaya se convence. Las ideas son afines a su larga carrera de denuncias contra la oligarquía de su país. La escena se cierra y cae como una gota que derrama la paciencia del Partido Nacional y la cúpula militar, quienes no tardan en señalarlo como un polarizador de la sociedad por sus declaraciones.

El día cero llegó. La madrugada del 28 de junio del 2009, Zelaya vio un fusil apuntando entre sus ojos. Las tropas encapuchadas habían entrado en silencio a su morada apresándolo y conduciéndolo a la fuerza hacia Costa Rica. Tiempo después, Bertha Cáceres caería asesinada. Según el Sargento Primero Rodrigo Cruz, hoy desaparecido, militares hondureños entrenados en Estados Unidos podrían estar implicados en el crimen. Decenas de líderes sociales fieles a Zelaya y a Cáceres han sido asesinados desde entonces en Honduras. Esos eran los ecos de un mal recuerdo mientras Zelaya veía cómo su partido, en cabeza de Nasralla, perdía el poder de nuevo víctima de un fraude evidente.

Era obvio que ambos, Nasralla y Zelaya, saldrían a agitar las calles. Era obvio que Toño atendería el llamado. Era obvio que se formarían barricadas de carros incinerados. Que Hernández, ahora presidente, los tildaría de “malos perdedores”. Que el viejo régimen declararía el toque de queda y enviaría a sus militares a resolver el problema. Era obvio que vendrían días de muerte en Honduras.

De allá no están huyendo solo porque no tengan dinero, sino porque los están matando

4

Me separé del grupo en Tuxtla para topármelo de nuevo en Salamanca, Guanajuato. De los miles que recordaba haber visto en Tecún Umán solo quedaban unas noventa personas. No hubo noticias de Toño. Algunos se fueron quedando. Sobre el horizonte trémulo tres hombres desechos y derrotados se fueron dibujando frente a nosotros. Caminaban sin otra perspectiva que la del regreso.

            —Es cabrón allá güey, allá no te puedes quedar en la noche sentado mirando a la nada —me dijo uno de ellos, comentando sobre Tijuana. Al tipo se le había hecho al acento mexicano. Y agregó—: Hay una feria de órganos que no te imaginas.

            Los demás se miraban sin decir una palabra mientras los hombres se borraban del cuadro en dirección a Guanajuato capital. Aquella tarde fue rápida y la imagen de un paisaje árido aplastó el ánimo de reanudar la marcha. Las mujeres improvisaban la merienda. Un viejo encendía un cigarrillo y alguien más revisaba un mapa. Yo me instruía en el arte de dormir sobre el asfalto.              

            La llamada de Irineo Mujica nunca llegó.

 

La caravana de migrantes siguió su camino a la mañana siguiente. El transcurso del tiempo fue silencioso y vacío. Los caballos rumiaban en su planicie mirando el hilo de gente lento y cabizbajo. En unas horas el desierto de Sonora sería un hecho.

Fue a finales de marzo del 2019, semanas después de despedirme para siempre de la caravana, que el Centro Nacional de Derechos Humanos solicitó por escrito a Autoridades Federales de Tamaulipas implementar medidas cautelares para salvaguardar la integridad de 22 migrantes privados de la libertad en el kilómetro 79 de la carretera San Fernando-Reynosa. Los antecedentes del comunicado afirmaban que en ese mismo lugar fueron desaparecidos otros 77 migrantes, en el 2010. Pudo ser la ruta que tomó Toño, pensé.

A lo lejos, se oía el eco mortecino de un corrido narco que me hizo recordar las palabras de aquel cantinero, con las que me dio la bienvenida en Tecún Umán: “Trump no necesita un muro para migrantes, el muro somos nosotros güey, el muro es México”. Y luego, desapareció tras el mostrador.

Sin cuerpos ni rostros Una postal de Buenaventura

Texto: Camilo Alzate
Ilustración: Angélic-

#Buenaventura

Sin cuerpos ni rostros
Una postal de Buenaventura

Buenaventura es un manglar, una frontera que confunde el agua con la tierra, la máxima modernización con el atraso galopante, la riqueza con el hambre.

La brisa en el puente del Piñal tiene un gusto a pescado rancio que se mezcla con los aromas del estero podrido y la madera aserrada. Cierto letrero en una pared invadida por el moho anuncia que alguien compra buches de merluza y aletas de tiburón. Más allá, flota la hilera de buquecitos de cabotaje que navegan a lugares remotos del Pacífico como Nuquí, Bahía Solano, Guapi, y permanecen fondeados a un lado del puente aguardando víveres y pasajeros.

El puente del Piñal conecta a la isla de Cascajal, que alberga el centro histórico de Buenaventura, con el continente donde se amontonan un centenar de barrios paupérrimos. El ajetreo de las motos salpica agua sucia en cada bache de la avenida; todos los días cruzan tres mil tractomulas cuyo destino son los muelles y bodegas del principal puerto del país. Según la Cámara del Comercio de Buenaventura, el puerto registró el año pasado 3.400 billones de pesos en exportaciones.

La mitad del comercio exterior de Colombia pasa por aquí: por esta pequeña isla rodeada de esteros putrefactos y casas sin servicio de alcantarillado ni agua potable, por esta autopista que sucumbe a los embotellamientos con la menor contingencia, donde conviven vendedoras ambulantes de arrechón con los containers de Maersk, China Shipping y Hamburg Sud.

Buenaventura es un manglar, una frontera que confunde el agua con la tierra, la máxima modernización con el atraso galopante, la riqueza con el hambre.

“Nosotros somos víctimas del desarrollo” me dice Leila Arroyo, una lideresa del Proceso de Comunidades Negras que aglutina organizaciones populares en la ciudad y su zona de influencia. La guerra –explica Leila– ha sido instrumentalizada en función de una renovación urbana que deja por fuera a los afrocolombianos e indígenas, los habitantes ancestrales de este territorio. El puerto de Buenaventura, operado por una empresa estatal durante medio siglo, fue entregado durante el gobierno de César Gaviria en 1993 a una concesión privada que pertenece a empresarios poderosos del Valle del Cauca. Aquello sucedió a la par con la irrupción de China como actor determinante en el panorama global y el posterior auge de nuevas potencias económicas en Asia, que convirtieron al océano Pacífico en ‘el mar del futuro’.

“Ahí está nuestro futuro, pero también nuestra desgracia” zanja el sacerdote y líder social John Reina. De la apertura económica impulsada por César Gaviria, hasta nuestros días, Buenaventura ha sido epicentro de un proceso veloz e hipertrofiado de desarrollo que coincide con el incremento brutal de la violencia: entre 1990 y 2012 las tasas de homicidios llegaron a niveles aterradores. Hubo 4.799 muertes violentas en ese periodo, alcanzando picos de 150 homicidios por cada cien mil habitantes, como ocurrió en el año 2000 cuando la llegada de los paramilitares al puerto se saldó con medio millar de asesinatos en la disputa territorial contra las milicias de las FARC.

Con frecuencia, las estadísticas ocultan más de lo que muestran. Las estadísticas indican que Buenaventura punteó en el ranking de los peores índices de violencia del país en las últimas décadas, pero encubren historias como la de Ingrid Yahaira Sinisterra, una niña de 16 años a la que los paramilitares secuestraron y asesinaron en el barrio Lleras el 27 de agosto de 2007 porque “era novia” de guerrilleros. El cuerpo de Ingrid fue rescatado del mar por sus familiares, que lo encontraron cercenado a cuchillazos y con una herida que le rajaba el vientre.

Las estadísticas registran un promedio de cien atentados, combates u hostigamientos anuales entre 2006 y 2013, pero no aclaran como explotó el carrobomba con el que las FARC volaron las instalaciones de la Fiscalía el 23 de marzo de 2010, un bombazo en pleno centro a las nueve y media de la mañana, que mató ocho transeúntes y dejó heridos a otros treinta.

Las estadísticas señalan que han ocurrido 25 masacres en la ciudad y sus alrededores desde el año 2000, masacres con nombres bellos como Punta del Este, Sabaletas, Raposo, Yurumanguí, pero las estadísticas no repiten la versión sobre la masacre del Naya que ofreció ante los jueces el paramilitar Éver Veloza, alias HH, quien fuera comandante del Bloque Calima de las Autodefensas: “los mataron a unos con arma blanca, los degollaron, y a otros a tiros. Las otras personas dicen los mató el ‘Cura’, en la entrada, en la incursión en Patio Bonito donde hicieron un retén y mataron la mayoría de gente ahí. De las personas que aparecen acá, una es menor de edad a la que le mocharon las manos”.

Las estadísticas conducen hasta las ‘casas de pique’, esa macabra sofisticación del terror con que las bandas de narcos, que heredaron los restos de la guerrilla y el paramilitarismo en el puerto, atemorizaban a la población y desaparecían sus víctimas, a quienes descuartizaban y arrojaban a la marea. Aquello configura lo que el Centro de Memoria Histórica denomina “una violencia sin cuerpos ni rostros”: una violencia invisible pero omnipresente.

Las estadísticas, finalmente, nunca explican por qué sobre esta cartografía del horror se superponen media docena de grandes obras de infraestructura y megaproyectos levantados mientras toda esta barbarie sucedía, obras que han transformado radicalmente una parte privilegiada de Buenaventura: cuatro puertos con sus muelles y bodegas aledañas, una vía alterna que desatascó la caótica avenida Simón Bolívar, zonas industriales para grandes inversionistas, un terminal de contenedores operado por una multinacional española, un proyecto de renovación urbana contiguo a la zona del comercio en la isla de Cascajal, con hoteles lujosos, discotecas y un malecón turístico que amenaza desalojar dos comunas enteras. Y poco más.

En el resto de la ciudad, donde vive el grueso de la población, imperan condiciones de miseria y abandono similares a las de todo el litoral Pacífico, con los mayores índices de pobreza del país.

“Aquí la guerra no fue contrainsurgente, fue una guerra contra la gente para apropiarse de la tierra, un control territorial real” asegura Adriel Ruíz, sacerdote y defensor de derechos humanos, quien además participó en la elaboración del informe del Centro Nacional de Memoria Histórica Buenaventura: un puerto sin comunidad. Nunca se ha esclarecido por qué el Frente Pacífico de las Autodefensas, que operaba en Buenaventura, no se presentó al acto de desmovilización del Bloque Calima en una finca de Bugalagrande el 18 de diciembre de 2004, aquello lo ratificó el comandante paramilitar Elkin Casarubias alias “El Cura” durante las audiencias de Justicia y Paz.

Adriel cree que los grandes empresarios son beneficiarios de esa catástrofe humanitaria en el puerto: “No sabemos quién intercedió para que el Frente Pacífico del Bloque Calima de las Autodefensas no se desmovilizara, ellos nunca se fueron de aquí. ¿Quién pagó eso? ¿Quién puso la plata? En 2004 se da la desmovilización paramilitar, pero la violencia continuó, de hecho el pico más alto fue 2007 cuando hubo 500 muertos en un año. En todos los barrios hubo masacres, entre ellos en los más estratégicos: el Lleras, Comuna 12, Punta del Este, Juan XXIII. Si tú ahora los pones en una cartografía, las masacres coinciden plenamente con los sitios donde luego iba a haber desarrollo. En 2013 hubo 25.000 desplazados. Si uno mira desde arriba es un tema de despojo territorial para que el puerto crezca. Yo, que fui cura, vivía era de enterrar muertos”.

No es casual entonces que la mayor presión contra las comunidades se haya dado en los barrios de bajamar, zonas de invasión que los negros le ganaron hace décadas a las aguas y a los esteros rellenando con escombros y basuras, o levantando ranchos de palafitos encima de la marea. Son las zonas donde tendrá que ocurrir en un futuro la ampliación del puerto.

“Nosotros nos convertimos en un obstáculo para el desarrollo de las empresas portuarias que querían hacer la vía alterna. A raíz de eso llegaron amenazas y amenazas y amenazas” relata Arcesio Izquierdo, líder popular de la Comuna 6 que fuera compañero de Temístocles Machado, uno de los dirigentes comunitarios más queridos y respetados de la ciudad, asesinado por un comando de cinco sicarios el 27 de enero de 2018.

Don ‘Temis’ había encabezado la resistencia al despojo territorial en los barrios, diciéndole a la gente que no vendiera ni abandonara sus casas, enseñándoles a interponer tutelas y oficios, rebuscando títulos de propiedad o escrituras públicas en notarías. En abril de este año, catorce meses después del homicidio de don Temis, fue condenado a diecisiete años de prisión el primer asesino. “Cinco sicarios para matar a un viejo campesino que vive en un barrio donde ni siquiera hay Policía” dice Adriel Ruiz, “¿eso qué es? Fue pensado y pagado, los sicarios ni siquiera saben quién lo mandó a matar, no dicen ni mu en las audiencias, están muertos de miedo, sólo habla el abogado. Y ¿quién le paga un abogado a un pobre gatillero de Buenaventura?”.

Salgo de Buenaventura por los intestinos de esta serpiente interminable de camioneros y containers que avanza rengueando hacia el interior del país. La mayoría de los containers llevan mucha plata adentro y un par de señores bien armados que cuidan desde algún vehículo particular a cien o doscientos metros de distancia, pero eso no lo sabe casi nadie, sólo las bandas de atracadores que ahora andan alborotadas, igual que hace cincuenta años, cuando Germán Castro Caycedo visitó el puerto y describió a las “ratas” —la palabra es suya— bien provistas de cuchillos, bandas que asaltaban los buques a plena luz del día y dominaban el negocio del contrabando. El reemplazo de las “ratas” han sido organizaciones mafiosas de alto calibre como La Empresa o los Urabeños, que cobran impuesto incluso a la venta callejera del viche con que se emborrachan los pescadores, y controlan la salida del primero hasta el último kilo de cocaína por el puerto. Veo infantes de marina patrullando las esquinas con su fusil cargado, hay pilas de tablones y piezas de madera fina que recién desembarcaron, hay un mural inmenso firmado por CODHES (Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento) que dice “Sistema integral de verdad, justicia y reparación. ¡Habrá justicia!”. Veo una cantidad de negocios vendiendo arena y ladrillos, síntoma de esa ciudad que crece y devora esteros, que tumba ranchos palafíticos para levantar edificios, que reemplaza los pilotes de manglar por vigas y columnas. Es ahí, en el momento en que se reemplazan los pilotes por las columnas de concreto, cuando cambian también los dueños del territorio. La salida es larga, sinuosa. Los microbuses de servicio público frenan en seco cada veinte metros pitando a todo lo que se mueva. Veo centenares de lotes baldíos y edificios en venta. Buenaventura crece, se expande sobre sí misma, traga gente y manglares. En su interior se  mueven chorros de dinero. ¿Cómo se mueven? ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? Eso respondería todo.

Entrevista con Isabel Cristina Zuleta. El río Cauca: un nuevo dolor para este país

 
Texto: Daniela Mejía Castaño

Ilustración: Angélic-

Entrevista con


Isabel Cristina Zuleta

El río Cauca: un nuevo dolor para este país

 

Todos somos conscientes de que sin agua no habría vida. Pero muy pocos están dispuestos a dejar el pellejo, la estabilidad y la tranquilidad para defenderla.

¿De dónde surge una defensora de los ríos? La siguiente entrevista explora una respuesta.

     

La prensa nacional lo repite sin que parezca calar: 566 líderes sociales y defensores de derechos humanos asesinados desde el 1 de enero de 2016 al 10 de enero de 2019, 120 líderes sociales asesinados en los primeros 100 días del mandato de Iván Duque. Y así. A veces las cifras cambian, crecen, decrecen. Más de cuatro mil líderes se encuentran amparados bajo la Unidad Nacional de Protección, es decir, están en riesgo de ser asesinados. Isabel es una de ellas y ya olvidó cuántas veces ha sido amenazada. Más de veinte en todo caso. Es oriunda de Antioquia, el segundo departamento que más asesinatos de líderes sociales sufrió en 2018. Y ahora está aquí, tras mi pantalla, con el logo de Skype de fondo, indemne. Un milagro.

La historia de Isabel con la guerra comenzó en su adolescencia. Ella tenía 14 años cuando debió salir desplazada de Ituango, para evitar que los paramilitares se la llevaran. En el pueblo ya se habían presentado casos de niñas que habían sido “mandadas a llamar” por los comandantes y nunca habían regresado a sus casas. “Gracias a un tío que había sido advertido por unos paramilitares, nos enteramos de que alias Emiro había dicho que yo era muy bonita y había enviado a que me tomaran fotos”. 

En Medellín terminó estudiando sociología y mientras completaba la carrera, se hizo integrante de los grupos de mujeres víctimas del conflicto armado; buscaba conversar, ser escuchada y sanarse. Con el tiempo llegó la indignación: siendo profesora de la Universidad de Antioquia la llamaron a un foro en el que se discutía quién construiría la hidroeléctrica Hidroituango, si las Empresas Públicas de Medellín (EPM) o una multinacional extranjera. La postura general era la de proteger a EPM para que se quedara con el proyecto, sin importar las dilaciones que la misma empresa ponía para el inicio de las obras. Isabel protestó: “Un momentico, primero hay que discutir si se quiere el proyecto o no. Segundo, no lo debe discutir la gente de la ciudad sino la gente de mi pueblo, Ituango”. Nadie la escuchó, pero ella misma comenzó a organizar foros en su pueblo, en Tarazá, en Cáceres y en otros municipios que serían afectados. Al principio, solo asistían mujeres; con el tiempo llegaron barequeros, pescadores, agricultores, paleros, la gente de los ríos. Todos, indignados por los atropellos. Isabel, que era una, se convirtió en multitud.

Desde 2008 la comunidad empezó a reconocerla como la defensora del río Cauca y en 2013 fue elegida vocera del movimiento Ríos Vivos Antioquia. Uno de sus momentos más estelares como activista y defensora del Cauca tuvo lugar en febrero de 2019, cuando EPM prefirió lesionar el río cerrando las compuertas del paso de agua para evitar el colapso de la represa. Esta medida atentó contra la vida del río y los ecosistemas de su ribera quedaron reducidos a una veintena de videos en redes sociales que mostraban pececitos saltarines, indefensos, sobre un manto de rocas y arena que antes había sido el lecho. La reacción de Isabel fue un video, que se volvió viral, en el que le mostró la tragedia a esa parte del país que solo se mueve por emociones. “Yo siento muchísimo dolor de que Colombia sea un país tan miserable que permita semejante ecocidio —dijo—, semejante dolor para las poblaciones ribereñas que tanto han sufrido con la guerra y que encima les toque presenciar esta situación tan dolorosa”. Ese video fue el favorito del momento en Facebook y de chats grupales familiares.

Sin embargo, la vida de Isabel traía, desde mucho tiempo atrás, una conexión inexorable con las aguas vivas. “Recuerdo la primera vez que vi una piscina porque en mi pueblo no había. La noche anterior no pude dormir de la emoción, pero cuando llegué y vi eso sentí una decepción tan grande porque el agua no se movía, no tenía olas, no podíamos montarnos en un neumático”, dice Isabel, y agrega que desde ese día fue “mala para las piscinas”. Al describirse, dice también que tan solo es una mujer indignada por lo que pasa, con muchas angustias y dolores colectivos e individuales, pero que ha encontrado en el proceso social una nueva familia con la cual compartirlos y encontrarles soluciones. 

 

 

¿Y cuáles son esos dolores?

 

 La guerra, el conflicto, todo lo que hemos vivido en mi pueblo. Dolores por las injusticias sociales, por el empobrecimiento de una gente tan bonita y tan luchadora como lo ha sido la gente campesina. Cada día ver sufrir más y más a la misma gente, ver los niños en peor estado, las mujeres en peor estado: más maltratadas, más humilladas. La angustia por la situación ambiental, un nuevo dolor. Los bombardeos quemaban bosques completos, también contaminaban aguas. La guerra ha hecho mucho daño al ambiente pero de otra manera, no en esta magnitud como lo hace Hidroituango.

 

¿Qué es Hidroituango?

 

Es un muro de 225 metros de alto levantado en la mitad del segundo río más grande de Colombia, entre la cordillera Central y la Occidental. Diez millones de personas dependen de él. Ese muro se hizo justo en el cañón del río a su paso por Antioquia, a ocho kilómetros aguas abajo del puente de Pescadero y justo en la desembocadura del río Ituango en el Cauca. La obra destruyó un bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más amenazados del mundo. Todo se inundó, el resto lo tumbaron.

Y no solo es un muro; una represa tiene un montón de obras asociadas: llenaron las montañas de túneles e inundaron el único puente que teníamos para acceder a Ituango. Ahora solo se accede por la obra. Además, tenemos ocho fallas geológicas y tiembla con frecuencia.

Hidroituango genera terror, es una forma de control territorial y un proyecto militar porque hay cuatro bases del ejército para proteger la obra. Lo extraño es que nunca se han visto enfrentamientos entre los militares y los grupos armados al margen de la ley. Sin embargo, cuando nosotros protestamos sí sale policía y aparece el Esmad.

 

¿Qué significa el río Cauca para Colombia?

 

El Cauca era el segundo río más importante del país por la población que lo habita durante su recorrido y depende de él. Popayán limpia su basura en el Cauca. Y Cali, la tercera ciudad más importante del país, se abastece de agua en el Cauca al menos en un 80 por ciento. La industria cementera, cañera, los monocultivos de cítricos, las minas de oro en Marmato, la industria del café en el Eje Cafetero se abastecen con él. Le han llamado el río de oro por las comunidades que ancestralmente practican la minería en sus riberas. Es un río que tiene comunidades que asocian sus aguas a deidades. Los Nutabe tenían su asentamiento en el cañón del río y desapareció por Hidroituango. Ahora la comunidad está fragmentada. Los Nasa en el Alto y Medio Cauca, las comunidades Zenú en el Bajo Cauca son comunidades anfibias. Hay pueblos a los que solo se puede acceder por el río, no hay carreteras, como en La Mojana. En el cañón inundado, el río tenía una fuerza increíble, no era tranquilo. Era de alta velocidad. No era un río de recreación sino de veneración.

 

¿Qué hizo que usted se volviera defensora del río y su comunidad?

 

Me di cuenta de todas las mujeres afectadas por Hidroituango. Estas mujeres habían huido de la guerra, eran madres solteras, sus esposos estaban desaparecidos o los habían asesinado, el río fue su refugio, donde se resguardaron con sus hijos después del dolor. Me di cuenta de esa situación. Además, yo nunca pude resolver por qué me sacaron a mí, por qué me desplazaron a mí, por qué me arrebataron mi niñez, mi juventud, así que cuando empecé a escudriñar la relación del conflicto armado y la construcción de la obra fue como encontrar el tornillo que me hacía falta, entender las masacres, la desaparición forzada, la persecución los líderes y el asesinato sistemático. Hidroituango es mucho más grande que el problema del narcotráfico; con Hidroituango controlas el territorio porque se comunica el Pacífico con el Caribe y el centro del país.

 

Varios integrantes de Ríos Vivos Antioquia, opositores a Hidroituango, han sido asesinados en la zona de influencia del proyecto o cerca de ella. La situación incluso ameritó un comunicado de EPM, el 11 de mayo de 2018, en el que condenó estos hechos. ¿Por qué decidieron crear Rios Vivos y cuándo se iniciaron los asesinatos en su contra?

 

Éramos un montón de comunidades aledañas que teníamos una relación ancestral con el río y a quienes se nos prohibió acercarnos a él. Ahí fue cuando decidimos agruparnos. Nadie sabía qué era lo que pasaba, solo que una gente decía que ya no se podía entrar al río. Nuestra primera lucha fue por no dejarnos sacar del territorio, ya habíamos sido víctimas del desplazamiento forzado, del desarraigo producido por la guerra. No queríamos volver a irnos. En el año 2013 mataron al primero de nosotros, Nelson Giraldo. Los ataques que tuvimos entre el 2010 y el 2014, por parte de la fuerza pública, fueron insoportables. Nos perseguían, era imposible vivir. Me decían que yo era alias La Crespa, que mi defensa por el territorio solo lo hacía un guerrillero.

 

¿De qué manera influye en su liderazgo comunitario el hecho de ser mujer? ¿Ha sido discriminada por su género?

 

Recuerdo mucho cuando fui elegida vocera del movimiento Ríos Vivos Antioquia. Un sector de hombres decía que este problema necesitaba un hombre para resolverse, que con una mujer nunca se podría. Los militares y EPM decían lo mismo.

Yo pienso que no nos maltratarían tanto si no fuéramos mujeres; no amenazan a un hombre con violarlo. A las mujeres nos amenazan con asuntos característicos del ser mujer. Cuando en 2013 nos detuvieron al protestar contra los desalojos causados por Hidroituango  nos subieron a los helicópteros de EPM, a las mujeres nos empezaron a tomar fotos de los senos, de las nalgas. Una vez, amenazaron a una integrante del movimiento, al pedirle ayuda a la UNP le respondieron que para tomar las decisiones de seguridad tenían que hablar con su esposo y no con ella.

A los hombres no les exigen ser nada, son lo que son. A las mujeres nos toca ser otro montón de cosas que no somos. Si no sabemos, nos arrasan. Y esta discriminación hace parte de ser mujer y al mismo tiempo defensora de los ríos.

 

Volviendo al tema de la represa: si se compara con otras obras de Latinoamérica, ¿qué tan grande es Hidroituango?

 

No tiene comparación. Brasil construyó unas cosas monstruosas, represas de más de 9.000 MW [energía suficiente para iluminar más de un millón de estadios o más de cincuenta millones de casas].  La capacidad de Hidroituango es de máximo 2.400 MW. Y aún así no hay en Colombia otra que genere al menos la mitad de esta energía.

 

Generar energía a partir de la fuerza del agua suena sostenible, ¿son los proyectos hidroeléctricos malos en sí mismos o pasa algo especial en el caso de Hidroituango?

 

Retener un río es malo, su dinámica es ser libre. Él establece su curso, no es definido y puede cambiar incluso su desembocadura. No es solo el agua, son sus montañas, su flora, es su fauna, la vida acuática la vida terrestre y somos los humanos que lo habitamos. Es una dinámica compleja. Es agua subterránea y agua atmosférica, que incluso cambia las nubes. Es entender que no podemos hacer ríos. Nadie puede crear otro Éufrates, otro Nilo, otro Cauca.

 

¿Qué injerencia extranjera ha tenido el proyecto?

 

Muchísima. Nos han vendido la idea de que es un proyecto público pero la Caja de Pensiones de Quebec y el Fondo del Fomento de la Exportación de Canadá invirtieron en el proyecto. Brasil está con su Banco de Pensiones y es quien le suministra las turbinas a Hidroituango. También con Camargo Correa, que tiene el contrato más grande de la obra y muchos escándalos de corrupción. Estados Unidos, a través del BID, prestó cerca del 50 por ciento del dinero. Con el BID Invest llegó la banca china. Está la banca alemana con el KFW Ipex, la banca española con el Banco Santander y el BBVA. Es un panorama muy europeo y norteamericano.

El agua que hemos malgastado es incalculable. Todos los días se conoce el nombre de un nuevo río que está en peligro de desaparecer, una comunidad que sufre sequía y enfermedades por la mala calidad del agua o una playa infestada de plástico. Pareciera que los humanos odiáramos el agua.

Es la clase politiquera. No hemos entendido que el agua es un bien colectivo del cual dependemos todos. Yo veo un país enamorado del agua, pero que se le ha olvidado que le toca salir a defenderla, porque unos pocos están decidiendo sobre ella. La lucha por el agua no tiene distinción, he visto a políticos del partido de la U, del Centro Democrático y Cambio Radical unirse por el agua. Si se les toca el agua a los indígenas se les toca a su dios. Los consejos comunitarios de los afro se dividen por el agua. La burbuja que maneja el agua no se conecta con ella, siempre tiene una llave dispuesta para cuando le provoque cerrar su paso; le tiene un precio. El resto del país, si le da la espalda al río, se muere.

 

¿Cómo se puede ayudar a Ríos Vivos Antioquia?

 

Divulgando la información, aquí todos los días pasan cosas. A una compañera hoy la presionaron a que firmara un papel en donde exoneraba a EPM de su responsabilidad. Estar pendiente de nuestro Twitter @riosvivoscolom. Que se difunda la información, que hagan el ejercicio de exigir nuestra protección ante las embajadas, al gobierno. Las embajadas son cruciales, cuando afuera suenan este tipo de cosas se hace algo. Aquí no valemos nada. Las cartas exigiendo el respeto de nuestros derechos humanos, incluso una llamada nos ha salvado la vida.

 

Para cerrar, quisiera pedirle un mensaje para las mujeres comprometidas con el liderazgo social en el país y que se sienten solas, sin apoyo real de la sociedad y del Estado por el hecho de ser mujeres…

 

Parte de ese sentimiento de soledad es una imposición patriarcal. Han hecho que no queramos estar solas, que busquemos siempre a los hombres para acompañarnos. Hay que aprender a disfrutar esa soledad y encontrar a otras mujeres con las que construyamos nuevas familias. Recuerdo muchísimo a mi madre permitiendo que le pegaran, que la maltrataran, solo por no querer estar sola. Desde entonces supe que la necesidad de no sentirnos solas era un arma del patriarcado. Pero lo cierto es que la soledad hace parte de nuestra revolución.

Me muero y ellos no lo van a saber

Texto: Juan Miguel Álvarez
Foto: Víctor Galeano

Me muero y ellos no lo van a saber

        Terminamos de almorzar. Empezamos a hablar de cazar animales de monte. Doña Martha nos dijo que vivían bien adentro, a cinco horas a pie por caminos de herradura del pueblo más cercano, al norte del Caquetá. En el patio de su casa aparecía, de vez en cuando, algún mamífero perdido. El último que recuerda fue una danta. Su marido sacó el winchester y la cazó. Luego de haber porcionado la carne, ensilló el caballo y se fue a compartir el alimento con los vecinos —casas situadas a treinta minutos cada una—.

 

        Doña Martha empezó a contar las técnicas de pesca en los ríos caudalosos, profundos y veloces de la amazonía; enumeró las maneras en que ella y su marido se ganaban la vida. Cada manera respondía al lugar en el que vivían: a orilla de los ríos, pescaban; en un paraje de colinas sin bosque, cultivaban; apenas pudieron comprarlo, criaron ganado. Pero de cada sitio les tocó huir para salvar la vida. Cuatro desplazamientos forzados, todos por amenazas y agresiones de las ya extintas Farc.

 

        A finales de 1997, esta guerrilla le reclutó cuatro hijos de un totazo. Y fue una acción por la fuerza de las armas; ninguno de los cuatro —dos hombres, dos mujeres, mayores de edad— quería incorporarse al ejército insurgente de Tirofijo. Así que los reclutadores encañonaron a los jóvenes, los esposaron y se los llevaron. Ni doña Martha ni su marido, ni los hijos pequeños que quedaron en la casa pudieron oponerse. Días atrás, a una familia vecina le había ocurrido lo mismo: las Farc intentaron reclutar sus dos hijos. Y estos padres de familia, al intentar evitarlo, cayeron asesinados. Los hijos que estaban siendo reclutados se fueron contra los guerrilleros y también se hicieron matar.

 

Cuando lloro, me siento bien “.   

                Desde entonces, doña Martha nunca más volvió a saber de sus cuatro muchachos. Han transcurrido 22 años y llora como si se los hubieran llevado ayer. Doña Martha ha pasado por cualquier cantidad de terapias y ha recibido atención de organizaciones sociales y de las oficinas del Estado. Nada ha sido suficiente para que los recuerdos no la hagan llorar. “Cuando lloro, me siento bien”, admite y luego dice: “Hay algo que nunca le voy a contar a los hijos hombres que me quedaron. Mi marido lo sabe y las hijas lo saben, pero a mis hijos hombres no se los voy a contar. Me muero y ellos no lo van a saber”.

 

 

 

        Lo que no quiere que sepan es que ella se internó en el campamento del frente de las Farc que aterrorizaba en esa veredas y confrontó al comandante de turno, alias el Indio. Le preguntó qué había sucedido con sus hijos. Y el tipo ese, en vez de decirle algún dato reparador, le contestó: “Yo no doy información”. En seguida, le ordenó a dos de sus escoltas que se llevaran a doña Martha, que la sacaran del campamento y la dejaran en un punto llamado El Broche. Desde ahí ella podría regresar a su casa. Los escoltas tomaron a doña Martha del brazo, pero en vez de conducirla hacia el punto que les habían ordenado, la desviaron hacia un paraje boscoso y solitario. Le pegaron y le dijeron: “Quítese la ropa”. Ella tenía 46 años y se negó: “No me voy a quitar la ropa”. Uno de los guerrilleros esgrimió una puñaleta con la que le rasgó la ropa. Desnuda e inerme, la violaron. Uno a uno.

 

        Ella llora contándome eso, le da rabia, se siente la más humillada del mundo y luego se siente indigna y me dice: “A pesar de eso mi esposo me quiere. Él dice que nunca me ha dejado de querer, y nunca me ha pegado y nunca me ha maltratado. 39 años de casada y nunca le he sido infiel a mi esposo”.

Uno de los guerrilleros esgrimió una puñaleta con la que le rasgó la ropa. Desnuda e inerme, la violaron. Uno a uno”.

                La historia de doña Martha era escalofriante, destilaba infamia; pero era una historia que ni Víctor Galeano, el reportero gráfico que había viajado conmigo, ni yo se la habíamos preguntado. Apenas estabamos sosteniendo una charla relajada luego de haber devorado dos cachamas ahumadas que ella nos había preparado, cuando ella misma había desviado su relato hacia ese escenario cruel de la guerra. Y parece inevitable: cuando uno es periodista y llega a un lugar arrasado por la guerra ocurre que uno lleva en la frente un letrero que dice: ‘Vengo a preguntar por el conflicto armado’. Nos hemos vuelto tan evidentes, que asi uno no lo diga, las víctimas y los lugareños en general saben o intuyen que uno esconde ese fin.

 

        Una amiga de doña Martha se aproximó a nosotros. “No quiero que me vea llorando”, nos dijo doña Mrtha. Se limpió las lágrimas y trató de voltear el rostro. La amiga lo notó y le preguntó:

—¿Estaba llorando, Martha?

—No, es que como me operaron de los ojos, me lagrimean a cada rato.

Su amiga hizo un gesto de incredulidad: la miró en silencio y nos interrogó con los ojos, pero no nos reclamó.

 

        Víctor y yo nos alejamos del comedor y fuimos a ver un río amable y cálido que me hizo recordar los charcos del río Pance, en Cali, cuando yo era niño: rocas redondas de mediano tamaño, leves caídas de agua y pozos llenos de peces pequeños. Allí nos quedamos unos minutos. Yo creía que doña Martha ya nos había contado todo y que nuestro encuentro había terminado. Pero no. La vimos venir hacia el río con los retratos de sus hijos en la mano. Nos los mostró. Eran fotografías plastificadas para protegerlas del paso del tiempo. Doña Martha señaló el rostro de cada uno de sus hijos y volvió a llorar. Víctor la retrató.

Todo tan difícil, todo tan injusto, todo tan lejano. Y este dolor tan cercano.  

Un acto de fe

Texto: Laura María Galindo
Ilustración: Uma/ViL
















Un acto de fe

        —A mí me gusta esta vida bonita —me dice Flora 

Macas—. Con el canto de los grillos, con el agua fresca del río, con la inocencia de los niños y la sabiduría de mi pueblo.

 

        A las seis de la tarde, el sol aún obliga a entrecerrar los ojos, los pájaros cantan obstinados y no quieren dormirse. La luna es apenas una aparición borrosa y la brisa sigue tibia. En Yachaikurí los días son largos.

Así se llama el colegio de los ingas en la inspección indígena de Yurayaco. Queda en el municipio San José del Fragua, una hora al sur de Florencia, Caquetá. “Yachaikuri significa aprender juntos”, me habían explicado los niños un par de horas antes. Aprender a usar las plantas para curar el cuerpo, a cultivar la huerta, a respetar la tierra, a cantar para sanar el alma. A leer y a escribir en lengua Inga, a entender los mensajes de selva y a preparar la uchumanga, un guiso picante para sazonar las comidas.

 —Una vida a la que llegué después de un proceso muy duro, pero muy hermoso —sigue Flora—. Después de perderme e irme encontrando de a pocos, de renunciar a lo que era para convertirme en lo que de verdad quería.

 

        Flora Macas es una de las líderes de la escuela, la rectora, si se quisieran buscar equivalencias de blancos mestizos. Cuando amanece, escucha en silencio el mandato de la montaña, el ‘tucto’, como le dicen los inganos a la misión que los ancestros les confían para cada día. Y en las tardes, cuando el cielo comienza a cerrarse, le canta a las mamas de agua para agradecerles por la vida. Toma ambiwaska —yagé— para guiarse en las decisiones difíciles, que las discute con los taitas en ceremonias sagradas. Es una mujer que lucha desde la asociación de cabildos Tangachiridu Inganokuna por mantener viva su ley de origen y salvaguardar a su pueblo de la mirada abyecta del hombre blanco. Una mujer de 47 años que hace 28 estuvo muy cerca de abandonar sus raíces y volverse monja.

—Pero no me imagine de hábito y cofia mientras le cuento. Espérese a oír a la historia completa.

 

                                                                 ***

 

        Los niños de Yachaikury duermen hace una hora. Para ellos, la escuela también es su casa. Viven internos porque quedaron en medio de una guerra que no les tocaba, perdieron a sus familias y han ido creciendo a fuerza de cicatrices. Son casi las 9 de la noche y Flora, por fin, tiene tiempo de conversar conmigo.

 

         El viento revuelve el río y el canto de los grillos se turna con el croar de los sapos. El comedor está vacío, las sillas apiladas en los rincones, los chinchorros enrollados en las vigas del techo y las luces apagadas. Llevamos dos sillas hasta la puerta en donde nos alumbra la luz de la cocina. Flora pone dos copas de aguardiente sobre un tronco grueso y las llena hasta la mitad.

 

—Yo no tomo alcohol —le explico.

—Yo tampoco. Vamos de uno en uno.

Es una mujer delgada, de rasgos afilados y ojos muy oscuros. Lleva un vestido fucsia con arabescos y el pelo en una trenza suelta. Habla con ambas manos sobre las rodillas y se inclina sobre la mesa cuando quiere ser enfática.

 

        Conoció a las misioneras Bethlemitas en 1981, quienes habían llegado al Caquetá siete años antes para fortalecer las acciones evangelizadoras en el sur del departamento, en los municipios de Morelia, Currillo, Sabaleta y San José del Fragua, y tenían a su cargo la parroquia de Yurayaco. Fueron ellas quienes le extendieron la mano cuando su mamá cayó enferma de ‘un mal viento’ —una dolencia desconocida que en su momento nadie supo explicar—, cuando en su casa faltó la comida y cuando, a los 9 años, dejó el colegio para encargarse de sus diez hermanos menores. También fueron ellas las que le hablaron de seguir estudiando y la invitaron a ser parte de su comunidad. Sin mejores opciones, Flora aceptó este ofrecimiento.

 

        Desde el comienzo estuvo entre las primeras de su clase y sobresalió por su carisma para trabajar con la gente. “Usted tiene vocación”, le decían siempre las Bethlemitas. Cuando iba a comenzar su último año de bachillerato, la invitaron a pasar un tiempo con sus homologas de Ecuador. Hacerlo significaba inscribirse oficialmente como aspirante a los hábitos.

 

        La decisión no era fácil. Ecuador estaba lejos de su casa, de su papá, de sus hermanos y de su mamá que comenzaba a recuperarse de la misma forma extraña en la que había estado a punto de morir. Era abrazar una fe que le era ajena y acomodarse en unas costumbres que no sentía del todo suyas. Pero al mismo tiempo, era conocer otros lugares, otras personas, otras formas de vivir y, sobre todo, era darle a su familia una razón para llenarse de orgullo.

 

—A mí me criaron en un ambiente en el que nuestra identidad se había perdido. Nos habían convencido de que el indígena era un atrasado, un salvaje, un bruto. Así que ya se imaginará usted la felicidad de mis papás con la posibilidad de tener una hija monja.

  

 

Cuando yo comienzo a enterarme de toda la crueldad de la iglesia con mi pueblo, comienzo a aborrecer mi realidad”.    

        En 1886, la Constitución declaró a Colombia un Estado católico y confesional. Un año después, el gobierno firmó un concordato con la Santa Sede Apostólica en el que daba vía libre a las misiones entre los pueblos indígenas —“las tribus bárbaras”, según decía el artículo 31 del manuscrito— y se ofreció a financiarlas.

 

        Al territorio Inga llegaron las expediciones capuchinas y consolatas hablando de un solo dios e imponiendo el bautizo ante una cruz de madera; usurparon el territorio, se apropiaron de las escuelas y obligaron a los indígenas a hablar español, a creer en el infierno y a vivir entre rutinas: comulgar cada tercer domingo, atender a la predicación de los festivos y estudiar la doctrina todos los jueves.

        Estos misioneros presenciaron los abusos y crímenes de los caucheros contra los pueblos amazónicos, pero prefirieron un silencio cómplice en el que evangelizaban a quienes eran mano de obra y convertían en mano de obra a quienes eran evangelizados.

—Nuestra historia es muy dura —dice Flora—. Cuando llegó la religión, llegó un maltrato muy doloroso. Nos botaban la chicha, nos cortaban el pelo. Querían borrarnos de a poquito.

 

        “Gran fe tengo en los exorcismos de Leon XIII contra Satanás. Es por eso que nuestro primer acto es un exorcismo para ahuyentar demonios como el yagé, que por tantos años ha campado a sus anchas por falta de ministros de Dios”, cuenta Gaspar de Pinell en una de sus crónicas apostólicas por el Putumayo.

 

                                                                      ***

 

—Cuando yo comienzo a conocer eso y a enterarme de toda la crueldad de la iglesia con mi pueblo, comienzo a aborrecer mi realidad —dice Flora.

 

        Ya había cumplido con dos de las etapas de formación en la comunidad bethlemita: el aspirantado durante un tiempo en que estuvo en Brasil, y el postulado, unos años después, cuando estudió Licenciatura en Ciencias Sociales en Medellín. Estaba de regreso en Yurayaco e iba por la mitad del noviciado, la tercera y última etapa, cuando la fuerza inganokuna que llevaba dentro comenzó a chocar con el mandato católico al que había prometido su vida.

 

        Las ciencias sociales la habían llevado hasta la antropología y la antropología hasta la cosmovisión indígena. La habían hecho esculcarse muy adentro y reconocerse en las ceremonias de su pueblo. En los cantos al agua, en el tucto de la montaña y en el favor de la selva. Flora se había acercado a los taitas, a sus ritos y a sus preocupaciones, había recorrido sus asentamientos y había navegado por sus ríos. Sabía del dolor de la guerra, de la persecución a sus líderes, de las masacres y de los niños huérfanos.

        Nada de eso encajaba con la vida religiosa ni con el evangelio ni con los votos canónicos. No tenía que ver con vivir en austeridad ni sentirse bendecido por el sufrimiento, apartarse de la familia y jurarle obediencia a la comunidad misionera. Al mismo tiempo, en el cabildo rondaba la idea de crear el colegio Yachaikurí para recuperar el uso de la lengua y los saberes tradicionales. Se hacía urgente reconstruir sus raíces y nunca más creerse “salvajes atrasados”.

 —Los taitas me escogieron para acompañar ese proceso. Yo estaba encantada de asumir esa responsabilidad, pero tenía un problema: seguía siendo monja.

 

                                                                       ***

 

        La botella de aguardiente no va ni siquiera por la mitad. Hemos ido de uno de uno, como me prometió Flora, pero la noche nos está quedando corta. En menos de tres horas los niños estarán despiertos, desayunarán entre bostezos por la falta de sueño y bajaran a la maloca. Recibirán las clases de espiritualidad y medicina y, en la tarde, recorrerán el resguardo de Musu-Alpa para aprender los nombres de las plantas.

 

        En clase de biología estudiarán la chagra: el bosque, el agua, el rastrojo. En matemáticas repetirán los números y las operaciones en inga, y en sociales estudiarán el proceso organizativo del cabildo. 

—¿Usted se sabe los pronombres en inglés? —me había preguntado Nicole antes. Tiene 11 años y vive en Yachaickurí porque la violencia acabó con su casa y su mamá tuvo que irse a trabajar en las plantaciones de coca de La Tigra, a nueve horas en bus de Yurayaco.

 

—Sí —había respondido yo sin mucho interés.

—Pues, entonces, se los voy a enseñar en inga: nuka, kam, pay, nukanchi, kamkuna, paikuna. ¿Me entiende? Yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos. 

   Me vine a construir esta vida bonita. A trabajar por mi pueblo y a disfrutar de lo que soy”.

 

        Al llamado de los taitas, le siguieron varios años de preparación para Flora. En los días de permiso, se iba a Yurayaco para estar en ceremonias, escuchar a los ancianos y purgarse con ambiwaska. Cuando volvía al convento, las bethlemitas la esperaban con reclamos. Que se había perdido los rosarios, que no había leído el evangelio. Que seguro se estaba volviendo loca.

—Muchas de esas cosas las hice a escondidas —cuenta—. De la ambiwaska no les dije nunca porque para ellas era cosa del diablo.

        Las misioneras comenzaron a sospechar y le quitaron los permisos de salida. Endurecieron las reglas y se volvieron distantes. Pero Flora, cada vez tenía más firmes sus convicciones. Se escapaba con la excusa de visitar a su familia en el campo y pasaba las tardes con los indígenas. Una vez se desapareció por cuatro días y viajó a Medellín para conocer el colegio de los Koreguajes de Mamagué. 

        A su regreso, las monjas la esperaban en la puerta: “¿Dónde esta su obediencia?”, le reclamaron furiosas. Flora lo tomó con calma, recibió la reprimenda y pidió hablar con la superiora. Sobre el escritorio, le extendió una carta que comenzaba agradeciendo por todo lo aprendido y terminaba con una frase resuelta: “He tomado la decisión de volver a mis raíces”.

 

        Al principio, las bethlemitas se negaron. Le dieron quince días para entrar en razón, le ofrecieron mudarse a Guatemala o evangelizar en Costa Rica. Le repitieron que se equivocaba, que estaba rechazando su vocación, que ante el mandato de Dios no valían oídos sordos. Pero el estoicismo de su novicia las fue dejando sin argumentos. Pasados los quince días de plazo, se despidieron entre lágrimas y Flora salió del convento.

 

—Me vine a construir esta vida bonita. A trabajar por mi pueblo y a disfrutar de lo que soy. Para las monjas, yo abandoné mi vocación, pero la verdad es que hice todo lo contrario: la recibí con los brazos abiertos, con los ojos cerrados y en un acto de fe.

        Son casi las seis de la mañana y el viento de la madrugada quema los labios. Los pájaros cantan de nuevo. En Yachaikurí, el día comienza a aclararse y a las noches les falta tiempo.

 

En terreno de hombres

Texto: Carolina Gómez Aguilar
Ilustración: juanpablo_otal

En terreno de hombres

Camila Román es una pastusa de 25 años que integra el equipo de fútbol femenino del América de Cali como jugadora profesional hace un año y medio. Desde pequeña escogió este deporte a pesar de que su familia, mamá, papá, y hermana, han preferido el baloncesto. Cuenta que en su barrio era invitada de manera recurrente por sus amigos para jugar y desde ahí comenzó a convertirlo en su principal motivación.

 

Empezó entrenando en Universitario, un equipo de la ciudad de Pasto, donde competía con todas las carencias que han definido a las divisiones inferiores de fútbol y otros deportes que se practican en el país con la intención de llegar a las ligas profesionales “siempre fuimos un equipo que tuvo que hacer rifas, buscar la manera de poder ir a los lugares donde teníamos competencia, buscar cosas en otras ciudades porque en Nariño falta apoyo y gestión para el fútbol femenino y aunque en este momento ha crecido, sigue habiendo limitantes para el desarrollo de este deporte en mi región”.

 

En diciembre del 2018, Yoreli Rincón, jugadora profesional del club Atlético Huila, denunció desde su cuenta de Twitter que el premio de 55 mil dólares que recibió su equipo por quedar campeón de la Copa Libertadores de América Femenina, probablemente sería invertido en el equipo masculino y no en ellas. Y aunque luego de eso Rincón informó que habían llegado a un acuerdo con la Dimayor (División Mayor del Fútbol Colombiano) respecto al premio, la sensación de inequidad de género en el escenario futbolístico del país quedó dando vueltas entre algunos opinadores.

 

El 18 de febrero de este año, en las cuentas de Twitter de las integrantes de la Selección Colombia de fútbol femenino, Isabella Echeverri y Melissa Ortiz, se publicó un video de 50 segundos en el que ambas denunciaron que se sentían amenazadas. “No nos pagan. Ya no nos dan vuelos internacionales. Los uniformes son viejos/usados. La Federación ha cortado jugadoras por hablar. Un empleado trató de venderme mi propia camiseta. Ya no tenemos miedo. Estamos aquí para hablar”.

Las futbolistas lograron que la ministra Arango las escuchara, se pronunciara y garantizara la búsqueda de la solución para la Liga profesional de futbol femenino que hasta la semana pasada tenía un futuro incierto”.

El video fue grabado en inglés y subtitulado al español, con la clara intención de generar un impacto contundente en la opinión pública. Y lo lograron. No solo fueron contactadas de inmediato por medios de comunicación de todo el país, sino que también lograron que el tema llegara a las páginas de medios como ESPN Brasil y BBC Mundo, y recibieron mensajes de apoyo de la Defensoría del Pueblo, de Alicia Arango, ministra del Trabajo; de la consejera para la equidad de la mujer, Ana Maria Tribin; y mensajes de aliento por parte de personajes como Yael Averbuch, futbolista profesional estadounidense.

 

A las denuncias se unió Carolina Rozo, quien fue fisioterapeuta de la selección femenina sub17 hasta abril de 2018, declarando ante la Fiscalía haber sido víctima de acoso sexual por parte del técnico Dídier Luna. Además, John Cano, padre de una de las futbolistas, señaló al preparador físico, Sigifredo Alonso, por intentar abusar de su hija.

 

Las futbolistas lograron que la ministra Arango las escuchara, se pronunciara y garantizara la búsqueda de la solución para la Liga profesional de fútbol femenino que hasta la semana pasada tenía un futuro incierto luego de que Álvaro González, presidente de Difútbol planteara su desaparición. La ministra aseguró que: “La selección colombiana de futbol de mujeres está pasando por un momento muy difícil. No solamente por el tema del acoso sexual, sino también por el tema de acoso laboral. Nosotros desde el Ministerio de Trabajo por ley no podemos permitir que haya acoso laboral o que haya discriminación. Vamos a sentarnos con las personas de la Federación Colombiana de Futbol, la Dimayor y Difutbol, para ver cómo es que vamos a arreglar este problema. Pero es importante que todos sepamos que tiene que haber igualdad. Que ese machismo se tiene que acabar. Y que nosotras como mujeres no vamos a permitir más maltrato”.

 

Camila se considera afortunada porque en ningún momento se ha visto frente a una situación de acoso, y que de hecho, no conoce caso alguno de ese tipo en el equipo donde empezó ni en otro en el que haya estado, “pero para eso estamos las futbolistas desafiando pensamientos retrógrados”, y en esa medida, califica como positiva la posición actual del futbol femenino a nivel mediático porque produjo una unión entre las futbolistas colombianas que las ha motivado a “hacer cosas diferentes para tener resultados diferentes” independientemente de los obstáculos que se les presenten en el camino.

 

Sin embargo, considera incoherente que el presidente Iván Duque anuncie la intención de postular al país como sede del mundial de fútbol 2023, mientras se discutía si la Liga fememina debía abandonar la categoría profesional: “a nuestras compañeras les agradezco por tomar la vocería, porque nosotras no queremos privilegios, nosotras lo que queremos es igualdad y equidad. Queremos que continúe nuestra liga, queremos trabajar en este proyecto juntas, no queremos que esto se termine”.

 

las campeonas de la Copa Libertadores de América Femenina son quienes integran el equipo del Atlético Huila, un logro mayor que desapareció de las páginas de los medios más rápido que cualquier logro menor de un equipo masculino”.

A pesar de eso, Camila piensa que ser sede del mundial sería una oportunidad para hacerse más visibles como figuras de un deporte tan importante para nuestro país, como lo es el futbol. Con tono de indignación, califica de “censura” la escasa aparición en medios de comunicación que tienen los partidos y eventos de las futbolistas. Su indignación resulta muy comprensible. Por ejemplo, las campeonas de la Copa Libertadores de América Femenina son quienes integran el equipo del Atlético Huila, un logro mayor que desapareció de las páginas de los medios más rápido que cualquier logro menor de un equipo masculino “nos hemos sentido marginadas, aisladas y por eso en el país no se conocen los nombres de figuras como Leicy Santos, Natalia Gaitán, Catalina Usme, Carolina Pineda”.

 

En contraste con la indignación, Camila se muestra positiva y esperanzada, pues todo lo que ha sucedido en los últimos días con el futbol femenino le ha demostrado que hay suficiente talento para mantener la categoría profesional y sueña con hacer parte de la selección nacional que en el futuro esté disputando finales mundiales. “Yo estoy más que feliz, para mí esto no representa una dificultad, sino una oportunidad para hacer las cosas bien. Para plantear cosas y dejarlas claras, tanto de nuestra parte como jugadoras, como de parte de los equipos de futbol”.

 

Pasado casi un mes de las denuncias de Ortiz y Echeverry, el 12 de marzo celebramos la noticia de que el fútbol femenino sí tendrá Liga Profesional en Colombia y que en agosto de este año empezaría a disputarse un nuevo campeonato. El anuncio lo hizo la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales desde su cuenta de Twitter asegurando que La Liga profesional femenina de la Dimayor es una realidad y se nombró una comisión conformada por los clubes Independiente Santa fe, Atlético Huila, Cortuluá, América de Cali, Coldeportes y la Vicepresidencia de Colombia: “¡Lo logramos! Trabajamos duro para que las mujeres futbolistas puedan ejercer su profesión”.

 

Por su parte, Isabella Echeverry publicó un mensaje con el hashtag #menosmiedomásfutbol dirigido a la vicepresidenta, a la ministra de Trabajo y a la Defensoría del Pueblo agradeciendo el apoyo y pidiendo que se formalicen los compromisos de los directivos para concretar las que serán las nuevas condiciones para las mujeres en el fútbol colombiano.

 

A la par de algunos colectivos como Avanzamos País, que lideró el plantón del 14 de marzo frente a la Federación Colombiana de Fútbol, las acciones de las futbolistas enviaron un mensaje contundente que rima con las arengas que se corearon el 8 de marzo: Las mujeres no nos vamos a callar más, no vamos a seguir validando la inequidad y ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven, el patriarcado se va a caer, se va a caer, se va a caer.