Ser como abejas

Ser como abejas

Texto

Natalia Barriga

Ilustración

Ana María Sepúlveda

Agosto 23 de 2022

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Ser como abejas

Un proyecto apícola nos enseña sobre azar, simbiosis y defensa de la vida

 En 2019, el Earthwatch Institute declaró a las abejas como el ser vivo más importante del planeta: son fundamentales para la vida del ecosistema, la agricultura y la seguridad alimentaria. Polinizan 71 de las 100 especies de cultivos que consumimos. No obstante, siguen en riesgo creciente. La siguiente historia muestra que hay proyectos que ofrecen alternativas para enfrentar esta crisis y aprender cómo podemos participar de la solución.

La idea de suerte o azar —en el pensamiento arcaico— está asociada con la condición humana: seres que, a pesar de poder planear el curso de sus vidas, experimentan los vaivenes de la fortuna. Mónica Sepúlveda estaba sentada en su casa, en Génova (Quindío), cuando entró por la ventana una abeja moribunda. Quiso darle miel para alentarla pero no tenía, “entonces le hice una llamada al man que me vende la miel y me dijo que estaba pasando por mi casa, que si lo acompañaba a recoger unas abejas me la vendía. Y yo quedé como ‘¡¿qué, ¿¡cómo así!?’”.

Mónica lo invitó a tomar café para que le explicara bien de qué se trataba. El mielero, que lleva más de treinta años trabajando en este campo, le contó que era una operación de rescate: unas abejas estaban en un cafetal cercano y las iban a matar porque no dejaban recoger el café. Mónica aceptó acompañarlo sin imaginar que esa invitación era tal vez un vaivén de la fortuna, un hallazgo para su búsqueda de un oficio.

 

“Armamos un equipo de rescatistas. Yo quería aprender. Nos recorrimos todas esas montañas, lo que teníamos era trabajo, todo el mundo estaba embalado con esas abejas”, cuenta Mónica. El equipo rescató abejas por unos dos años; visitaron fincas, cafetales y lugares inhóspitos convencidos de estar ayudando a mantener la armonía de la naturaleza. Al equipo, esta labor comenzó a significarle ingresos porque las colmenas que rescataban se convertían en cultivos, “como un cultivo de café u otra cosa, una unidad productiva rentable para una familia”, cuenta Mónica, que por esa época produjo una línea especializada de mieles de montaña de distintos sabores, colores y texturas: “Así comencé, rescatando. Luego me empeliculé estudiando”.

En 2019, el Earthwatch Institute declaró a las abejas como el ser vivo más importante del planeta. Mónica lo repite: las abejas sostienen la vida. Habitan la Tierra hace más de 30 millones de años, y hay registro de más de veinte mil subespecies. De ellas, así como de otros polinizadores, dependen las flores, las semillas, los frutos, las cosechas, los bosques, la flora. Su actividad mantiene el desarrollo de los ecosistemas y su diversidad.

Óscar Naranjo, administrador ambiental y guardián de abejas en La Florida (Risaralda), dice que la flora de un lugar es como la matriz de la biodiversidad: “De acuerdo a la diversidad de la flora, uno puede deducir determinada diversidad de aves, de mamíferos, de insectos. Las plantas, los bosques de un sitio, son los que mandan la parada”. Gran variedad de los alimentos que consumimos a diario, espacios que habitamos y disfrutamos y que son el hábitat de otras especies, dependen en gran medida de las abejas. En el caso del ser humano, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) dice que el 90% de los alimentos que consumimos vienen de 100 especies de cultivos, 71 de los cuales son polinizados por abejas. Ellas son el eje central de la agricultura del mundo. Por esta y otras razones, en 2020, en el marco de la celebración del Día Mundial de las Abejas, la FAO dijo que las naciones deberían esforzarse en salvaguardar a las abejas: “unas aliadas fundamentales en la lucha contra el hambre y la malnutrición”.

En enero de 2022, en Colombia fue aprobada la Ley 2193, que tiene como finalidad “establecer mecanismos para incentivar el fomento y desarrollo de la apicultura y sus actividades complementarias”, a través de procesos, algunos básicos y que deberían existir ya, tales como realizar un censo apícola nacional, crear un sistema de registro de apiarios, incentivar a entes territoriales para que designen recursos para promover la apicultura. Y también considera otros procesos más elaborados como vincular la ciencia y la tecnología para fortalecer los proyectos productivos, y desarrollar incentivos por el pago de servicios ambientales para apicultores.

El inicio de una simbiosis

En uno de los días de rescate, Mónica y el mielero se toparon con trabajadores del Sena que iban de regreso a la capital y estaban algo aburridos porque habían ido a Génova a ofrecer inscripciones para un curso de apicultura, pero nadie se interesó. “Fue muy loco”, me dijo Mónica después de reírse, porque unida a la aparición de la abeja moribunda —que desencadenó una serie de sucesos que resultaron en la conformación del equipo de rescatistas—, le pareció otra situación, un poco extraña, apoyada por el azar.

A partir de ese día, Mónica y el mielero empezaron a reunir a agricultores, apicultoras y personas que tenían colmenas —sin importar que fueran pocas—, para cursar procesos colectivos de aprendizaje sobre apicultura. Ese encuentro con el Sena y ese primer taller que les llevó a reunirse, impulso el nacimiento de la Asociación Agropecuaria Cordillerana (Asoagrocordillera), una organización de agricultores de un pequeño municipio rural de un pequeño departamento, que resultaría replicando algunas lecciones de la vida y organización de las abejas que viven en comunidad.

Con la intención de fortalecer el trabajo colaborativo naturaleza-abejas-agro, Mónica y personas de la organización visitaron fincas para que se motivaran a criar sus cultivos de abejas. Les contaban que se trataba de un intercambio: las fincas les proveen a estas polinizadoras flora suficiente, resguardo de la lluvia y de depredadores, calor para mantener la temperatura, y cuidado constante: las abejas, por su parte, mejoran el hábitat, aumentan la producción de sus cultivos, mejoran su calidad, tamaño y sabor, y comparten sus mieles y derivados —como polen, jalea real, cera— que pueden ser consumidos y comercializados como una cosecha más de la finca. “Una simbiosis”, complementa Óscar Naranjo, al charlar sobre estos procesos de apoyo mutuo.

Con 38 personas dedicadas a la producción de miel, actualmente la Asociación está ejecutando un proyecto de apicultura, un agronegocio apoyado por el Proyecto Apoyo Alianzas Productivas (PAAP) del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural. Este proyecto tiene la finalidad de aumentar el desarrollo y competitividad de comunidades rurales empobrecidas, siempre que tengan propuestas productivas rentables y sostenibles con el medioambiente. Cuenta Mónica que al iniciar el proceso había personas que tenían solo una o dos colmenas en sus fincas, porque la apicultura solía ser una actividad secundaria y de poco protagonismo. Por eso, uno de los objetivos del proyecto es que los agricultores puedan ver la rentabilidad de la actividad para su empresa agrícola.

En Colombia, el sector apícola genera más de diez mil empleos directos e indirectos, y la producción crece cada año. Mientras en 2020 se produjeron 3.851 toneladas de miel, en el segundo trimestre de 2021 fueron 4.650, según el MinAmbiente. Sin embargo, Fabio Diazgranados, presidente de Fedeabejas, dice que el sector solo cubre el 20% de la demanda nacional anual y que el resto son mieles falsas e importadas, por lo que enfatiza en la importancia de comprarle a cultivos locales directamente.

La crisis y cómo enfrentarla: diálogo, imitación, acuerdos y cooperación

Además de las abejas, la Organización de las Naciones Unidas dice que polinizadores como murciélagos, mariposas y colibríes, “están cada vez más amenazados por las actividades humanas”. Hablamos de crisis climática, de agricultura intensiva y extensiva, de monocultivos, de deforestación, de fronteras agrícolas, y en especial, del uso indiscriminado de agroquímicos y el aumento de su utilización, que en Colombia crece de forma paralela con el desarrollo agropecuario.

El Quindío, a pesar de ser el departamento de tamaño más pequeño del país, presentó en 2021 la mayor tasa de muerte de abejas. De acuerdo a una nota del periódico La Crónica del Quindío, en una muestra de diez abejas muertas ocho fueron a causa de envenenamiento. Las moléculas más frecuentes encontradas en cada abeja muerta fueron Fipronil —clasificado como posible cancerígeno humano según la Agencia de Protección Ambiental de EEUU— y Clorpirifos, sustancias que se encuentran en la gran mayoría de plaguicidas, según Mónica del Pilar Gómez Gallego, procuradora judicial, ambiental y agraria de Armenia.

Este es un asunto complejo para la producción apícola que quiere mantener libres de contaminantes a sus abejas y los productos derivados de ellas. En especial cuando no tienen la posibilidad de mantenerlas alejadas de cultivos en los que se utilizan agroquímicos, y a los que ellas pueden volar en busca de néctar. Mónica resalta que el municipio de Génova tiene una ventaja, y es que la cantidad y frecuencia de fumigación con agroquímicos es menor que en otros lugares. A pesar de esto, personas de la Asociación han tenido abejas y colmenas intoxicadas, por lo que han ido buscando alternativas para minimizar estas afectaciones, como ejercer cierta pedagogía y acuerdos de cooperación con las personas de las fincas y cultivos cercanos —cuando es posible—; por ejemplo, organizar horarios para la fumigación y evitarla en los momentos en que las abejas vuelan a recolectar el nectar de las flores, o encerrándolas si es el caso: “Si usted sabe que su vecino tiene un cultivo de granadilla, de  aguacate, si usted sabe que su vecino va fumigar, ¿usted fue y le dijo que usted tiene abejas? ¿que en la juega, que cuadremos? Si no, entonces empecemos por ahí, vamos donde el vecino y hablemos con él”, explica Mónica.

Y añade que el diálogo y la imitación son la vía. Intentos de cambiar un poco la dinámica desde la comprensión del beneficio mutuo y de cómo funciona el ecosistema. La imitación hacia una forma organizativa que se asemeje un poco a las virtudes de algunas especies de abejas que viven en comunidad —y que ya hemos visto retratadas en algunas películas y dibujos animados—, en las que todas trabajan en conjunto y en función de una cosa, desarrollan sus roles de la mejor forma posible: salir a recoger polen, parir, limpiar, cuidar a las abejas bebés, custodiar la entrada, alimentar a la reina, estirar la cera. Todo con la finalidad de mantener la vida de su colmena.

La necesidad de aprender de una especie y aplicar ese conocimiento en beneficio de la naturaleza, se ve también reflejado al interior de la Asociación: “Los procesos organizativos son difíciles, pero siempre todos mantenemos en la peli. Todos somos como: parce, trabajamos con los seres más sociables de la naturaleza, cómo no vamos a poder trabajar nosotros en equipo. Entonces ahí ya como que se le baja un poquito; y ahí es como bueno, debemos seguir el ejemplo de las abejas, porque ellas tienen una estructura organizativa muy pro”.

Mónica se refiere a la estructura democrática de algunas colmenas en las que, llegado el momento de nombrar a una nueva reina sucesora, por ejemplo, hacen la elección en conjunto. O si necesitan un nuevo lugar para construir su casa —me cuenta Alejandra, abogada de Caicedonia con una larga experiencia en la apicultura— abejas exploradoras regresan tras encontrar un lugar adecuado, y comparten sus coordenadas con las demás por medio de un baile para que estas también conozcan el lugar y lo aprueben, si es el caso. Pero también existen procesos violentos, como el sacrificio de la reina cuando no está rindiendo como debería, o que las abejas recolectoras no puedan entrar a la colmena si no traen polen y queden expuestas a morir de frío, o el asesinato de las larvas prospecto de reinas que no fueron elegidas.

El dramaturgo y ensayista Maurice Maeterlinck publicó en 1901 un libro titulado La vida de las abejas, y en él dice que una organización humana como la suya, una república como esa, implicaría que tuviéramos como especie un plan que “abarque una porción tan considerable de los deseos de nuestro planeta” y los sacrificios y sufrimientos más duros y absolutos. Es decir: asemejarnos a las abejas en todo implicaría también asumir como ideal una vida inteligente pero violenta y cruel. No parece necesario. Quizá solo habría que imitar lo más inteligente y bello.

Iniciativas como estas y muchas otras que se están dando hace años en el país, reflexiones que también se dan en lo cotidiano, la crisis climática tan brutal en la que estamos, las exigencias que comunidades indígenas y afro llevan haciendo hace un montón de décadas, la amenaza de seguridad alimentaria, entre tantas otras cosas, nos llaman, nos gritan —y quizá obligan— una vez más y con insistencia, a observar la inteligencia de la naturaleza, a intentar acortar la distancia que nos aleja de ella. A mejorar nuestra forma de entender lo vivo, los lugares que habitamos —que son finitos—, la especie más que somos, y a guiar nuestro comportamiento con base en el reconocimiento de que sin cooperación, sin la reducción del impacto de nuestra existencia humana, el sostenimiento de la vida en este planeta es imposible.

***

A veces nos quedamos en el reconocimiento de la importancia de ciertas problemáticas, pero no sabemos del todo qué hacer para mitigar el impacto, así que aquí les compartimos acciones cotidianas sugeridas para aportar en la disminución del impacto de las abejas:

–          Compra miel y productos de colmena orgánicos

–          Evita intermediarios

–          Ten plantas y jardines en tu casa y lugares que habites con diversas especies de flor y si puedes, nativas

–          Consume alimentos orgánicos y locales para incentivar el agro

–          Reduce el uso de papel y recicla, para disminuir la demanda de papel y por consiguiente de tala de árboles (que son el hogar de muchas abejas)

–          Reduce el consumo de carne, pues los extensos terrenos que sirven de alimento a las vacas son perjudiciales para las abejas

–          No utilices plaguicidas tóxicos ni siquiera para las plantas que tienes en casa

–     Si conoces personas que tienen cultivos, incentiva a que tengan entre ellos variedad de especies de flores

–          Evita cuando sea posible que molesten, mojen, quemen o tumben un nido de abejas

–     Incentiva a la protección y defensa de las abejas y demás polinizadores

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