¿Qué ciudad apareció cuando la tierra se movió y dejó a tantas personas sin casa, comida ni abrigo?
No dejo de pensar en la ciudad que salió a cuidar a lxs sobrevivientes, una ciudad que no apareció de la nada. Allí estaban las ollas comunitarias, las redes de cuidado, las colectivas feministas, los cineclubes, los grupos de danza, el parche de músicos, el parche cervecero, el parche literario, el parche deportista y motero.
Procesos grandes y pequeños que llevaban tiempo sosteniendo redes de trabajo colaborativo y ensayando formas distintas de organizar la vida, una vida en colectivo, en la que el bienestar del otrx puede importar tanto como el propio y en la que se reconoce que todas las personas y todos los animales tienen derecho a vivir bien y a vivir libres.
Pero no quiero decir con esto que durante la emergencia hayan desaparecido las desigualdades ni las discriminaciones. Traigo a colación una frase que hemos visto mucho por estos días y que no puede dejar de repetirse: «Las catástrofes no afectan a todxs por igual». Quienes han recorrido la ciudad son testigos de que siempre sufren más quienes ya vivían en condiciones de mayor vulnerabilidad y de que siempre hay personas que quedan por fuera, a las que la ayuda llega más tarde o, incluso, no llega. No a todxs se les vino la casa abajo, pero no es necesario haber quedado en la calle para necesitar ayuda o atención.
También es importante señalar que no todas las personas pueden cuidar de la misma manera ni asumir los mismos riesgos al sumarse a los trabajos de cuidado: hay riesgos y problemas que no son visibles. Sin embargo, en muchas de las redes que se hicieron visibles durante aquellos días no se preguntaba quién merecía un plato de comida, un abrigo o un lugar donde dormir. Se respondía a la necesidad porque estaba ahí y porque, por un momento, fue imposible fingir que una vida podía sostenerse sola.
Además de los procesos que ya existían, fueron miles quienes salieron y se inventaron sus propias maneras de ayudar. Hubo quienes nunca habían cocinado y comenzaron a pelar plátanos; otrxs hicieron el fuego, jugaron con lxs niñxs, levantaron albergues, sacaron escombros, hicieron trasteos ajenos, dieron internet gratis desde su celular o antenas, organizaron la información para recibir mejor las ayudas, mapearon el desastre, repartieron agua y alimentaron animales. Unxs abrieron sus casas; otrxs pusieron carros o motos a disposición. Algunxs terminaron cocinando para cientos o liderando procesos en grupos a los que nunca habían pertenecido.
La ciudad solidaria, entonces, ya existía, pero también fue inventada durante la emergencia. Existían las redes, los saberes y las experiencias organizativas, pero alrededor de ellas aparecieron nuevas relaciones, alianzas y capacidades. Personas que salieron a buscar una forma de ayudar y, al no encontrarla, se la inventaron; personas que descubrieron lo que podían hacer cuando comenzaron a hacerlo con otrxs.
Pienso en todas esas acciones, muchas de las cuales no quedarán registradas y podrían parecer pequeñas: pelar un plátano, lavar una olla, cargar una botella de agua, jugar con unx niñx. Al juntarse hicieron visible lo que, como sociedad, consideramos valioso cuando sostener la vida se convirtió en la preocupación de todxs. El valor no estaba exclusivamente en lo entregado o gestionado, también estaba y sigue estando en las relaciones que se crean mientras se cocina, se cuida o se buscaba entre los escombros.
Quizás a esto se refiere David Graeber cuando propone imaginarnos como proyectos de creación mutua: nuestras acciones no ocurren simplemente dentro de un mundo que ya está hecho, también producen los mundos que habitamos. Mientras las personas cuidaban a otras, se transformaban a sí mismas y comenzaban a crear la ciudad que podía cuidarlas. La solidaridad fue una respuesta a la destrucción y una manera de imaginar y empezar a construir otra ciudad.
Pero ¿qué ocurre cuando esas acciones dejan de ser urgentes? ¿Quién reconoce el valor de cocinar, cuidar, organizar y sostener la vida cuando pasa la emergencia? ¿Quiénes asumieron la mayor parte de ese trabajo y sobre quiénes volverá a recaer cuando las donaciones disminuyan, la atención se desplace y cada persona deba regresar a sus obligaciones? Seguro ya lo estamos viviendo y quienes permanecen lo están sintiendo en sus cuerpos.
Dean Spade, en su libro sobre Construir solidaridad en sociedades en crisis, plantea que el “Apoyo mutuo” además de permitir atender necesidades también puede producir saberes, vínculos y capacidad política. Y es evidente que sí puede producirlos, pero también es evidente que no lo hace de manera automática. Cocinar juntxs no garantiza que quienes sostuvieron las ollas sean escuchadxs cuando se diseñen y/o ejecuten los planes de reconstrucción que incluyen las viviendas, los presupuestos o las prioridades de la ciudad. Para que esa capacidad se convierta en incidencia tendrá que ser reconocida, organizada y sostenida; tendrá que encontrar lugares reales de participación y disputar la posibilidad de decidir.
También tendremos que cuidar que la solidaridad no termine convertida en una excusa para que el Estado abandone sus responsabilidades, y esto también ya se lo hemos leído a muchas personas desde la semana uno. Las comunidades no pueden seguir respondiendo indefinidamente con trabajo gratuito, recursos propios y sacrificios personales a necesidades que requieren garantías públicas. Siguiendo a Spade, reconocer el valor del apoyo mutuo no significa reemplazar la institucionalidad, significa exigir que quienes demostraron saber cuidar la ciudad tengan recursos, garantías y poder para participar en su reconstrucción.
Por eso tampoco podemos dar por hecho que de la catástrofe renacerá una ciudad mejor. Ya también lo han exclamado los menos esperanzados. La reconstrucción puede repetir las mismas desigualdades, dejar las decisiones en las mismas manos y volver invisibles a quienes sostuvieron la vida cuando todo se vino abajo. La ciudad solidaria que vimos aparecer no será necesariamente la que permanezca. Y ya hubo un titular semejante de la Gobernadora del Chocó haciendo un llamado para transformar su departarmento.
Dejemos entonces abierta la pregunta para que sigamos pensando todxs: si el cuidado y la ayuda mutua tuvieron la fuerza para reorganizar la ciudad durante la emergencia, ¿qué lugar tendrán en la reconstrucción? ¿Cómo hacer para que la ternura que sostuvo nuestras ganas de hacer junto a lxs demás no vuelva a depender del sacrificio de quienes cuidan? ¿Cómo convertirla en vivienda, presupuesto, participación y capacidad de decisión?
Porque reconstruir no será solamente levantar lo que cayó, tendremos que, para salir mejores de esta situación, reconocer que mientras todo se derrumbaba fuimos capaces de crear otras relaciones y de imaginar otra ciudad, quizá también otro país. Lo que está en juego ahora es si podemos darle duración y materia sin quitarles a las comunidades lo que construyeron ni liberar al Estado de aquello que le corresponde garantizar.
