11 junio, 2026

“Somos un clan”: Juliana Gómez Nieto y las mujeres que sostienen el mundo

Mariel Bejarano Vásquez

ILUSTRACIÓN:
Felipe Rivera Echeverri
Entrevista, Genero e inclusion
A partir de la novela "Nuestros dones", Juliana Gómez Nieto reflexiona sobre algunas de las preguntas que han marcado su vida y su escritura: ¿por qué seguimos cuidando?, ¿cómo se heredan los mandatos familiares?, ¿qué lugar ocupan los hombres en estas historias? y ¿cómo se construye la memoria de una familia?

Hay una idea atribuida a la antropóloga Margaret Mead que aparece varias veces cuando se habla del origen de la civilización: el primer signo de humanidad no habría sido un arma ni una herramienta, sino un fémur fracturado que logró sanar.

En el mundo animal, una fractura severa suele equivaler a la muerte. Un hueso soldado, en cambio, demuestra que alguien permaneció ahí el tiempo suficiente para cuidar al herido, alimentarlo y ayudarle a sobrevivir.

La historia apareció impresa por primera vez en 1980, cuando el médico Paul Brand recordó en un libro de memorias haber escuchado años atrás a Margaret Mead explicar que un hueso fracturado y sanado podía ser una de las primeras señales de civilización. No existe, sin embargo, un registro directo de Mead hablando del famoso hueso soldado. Con el tiempo, la anécdota terminó circulando como una especie de relato transmitido oralmente en conversaciones sobre cuidados, afectos y civilización. Yo la escuché por primera vez en una clase sobre cuidados en América Latina. Y Juliana Gómez Nieto la convirtió en literatura.

En Nuestros dones, novela ganadora del Premio Nacional de Novela Inédita 2025 del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y publicada por el Fondo de Cultura Económica, la escena aparece despojada de cualquier carga teórica evidente: Julia, la narradora, intenta entender en qué momento su madre pasó de ser cuidadora a convertirse en alguien que también necesita ser cuidada. La aparición de la historia atribuida a Margaret Mead la lleva entonces a preguntarse si el cuidado nace del amor, de la solidaridad o de algo más primitivo e inevitable: el instinto de permanecer junto al otro.

En el fondo, el personaje intenta explicarse a sí misma por qué siente esa pulsión repentina de quedarse cuidando a su madre —quien enfermó después de años cuidando a la abuela— y por qué ella, que durante tanto tiempo cuestionó el sacrificio silencioso de las mujeres de su familia, empieza de pronto a sentir la necesidad profundamente humana de quedarse junto a ellas.

Aunque Juliana Gómez Nieto ha trabajado durante años en organizaciones vinculadas a agendas feministas y discusiones regionales sobre cuidados y género, Nuestros dones desplaza esas preguntas hacia la intimidad de una familia y hacia la experiencia contradictoria de sus personajes. Las discusiones sobre autonomía, trabajo doméstico, enfermedad, dependencia y redistribución del cuidado aparecen encarnadas en mujeres agotadas, crueles, amorosas, culposas y profundamente atravesadas por los vínculos afectivos que intentan sostener.

Durante la conversación que presentamos aquí, Juliana habla de su paso por espacios de incidencia política multinivel, de discusiones sobre pobreza de tiempo, autonomía económica y redistribución del cuidado en América Latina. Pero también insiste en algo que atravesó la escritura de su segunda novela: su interés no estaba en explicar esas discusiones desde el lenguaje académico o institucional, sino en convertirlas en experiencia narrativa. “No expliquen, narren”, recuerda que le repetía un profesor en Argentina, país donde estudió su pregrado y del que regresó hace más de una década para radicarse en Medellín, desde donde atendió esta llamada.

I.
Julia y la resistencia al cuidado
La tensión entre el deber y el querer

Mariel Bejarano Vásquez:
¿Por qué consideras que el personaje, desde el punto de vista de la narradora, es polémico? ¿Tiene que ver con su resistencia a cuidar o por qué?

Juliana Gómez Nieto:
Sí, claro. Porque ese personaje constituye uno de los temas de la novela, que es la tensión que existe entre el deber y el querer.

Y también es interesante porque los personajes se construyen en torno a otros personajes. Yo no puedo construir un personaje sin pensar en su relación con los otros. Entonces ese personaje es como la contraposición a la abuela. La abuela rural del campo tiene unas ideas de la cultura popular, unas prácticas, y este personaje es todo lo contrario. Es urbana, cosmopolita, estudió y también quiere explorar el mundo. Quiere distanciarse un poco de eso, de donde viene.

Yo quería construir eso que a mí me pasó mucho en la vida, más allá de la literatura. Durante mucho tiempo tuve una postura muy progre. Por ejemplo, fui muchos años vegetariana y cuando ya volví a escribir este libro tuve que investigar mucho sobre el campo y sobre las prácticas del campo y entender la relación que tienen las personas que habitan en el campo con los animales, que va más allá del discurso progre de “no te comas las vacas” o “no maltrates los caballos”. Que, por supuesto, está mal. Pero de lo que me di cuenta —y eso fue muy hermoso— es de la relación tan importante que tiene la gente del campo con los animales y que la gente urbana no lo ve y no lo entiende. Aunque se coman las gallinas, las cultivan, las cuidan, las quieren, les ponen nombre aunque se las coman.

Me parecía muy interesante esa contraposición entre ese personaje urbano que juzga, que no entiende las dinámicas del campo, que no entiende el universo y cómo funcionan esas percepciones, y que cree que porque la abuela hace caldo de gallina no las quiere. Y es mentira.

Y por el otro lado está el tema del querer y el deber de ella, desde lo que llama “el enroque de roles”: cuando la vida nos pide un enroque de roles y aunque queramos estar persiguiendo mamuts o conquistando el mundo, tal vez sea el momento de volver a cuidar de quienes nos cuidaron. 

Además está esa tensión tan grande que existe con el tema de los cuidados, que claramente están atravesados por el amor, por la pertenencia, pero también son sofocantes, nos enferman y pueden ser un lugar de opresión y de violencia muy grande, porque recaen precisamente sobre las mujeres.

MBV
Claro. Escuchándote recordé que ahora que estoy preparando una exposición sobre un tema de afectos y cuidados, me enteré de que las investigadoras feministas francesas dejaron de traducir el término care (lo usan en inglés y no en francés) porque el término más cercano que existe en su lengua solo abarca la dimensión curativa del cuidado, mientras que care incluye las dos dimensiones: tanto la médica como la atención y el interés afectivo por la persona que se cuida. En español la palabra cuidado tiene también esas dos dimensiones.

Vi ese conflicto de las feministas francesas con el concepto, como un equivalente al conflicto que sientes al verte obligada a mostrar que el personaje y narradora principal no está dispuesta a sacrificarse de ninguna manera. Y creo que justamente una de las cosas que más me interpela de la novela es que Julia va cediendo poco a poco. Sin embargo, los monólogos —creo que solo hay dos, si mal no recuerdo— están cargados de esa rabia que genera no poder resistir más y tener que rendirse y finalmente aceptar.

Entonces, sé que has trabajado con organizaciones feministas, y quiero saber ¿Cuál ha sido tu relación con el feminismo como práctica y cómo atraviesa tu escritura?

JGN
Durante mucho tiempo trabajé en una organización internacional que hace incidencia política multinivel, entonces participé en agendas internacionales donde se discutieron algunos de los principales tratados sobre cuidados en América Latina y en el mundo.

Durante muchos años trabajé en una organización internacional que hace incidencia política multinivel, así que participé en discusiones regionales sobre cuidados y género. Estuve en Buenos Aires durante la XV Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, donde se aprobó el Compromiso de Buenos Aires, uno de los principales acuerdos regionales para reconocer el cuidado como un derecho humano y avanzar en políticas públicas relacionadas con la agenda regional de género, que atraviesa todos los países y hace parte de Naciones Unidas.

Porque el cuidado está intrínsecamente relacionado con la pobreza monetaria y con la pobreza de tiempo. No se puede alcanzar la igualdad de género mientras las mujeres sigan ejerciendo trabajos de cuidado no remunerados dentro de sus casas.

Las mujeres no tienen autonomía económica porque no pueden ir a estudiar o no pueden ir a trabajar: se tienen que quedar cuidando enfermos, personas mayores, hijos, hermanitos. Hay estudios que demuestran que muchas veces las mujeres abandonan la escuela y ya no vuelven porque tienen que quedarse cuidando mientras su mamá trabaja.

Entonces, si una mujer no tiene tiempo para estudiar ni para trabajar, menos acceso va a tener a la autonomía económica y más posibilidades va a tener de sufrir violencias estructurales, porque depende económicamente de otros. De un hombre, su papá, su mamá u otras personas.

Es un tema muy teso porque muchas veces cuando hablamos de las violencias hacia las mujeres la gente dice: “pero yo no entiendo por qué no se va y deja a ese hombre”. Y es como: tiene tres niños y no tiene cómo mantenerlos. Si se pone a trabajar, ¿quién se los cuida?

Entonces esa dimensión de los cuidados sí está directamente relacionada con el género.

Yo trabajé mucho tiempo en ese espacio. Después estuvimos en México, en el Compromiso de Tlatelolco. Los Estados reafirmaron que iban a invertir en temas de cuidado y empezaron a tomarlo como un tema central dentro de la economía. Porque hoy está directamente relacionado con el producto. La plata que se ahorran los Estados por el trabajo invisibilizado de las mujeres es enorme. De verdad los cuidados sostienen la vida.

Y ahí aparece también otro tema muy fuerte: la crisis de natalidad. Todos los sistemas de protección social están relacionados con que las personas que hoy tienen capacidad de trabajo paguen las pensiones de las personas que están envejeciendo. Pero cada vez nacen menos personas y entonces el sistema no tiene cómo sostenerse.

Entonces ahí el Estado empieza a preguntarse cómo redistribuir el cuidado, cómo construir políticas para avanzar en la agenda regional de género y cómo permitir que las mujeres salgan de la pobreza estructural teniendo más tiempo y más oportunidades.

Digamos que desde lo político yo estoy completamente atravesada por eso. Era coordinadora de comunicaciones de esa organización, tenía contacto permanente con gobiernos, con Naciones Unidas. También estuvimos en encuentros globales en Nueva York cuando se cumplieron los treinta años de Beijing, los treinta años de algunas de las agendas más importantes de las mujeres. Entonces sí, claramente estoy atravesada por el feminismo.

Pero mi interés como narradora y como escritora no era posicionar esos mensajes a través de datos o desde el lenguaje de la incidencia política. Lo que me interesaba era construir una historia que tuviera que ver con las emociones, con la cotidianidad y con cómo realmente las mujeres viven el cuidado y cómo lo han vivido las mujeres de mi familia que se han quedado cuidando.

Entonces se cruzaron esos dos caminos. Esa formación política y académica me dio herramientas, información, contexto, pero paralelamente yo venía escribiendo una novela que intentaba contar todo eso desde otro lugar. No desde el panfleto, ni desde el lenguaje periodístico, ni desde la incidencia multinivel, sino desde la literatura.

Y ahí eso fue mucho más complejo, porque yo te puedo escribir un tratado entero sobre cuidados. Pero la literatura trabaja con lo simbólico, con el lenguaje, con la semántica, con las imágenes. Son otros planos de construcción del sentido.

Yo me acuerdo mucho de que en Argentina un profesor decía: “No expliquen, narren”. Y eso se me quedó muchísimo. Porque en literatura no hay que explicarlo todo. El lector entiende a partir de los elementos que uno le da y construye un sentido propio. Entonces yo tenía mucho miedo de que el texto sonara demasiado teórico o demasiado político, que se sintiera más la feminista que la escritora.

Claro que es una escritura feminista, pero mi interés era llegar a las personas —hombres y mujeres— desde otro lugar. Que pudieran conmoverse con este tema independientemente del discurso político o de los derechos humanos, que igual está ahí, pero camuflado.

II.
El cuidado y las trampas del amor
Las mujeres también ejercemos violencia entre nosotras

Mariel Bejarano Vásquez:
¿Por qué crees que las mujeres —o el trabajo doméstico— continúan realizándose de manera gratuita y en cierta forma voluntaria por parte de las mujeres dentro de la familia y la pareja? Incluso en nuestra generación, que tiene conciencia de género, terminamos cediendo y reproduciendo eso que la socióloga y politóloga Helena Hirata llamó “los resortes de la servidumbre doméstica”.

Pensé mucho en eso mientras leía la relación entre Julia y su madre, porque ella intenta sacarla de ahí constantemente. Le dice: “la abuela tiene más hijos, no es solo tu responsabilidad”. Pero luego aparece también la enfermedad de la cuidadora, que es otra cosa muy fuerte en la novela…

Quiero entonces preguntarte si cuando volviste a Colombia te enfrentaste nuevamente a esas dinámicas familiares y cotidianas de cuidado. Y si estando por fuera también te encontraste con esa forma en la que terminamos cediendo dentro de las familias y reproduciendo con nuestras parejas ese mismo sistema que tanto criticamos.

Juliana Gómez Nieto:
Yo creo que es muy interesante porque yo, como Juliana, soy una persona a la que le gusta cuidar y le gusta mucho lo doméstico. Entonces por eso me costó mucho construir ese personaje que se rebelara ante eso, porque no soy yo. O sea, en parte sí y en parte no, pero también es muy diferente a lo que yo haría.

MBV
¿Pero peleas con eso? Porque yo siento que es una batalla que todas hemos tenido que librar.

JGN
Mira que me pasó algo muy curioso: después de que terminé de escribir el libro, mi mamá se enfermó y me tocó ir a cuidarla y convertirme en su cuidadora. Me convertí en el personaje.

Ahí sí fue muy fuerte porque entendí la codependencia de los cuidadores. Y yo, que tengo tantas herramientas políticas y teóricas, de repente verme siendo cuidadora y darme cuenta de que nada de eso me eximía de vivir la experiencia, porque estaba atravesando la codependencia psicológicamente.

En un momento yo misma me empecé a olvidar de mí porque lo importante era mi mamá, que era la que estaba enferma. Y yo decía: “No puede ser que haya escrito un libro sobre esto, no puede ser que yo trabaje con la agenda regional de género, no puede ser que me pase a mí”.

Pero me pasó.

Entonces fui a terapia, afortunadamente, para poder hablar de esto. Y de lo que me di cuenta también ahí fue que estamos atravesados por el cuidado. Que sí hay una cosa de los roles de género, por supuesto, y de la división sexual del trabajo, que es súper política, pero también hay una cosa que es súper humana, más allá de los hombres o las mujeres, que es la pertenencia al clan, lo mamífero.

Y eso es bonito, porque frente a lo que yo me he rebelado y decía: “esto es lo que nos ata, esto es lo que no deja que las mujeres evolucionen, esto es lo que no permite que tengamos autonomía”, también es lo que permite la supervivencia de la especie. Es también lo que permite que como especie, como civilización, evolucionemos más allá de un ser individual. Lo colectivo.

Entonces es muy curioso, porque yo creo que este es un tema que tiene tantas capas que no puedo decir que lo descifré o lo entendí. No. Yo creo que quedé con más preguntas. Podría escribir otra novela sobre el cuidado, te juro. O varias más, porque hay muchas cosas que no entiendo y que me siguen generando mucha tensión como Juliana.

Entonces sí, en parte sí me peleé y en parte decía: “¿cómo me voy a convertir en todo lo que he criticado?”. Pero es porque una cosa es el ejercicio teórico y político y otra cosa es el ejercicio de la vida real, cotidiana, que te atraviesa.

Es lo que siempre hablamos también las feministas: esa diferencia entre lo filosófico y lo político, que es muy fuerte, porque filosóficamente pensamos un montón de cosas, pero a la hora del día a día estamos atravesadas por un cuerpo que es finito, por unas relaciones de poder, por unas condiciones estructurales que también tienen que ver con las matrices de opresión.

Porque tal vez si yo tuviera más dinero, le pagaría a mi mamá una súper enfermera que la cuidara y no tendría yo que estar.

MBV
Claro. Y también siento que el personaje de la madre representa mucho eso: esos resortes afectivos que hacen que una termine reproduciendo el mismo sistema que la oprime.

Y entonces me pregunto si la solución estaría realmente en reconocer el trabajo doméstico como trabajo y remunerarlo como tal. Si eso resolvería, al menos parcialmente, esa pelea que muchas mujeres vivimos con el cuidado.

JGN
Sí. Yo lo que creo es que sí debe haber una redistribución política de los cuidados. Y eso también tiene que ver con el tema de la crisis de fecundidad de la que estábamos hablando al principio.

Porque yo te digo una cosa: yo creo que yo sería mamá si existieran otras formas colaborativas de distribución de los cuidados o si los cuidados fueran colectivos. Y no hablo solamente del papá, la mamá y la abuelita que lo cuida mientras no estoy. Estoy hablando de otras formas de crianza donde la humanidad pueda redistribuir el cuidado de los niños, de las niñas, de los ancianos, de las personas con discapacidad que necesitan cuidados.

Creo que sí hay una cosa de las mujeres, de cadenas de transmisión del patriarcado a través de la cultura y de la educación, por supuesto. Y por eso creo que la única manera de transformar el patriarcado es a través de la cultura. Y eso implica muchas cosas, pero especialmente trabajar con los hombres, con las mujeres, con todo el mundo, no solo entre mujeres.

Pero creo que eso también quería mostrarlo en el libro: cómo se incuba la crueldad. Cómo las mujeres están destinadas, o cómo muchas veces millones de mujeres todavía, sobre todo las mujeres campesinas, rurales, tus tías del pueblo, tus tías abuelas, mis tías abuelas, estaban condenadas a un destino y ni siquiera se pertenecían a ellas mismas. Porque eran pensadas como: “fulanita está para cuidar a los otros”. Y si no se casa y tiene hijos y cuida a sus hijos, se queda cuidando a la mamá. Entonces se veía a la mujer como un objeto, como un bien de servicio, como un animal de carga para que realizara unas labores.

Y esa frustración que sentían las mujeres ante ese destino fatídico, la mayoría de las mujeres lo que hacían era replicarlo con sus hijas. Entonces ahí también hay una cosa de la crueldad muy fuerte, porque es como: “si yo no pude ser libre, tú tampoco lo vas a ser. Y si yo me tuve que quedar cuidando al otro, tú también te vas a quedar cuidando”.

Y es algo de lo que no se habla mucho en nuestra sociedad: la crueldad también de las personas viejas, que solemos idealizar. Solemos pensar que porque alguien está viejo y enfermo entonces es bueno. Y no. También pueden ser maltratadoras, crueles y violentas con las otras personas que las cuidan, por la frustración, por la rabia.

Pero idealizar el cuidado, idealizar el tema de la relación entre las mujeres, que también muchas veces está atravesada por la crueldad, por el dolor, por el resentimiento, por la frustración y por el amor también… No nos vamos a decir mentiras: las mujeres también ejercemos esas formas de violencia con nuestras hijas, con nuestras madres, con nuestras abuelas, porque así ha sido el mandato.

Tal vez es una forma de descargar lo que a ellas les ha pasado. Entonces también poner en evidencia esas cadenas de transmisión del patriarcado a través de las mujeres, a pesar de las mujeres, me parece importante. Todo es mucho más complejo de lo que pensamos.

Y lo que te decía: no me interesaba construir un libro de “pobrecitas las mujeres, pobrecitas las mujeres que cuidan”. No. También quería preguntarme cuáles son las violencias que se ejercen ahí, entre esas mujeres, más allá de los personajes masculinos, que igual están ahí de una manera espectral, ausente, y que tienen una construcción diferente.

MBV
Y ahí aparece el personaje de la madre, que es muy fuerte porque ella parece entregarse completamente al cuidado, incluso sabiendo que eso la destruye.

¿Cómo construiste esa voz?

JGN
Ese personaje es muy interesante porque está construido en parte a partir de mi mamá, que es una persona que toda su vida ha cuidado de los demás, desde que es niña, y que ama cuidar de los demás.

Yo peleaba mucho con ella en la vida real y le decía: “Basta, te estás enfermando por cuidar de los demás”. Pero al final ni siquiera era un destino, sino que era la elección de ella. La autonomía. Entonces hablamos de la autonomía, pero una persona dice que ama cuidar, que quiere cuidar, y tú te resistes y dices que no, que está equivocada.

Entonces esa contradicción de que sí hay personas a las que les gusta cuidar y lo que necesitan son condiciones dignas. Lo que necesitan es una distribución de los cuidados, que se les pague, tener condiciones de bienestar y que se les reconozca que aunque ellas cuiden, también necesitan ser cuidadas y necesitan de los cuidados.

Ahí es donde hablamos de la interdependencia, que no es como: “yo doy, doy, doy”, como la madre que se sacrifica, la madre luchona que no necesita nada. Ese paradigma hay que replantearlo, porque por eso las mujeres están enfermas y se enferman de una manera tan radical y tan diferente a la de los hombres. Están enfermas de verdad.

Creo que el personaje de la madre me quedó más fácil porque mi mamá es un personaje literario. De verdad, muchas de las cosas que aparecen en el libro eran literales, eran sus figuras retóricas.

El otro día me dijo que se puso a llorar y que lloró como una fuente eléctrica. Yo dije: “Esto es otro libro. Otro personaje”. Mi mamá todo el tiempo habla con figuras literarias, es una contadora de historias nata, es un personaje muy novelesco.

A partir de ahí la fui construyendo. Eso me ha generado tensiones porque sí hay un tema ético. Aunque ella tiene muy claro que esa no es ella y que el de la novela solamente es un personaje, sí me he preguntado por si el personaje que construí es el que ella quiere, el que está bien, porque si bien hay mucho de la autoficción y de la cotidianidad, ese personaje es riquísimo, y fue con el que estuve en conflicto muchos años: ¿Por qué quieres cuidar si cuidarte enferma?

Después, cuando la vida hizo en la vida real —no en la literatura— su enroque de roles, yo me fui a cuidarla porque ella estaba enferma y quedé atrapada en lo mismo que juzgaba.

III.
La abuela, la fotografía y el archivo
Mi abuela era un archivo vivo con fecha de caducidad secreta

Mariel Bejarano Vásquez:
Hay algo que me impresionó mucho leyendo la novela y es cómo la abuela termina convirtiéndose en una especie de centro gravitacional de la historia, incluso cuando uno siente que la novela venía buscando otra cosa.

Y pensaba mucho en eso mientras te escuchaba hablar de las fotografías, de los archivos y de esas vidas que muchas veces no quedan registradas. Porque tuve la sensación de que el libro se mueve constantemente entre el miedo a perder a alguien y el deseo de conservarlo.

Entonces quería preguntarte cómo aparece realmente la abuela dentro del proceso de escritura. En qué momento entiendes que ella termina desplazando otras historias y ocupando ese lugar central dentro de la novela.


Juliana Gómez Nieto:
Yo quería escribir una novela sobre mi abuelo, porque no había fotografías sobre él. Entonces empecé a construir a partir de historias esa imagen (una fotografía central en la novela).

Y en el proceso de investigación me di cuenta de que estaba mi abuela, que en realidad era un archivo vivo con fecha de caducidad secreta. Que mi abuela se iba a morir y que yo estaba obsesionada con el que ya se había muerto, en lugar de aprovecharla a ella.

Entonces ahí empecé a observar a mi abuela y ella me contaba historias. Y yo la veía en su decrepitud y en su tiempo muerto, ya en su cenit, sabiendo que fue una mujer tan fuerte y tan dominante.

Mi abuela era tan capricorniana… y verla tierna, dulce, como otro personaje distinto al que yo había conocido, porque también había sido una mujer cruel. Yo decía: “¿Cómo puede ser que este personaje conviva?”.

Y como yo me había ido tantos años y cuando volví mi abuela me adoraba, nuestra relación floreció en ese tiempo. Y yo dije: “Este es un personaje maravilloso”, porque está lleno de contrastes y los buenos personajes de la literatura están llenos de contrastes.

Entonces, por un lado estaba vieja, estaba enferma y necesitaba cuidados, pero por el otro era súper vanidosa y le encantaba estar linda y que le dijeran que estaba linda y oler bien aunque se estuviera muriendo.

Entonces su drama era: “Me veo fea porque estoy vieja”. Y yo decía: “¿Por qué no es legítimo que eso sea un conflicto de un personaje?”. Porque creemos que por estar viejos perdemos nuestra humanidad, que es la vanidad, el deseo. Como si las personas viejas dejaran de tener deseo, coquetería, ganas de gustarle a los otros.

Entonces me pareció muy interesante que alguien viejo tuviera toda esa complejidad.

Y también me costó mucho porque cuando empecé a construir este personaje, así como tenía miedo de no alejarme del tono político y feminista, también tenía mucho miedo de construir personajes que fueran buenas víctimas. Las pobrecitas mujeres campesinas.

Porque también empecé a preguntarme sobre el tema del poder, del colonialismo y del extractivismo al narrar. Sobre qué significa llegar y usar la vida de los otros para construir literatura. Incluso si esos otros son tu propia familia.

MBV
Y siento que ahí la fotografía empieza a funcionar de otra manera dentro de la novela. Porque ya no aparece solamente como recuerdo, sino también como prueba material de que ciertas personas existieron.

Y además hay algo muy fuerte: por un lado están las fotos que sí existen, pero por el otro están todas las imágenes ausentes, todas esas vidas que no quedaron registradas.

JGN
Sí. La fotografía está muy presente en la novela. Julia describe fotografías, habla del archivo familiar, de las fotos que no están y las que sí están, del fuera de campo de la fotografía.

Pero no habían muchas fotos en mi archivo porque precisamente pertenezco a una familia campesina donde la fotografía es un rasgo de clase. Entonces era súper curioso porque por parte de la familia de mi papá hay álbumes, miles de fotos, y por parte de la familia de mi mamá no. Y pertenecen de alguna manera a clases sociales diferentes y han tenido distintos poderes adquisitivos. Mi mamá mucho más rural, mi abuela de Santuario, de campo, de vereda, de finca; mi papá de Calarcá, pero del pueblo. Entonces sí había una relación distinta con la fotografía.

Y eso me obsesionó muchísimo, porque yo decía: “¿Qué pasa con las personas que no fueron fotografiadas? ¿Qué pasa con las vidas que no quedaron registradas?”.

Y empecé a pensar mucho en el archivo íntimo. En la fotografía, pero también en la historia clínica, en la partida de bautismo, en esos documentos que parecen completamente técnicos, burocráticos, fríos, pero que cuando una persona se muere terminan teniendo una carga poética impresionante porque son la prueba de que alguien estuvo aquí.

Entonces el libro empezó también a pensar mucho eso: cómo peleamos contra la desaparición.

Porque al final la escritura también es eso. La fotografía también es eso. El archivo también es eso. Una forma muy humana y muy desesperada de decir: “esto existió”.

MBV
Hay una fotografía que termina ocupando un lugar muy importante en la novela. Quiero preguntarte por ese ejercicio de mirar una imagen una y otra vez para intentar reconstruir una historia familiar. ¿Cómo apareció esa fotografía en la escritura del libro?

JGN
No sé si porque está detenido en la fotografía, porque está detenido en la inmortalidad de la fotografía. Y eso es bonito porque el libro también habla mucho sobre lo perenne y sobre la fugacidad de la vida. Olvidamos que realmente venimos un momentico al mundo. En la historia de la humanidad, en la historia del universo, es muy poquito lo que estamos aquí, pero es muy intenso.

Y poder inmortalizar algo —en la fotografía, en la escritura, en el archivo íntimo— me parece profundamente humano.

Pero además está el misterio de quien no conocemos. Es mucho más fácil construir ese misterio con quien no conocimos, de quien solo tenemos un relato, porque nos relacionamos con eso a través de la idealización. Siempre todo muerto fue muy buena persona. Siempre que alguien se muere olvidamos sus defectos y lo ponemos en otro lugar de la memoria.

En cambio es mucho más difícil construir el misterio con quien tenemos cerca. Y esa también es una pregunta de la novela: ¿quién es realmente mi mamá?, ¿quién es realmente mi abuela?, ¿quién es el otro? Porque creemos que conocemos a las personas y en realidad solo conocemos la relación que tenemos con ellas.

Y eso también me parece muy bonito de pensar: cómo nos construimos en relación con los otros. Porque creemos mucho en esta idea contemporánea del yo, yo, yo. Y yo creo que lo que esta novela viene a decir es: es mentira, no somos tan yo. Somos un clan, somos una estirpe, somos una herencia, somos un colectivo.

Y así como en literatura un personaje se construye a través de los otros personajes, en las familias también nos construimos así.

MBV
Y por eso me parece tan bonito que finalmente la portada termine resolviendo algo que en la novela no existe: esa imagen de las tres mujeres juntas. Porque justamente no hay una foto de las tres.

Entonces me parece maravilloso que finalmente esa sea la imagen que puede hacerse el lector. Y creo que es un gran acierto, sobre todo viendo ahora esto que hace referencia también al lugar de la fotografía, a esa materialidad del recuerdo.

Y más porque no asocié la imagen a un archivo de una artista.

JGN
Sí. La portada es una obra de la artista Anna Maria Maiolino y terminó siendo fundamental. Porque yo vi esa obra en una retrospectiva suya en el MALBA, en Buenos Aires, y me obsesioné. Le tomé una foto y dije: “esta es la portada de mi novela”.

No porque creyera que realmente iba a lograrlo, porque tú sabes que en el mundo editorial es dificilísimo que la portada sea la que el escritor quiere. Empezando porque los escritores tenemos pésimo gusto y somos súper clichés para las portadas.

Pero yo guardé esa imagen porque me servía para fijar el sentido de la novela. Porque cuando uno escribe novela puede irse por muchísimas vertientes. Yo podía escribir una novela sobre las violencias hacia las mujeres, o sobre la venganza, o sobre el cuidado.

Y cada vez que me perdía volvía a esa imagen y decía: “¿qué es lo que realmente quiero decir?”.

Y lo que esa imagen me devolvía era esto: la interdependencia mamífera, la relación entre las mujeres, lo que se hereda, lo que nos ata y también lo que nos sostiene.

Además eran la abuela, la madre y la hija. Y había algo universal ahí. Yo quería que, aunque la novela estuviera profundamente atravesada por el Eje Cafetero, por nuestra poética del monte, por nuestra riqueza lexical y nuestros personajes, también pudiera sentirse como un drama universal.

Porque esas mujeres podían ser de cualquier parte del mundo. Italianas, brasileñas, colombianas. Había algo arquetípico en ellas.

Entonces esa imagen terminó convirtiéndose en una especie de amuleto de escritura. Cada vez que me perdía en la novela volvía a verla. Y volvía a preguntarme: “¿qué es lo que quiero decir realmente?”.

IV.
Masculinidad y fantasmas familiares
Los hombres también son personajes espectrales

Mariel Bejarano Vásquez
Quiero preguntarte por la figura del hombre. Cuando se habla del abuelo me genera mucha gracia la lectura porque sin bien hay una mirada crítica sobre esa figura y sobre esta idea de que es dueño de su propio destino, las características que usa la narradora para referirse a él son el anhelo de la libertad, el que ríe, el que posa. Hay toda una interpretación idílica alrededor de ese recuerdo.

Juliana Gómez Nieto
El personaje del abuelo iba a ser el personaje principal, pero pasaron cositas. Hubo un desplazamiento de la mirada, afortunadamente, y fue muy chévere porque le da mucha riqueza al libro, a mi modo de ver. Permite situar una historia contemporánea, sobre un tema contemporáneo, desde un punto de vista contemporáneo, en un universo rural campesino.

A mí el personaje del abuelo me sirvió mucho para construir ese universo: la historia de la masculinidad, de los tiempos, de los años setenta en el campo, el mandato de la masculinidad, el mandato de los nuevos mundos, del descubrimiento de las huacas, de convivir con los animales. 

Eso le dio una riqueza enorme al libro porque lo sitúa en un contexto muy particular. Creo que eso es bonito: ese contraste entre “bueno, esta es la historia de tres mujeres”, pero aparece toda esta historia del monte, que creo que ha funcionado porque en Colombia todos tenemos un pasado rural y todos tenemos una abuela o estamos relacionados con una madre que cuida o que ha cuidado. Son dos cosas emocionales que han funcionado con los lectores, porque hay una significatividad. 

Ese personaje me permitía mostrar también el mandato de la masculinidad, que es súper fuerte. Todos los personajes están atravesados o construidos a partir de los proverbios o los refranes populares. Entonces, si tú ves, los del abuelo tienen que ver mucho con la masculinidad: “de noche todos los gatos son pardos”, “quien no arriesga no cruza el río”, “la que calla otorga”.

Con la abuela también, cierto. Todo su destino, su universo y su argumento están relacionados con eso.

Los del abuelo siempre son como: “hombre prevenido vale por dos”. Y eso también da cuenta de una época y de una forma de ser hombre. Muchas veces el cuidado, en el caso de los hombres, tiene otra dimensión que tiene que ver con ser el macho protector o el líder de la manada: el que cuida, el fuerte, el proveedor. Es otra forma de cuidado y eso tiene una carga diferente al de las mujeres, pero también es político. También puede ser una forma de violencia, porque hay que ser violento. O sea, ¿cómo van a sobrevivir estos hombres en esas condiciones? No puede ser una mansa paloma.

La construcción de su masculinidad también está atravesada por ese contexto de país y ese rol de género diferente.

MBV
Pensaba en un fragmento que me impactó mucho cuando la narradora intenta reconstruir al abuelo y dice que todo lo que le quedaba de él era “una silueta cantando, comiendo, cabalgando, revolviendo la maleza, soltando las cabras y caminando con ella y sus hermanos entre los cafetales. Como quien arrastra el viento”.

Y quiero asociarlo a algo que mencionabas hace un momento sobre la aspiración de escribir una novela que pudiera interpelar a cualquier lector. Porque, aunque la novela está atravesada por preguntas sobre el cuidado, la familia y los mandatos de género, también hay una reflexión muy fuerte sobre las masculinidades.

Te lo pregunto porque a veces siento que muchas de estas conversaciones terminan ocurriendo principalmente entre mujeres o dentro de espacios feministas. Y me pregunto si, a partir de las conversaciones que has tenido con lectores, has encontrado una lectura masculina de la novela. ¿Qué te han devuelto los hombres que la han leído? ¿Crees que esos personajes masculinos, incluso desde su condición espectral o ausente, logran interpelarlos?

JGN
Eso es chévere porque sí he tenido recepción de hombres, de la lectura de los hombres. Y yo no escribí esta novela para las mujeres. O sea, yo la escribí para los hombres, para las mujeres y para la persona que se sienta identificada. Eso es importante.

Y en esa retroalimentación de los hombres siento que sí se han conmovido, porque precisamente la novela no busca adoctrinar ni ser un panfleto de los cuidados, sino que ellos saben que eso es real porque les ha pasado y tienen una mamá, una abuela cuidadora, una hija.

Entonces les llega desde las emociones, porque lo viven en su vida cotidiana. Al verlo representado, el poder de la representación, es como: “me cuentan esa historia, yo lo represento, pero en mi casa pasa lo mismo”. Y es que la historia de mi mamá y de mi abuela es esa. Y poder conmoverse y decir: “pucha, es verdad”. Es verdad que las mujeres están atravesadas por esto, pero también es verdad que los hombres muchas veces somos fantasmas en las familias, o personajes espectrales.

Entonces creo que es bonito que el otro se conmueva.

Y vuelvo a lo que te dije ahorita: siento que la gente se conmueve porque todos tenemos un pasado rural en Colombia. Estaba hablando con una lectora de Bulgaria que se leyó el libro y me decía que en Bulgaria también todos tienen un pasado rural. Entonces precisamente podría ser universal, porque todo el mundo ama a las abuelas. Las abuelas son una figura arquetípica en muchas culturas y en la literatura en general.

Y por otro lado la relación con el campo. Siento que hay como una nostalgia de este país, de poder narrar eso rural. Siento que la gente se encuentra en eso y va a su infancia, recuerda cosas, le pasa por el cuerpo.

Y eso ha sido bonito: conmover al otro y decir: “Ah, juepucha, todos y todas necesitamos cuidados”. Y la fragilidad humana es algo que atraviesa a todos los seres humanos.

En algún momento yo, hombre; yo, mujer, voy a necesitar que alguien me cuide. ¿Quién me va a cuidar? ¿Y cómo me hago preguntas para que quien me cuide no sea una mujer que tenga que sacrificar su vida como un mandato y como un destino?

Entonces creo que eso es chévere.

V.
Escritura, trabajo y legitimidad
Las comunicadoras somos trabajadoras sexuales de las corporaciones

Mariel Bejarano Vásquez
Juli, ¿cuándo decidiste tú que te ibas a dedicar a escribir? Igual no has podido desligarte, o no sé si lo has intentado. Yo llevo años intentando salir de las oficinas de comunicaciones porque nos restringen. Pero no sé en qué momento de tu vida quisiste, sentiste que este era tu don de alguna manera.

Juliana Gómez Nieto
Sabes que toda la vida. El otro día, por lo de la publicación del libro, me escribió una señora por Instagram que era vecina de nosotros cuando yo era niña. Me dijo que se acordaba de mí y que tenía una foto mía de esa época. Me la mandó y fue muy lindo. Te la voy a mandar, volviendo a las fotos.

Yo dije: estaba condenada a escribir. Era imposible mirar el mundo de esa manera a mis siete años y no ser escritora.

Siempre escribí de chiquita. Mi papá me apoyó mucho, me leía, me compraba libros, íbamos a las bibliotecas, me dejaba escribir, me ayudaba con los poemas.

En la adolescencia, que fue una adolescencia un poco dark y en la que me pesaba mucho el mundo —todavía me pesa mucho el mundo, pero en la adolescencia las hormonas hicieron lo suyo—, mi refugio fue la escritura y las bibliotecas. Pasé mucho tiempo en la Biblioteca del Banco de la República de Pereira porque sentía que no me hallaba en ninguna otra parte que no fueran los libros. Siento que los libros me salvaron la vida y todavía me la siguen salvando. Cuando estoy muy angustiada con mis problemas, voy y me meto en problemas de otro y abro un libro.

Entonces eso fue una decisión política y una decisión de vida. 

Yo pensaba que viendo el mundo podía escribir y contar. Pero resulta que me fui para Argentina para escribir una historia de mi pueblo. Y eso es muy bonito darse cuenta de ello. Por eso también después volví de Argentina. Dije: no, yo soy colombiana, quiero estar en contacto con Colombia, volver a mirar todo y narrar, ser una escritora colombiana. No una escritora argentina o que vive en Argentina, que igual es válido.

Siempre desde chiquita supe que quería escribir. Estuve muy inclinada por la poesía, después la abandoné y ahora traté de que en este libro la poesía estuviera presente a través de la prosa.

Hice un trabajo —también por eso me demoré tanto tiempo— de mucho reposo para poder trabajar la filigrana del lenguaje. Creo que en Montañas azules me quedé corta porque era mi primer libro. La historia está bien, pero le faltaba trabajo en el lenguaje.

En este traté de pulir mucho el ritmo, la construcción semántica de las frases, la poética, las imágenes, las palabras. Es un libro corto, pero tiene varios niveles de lectura. 

Todos los días me levanto queriendo ser escritora y todos los días me levanto siendo escritora. Y todos los días resisto porque también tengo que trabajar para poder pagar la renta. Tengo que trabajar como comunicadora, como periodista o como profesora.

Muchas veces he pensado que las comunicadoras somos como trabajadoras sexuales de las corporaciones, en el sentido de que prestamos nuestra voz en lugar de nuestro cuerpo y terminamos pensando para la corporación o para la organización. Y eso me ha dado mucho miedo: terminar dejando de pensar, dejando de ser Juliana. Porque lo que hace a un escritor es su manera de pensar el mundo, además de escribir. Es su manera de mirar.

Y a veces, al estar en tantas organizaciones o trabajos, siento que termino atravesada por la mirada institucional o por la visión y la misión de la empresa, y que lo que habla en mí es eso y no yo. Entonces estoy siempre en una contradicción constante y en una tensión de pensar que lo más importante es mi escritura. Lo otro también es muy importante, porque igual soy buena trabajadora y me gusta trabajar, y es con lo que me gano la vida, pero lo que realmente es mi proyecto es este.

Y ahí voy, porque no es fácil. También soy mujer latinoamericana y tengo dudas. Cuando me gané este premio me asusté muchísimo. Creo que soy la segunda mujer que se lo ha ganado. Soy la persona más joven que se lo ha ganado.

Entonces al principio entré un poco en el síndrome de la impostora. Como: “Dios mío, ¿será que sí lo merezco?”. Eso a un hombre no le pasa, los hombres están socializados para que si se ganan algo, estar seguros.

MBV
Para estar seguros de que van a ganar antes de postularse.

JGN
O para conquistar el mundo. Pero en mi caso fue muy bonito porque entonces fui al archivo. Porque justo cuando me gané el premio estaba cuidando a mi mamá, en una crisis horrible de mi vida. Me costó mucho que me pasara algo bueno en medio de algo tan malo.

Me puse a revisar mi archivo de años y años escribiendo y dije: “¿Cómo no me lo voy a ganar? Obvio que me lo iba a ganar. Obvio que me lo merezco. Llevo por lo menos veinticinco años de mi vida escribiendo. Me fui a Argentina a estudiar, he comido mierda por la escritura, he dejado trabajos para dedicarme a esto. Me he gastado la plata en libros, el tiempo leyendo, he tenido crisis y he persistido”.

Creo que al final eso es lo que hace un oficio.

Todo el mundo tiene crisis y más en el arte, que es tan precarizado y tan difícil para vivir. Pero yo no podría vivir sin escribir y sin pensar en escribir. Y bueno, ahora con lo que me pasó también la vida me dijo algo.

Un día antes de que me ganara el premio yo estaba peleando con un Illustrator. Tú sabes que nos toca manejar de todo aunque no sepamos. Y yo dije: “Dios mío, estoy perdiendo mi vida, mi capacidad creativa frente a esta chimbada. Debería renunciar y dedicarme a la escritura”.

Pero me reí de mí misma porque obviamente eso no se puede. Tengo que comer y pagar. Y al otro día me gané el premio, que es un incentivo económico importante. Y ahí uno dice: bueno, tal vez esto me está diciendo la vida.

Y también es muy importante que existan los premios y que se los ganen personas como yo. Que no se los ganen siempre los grandes escritores del canon y de la rosca, sino personas como tú o como yo, que vienen de un pueblo, que han apostado por la escritura, que tienen una mirada del mundo y un trabajo sólido.

Eso quiere decir que se lo puede ganar cualquier persona que trabaja y que está dedicada. Sentí que la vida estaba diciéndome: “Mira tu recompensa por tomar tus decisiones”. Bonito.

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