Texto: Laura María Galindo
Ilustración: Uma/ViL
















Un acto de fe

        —A mí me gusta esta vida bonita —me dice Flora 

Macas—. Con el canto de los grillos, con el agua fresca del río, con la inocencia de los niños y la sabiduría de mi pueblo.

 

        A las seis de la tarde, el sol aún obliga a entrecerrar los ojos, los pájaros cantan obstinados y no quieren dormirse. La luna es apenas una aparición borrosa y la brisa sigue tibia. En Yachaikurí los días son largos.

Así se llama el colegio de los ingas en la inspección indígena de Yurayaco. Queda en el municipio San José del Fragua, una hora al sur de Florencia, Caquetá. “Yachaikuri significa aprender juntos”, me habían explicado los niños un par de horas antes. Aprender a usar las plantas para curar el cuerpo, a cultivar la huerta, a respetar la tierra, a cantar para sanar el alma. A leer y a escribir en lengua Inga, a entender los mensajes de selva y a preparar la uchumanga, un guiso picante para sazonar las comidas.

 —Una vida a la que llegué después de un proceso muy duro, pero muy hermoso —sigue Flora—. Después de perderme e irme encontrando de a pocos, de renunciar a lo que era para convertirme en lo que de verdad quería.

 

        Flora Macas es una de las líderes de la escuela, la rectora, si se quisieran buscar equivalencias de blancos mestizos. Cuando amanece, escucha en silencio el mandato de la montaña, el ‘tucto’, como le dicen los inganos a la misión que los ancestros les confían para cada día. Y en las tardes, cuando el cielo comienza a cerrarse, le canta a las mamas de agua para agradecerles por la vida. Toma ambiwaska —yagé— para guiarse en las decisiones difíciles, que las discute con los taitas en ceremonias sagradas. Es una mujer que lucha desde la asociación de cabildos Tangachiridu Inganokuna por mantener viva su ley de origen y salvaguardar a su pueblo de la mirada abyecta del hombre blanco. Una mujer de 47 años que hace 28 estuvo muy cerca de abandonar sus raíces y volverse monja.

—Pero no me imagine de hábito y cofia mientras le cuento. Espérese a oír a la historia completa.

 

                                                                 ***

 

        Los niños de Yachaikury duermen hace una hora. Para ellos, la escuela también es su casa. Viven internos porque quedaron en medio de una guerra que no les tocaba, perdieron a sus familias y han ido creciendo a fuerza de cicatrices. Son casi las 9 de la noche y Flora, por fin, tiene tiempo de conversar conmigo.

 

         El viento revuelve el río y el canto de los grillos se turna con el croar de los sapos. El comedor está vacío, las sillas apiladas en los rincones, los chinchorros enrollados en las vigas del techo y las luces apagadas. Llevamos dos sillas hasta la puerta en donde nos alumbra la luz de la cocina. Flora pone dos copas de aguardiente sobre un tronco grueso y las llena hasta la mitad.

 

—Yo no tomo alcohol —le explico.

—Yo tampoco. Vamos de uno en uno.

Es una mujer delgada, de rasgos afilados y ojos muy oscuros. Lleva un vestido fucsia con arabescos y el pelo en una trenza suelta. Habla con ambas manos sobre las rodillas y se inclina sobre la mesa cuando quiere ser enfática.

 

        Conoció a las misioneras Bethlemitas en 1981, quienes habían llegado al Caquetá siete años antes para fortalecer las acciones evangelizadoras en el sur del departamento, en los municipios de Morelia, Currillo, Sabaleta y San José del Fragua, y tenían a su cargo la parroquia de Yurayaco. Fueron ellas quienes le extendieron la mano cuando su mamá cayó enferma de ‘un mal viento’ —una dolencia desconocida que en su momento nadie supo explicar—, cuando en su casa faltó la comida y cuando, a los 9 años, dejó el colegio para encargarse de sus diez hermanos menores. También fueron ellas las que le hablaron de seguir estudiando y la invitaron a ser parte de su comunidad. Sin mejores opciones, Flora aceptó este ofrecimiento.

 

        Desde el comienzo estuvo entre las primeras de su clase y sobresalió por su carisma para trabajar con la gente. “Usted tiene vocación”, le decían siempre las Bethlemitas. Cuando iba a comenzar su último año de bachillerato, la invitaron a pasar un tiempo con sus homologas de Ecuador. Hacerlo significaba inscribirse oficialmente como aspirante a los hábitos.

 

        La decisión no era fácil. Ecuador estaba lejos de su casa, de su papá, de sus hermanos y de su mamá que comenzaba a recuperarse de la misma forma extraña en la que había estado a punto de morir. Era abrazar una fe que le era ajena y acomodarse en unas costumbres que no sentía del todo suyas. Pero al mismo tiempo, era conocer otros lugares, otras personas, otras formas de vivir y, sobre todo, era darle a su familia una razón para llenarse de orgullo.

 

—A mí me criaron en un ambiente en el que nuestra identidad se había perdido. Nos habían convencido de que el indígena era un atrasado, un salvaje, un bruto. Así que ya se imaginará usted la felicidad de mis papás con la posibilidad de tener una hija monja.

  

 

Cuando yo comienzo a enterarme de toda la crueldad de la iglesia con mi pueblo, comienzo a aborrecer mi realidad”.    

        En 1886, la Constitución declaró a Colombia un Estado católico y confesional. Un año después, el gobierno firmó un concordato con la Santa Sede Apostólica en el que daba vía libre a las misiones entre los pueblos indígenas —“las tribus bárbaras”, según decía el artículo 31 del manuscrito— y se ofreció a financiarlas.

 

        Al territorio Inga llegaron las expediciones capuchinas y consolatas hablando de un solo dios e imponiendo el bautizo ante una cruz de madera; usurparon el territorio, se apropiaron de las escuelas y obligaron a los indígenas a hablar español, a creer en el infierno y a vivir entre rutinas: comulgar cada tercer domingo, atender a la predicación de los festivos y estudiar la doctrina todos los jueves.

        Estos misioneros presenciaron los abusos y crímenes de los caucheros contra los pueblos amazónicos, pero prefirieron un silencio cómplice en el que evangelizaban a quienes eran mano de obra y convertían en mano de obra a quienes eran evangelizados.

—Nuestra historia es muy dura —dice Flora—. Cuando llegó la religión, llegó un maltrato muy doloroso. Nos botaban la chicha, nos cortaban el pelo. Querían borrarnos de a poquito.

 

        “Gran fe tengo en los exorcismos de Leon XIII contra Satanás. Es por eso que nuestro primer acto es un exorcismo para ahuyentar demonios como el yagé, que por tantos años ha campado a sus anchas por falta de ministros de Dios”, cuenta Gaspar de Pinell en una de sus crónicas apostólicas por el Putumayo.

 

                                                                      ***

 

—Cuando yo comienzo a conocer eso y a enterarme de toda la crueldad de la iglesia con mi pueblo, comienzo a aborrecer mi realidad —dice Flora.

 

        Ya había cumplido con dos de las etapas de formación en la comunidad bethlemita: el aspirantado durante un tiempo en que estuvo en Brasil, y el postulado, unos años después, cuando estudió Licenciatura en Ciencias Sociales en Medellín. Estaba de regreso en Yurayaco e iba por la mitad del noviciado, la tercera y última etapa, cuando la fuerza inganokuna que llevaba dentro comenzó a chocar con el mandato católico al que había prometido su vida.

 

        Las ciencias sociales la habían llevado hasta la antropología y la antropología hasta la cosmovisión indígena. La habían hecho esculcarse muy adentro y reconocerse en las ceremonias de su pueblo. En los cantos al agua, en el tucto de la montaña y en el favor de la selva. Flora se había acercado a los taitas, a sus ritos y a sus preocupaciones, había recorrido sus asentamientos y había navegado por sus ríos. Sabía del dolor de la guerra, de la persecución a sus líderes, de las masacres y de los niños huérfanos.

        Nada de eso encajaba con la vida religiosa ni con el evangelio ni con los votos canónicos. No tenía que ver con vivir en austeridad ni sentirse bendecido por el sufrimiento, apartarse de la familia y jurarle obediencia a la comunidad misionera. Al mismo tiempo, en el cabildo rondaba la idea de crear el colegio Yachaikurí para recuperar el uso de la lengua y los saberes tradicionales. Se hacía urgente reconstruir sus raíces y nunca más creerse “salvajes atrasados”.

 —Los taitas me escogieron para acompañar ese proceso. Yo estaba encantada de asumir esa responsabilidad, pero tenía un problema: seguía siendo monja.

 

                                                                       ***

 

        La botella de aguardiente no va ni siquiera por la mitad. Hemos ido de uno de uno, como me prometió Flora, pero la noche nos está quedando corta. En menos de tres horas los niños estarán despiertos, desayunarán entre bostezos por la falta de sueño y bajaran a la maloca. Recibirán las clases de espiritualidad y medicina y, en la tarde, recorrerán el resguardo de Musu-Alpa para aprender los nombres de las plantas.

 

        En clase de biología estudiarán la chagra: el bosque, el agua, el rastrojo. En matemáticas repetirán los números y las operaciones en inga, y en sociales estudiarán el proceso organizativo del cabildo. 

—¿Usted se sabe los pronombres en inglés? —me había preguntado Nicole antes. Tiene 11 años y vive en Yachaickurí porque la violencia acabó con su casa y su mamá tuvo que irse a trabajar en las plantaciones de coca de La Tigra, a nueve horas en bus de Yurayaco.

 

—Sí —había respondido yo sin mucho interés.

—Pues, entonces, se los voy a enseñar en inga: nuka, kam, pay, nukanchi, kamkuna, paikuna. ¿Me entiende? Yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos. 

   Me vine a construir esta vida bonita. A trabajar por mi pueblo y a disfrutar de lo que soy”.

 

        Al llamado de los taitas, le siguieron varios años de preparación para Flora. En los días de permiso, se iba a Yurayaco para estar en ceremonias, escuchar a los ancianos y purgarse con ambiwaska. Cuando volvía al convento, las bethlemitas la esperaban con reclamos. Que se había perdido los rosarios, que no había leído el evangelio. Que seguro se estaba volviendo loca.

—Muchas de esas cosas las hice a escondidas —cuenta—. De la ambiwaska no les dije nunca porque para ellas era cosa del diablo.

        Las misioneras comenzaron a sospechar y le quitaron los permisos de salida. Endurecieron las reglas y se volvieron distantes. Pero Flora, cada vez tenía más firmes sus convicciones. Se escapaba con la excusa de visitar a su familia en el campo y pasaba las tardes con los indígenas. Una vez se desapareció por cuatro días y viajó a Medellín para conocer el colegio de los Koreguajes de Mamagué. 

        A su regreso, las monjas la esperaban en la puerta: “¿Dónde esta su obediencia?”, le reclamaron furiosas. Flora lo tomó con calma, recibió la reprimenda y pidió hablar con la superiora. Sobre el escritorio, le extendió una carta que comenzaba agradeciendo por todo lo aprendido y terminaba con una frase resuelta: “He tomado la decisión de volver a mis raíces”.

 

        Al principio, las bethlemitas se negaron. Le dieron quince días para entrar en razón, le ofrecieron mudarse a Guatemala o evangelizar en Costa Rica. Le repitieron que se equivocaba, que estaba rechazando su vocación, que ante el mandato de Dios no valían oídos sordos. Pero el estoicismo de su novicia las fue dejando sin argumentos. Pasados los quince días de plazo, se despidieron entre lágrimas y Flora salió del convento.

 

—Me vine a construir esta vida bonita. A trabajar por mi pueblo y a disfrutar de lo que soy. Para las monjas, yo abandoné mi vocación, pero la verdad es que hice todo lo contrario: la recibí con los brazos abiertos, con los ojos cerrados y en un acto de fe.

        Son casi las seis de la mañana y el viento de la madrugada quema los labios. Los pájaros cantan de nuevo. En Yachaikurí, el día comienza a aclararse y a las noches les falta tiempo.