Juntas es una de las trece comunidades afrodescendientes que habitan el río Yurumanguí, a más de diez horas en lancha desde Buenaventura. Llegar implica recorrer mar y río, depender del clima y, en ocasiones, bajar de las embarcaciones para empujarlas contra la corriente. Esa distancia ha sido también una forma de aislamiento, pero no de protección. En las últimas décadas, la presencia de grupos armados, la minería ilegal, la tala y los cultivos ilícitos han convertido el territorio en un corredor en disputa.
El impacto ha sido directo: durante años, la presencia de actores armados en la cuenca del río Yurumanguí ha provocado desplazamientos constantes, familias separadas y una vida comunitaria interrumpida. En 1999 comienzan las incursiones del Bloque Calima en las zonas de influencia de Buenaventura, este brazo del grupo paramilitar de las AUC llega a disputar el control de las economías legales e ilegales hasta ese entonces ejercido por la guerrilla de las FARC, dentro de esta estrategia de terror suceden más de 14 masacres y asesinatos selectivos en la zona rural de Buenaventura, entre las que se recuerdan la masacre de la vereda ‘El Firme’ en 2001. En los primeros cinco años de este siglo inicia un ciclo de violencia que no ha cesado. En 2015 se estimaba que cerca de 3.000 personas habían salido del territorio, años después la historia se repite: en 2023 enfrentamientos en la zona obligaron al desplazamiento de al menos 1.200 personas y al confinamiento de otras, según reportes de la Defensoría del Pueblo.
Sin embargo, cada año durante la Semana Santa el río vuelve a llenarse de lanchas. Llegan cargadas de personas que viven fuera: hijos, madres, abuelos, nietos que pisan por primera vez el lugar del que han oído hablar. El sonido de los motores anuncia el regreso de las familias.
“En los manacillos se mantiene viva la esperanza… esa fuerza que nuestros ancestros nos dejaron para seguir caminando y defender el territorio.”
—Dumar Mina Arroyo, Consejo Comunitario del río Yurumanguí—
Es en ese momento donde ocurre algo que no se ve a simple vista: las comunidades han aprendido a reconstruir y resignificar sus prácticas para proteger la vida del territorio, entendiendo que la vida del río es también la vida de quienes lo habitan. En ese proceso los Manacillos aparecen como una respuesta concreta: una forma de crear, desde lo colectivo, espacios de cuidado y encuentro.
Durante varios días hombres recorren el pueblo con máscaras de madera talladas a mano, cubiertos con costales y hojas de bijao, en una mano llevan un látigo de cuero y en la otra un bastón. Su presencia activa un juego ritual que mezcla lo religioso y lo histórico. Representan a los soldados que participaron en la muerte de Jesucristo, pero también —según algunas mayoras— a los esclavizadores que marcaron la historia de sus antepasados.
El ritual es físico, exigente, implica noches sin dormir, cantos continuos, recorridos casa a casa. Las calles se llenan de música: bombos, cununos y guasás acompañan voces que cantan alabaos, salves y cantos fúnebres. La vida cotidiana se detiene para dar paso a una práctica que más que celebrarse se sostiene.
Pero lo que ocurre ahí es también la posibilidad de volver, un tiempo en el que, a pesar de la violencia que atraviesa el territorio, se abre la experiencia de una alegría compartida.
Los Manacillos funcionan como un punto de encuentro, son la razón por la que muchas personas regresan. Durante esos días la comunidad se recompone: se reactivan lazos familiares, se transmiten saberes, se reconoce el lugar de origen. En 2025, Delio Valencia, líder de la comunidad, anunciaba con orgullo en la tarima que alrededor de 1.500 personas volvieron a Juntas, una comunidad que no supera los 800 habitantes.
La celebración, sin embargo, no ha estado exenta de riesgo. En 2021, la desaparición de dos líderes comunitarios, Abencio Caicedo y Edinson Valencia, afectó profundamente a las comunidades del río. Durante un tiempo, la participación disminuyó y la continuidad de la práctica estuvo en duda. La pérdida de liderazgos impactó no solo la organización política del territorio, sino también las formas en que la comunidad sostiene sus tradiciones.
Hoy el esfuerzo por mantener la celebración es también un esfuerzo por salvaguardar la vida en el territorio. Al terminar la Semana Santa quienes viven en Juntas retoman sus actividades, quienes se fueron vuelven a salir, pero el vínculo queda instalado en la memoria y en el cuerpo.
“En los manacillos se mantiene viva la esperanza… esa fuerza que nuestros ancestros nos dejaron para seguir caminando y defender el territorio.”
—Dumar Mina Arroyo, Consejo Comunitario del río Yurumanguí—
Más allá de la fuerza visual de la celebración, este reportaje fotográfico de Ever Andrés Mercado propone una lectura del territorio desde los esfuerzos que hacen posible el encuentro. Son esfuerzos reales —individuales, físicos y colectivos— que permiten que la juntanza ocurra, en ese gesto, repetido año tras año, se sostiene una idea: que la vida en el territorio sigue siendo posible cuando se vive en comunidad.















