La Morena del Chicamocha, un sentir que se convierte en canción

La Morena del Chicamocha, un sentir que se convierte en canción

Texto

Natalia Barriga

Ilustración

Daniela Hernández

Noviembre 28 de 2023

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La Morena del Chicamocha,

un sentir que se convierte en canción

Magdalena Moreno, cantautora afro travesti se fue de Santander -su departamento natal- hace varios años ya intentando escapar de la violencia del conflicto armado, la transfobia y el racismo. Sin saberlo, emprendió un viaje ancestral, musical e identitario que transformó su mirar, su relación consigo misma y con la vida, y con todo aquello y aquellas que la componen.

Descalza, con un vestido verde limón y un turbante verde con café que contrasta con su cabello vinotinto rizado, Magdalena Moreno, conocida como la Morena del Chicamocha, empieza su show en el teatro México de la Universidad Central de Bogotá, durante la clausura del Simposio Internacional de Arte en el Espacio Público, realizado el pasado septiembre. Acompañada de su grupo musical y de danzas —integrado por otras nueve personas que cantan, bailan, tocan la tambora, el llamador, las maracas y las palmas—, La Morena abre el espacio con un pregón:

Agua que brota
del macizo colombiano
así brotaron las lágrimas
de los que el cauce
su memoria desapareció

Magdalena es cantautora afro travesti. Tiene 28 años de los cuales lleva más de diez haciendo música. Su piel morena desde niño hizo contraste con la blancura de las casas de Girón, municipio colonial de Santander en el que nació y creció.

Amenazada por el machismo, la homofobia, la transfobia y el racismo que sentía en la gente del municipio, y por las violencias producto del conflicto armado, La Morena salió de Girón para encontrar otros lugares en los que tuviera menos restricciones para ser y existir en libertad. Menos obstáculos y amenazas para encontrarse, para hacer música, para conectar con su más cercana identidad.

“Si me hubiera quedado en el territorio no habría Morena, no habría nada. No sé si estaría viva”, dice.

En medio de ese viaje identitario y musical, muy relacionado también con su tránsito, Magdalena recorrió aguas, rutas y sitios que sus antepasadas negras esclavizadas, cantaoras y travestis también navegaron y caminaron. Como si, con la intención de mostrarle y hacerle sentir su ancestralidad, ellas la guiaran por los ríos Magdalena, Chicamocha y río de Oro, el mar Caribe y los territorios de Santa Marta y San Basilio de Palenque. Para reconocer y conectar con sus raíces negras, esas que ha sentido profundamente a través de la música, y que le han permitido sanar su relación consigo misma, “y eso que aún me faltan cosas”.

Ese viaje la trajo hace tres años a Bogotá, en donde también ha sufrido otras formas de racismo como encontrar barreras por su color de piel para alquilar vivienda. Pero a la vez, la ciudad y las redes con otras personas diversas y artistas le han permitido encontrarse, crear, y expandir su arte en otros espacios como la Feria del Libro de la ciudad, y la conmemoración del Orgullo Lgbtiq+ 2023 en el Parque Simón Bolívar de Bogotá.

Entre el bullerengue, el fandango y la chulupa —sonidos tradicionales del Caribe colombiano— La Morena hace un ejercicio enunciativo que parte desde el yo y los yoes. De esas muchas que la componen, para hablar del territorio como cuerpo y espacio, del agua como parte de la vida que somos, del desamor y las violencias, del racismo y las resistencias. De las amigas y las trans.

Habla de su historia que está marcada por la tambora, por los comentarios sobre su piel y su orientación sexual, por la migración, la naturaleza y el río. Por las desigualdades y violencias, por los panfletos amenazantes sobre las travestis y las maricas. Por el canto que guía la vida, por las amigas y las faldas que se mueven al ritmo de la música. Por el canto que acompaña todas las soledades. El canto que acompaña lo comunitario. Un refugio propio que se pone a disposición de las y los otros.

Un sentir que primero es sentimiento antes de convertirse en canción. Un sonido, un tarareo que parte del cuerpo y que suele ir al ritmo de lo que hay en su interior. Una melodía que luego toma más forma con los instrumentos, el lenguaje, las voces y la danza, y se convierte en canción.

Es el son y el sentir lo que le da ruta a la canción.

Su arte no se basa en el lamento; también denuncia, celebra, reivindica, visibiliza, resiste, acompaña, arropa y arrulla. Retrata otras narrativas sobre las personas negras, las maricas y las trans por fuera de la tan común victimización y el fetichismo sobre sus vidas, cosa que La Morena critica con vehemencia.

Y aunque su arte no tiene como fin representar a una población, porque es consciente de lo situadas y variadas que pueden ser las experiencias, igual representa y refleja las historias y realidades de muchas otras personas. Aunque La Morena no pretenda hablar por todas sino por ella, en ella hay muchas otras que la nutren y componen.

Para quienes defienden que se mantengan ciertas costumbres y formas de este género musical, lo que hace Magdalena no está bien visto. Ni que sea una travesti cantando música tradicional ni que sus canciones narren realidades actuales de las que poco se habla en este género. Como el feminicidio y su relación errada con el amor, porque «no es crimen de amor ni tampoco pasional. Uno por amor no mata, menos al que dice amar», como canta en la canción “María Flores”, en la que narra el caso de una prima suya que aunque fue asesinada por su esposo, nadie en su familia hablaba de ello:

O sobre las violentas e históricas estructuras sociales y mentales que nos dicen que ser más blanco es ser más gente, y sobre posibles soluciones: quemar esas formas de colonización mental.

Como la identidad, la música no es estática. Entonces ante la crítica de sus temas e incluso de los ritmos de su música, Magdalena señala un punto clave: la música tradicional no está respondiendo a las realidades actuales, y creer que la música y la vida no cambian con el tiempo es un error, “incluso la música tradicional como la conocemos ahora, no era así antes”.

El canto y la música han sido para La Morena una salvación. Como una brisa de mar constante, “la marica canta bullerengue en todo lado: en la casa, en la ducha, en la calle, cocinando”.

En estos años, ha compuesto alrededor de cincuenta canciones pero públicamente solo hay cerca de diez, y no sabe si algún día todas se graben y publiquen. Pues su composición artística no deja de ser una experiencia íntima, una especie de diario en el que están sus vivencias, deseos, alegrías y pesares, miedos, reflexiones y cuestionamientos: su historia.

“Así como yo, existen otras travestis en los territorios construyendo lugares de enunciación y de comunidad a través del arte”, cuenta Magdalena. Quien además de enunciarse, sentir y vivir por medio de la música, también hace una construcción y conservación de saberes y memorias: las suyas, las de sus amigas trans y maricas, las de sus antepasadas y cantaoras afro. Porque “las travestis también podemos construir conocimientos que pasan por nuestros cuerpos”.

A los lugares a los que va suele siempre preguntar por las cantaoras del territorio, por las travestis, las irruptoras. Esas que no han seguido las normas tradicionales ni de la música ni de lo que la sociedad estereotipada y machista espera de ellas.

Memorias de las que muchas han sido excluidas y marginalizadas en la historia de la música tradicional y de la cultura colombiana. “¡Esas sí que han sido borradas!”, dice Magdalena, refiriéndose a la idea errónea y sesgada de que el reconocimiento de los derechos de las mujeres trans implica un “borrado de las mujeres cisgénero”, como señalan feministas transexcluyentes.

La idea, cuenta La Morena, es también acercar a las maricas y las travestis a la música tradicional, a los saberes afrodescendientes, a las tamboras, al movimiento de caderas, las maracas, la danza y los cantos en la alegría y la tristeza. Que puedan también hacerla suya, así como el vogue y el ballroom se han convertido en expresiones artísticas que las personas con identidades sexuales y de género diverso se han apropiado y reivindicado como espacios para ser libremente.

“Porque la música tradicional también es nuestra, y tenemos el canto y la palabra que nos dejaron las ancestras para transformarnos y transformar la realidad”.

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