UNO. Cae la tarde y antes de que la noche ciegue al parque Olaya Herrera, un carrotanque estacionado a la orilla de la vía abre una manguera que cae desde lo alto como una regadera. Un grupo de damnificados se turnan el puesto debajo del chorro. Puede ser la única ducha que han disfrutado hasta hoy, tres días y medio después del terremoto. Los primeros en rodear el chorro no son más de veinte, pero conforme va corriendo la voz más gente llega con esas ganas de quitarse la suciedad de escombros y polvo de destrucción que viene pegada a la piel y a la ropa y que solo existe como recordatorio de la zozobra.
El Olaya, como le decimos a este parque que es la única zona verde en el centro de Pereira, se ha convertido en el gran punto de recepción y acogida de las personas que se quedaron sin techo y sin posesiones y sin la posibilidad de trabajar para comer. Quizás esto sea el daño mayor luego de un terremoto: la gente más empobrecida pierde lo poco que tenía y queda a merced o a la voluntad de la solidaridad de esa ciudadanía que no perdió nada o que perdió muy poco y conserva la fuerza y el dinero para ayudar.
Este parque es un espacio con una leve pendiente, rodeado de ceibas añosas y preciosas y palos de mango sembrados por lo menos desde los años treinta del siglo XX. Se extiende sobre unas diez manzanas cuadradas y es el lugar de encuentro para el deporte en las mañanas de domingo y para la juntanza cultural juvenil de los sábados en la noche. Ahora, en medio del caos urbano que sucede a la catástrofe, se ha convertido en un oasis de ayuda y humanidad.
En todo el centro, sobre una circunferencia adoquinada y equidistante de las esquinas del parque, la juntanza juvenil ha levantado unas cinco carpas bajo las cuales organizan todas las actividades de apoyo a los damnificados. Un grupo recibe a las personas que piden ayuda; otro grupo se encarga de resolver urgencias logísticas; uno más, trabaja los alimentos para preparar comidas; y otro va distribuyendo los utensilios que llegan como donaciones.
Manuela Carvajal, 22, estudiante universitaria, parte del equipo de apoyo logístico:
Pereira es una ciudad que destaca por sus procesos sociales, ¿cierto? Acá llegamos desde el día cero sin necesidad de una convocatoria muy amplia. Por iniciativa propia fuimos llegando los diferentes procesos sociales y juveniles que hay en la ciudad. Nosotros estamos acostumbrados a la olla popular y básicamente esa fue, digamos, la dinámica que trajimos acá el primer día: la olla popular, asegurarnos de que ninguna persona se acostara con hambre. Acá estamos unidos grupos juveniles y sindicatos. Todo lo que ven ustedes acá con toda la masa de gente, con toda la atención que se está brindando, es completamente autogestionada. Esto se ha convertido casi que en un Puesto de Mando Unificado popular, un PMU popular. Desde acá y desde el primer día estamos enviando ayudas hacia los diferentes barrios. Corosito es uno donde ha hecho falta presencia institucional y nosotros estamos ayudando. Villa Santana, Galicia son otros. En general, todos los barrios populares. Nosotros creemos en que el pueblo salva al pueblo. Y ese llamado es el que estamos atendiendo acá desde el primer día.
DOS. Entre la geografía de las carpas, toldos y plásticos tendidos como techos sobre maderos clavados en la tierra es posible distinguir al menos tres escenarios en este parque. Uno, el principal, es el de esta juntanza popular que por turnos llegan a ser unas cincuenta personas, todas en edades de música, porro y cerveza. Un segundo escenario es el que el Gobierno local levantó en la cancha de basquetbol que es una plancha de cemento. Allí hay carpas de estilo persa casi que nuevas en cuyo interior hay damnificados que gozan de colchonetas con cobijas y almohadas; hay una hilera de sanitarios portátiles, y un camino de entrada hacia el tercer escenario que es un puñado de carpas blancas con escudos de la policía en el que hay centros de atención médica y reparto de alimentos y medicamentos para animales domésticos. Las diferencias son manifiestas: mientras el escenario de la juntanza popular quedará a oscuras cuando desaparezca la luz del sol, los otros dos escenarios han sido ya alumbrados con los focos de los postes alrededor. Mientras en estos dos hay fluido eléctrico dentro de las carpas, en el popular la gente está haciendo fogatas y aperándose de linternas para no detener el trabajo. Mientras en los dos escenarios institucionales los operarios atienden bajo la calma experimentada del oficio profesional, en este de la juntanza los jóvenes trabajan de pie entre coros y consignas que agitan la fe en el pueblo. Mientras los dos escenarios institucionales atienden a un grupo que quizás no sea de más de doscientas personas, en el de los jóvenes la muchedumbre claramente supera los quinientos damnificados.
Manuela Carvajal:
Tenemos un grupo de gente que recibe mercados y cosas de aseo, y luego de organizar por paquetes los distribuyen hacia los diferentes barrios. Tenemos un punto de atención porque llegan muchas personas desorientadas, llenos de dudas y sin entender lo que está pasando acá. Desde el día de ayer [miércoles 12 de agosto] tenemos también un grupo de voluntarios profesionales en pedagogía que se están encargando de la recreación de los niños y niñas de las familias damnificadas. Somos una masa grande de ayuda.
Es importante resaltar que la carpa central está ubicada en un lugar famoso en la ciudad porque es el punto del encuentro popular. Aquí se hace la rueda de gaitas, un lugar emblemático en el estallido social de 2021. Acá nos reunimos los estudiantes que nos movilizamos y protestamos en los diferentes momentos políticos que amerita la situación del país. El parque Olaya Herrera es un parque históricamente de la gente y hoy estamos llamando a ese poder popular. Es en este punto donde tenemos el centro de acopio. Acá estamos recibiendo todas las ayudas, organizándolas y redistribuyéndolas. Y justo detrás del centro de acopio tenemos otra carpa que es donde está la cocina.
TRES. La cocina comunitaria son dos fogones de leña, sobre los cuales basculan dos ollas enormes, quizás en cada una quepa un adulto acurrucado. Hay una mesa principal de preparación de alimentos ocupada por cinco o seis mujeres jóvenes protegidas con tapaboca y guantes, y armadas con cuchillos afilados, cucharones y tablas de madera o de pasta. Atrás de ellas están acomodados los costales de plátanos, papás y otros tubérculos. La carne que reciben donada es acondicionada rápidamente para meterla a la olla y evitar que no se pierda por falta de refrigeración. Sobre otra mesa, por fuera de la carpa, permanece un tanque de agua con filtro con una llave de paso al que van las personas de la cocina a lavar los alimentos y a tomar el agua para las sopas y bebidas. Debajo de la llave hay otro tanque en el que va cayendo el agua corrida para reutilizarla en actividades de limpieza y evitar un lago sobre el adoquín. A un metro de esta cocina, otro grupo de jóvenes va entregando los platos de comida a los damnificados que hacen la cola.
Karín Vargas, 27, integrante del colectivo Un museo intangible:
En este colectivo tenemos un proyecto que se llama “Un comedor ambulante”. El día cero vinimos en la tarde noche y nos instalamos acá. Luego, otros colectivos de la ciudad empezaron a apoyar la cocina. Llevamos tres días con cocinas continuas: grupos de compañeros van llegando y nos vamos reemplazando para poder ir a descansar a la casa. La cocina no para. Todo el tiempo estamos haciendo caldos, desayunos, refrigerios. Tenemos un grupo en WhatsApp con todas las colectivas o la gran mayoría de colectivas de la ciudad que se llama la Red de Juntanza Cultural y por ahí nos comunicamos con diferentes acopios de la ciudad, vemos qué están necesitando y lo enviamos desde acá. Todo lo que se ve acá ha llegado por donaciones que los colectivos de la ciudad han recibido. Yo también he comprado lo que se necesita: cucharas, cuchillos, ralladores… Todo lo que llega a la cocina es porque nosotros mismos lo buscamos y lo conseguimos. No tenemos ayuda de ninguna entidad o institución en este momento.
Desde el segundo día han llegado muchas personas a ayudar en la cocina. Creo que es uno de los lugares donde más voluntarios hemos tenido rotando. Cada día hay nuevas personas en la cocina que llegan desde por la mañana a ayudar y a cortar, a hacer lo que sea. Todo el tiempo estamos recibiendo ayudas de personas que quieren cocinar. En la mañana normalmente hay entre quince y veinte personas porque no solo es cocinar, no solo es hacer el desayuno, sino que cuando estamos preparando el desayuno también estamos montando el almuerzo. Además no es solo cocinar; hay que organizar todo el revuelto y los vegetales que nos llegan. La cocina tiene como dos momentos: preparar y organizar lo que nos llega para saber qué podemos preparar o qué nos hace falta.
En esta cocina tenemos varios líderes. Hay, por ejemplo, un comité de sándwiches. Son mujeres que están direccionando las instrucciones de cómo prepararlos y a dónde enviarlos. Normalmente cambiamos de directora que es la persona que dirige a los voluntarios y va diciendo lo que hay que hacer: “Pelen papas, pelen zanahorias, yucas”. Así hacemos los caldos que requerimos. Normalmente montamos una olla, terminamos de bajarla y ya se monta la otra. ¿Por qué? Porque siempre llegan personas que tienen hambre.
CUATRO. En torno a estas carpas de la Juntanza se riegan las familias que van llegando al parque. Las que tuvieron la fortuna de pisar el parque de primeras encontraron cupo en el escenario de los albergues institucionales. Las que aparecieron después se han abierto a un lugar entre la zona verde. Muchas han recibido carpas de camping y colchonetas y frazadas. Las que no apenas aguantan bajo un plástico negro sujetado a cuatro maderos. El paneo es imaginable: mujeres con sus bebés acunados entre brazos, niños correteando o pateando un balón de fútbol, mujeres y hombres adolescentes reunidos en torno a un parlante del que sale música urbana, viejos sentados en soledad masticando sus raciones de comida. Hay agentes de policía. Trepadas sobre la zona verde hay camionetas plateadas con cristales polarizados, que me recuerdan a las de los traquetos de los años noventa, de las que descienden los políticos de ocasión que ahora son gobierno. Hay funcionarios públicos recibiendo información sobre personas que no aparecen, sobre edificaciones que resultaron inhabitables y sobre barrios a los que les falta atención.
Karín Vargas:
Cuando distribuimos la comida preparada, nadie tiene que traer ningún carnet, ninguna cédula, nada. Si usted tiene hambre, usted lo dice y se le da la comida. Acá no tenemos privatizado esto. Nosotros no censamos porque no somos ninguna entidad pública. Nosotros solo damos comida a la persona que tiene hambre. Yo creo que realmente la persona que viene a pedir comida es damnificada directa o indirectamente. Si tú vienes es porque lo necesitas. Y acá queremos ayudar a la persona que lo necesite. Confiamos de corazón que la gente lo necesita y lo va a usar. Yo pienso que todos somos damnificados física o mentalmente, emocionalmente. Si alguien quiere venir a pedir comida y venderla, pues yo no soy nadie para decirle: “No la venda”. Usted tiene su necesidad y creo que lo más importante es ayudar a todas las personas de la manera en que la persona lo necesite.
El parque Olaya siento que realmente es uno de los lugares más abiertos de Pereira, más grandes y más cómodos para venir a juntarse. En lo personal, es un lugar donde muchas personas que tenemos colectivos venimos cada quince días a la rueda de gaitas. También creo que es un lugar de referencia y por eso llega tanta gente acá. Creo que también nos hicimos acá porque alrededor del parque no hay daños muy grandes y no estamos corriendo riesgo de que nos pase algo y se nos caiga un edificio encima.
CINCO. Se hace la noche y se traga la figura de las personas que como Karín y Manuela están comprometidas con la solidaridad. Hay un bullicio tranquilo, como el que puede escucharse entre un mercado al aire libre. Unos policías se encargan de pedirle a unos jóvenes de motilado a ras que le bajen el volumen a la música. El carrotanque sigue con la regadera abierta. Una pareja de novios dona bolsas de alimento para perros. Un abogado alto y fornido, que ha recogido dinero entre su gremio, trae seis carpas de camping para que la Juntanza las entregue a las familias que están bajo los plásticos. A su paso por el camino adoquinado, algunos damnificados que ven al abogado con las carpas en la mano le van agradeciendo la donación en ese lenguaje cristiano: “Que Dios lo bendiga”.
Karín Vargas:
Nos falta entender que si alguien viene a pedir ayuda es porque lo necesita. Acá la comida preparada no se le debe negar a nadie. Si alguien necesita comida, ¿por qué negársela? Y si ya está preparada, no queremos que se pierda. La gente que está preocupada por la distribución de la comida y de las donaciones que no se preocupe. Necesitamos que la gente reciba lo que le hace falta. Acá hay familias que se quedaron sin casa, familias que vienen a dormir acá o que vienen a recoger comida para llevarla a los barrios de donde son. Yo creo que si hay donantes o personas preocupados por el destino final de sus donaciones es por desconocimiento, porque no saben lo que está pasando acá, porque no sienten lo que uno siente cuando está acá y alguien pide comida y uno tiene que decirle: “No, todavía no tengo” o “Venga más tarde”. Si pusieran el cuerpo acá y entendieran esta situación dejarían de preocuparse por eso.













