Sin cuerpos ni rostros Una postal de Buenaventura

Texto: Camilo Alzate
Ilustración: Angélic-

#Buenaventura

Sin cuerpos ni rostros
Una postal de Buenaventura

Buenaventura es un manglar, una frontera que confunde el agua con la tierra, la máxima modernización con el atraso galopante, la riqueza con el hambre.

La brisa en el puente del Piñal tiene un gusto a pescado rancio que se mezcla con los aromas del estero podrido y la madera aserrada. Cierto letrero en una pared invadida por el moho anuncia que alguien compra buches de merluza y aletas de tiburón. Más allá, flota la hilera de buquecitos de cabotaje que navegan a lugares remotos del Pacífico como Nuquí, Bahía Solano, Guapi, y permanecen fondeados a un lado del puente aguardando víveres y pasajeros.

El puente del Piñal conecta a la isla de Cascajal, que alberga el centro histórico de Buenaventura, con el continente donde se amontonan un centenar de barrios paupérrimos. El ajetreo de las motos salpica agua sucia en cada bache de la avenida; todos los días cruzan tres mil tractomulas cuyo destino son los muelles y bodegas del principal puerto del país. Según la Cámara del Comercio de Buenaventura, el puerto registró el año pasado 3.400 billones de pesos en exportaciones.

La mitad del comercio exterior de Colombia pasa por aquí: por esta pequeña isla rodeada de esteros putrefactos y casas sin servicio de alcantarillado ni agua potable, por esta autopista que sucumbe a los embotellamientos con la menor contingencia, donde conviven vendedoras ambulantes de arrechón con los containers de Maersk, China Shipping y Hamburg Sud.

Buenaventura es un manglar, una frontera que confunde el agua con la tierra, la máxima modernización con el atraso galopante, la riqueza con el hambre.

“Nosotros somos víctimas del desarrollo” me dice Leila Arroyo, una lideresa del Proceso de Comunidades Negras que aglutina organizaciones populares en la ciudad y su zona de influencia. La guerra –explica Leila– ha sido instrumentalizada en función de una renovación urbana que deja por fuera a los afrocolombianos e indígenas, los habitantes ancestrales de este territorio. El puerto de Buenaventura, operado por una empresa estatal durante medio siglo, fue entregado durante el gobierno de César Gaviria en 1993 a una concesión privada que pertenece a empresarios poderosos del Valle del Cauca. Aquello sucedió a la par con la irrupción de China como actor determinante en el panorama global y el posterior auge de nuevas potencias económicas en Asia, que convirtieron al océano Pacífico en ‘el mar del futuro’.

“Ahí está nuestro futuro, pero también nuestra desgracia” zanja el sacerdote y líder social John Reina. De la apertura económica impulsada por César Gaviria, hasta nuestros días, Buenaventura ha sido epicentro de un proceso veloz e hipertrofiado de desarrollo que coincide con el incremento brutal de la violencia: entre 1990 y 2012 las tasas de homicidios llegaron a niveles aterradores. Hubo 4.799 muertes violentas en ese periodo, alcanzando picos de 150 homicidios por cada cien mil habitantes, como ocurrió en el año 2000 cuando la llegada de los paramilitares al puerto se saldó con medio millar de asesinatos en la disputa territorial contra las milicias de las FARC.

Con frecuencia, las estadísticas ocultan más de lo que muestran. Las estadísticas indican que Buenaventura punteó en el ranking de los peores índices de violencia del país en las últimas décadas, pero encubren historias como la de Ingrid Yahaira Sinisterra, una niña de 16 años a la que los paramilitares secuestraron y asesinaron en el barrio Lleras el 27 de agosto de 2007 porque “era novia” de guerrilleros. El cuerpo de Ingrid fue rescatado del mar por sus familiares, que lo encontraron cercenado a cuchillazos y con una herida que le rajaba el vientre.

Las estadísticas registran un promedio de cien atentados, combates u hostigamientos anuales entre 2006 y 2013, pero no aclaran como explotó el carrobomba con el que las FARC volaron las instalaciones de la Fiscalía el 23 de marzo de 2010, un bombazo en pleno centro a las nueve y media de la mañana, que mató ocho transeúntes y dejó heridos a otros treinta.

Las estadísticas señalan que han ocurrido 25 masacres en la ciudad y sus alrededores desde el año 2000, masacres con nombres bellos como Punta del Este, Sabaletas, Raposo, Yurumanguí, pero las estadísticas no repiten la versión sobre la masacre del Naya que ofreció ante los jueces el paramilitar Éver Veloza, alias HH, quien fuera comandante del Bloque Calima de las Autodefensas: “los mataron a unos con arma blanca, los degollaron, y a otros a tiros. Las otras personas dicen los mató el ‘Cura’, en la entrada, en la incursión en Patio Bonito donde hicieron un retén y mataron la mayoría de gente ahí. De las personas que aparecen acá, una es menor de edad a la que le mocharon las manos”.

Las estadísticas conducen hasta las ‘casas de pique’, esa macabra sofisticación del terror con que las bandas de narcos, que heredaron los restos de la guerrilla y el paramilitarismo en el puerto, atemorizaban a la población y desaparecían sus víctimas, a quienes descuartizaban y arrojaban a la marea. Aquello configura lo que el Centro de Memoria Histórica denomina “una violencia sin cuerpos ni rostros”: una violencia invisible pero omnipresente.

Las estadísticas, finalmente, nunca explican por qué sobre esta cartografía del horror se superponen media docena de grandes obras de infraestructura y megaproyectos levantados mientras toda esta barbarie sucedía, obras que han transformado radicalmente una parte privilegiada de Buenaventura: cuatro puertos con sus muelles y bodegas aledañas, una vía alterna que desatascó la caótica avenida Simón Bolívar, zonas industriales para grandes inversionistas, un terminal de contenedores operado por una multinacional española, un proyecto de renovación urbana contiguo a la zona del comercio en la isla de Cascajal, con hoteles lujosos, discotecas y un malecón turístico que amenaza desalojar dos comunas enteras. Y poco más.

En el resto de la ciudad, donde vive el grueso de la población, imperan condiciones de miseria y abandono similares a las de todo el litoral Pacífico, con los mayores índices de pobreza del país.

“Aquí la guerra no fue contrainsurgente, fue una guerra contra la gente para apropiarse de la tierra, un control territorial real” asegura Adriel Ruíz, sacerdote y defensor de derechos humanos, quien además participó en la elaboración del informe del Centro Nacional de Memoria Histórica Buenaventura: un puerto sin comunidad. Nunca se ha esclarecido por qué el Frente Pacífico de las Autodefensas, que operaba en Buenaventura, no se presentó al acto de desmovilización del Bloque Calima en una finca de Bugalagrande el 18 de diciembre de 2004, aquello lo ratificó el comandante paramilitar Elkin Casarubias alias “El Cura” durante las audiencias de Justicia y Paz.

Adriel cree que los grandes empresarios son beneficiarios de esa catástrofe humanitaria en el puerto: “No sabemos quién intercedió para que el Frente Pacífico del Bloque Calima de las Autodefensas no se desmovilizara, ellos nunca se fueron de aquí. ¿Quién pagó eso? ¿Quién puso la plata? En 2004 se da la desmovilización paramilitar, pero la violencia continuó, de hecho el pico más alto fue 2007 cuando hubo 500 muertos en un año. En todos los barrios hubo masacres, entre ellos en los más estratégicos: el Lleras, Comuna 12, Punta del Este, Juan XXIII. Si tú ahora los pones en una cartografía, las masacres coinciden plenamente con los sitios donde luego iba a haber desarrollo. En 2013 hubo 25.000 desplazados. Si uno mira desde arriba es un tema de despojo territorial para que el puerto crezca. Yo, que fui cura, vivía era de enterrar muertos”.

No es casual entonces que la mayor presión contra las comunidades se haya dado en los barrios de bajamar, zonas de invasión que los negros le ganaron hace décadas a las aguas y a los esteros rellenando con escombros y basuras, o levantando ranchos de palafitos encima de la marea. Son las zonas donde tendrá que ocurrir en un futuro la ampliación del puerto.

“Nosotros nos convertimos en un obstáculo para el desarrollo de las empresas portuarias que querían hacer la vía alterna. A raíz de eso llegaron amenazas y amenazas y amenazas” relata Arcesio Izquierdo, líder popular de la Comuna 6 que fuera compañero de Temístocles Machado, uno de los dirigentes comunitarios más queridos y respetados de la ciudad, asesinado por un comando de cinco sicarios el 27 de enero de 2018.

Don ‘Temis’ había encabezado la resistencia al despojo territorial en los barrios, diciéndole a la gente que no vendiera ni abandonara sus casas, enseñándoles a interponer tutelas y oficios, rebuscando títulos de propiedad o escrituras públicas en notarías. En abril de este año, catorce meses después del homicidio de don Temis, fue condenado a diecisiete años de prisión el primer asesino. “Cinco sicarios para matar a un viejo campesino que vive en un barrio donde ni siquiera hay Policía” dice Adriel Ruiz, “¿eso qué es? Fue pensado y pagado, los sicarios ni siquiera saben quién lo mandó a matar, no dicen ni mu en las audiencias, están muertos de miedo, sólo habla el abogado. Y ¿quién le paga un abogado a un pobre gatillero de Buenaventura?”.

Salgo de Buenaventura por los intestinos de esta serpiente interminable de camioneros y containers que avanza rengueando hacia el interior del país. La mayoría de los containers llevan mucha plata adentro y un par de señores bien armados que cuidan desde algún vehículo particular a cien o doscientos metros de distancia, pero eso no lo sabe casi nadie, sólo las bandas de atracadores que ahora andan alborotadas, igual que hace cincuenta años, cuando Germán Castro Caycedo visitó el puerto y describió a las “ratas” —la palabra es suya— bien provistas de cuchillos, bandas que asaltaban los buques a plena luz del día y dominaban el negocio del contrabando. El reemplazo de las “ratas” han sido organizaciones mafiosas de alto calibre como La Empresa o los Urabeños, que cobran impuesto incluso a la venta callejera del viche con que se emborrachan los pescadores, y controlan la salida del primero hasta el último kilo de cocaína por el puerto. Veo infantes de marina patrullando las esquinas con su fusil cargado, hay pilas de tablones y piezas de madera fina que recién desembarcaron, hay un mural inmenso firmado por CODHES (Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento) que dice “Sistema integral de verdad, justicia y reparación. ¡Habrá justicia!”. Veo una cantidad de negocios vendiendo arena y ladrillos, síntoma de esa ciudad que crece y devora esteros, que tumba ranchos palafíticos para levantar edificios, que reemplaza los pilotes de manglar por vigas y columnas. Es ahí, en el momento en que se reemplazan los pilotes por las columnas de concreto, cuando cambian también los dueños del territorio. La salida es larga, sinuosa. Los microbuses de servicio público frenan en seco cada veinte metros pitando a todo lo que se mueva. Veo centenares de lotes baldíos y edificios en venta. Buenaventura crece, se expande sobre sí misma, traga gente y manglares. En su interior se  mueven chorros de dinero. ¿Cómo se mueven? ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? Eso respondería todo.

Entrevista con Isabel Cristina Zuleta. El río Cauca: un nuevo dolor para este país

 
Texto: Daniela Mejía Castaño

Ilustración: Angélic-

Entrevista con


Isabel Cristina Zuleta

El río Cauca: un nuevo dolor para este país

 

Todos somos conscientes de que sin agua no habría vida. Pero muy pocos están dispuestos a dejar el pellejo, la estabilidad y la tranquilidad para defenderla.

¿De dónde surge una defensora de los ríos? La siguiente entrevista explora una respuesta.

     

La prensa nacional lo repite sin que parezca calar: 566 líderes sociales y defensores de derechos humanos asesinados desde el 1 de enero de 2016 al 10 de enero de 2019, 120 líderes sociales asesinados en los primeros 100 días del mandato de Iván Duque. Y así. A veces las cifras cambian, crecen, decrecen. Más de cuatro mil líderes se encuentran amparados bajo la Unidad Nacional de Protección, es decir, están en riesgo de ser asesinados. Isabel es una de ellas y ya olvidó cuántas veces ha sido amenazada. Más de veinte en todo caso. Es oriunda de Antioquia, el segundo departamento que más asesinatos de líderes sociales sufrió en 2018. Y ahora está aquí, tras mi pantalla, con el logo de Skype de fondo, indemne. Un milagro.

La historia de Isabel con la guerra comenzó en su adolescencia. Ella tenía 14 años cuando debió salir desplazada de Ituango, para evitar que los paramilitares se la llevaran. En el pueblo ya se habían presentado casos de niñas que habían sido “mandadas a llamar” por los comandantes y nunca habían regresado a sus casas. “Gracias a un tío que había sido advertido por unos paramilitares, nos enteramos de que alias Emiro había dicho que yo era muy bonita y había enviado a que me tomaran fotos”. 

En Medellín terminó estudiando sociología y mientras completaba la carrera, se hizo integrante de los grupos de mujeres víctimas del conflicto armado; buscaba conversar, ser escuchada y sanarse. Con el tiempo llegó la indignación: siendo profesora de la Universidad de Antioquia la llamaron a un foro en el que se discutía quién construiría la hidroeléctrica Hidroituango, si las Empresas Públicas de Medellín (EPM) o una multinacional extranjera. La postura general era la de proteger a EPM para que se quedara con el proyecto, sin importar las dilaciones que la misma empresa ponía para el inicio de las obras. Isabel protestó: “Un momentico, primero hay que discutir si se quiere el proyecto o no. Segundo, no lo debe discutir la gente de la ciudad sino la gente de mi pueblo, Ituango”. Nadie la escuchó, pero ella misma comenzó a organizar foros en su pueblo, en Tarazá, en Cáceres y en otros municipios que serían afectados. Al principio, solo asistían mujeres; con el tiempo llegaron barequeros, pescadores, agricultores, paleros, la gente de los ríos. Todos, indignados por los atropellos. Isabel, que era una, se convirtió en multitud.

Desde 2008 la comunidad empezó a reconocerla como la defensora del río Cauca y en 2013 fue elegida vocera del movimiento Ríos Vivos Antioquia. Uno de sus momentos más estelares como activista y defensora del Cauca tuvo lugar en febrero de 2019, cuando EPM prefirió lesionar el río cerrando las compuertas del paso de agua para evitar el colapso de la represa. Esta medida atentó contra la vida del río y los ecosistemas de su ribera quedaron reducidos a una veintena de videos en redes sociales que mostraban pececitos saltarines, indefensos, sobre un manto de rocas y arena que antes había sido el lecho. La reacción de Isabel fue un video, que se volvió viral, en el que le mostró la tragedia a esa parte del país que solo se mueve por emociones. “Yo siento muchísimo dolor de que Colombia sea un país tan miserable que permita semejante ecocidio —dijo—, semejante dolor para las poblaciones ribereñas que tanto han sufrido con la guerra y que encima les toque presenciar esta situación tan dolorosa”. Ese video fue el favorito del momento en Facebook y de chats grupales familiares.

Sin embargo, la vida de Isabel traía, desde mucho tiempo atrás, una conexión inexorable con las aguas vivas. “Recuerdo la primera vez que vi una piscina porque en mi pueblo no había. La noche anterior no pude dormir de la emoción, pero cuando llegué y vi eso sentí una decepción tan grande porque el agua no se movía, no tenía olas, no podíamos montarnos en un neumático”, dice Isabel, y agrega que desde ese día fue “mala para las piscinas”. Al describirse, dice también que tan solo es una mujer indignada por lo que pasa, con muchas angustias y dolores colectivos e individuales, pero que ha encontrado en el proceso social una nueva familia con la cual compartirlos y encontrarles soluciones. 

 

 

¿Y cuáles son esos dolores?

 

 La guerra, el conflicto, todo lo que hemos vivido en mi pueblo. Dolores por las injusticias sociales, por el empobrecimiento de una gente tan bonita y tan luchadora como lo ha sido la gente campesina. Cada día ver sufrir más y más a la misma gente, ver los niños en peor estado, las mujeres en peor estado: más maltratadas, más humilladas. La angustia por la situación ambiental, un nuevo dolor. Los bombardeos quemaban bosques completos, también contaminaban aguas. La guerra ha hecho mucho daño al ambiente pero de otra manera, no en esta magnitud como lo hace Hidroituango.

 

¿Qué es Hidroituango?

 

Es un muro de 225 metros de alto levantado en la mitad del segundo río más grande de Colombia, entre la cordillera Central y la Occidental. Diez millones de personas dependen de él. Ese muro se hizo justo en el cañón del río a su paso por Antioquia, a ocho kilómetros aguas abajo del puente de Pescadero y justo en la desembocadura del río Ituango en el Cauca. La obra destruyó un bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más amenazados del mundo. Todo se inundó, el resto lo tumbaron.

Y no solo es un muro; una represa tiene un montón de obras asociadas: llenaron las montañas de túneles e inundaron el único puente que teníamos para acceder a Ituango. Ahora solo se accede por la obra. Además, tenemos ocho fallas geológicas y tiembla con frecuencia.

Hidroituango genera terror, es una forma de control territorial y un proyecto militar porque hay cuatro bases del ejército para proteger la obra. Lo extraño es que nunca se han visto enfrentamientos entre los militares y los grupos armados al margen de la ley. Sin embargo, cuando nosotros protestamos sí sale policía y aparece el Esmad.

 

¿Qué significa el río Cauca para Colombia?

 

El Cauca era el segundo río más importante del país por la población que lo habita durante su recorrido y depende de él. Popayán limpia su basura en el Cauca. Y Cali, la tercera ciudad más importante del país, se abastece de agua en el Cauca al menos en un 80 por ciento. La industria cementera, cañera, los monocultivos de cítricos, las minas de oro en Marmato, la industria del café en el Eje Cafetero se abastecen con él. Le han llamado el río de oro por las comunidades que ancestralmente practican la minería en sus riberas. Es un río que tiene comunidades que asocian sus aguas a deidades. Los Nutabe tenían su asentamiento en el cañón del río y desapareció por Hidroituango. Ahora la comunidad está fragmentada. Los Nasa en el Alto y Medio Cauca, las comunidades Zenú en el Bajo Cauca son comunidades anfibias. Hay pueblos a los que solo se puede acceder por el río, no hay carreteras, como en La Mojana. En el cañón inundado, el río tenía una fuerza increíble, no era tranquilo. Era de alta velocidad. No era un río de recreación sino de veneración.

 

¿Qué hizo que usted se volviera defensora del río y su comunidad?

 

Me di cuenta de todas las mujeres afectadas por Hidroituango. Estas mujeres habían huido de la guerra, eran madres solteras, sus esposos estaban desaparecidos o los habían asesinado, el río fue su refugio, donde se resguardaron con sus hijos después del dolor. Me di cuenta de esa situación. Además, yo nunca pude resolver por qué me sacaron a mí, por qué me desplazaron a mí, por qué me arrebataron mi niñez, mi juventud, así que cuando empecé a escudriñar la relación del conflicto armado y la construcción de la obra fue como encontrar el tornillo que me hacía falta, entender las masacres, la desaparición forzada, la persecución los líderes y el asesinato sistemático. Hidroituango es mucho más grande que el problema del narcotráfico; con Hidroituango controlas el territorio porque se comunica el Pacífico con el Caribe y el centro del país.

 

Varios integrantes de Ríos Vivos Antioquia, opositores a Hidroituango, han sido asesinados en la zona de influencia del proyecto o cerca de ella. La situación incluso ameritó un comunicado de EPM, el 11 de mayo de 2018, en el que condenó estos hechos. ¿Por qué decidieron crear Rios Vivos y cuándo se iniciaron los asesinatos en su contra?

 

Éramos un montón de comunidades aledañas que teníamos una relación ancestral con el río y a quienes se nos prohibió acercarnos a él. Ahí fue cuando decidimos agruparnos. Nadie sabía qué era lo que pasaba, solo que una gente decía que ya no se podía entrar al río. Nuestra primera lucha fue por no dejarnos sacar del territorio, ya habíamos sido víctimas del desplazamiento forzado, del desarraigo producido por la guerra. No queríamos volver a irnos. En el año 2013 mataron al primero de nosotros, Nelson Giraldo. Los ataques que tuvimos entre el 2010 y el 2014, por parte de la fuerza pública, fueron insoportables. Nos perseguían, era imposible vivir. Me decían que yo era alias La Crespa, que mi defensa por el territorio solo lo hacía un guerrillero.

 

¿De qué manera influye en su liderazgo comunitario el hecho de ser mujer? ¿Ha sido discriminada por su género?

 

Recuerdo mucho cuando fui elegida vocera del movimiento Ríos Vivos Antioquia. Un sector de hombres decía que este problema necesitaba un hombre para resolverse, que con una mujer nunca se podría. Los militares y EPM decían lo mismo.

Yo pienso que no nos maltratarían tanto si no fuéramos mujeres; no amenazan a un hombre con violarlo. A las mujeres nos amenazan con asuntos característicos del ser mujer. Cuando en 2013 nos detuvieron al protestar contra los desalojos causados por Hidroituango  nos subieron a los helicópteros de EPM, a las mujeres nos empezaron a tomar fotos de los senos, de las nalgas. Una vez, amenazaron a una integrante del movimiento, al pedirle ayuda a la UNP le respondieron que para tomar las decisiones de seguridad tenían que hablar con su esposo y no con ella.

A los hombres no les exigen ser nada, son lo que son. A las mujeres nos toca ser otro montón de cosas que no somos. Si no sabemos, nos arrasan. Y esta discriminación hace parte de ser mujer y al mismo tiempo defensora de los ríos.

 

Volviendo al tema de la represa: si se compara con otras obras de Latinoamérica, ¿qué tan grande es Hidroituango?

 

No tiene comparación. Brasil construyó unas cosas monstruosas, represas de más de 9.000 MW [energía suficiente para iluminar más de un millón de estadios o más de cincuenta millones de casas].  La capacidad de Hidroituango es de máximo 2.400 MW. Y aún así no hay en Colombia otra que genere al menos la mitad de esta energía.

 

Generar energía a partir de la fuerza del agua suena sostenible, ¿son los proyectos hidroeléctricos malos en sí mismos o pasa algo especial en el caso de Hidroituango?

 

Retener un río es malo, su dinámica es ser libre. Él establece su curso, no es definido y puede cambiar incluso su desembocadura. No es solo el agua, son sus montañas, su flora, es su fauna, la vida acuática la vida terrestre y somos los humanos que lo habitamos. Es una dinámica compleja. Es agua subterránea y agua atmosférica, que incluso cambia las nubes. Es entender que no podemos hacer ríos. Nadie puede crear otro Éufrates, otro Nilo, otro Cauca.

 

¿Qué injerencia extranjera ha tenido el proyecto?

 

Muchísima. Nos han vendido la idea de que es un proyecto público pero la Caja de Pensiones de Quebec y el Fondo del Fomento de la Exportación de Canadá invirtieron en el proyecto. Brasil está con su Banco de Pensiones y es quien le suministra las turbinas a Hidroituango. También con Camargo Correa, que tiene el contrato más grande de la obra y muchos escándalos de corrupción. Estados Unidos, a través del BID, prestó cerca del 50 por ciento del dinero. Con el BID Invest llegó la banca china. Está la banca alemana con el KFW Ipex, la banca española con el Banco Santander y el BBVA. Es un panorama muy europeo y norteamericano.

El agua que hemos malgastado es incalculable. Todos los días se conoce el nombre de un nuevo río que está en peligro de desaparecer, una comunidad que sufre sequía y enfermedades por la mala calidad del agua o una playa infestada de plástico. Pareciera que los humanos odiáramos el agua.

Es la clase politiquera. No hemos entendido que el agua es un bien colectivo del cual dependemos todos. Yo veo un país enamorado del agua, pero que se le ha olvidado que le toca salir a defenderla, porque unos pocos están decidiendo sobre ella. La lucha por el agua no tiene distinción, he visto a políticos del partido de la U, del Centro Democrático y Cambio Radical unirse por el agua. Si se les toca el agua a los indígenas se les toca a su dios. Los consejos comunitarios de los afro se dividen por el agua. La burbuja que maneja el agua no se conecta con ella, siempre tiene una llave dispuesta para cuando le provoque cerrar su paso; le tiene un precio. El resto del país, si le da la espalda al río, se muere.

 

¿Cómo se puede ayudar a Ríos Vivos Antioquia?

 

Divulgando la información, aquí todos los días pasan cosas. A una compañera hoy la presionaron a que firmara un papel en donde exoneraba a EPM de su responsabilidad. Estar pendiente de nuestro Twitter @riosvivoscolom. Que se difunda la información, que hagan el ejercicio de exigir nuestra protección ante las embajadas, al gobierno. Las embajadas son cruciales, cuando afuera suenan este tipo de cosas se hace algo. Aquí no valemos nada. Las cartas exigiendo el respeto de nuestros derechos humanos, incluso una llamada nos ha salvado la vida.

 

Para cerrar, quisiera pedirle un mensaje para las mujeres comprometidas con el liderazgo social en el país y que se sienten solas, sin apoyo real de la sociedad y del Estado por el hecho de ser mujeres…

 

Parte de ese sentimiento de soledad es una imposición patriarcal. Han hecho que no queramos estar solas, que busquemos siempre a los hombres para acompañarnos. Hay que aprender a disfrutar esa soledad y encontrar a otras mujeres con las que construyamos nuevas familias. Recuerdo muchísimo a mi madre permitiendo que le pegaran, que la maltrataran, solo por no querer estar sola. Desde entonces supe que la necesidad de no sentirnos solas era un arma del patriarcado. Pero lo cierto es que la soledad hace parte de nuestra revolución.