Una cuchara propia

Una cuchara propia

Texto

Sara Zuluaga

Ilustración

Wilson Borja Marroquín

Julio 10 de 2020

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Una cuchara propia

Tanto tiempo después, el Sida sigue siendo excusa para la discriminación. En una alejada vereda del Quindío, un niño lo sabe como pocos.

Estábamos leyendo un cuento sobre un pueblo en el que todo era gris y cuadriculado antes de la llegada de El señor X, un hombre que trajo el color de la música y los postres. Cuando lo terminamos quisieron contar historias de terror. Yo llevaba unos pocos días visitando esa escuela. Mi tarea era leer con ellos y luego ayudarles a armar historias ilustradas. Historias de cosas de su vida y, si lo querían, podían también agregar un poco de ficción. Pero no fue necesario.

Eran seis niños y cinco niñas, entre los 6 y los 12 años. Estábamos sentados en círculo en el centro de la cancha de fútbol y apenas empezaba a caer sobre nosotros el sol ligero de las siete de la mañana. Era finales de noviembre y algunas mamás pasaban con cartulinas y algodón hacia el salón de arte para elaborar los faroles del Día del Alumbrado.

Y terminó Steven contando de su prima mayor, que a veces lo encierra: “Hay días que me deja mucho rato y otros que no”.

La escuela queda al borde de una carretera peligrosa a la que le dicen ‘La boca de lobo’. Casi al pie de una curva, en la vía de Armenia a Génova. Es pequeña, colorida, con un solo salón. Hay un árbol de aguacates, uno de limones y otro de guayabas. Manuela empezó con su historia de terror: una vaca asesina que se paseaba todos los días cerca de la escuela y que una vez intentó entrar al salón y los niños tuvieron que escapar por la ventana. Después, Kevin contó que en los cafetales que hay detrás de su casa ha escuchado disparos, pero que luego de un rato, de repente, todo se queda en silencio. Ni siquiera se oye el sonido de las ramas quebrándose con los pasos, y entonces su teoría es que hay una bruja que espanta a los que disparan para que no se acerquen más. Es una bruja que lo cuida a él. Siguió Karla, que habló sobre lo mucho que le asusta caminar hasta la escuela y que los camiones pasen tan rápido y tan cerca de ella. Y terminó Steven contando de su prima mayor, que a veces lo encierra: “Hay días que me deja mucho rato y otros que no”.

Rato después, el profesor titular de la escuela me contó que Steven tenía 10 años y que en 2017 sus padres habían muerto por VIH. Primero su papá, luego su mamá. “El niño está sano”, dijo. “Yo acá les he dicho que tienen que ser muy respetuosos con eso y los niños han ido aprendiendo”. Pero cuando le pregunté si sabía por qué la prima encerraba a Steven, me dijo que no sabía. “Cosas de ellos. Con la gente de esa casa prefiero no meterme”.

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Alrededor del VIH se han construido mitos de todo tipo. Durante años, en los colegios mostraban diapositivas con imágenes de hombres y mujeres con su rostro difuminado y luego figuritas de calaveras y señales de peligro. Si en una conversación cualquiera se mencionaba la palabra Sida, el gesto de la gente cambiaba, como queriendo esconder su incomodidad o exhibirla. Solo lo suficiente para mostrar un temor ligeramente dramático, una especie de caparazón social.

Según la agencia CDC, del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos, esta actitud frente a las personas con VIH se debe a un estigma que se ha alimentado desde hace tiempo, creencias erradas como pensar que solo ciertos grupos sociales pueden infectarse o que quienes portan el virus se lo merecen por las decisiones que han tomado. Por otro lado, está la discriminación, las actitudes que se adoptan como consecuencia de las creencias y que se manifiestan en el aislamiento, la falta de oportunidades laborales o, como pasó hace poco en Bogotá con Alejandra, la negación de atención por parte de personal médico.

En un reciente artículo publicado por Cosecha Roja, su autor Mark S. King señala que, en los primeros años de la pandemia del Sida, a nadie le importaba que las personas murieran. “El mercado de valores no se movió. El presidente no celebró conferencias de prensa. No se gastaron miles de millones de dólares. A principios de la década de 1980, el SIDA estaba matando a las personas adecuadas. Homosexuales y drogadictos y hombres y mujeres y negros”.

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No es posible contraer VIH por un abrazo, tampoco por estornudos, teléfonos o cubiertos compartidos. Sin embargo, todo es menos simple de lo que parece.

Un día de mi segunda semana en la escuela me quedé hasta la una de la tarde y presencié cuando les sirvieron el almuerzo a los niños. El Programa de Alimentación Escolar (PAE) tiene peor reputación en las veredas que en la ciudad: “Aquí siempre mandaban avena y nos cansamos de pelear”, me contó el profesor. Entonces, en la parte de atrás de la cancha sembraron tomates y cebollas para completar la dieta porque para casi todos los niños la que reciben en la escuela es una de sus dos comidas diarias.

Nos sentamos a la mesa y Rosa, la encargada de la cocina de la escuela, puso platos y cucharas para todos, excepto al de Steven. El niño se paró rápido, como si hubiera olvidado algo, y de su morral sacó una bolsa blanca pequeña en la que venía una cuchara envuelta en una servilleta. Se sentó y sin ningún lío empezó a comer. Miré al profesor pero nadie parecía extrañado. Más tarde le pregunté a Rosa y me dijo “desde que pasó lo de los papás, usted sabe, hay que tener cuidado, y pues unos de los acudientes de los otros niños me dijeron que ojo”.

No es posible contraer VIH por un abrazo, tampoco por estornudos, teléfonos o cubiertos compartidos. Sin embargo, todo es menos simple de lo que parece. Pilar Restrepo, la mamá de Manuela, me dijo: “Lo que pasa con Steven allá es muy maluco. Nosotros sabemos que él está sano y que así estuviera enfermo no pasa nada, pero hay otra gente que lo trata distinto, como si estuviera sucio”. También me contó que cuando Steven va a su casa a hacer tareas con Manuela siempre pide permiso para tocar cualquier cosa.

Según Onusida, al cierre de 2019, entre treinta y cuarenta millones de personas estaban contagiadas con VIH en el mundo y habían muerto 690.000 personas de enfermedades causadas por la inmudeficiencia generada por el virus. Desde 2010, la tasa de mortalidad ha disminuido hasta un 39 por ciento. En YouTube, en Twitter y en cientos de blogs hay información e historias sobre personas diagnosticadas con VIH que viven con normalidad. En el periódico Huffpost de España, Txema Serraño Oñate, de 39 años, escribió: “Hoy cuando veo a gente que se lo comunica a amigos o familiares, muchos reaccionan preguntando: ‘¿Te vas a morir?. ‘Mi vida sigue exactamente igual, lo único es que he querido compartir esa información con ustedes’”.

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En un informe de la Secretaría de Salud del Quindío, que recoge los datos de 2019, está registrado que el 93 por ciento de los pacientes con VIH en el departamento provienen de zonas urbanas, lo que hace que en las veredas se hable mucho menos del tema y que cualquier caso sea un acontecimiento. Según el Plan Especial de Educación Rural (PEER), las zonas rurales tienen apenas el 40 por ciento de cobertura educativa. Sonia Vanegas, tía de uno de los niños de la escuela, me dijo: “Ni a mí ni a los niños nos han explicado bien cómo es eso del Sida, y siempre uno ha pensado muchas cosas malas cuando hablan de eso, pero más allá no nos han dicho nada. El profesor intenta enseñarles. Pero algo bien explicado y que sepamos cómo ser con Steven sin que se sienta mal, no. No sabemos”.

Días antes de terminar mi trabajo en la escuela, Steven me pidió prestado el libro con el cuento de El señor X. Cuando me lo regresó, me dijo que su dibujo favorito había sido el de una habitación grande toda gris y un piano con una tecla de un color diferente a todo lo demás. Para el proyecto tituló su cuento: “La malvada prima P”. Antes de salir de la escuela hablé con el profesor sobre Steven. Me dijo, aliviado, que como el próximo año el niño se va a estudiar el bachillerato a la escuela del pueblo, va a ser todo más fácil.

Cuando llegué a la vereda por primera vez, Steven ya llevaba casi un año con su propia cuchara en la escuela. Y luego del almuerzo de ese día, cuando le pregunté por qué la llevaba, me dijo: “Yo creo que es algo como una enfermedad, pero no sé qué es porque no me duele nada”.

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