Música en la sangre, trans en el alma

Jaír F. Coll

Música en la sangre, trans en el alma

“Nada de nervios en el escenario. Uno debe abandonar todo lo que no se relacione con la presentación. O si no, la voz empieza a volverse temblorosa”.

Esa fue la clara instrucción que Ana Iris Orobio le dio a la agrupación guapireña ‘Camarón de Playa’ minutos antes de subir a la tarima del Festival de Música Petronio Álvarez de Cali. Era la noche del 11 de agosto del 2022, la tercera vez en la que el conjunto competía en el evento, en la categoría de ‘Marimba y cantos tradicionales’. Fue la voz de Ana, la fundadora del grupo, la que dio inicio a su intervención.

Cuando veo a mi Dios

Crucificado, crucificado (coro)

En el alma me pesa

De haber pecado, de haber pecado (coro)

Al calvario lo llevan

De mano-atado, de mano-atado (coro)

Coronado de espinas

Por mis pecados, mis pecados (coro)

Cuando Ana nació en 1961, su abuela había sacrificado un pájaro que en Guapi llaman el ‘ave cantora’, a la que la matrona le cortó la lengua para ponerla debajo de la de su nieta. De esa forma, la niña estaría predestinada a interpretar las melodías tradicionales de su tierra.

Al momento de cumplir cinco años, su madre le enseñó a tocar el guasá; la mujer interpretaba una nota y Ana agitaba el instrumento. Aunque para ese entonces su familia la identificaba como un hombre llamado Otoniel, pues había nacido con el sexo masculino, la niña no titubeaba a la hora de lucir vestidos tipo campana, con un talle apretadísimo y una falda amplia; sus favoritos eran de color amarillo, a veces con flores estampadas.

Tan pronto llegó a los diez años, la cantaora en formación sentó una postura ante todos sus conocidos: “Mi nombre no es Otoniel. Es Ana”. Un año más tarde, conoció a su primer novio, un joven de piel clara y cabellos rizados.

Así lo recuerda hoy la líder de ‘Camarón de Playa’: “No hubo críticas ni maltrato. Mi familia me aceptó tal como era. A veces había bullying en el colegio, pero yo me sentía más fuerte con cada comentario que escuchaba. Poco a poco, los muchachos me trataban como una chica más del salón, como una señorita. Ana es un nombre que me vino del corazón”.

Si bien hay confusiones pasajeras en la manera en la que las y los 11 miembros de ‘Camarón de Playa’ se refieren a la fundadora, llamándola ‘Otoniel’ de vez en cuando, todos coinciden que es la “maestra”. Una vocalista tan experimentada como Eusebia Montaño admite: “Con ella, una aprende hasta el modo de coger el guasá: de punta a punta, un poquito ladeado. Y una la mueve según el ritmo y la melodía”.

‘Camarón de Playa’ nació en el corregimiento de Alfonso López Balsitas, en 1976, cuando Guapi era un diminuto municipio con calles no pavimentadas y casas que brillaban en las noches con lámparas de ACPM. El nombre de la agrupación se debe a que sus primeros miembros eran pescadores de camarones, que recogían por kilos en catangas arrojadas en las playas del río Pilpe.

Las primeras presentaciones eran locales, ya se tratase de eventos familiares o las fiestas patronales de la Virgen del Carmen. Debían pasar más de 20 años para que llegara el Siglo XXI y ‘Camarón de Playa’ empezara a debutar en encuentros nacionales.

Ana explica que ese ha sido el reto más grande: “Había pocas oportunidades para darnos a conocer y por eso solo podíamos hacer nuestra música en Guapi. A medida que este mundo fue creciendo, nacieron eventos como el Petronio. Mire que la música del Pacífico ha empezado a mezclarse con otros géneros, como el pop o el reggae, pero es allí cuando dejan de ser tradicionales. Nosotros, en cambio, conservamos esa identidad”.

Y fue precisamente la tradición que también decretó que en esa noche del 11 de agosto, los miembros de ‘Camarón de Playa’ salieran con los pies descalzos y dos figuras religiosas -la de María y Jesús crucificado- para hacer su presentación en la vigésima sexta versión del Petronio, encuentro que logra reunir a más de 600 mil asistentes en Cali, la segunda ciudad con más población afro de Latinoamérica.

Ana Orobio, cantaora de quinta generación, tiene un dicho para definirse a sí misma: “La música la llevo en la sangre y mi identidad de género, en el alma. Así nací, con esos dones que me entregó Dios”.

Y, de repente, empieza a recitar una juga con trazos de bambuco:

Volaron los pajarillos, volaron los pajarillos

A orilla de la mar, a orilla del mar

Al amanecer del día, al amanecer del día

Pajarillo ya no hay, pajarillo no hay

Mi nombre no es Otoniel. Es Ana”.

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