17 marzo, 2026

JAIDË 

FOTOGRAFÍA:
Santiago Mesa
Fotografía, Memoria paz y conflicto
Bajo el asedio de las presiones de la guerra y el abandono, los pueblos emberá en Colombia viven una crisis que se presenta en forma de espíritus. Desde 2021 al presente el suicidio ha crecido un 200% y los intentos ya superan los 400 casos en diferentes comunidades. El fotógrafo Santiago Mesa presenta este proyecto que recorre las comunidades donde persiste el eco de quienes entre la desesperanza decidieron marcharse, dejando sus sombras entre los sueños de los que se quedan.


En varias comunidades Emberá del municipio de Bojayá, en el Chocó, la palabra “suicidio” casi no se pronuncia. Las familias hablan más bien de jais, los espíritus que, según cuentan, aparecen en los sueños y comienzan a rondar a los jóvenes. Dicen que llegan de noche y que poco a poco se van acercando hasta llevarlos hacia la muerte. En abril de 2023, Yadira Birry, una estudiante de 16 años de la comunidad de Puerto Antioquia, se quitó la vida en su escuela utilizando una paruma, la tela colorida que las mujeres Emberá usan como falda. Ese mismo día otra joven, Liria Cheito, sobrevivió a un intento de suicidio. Desde entonces, la comunidad comenzó a hablar de los jais con más frecuencia.

Los mayores recuerdan que antes estos casos eran raros pero en los últimos años las muertes y los intentos de suicidio se han multiplicado. Registros comunitarios indican que entre 2015 y 2020 se reportaron quince suicidios en el municipio de Bojayá. Entre 2021 y 2023 la cifra ascendió a cuarenta y una muertes y más de cuatrocientos intentos. En comunidades pequeñas como Unión Baquiasa o Puerto Antioquia, donde viven apenas unas pocas centenas de personas, cada muerte resuena durante años en las familias. Detrás de los números hay historias como la de Yameli Dumaza, de 17 años, que murió en 2021, o la de Martilio Martínez, un adolescente de 14 años que intentó quitarse la vida en 2025.

Las comunidades Emberá han vivido durante décadas entre el desplazamiento, la presencia de grupos armados, la pérdida de sus territorios y la ruptura de sus formas tradicionales de vida. Muchos jóvenes crecen en medio de ese paisaje de incertidumbre. En Bogotá, a más de quinientos kilómetros de sus ríos y selvas, miles de Emberá desplazados viven hacinados en refugios improvisados. En el edificio La Rioja, diseñado para albergar a unas ciento veinte personas, hoy viven más de mil doscientas. Allí también se han registrado intentos de suicidio, como si la misma desesperanza que atraviesa los territorios viajara con las familias desplazadas.

Este proyecto sigue las huellas que deja el suicidio más que el acto en sí mismo. Se detiene en lo que queda alrededor: las madres que recuerdan a sus hijos, las hermanas que hablan de sueños donde los muertos regresan, las casas donde el silencio ocupa el lugar de quienes ya no están. En Emberá, jaidë significa “casa de los espíritus”. Para muchas familias, la memoria de quienes murieron sigue habitando.

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