In tha place to be

In tha place to be

Texto

Juan Miguel Álvarez

Ilustración

Angélica Correa Osorio

Abril 03 de 2022

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In tha place to be

¿De dónde sale la energía callejera para hacer hip hop? ¿Cómo se afila una pulsión íntima para convertirse en artista y líder social en un barrio signado por la guerra urbana? La siguiente fue una entrevista que el autor le hizo a Henry Arteaga, frontman de Crew Peligrosos, en 2010, cuando este combo de amigos sumaba su primera década de trabajo creativo y movilización social. Hoy, cuando ya llevan más de veinte años en escena, las explicaciones iniciales de Henry ayudan a comprender los alcances actuales de esta música con su ecosistema de barrio popular.

El hip hop es una cosa bonita, limpia, pura —me dice Henry Arteaga—. Ha transformado la vida de muchas personas.

Henry es un treintañero de fotografía hopper: camiseta descolgada, bermuda, tenis coloridos de lengua afuera y una gorra de aleta generosa inclinada hacia la izquierda de su cabeza que le alcanza para amarrar la punta de unas orejas de lóbulo argollado.

—El hip hop no es gringo —prosigue—. Inició con inmigrantes africanos y latinos, que antes que ser gringos son personas del mundo.

Su nombre artístico es ‘Jke’, contracción de la palaba jeque. Es letrista, compositor, rapero y frontman de un grupo de hip hop llamado Crew Peligrosos. Antes que nada, es líder comunitario del barrio Aranjuez. Los vecinos y la ciudad en general le reconocen su determinación para haber arrancado de cero un proyecto artístico de buena vida para los jóvenes.

El sol de mediodía apenas se está yendo y la onda de la calle circunvala entre la calma y el escándalo de las busetas que frenan con sus prensas de aire. Aranjuez es el barrio corazón de la comuna cuatro, que en total agrupa a catorce barrios. Sus primeras casas fueron levantadas en los años cuarenta del siglo XX y se fue desplegando como un asentamiento obrero de familias convencionales, muchas de las cuales eran de campesinos inmigrantes a la ciudad. De eso, hoy queda poco, acaso el parque Aranjuez que es un emplazamiento de una cuadra en torno a la parroquia, con negocios en las calles laterales, árboles añosos, zonas verdes y bancas para que los ancianos respiren la tarde. 

Henry me recibe en el auditorio de un colegio público situado a tres calles de la cuadra que refugió a la banda de sicarios predilecta de Pablo Escobar: Los Prisco. Le calculo menos de cien butacas. Tiene una tarima encortinada, banderas en pie del pabellón nacional y paredes verde limón lechoso. Para atenderme, el rapero se aparta del grupo que se encuentra sobre la tarima del auditorio ensayando ese baile de piernas que giran como hélices. Son unos quince jóvenes que también rondan la treintena, todos con gorra de medio lado, tenis tipo flotador y pantalones belfos y escurridos. Algunos, en camiseta esqueleto y con sombra de barba. Es la base del grupo, los más entrenados. Junto a ellos están los aprendices, pelaos menores de 20 años que aspiran a ser parte de Crew Peligrosos o a conformar su propio combo.

Henry y yo dejamos el auditorio para sentarnos en unas gradas a la entrada del colegio; el volumen del altoparlante que guía el ensayo ahoga la charla. Henry no es muy alto, puede estar por el metro setenta, y no tiene reparos para andar la calle sin camiseta o en esqueleto. Es ancho y de músculos dilatados en rutinas con tubos de callejón. Piel tornasolada. Brazos y pecho están tatuados con recuerdos de otras vidas. A la prensa ya le ha dicho que si él no hubiera encontrado el hip hop —o si el hip hop no lo hubiera encontrado a él—, la violencia orgánica de Medellín lo habría devorado. «Estaría muerto. Yo era muy atravesado».

Su pasión por el hip hop despertó en los años noventa, cuando era un adolescente que pasaba más tiempo en la calle que en su casa. Henry se sintió fascinado con la cercanía de esta música con el rap gánster o gansta y las posibilidades de incorporar destellos de cultura nativa.

En su búsqueda fue comprendiendo que la gente no tiene muy claro hasta dónde va el hip hop o en qué medida el rap callejero —a secas— no puede considerarse hip hop o por qué el rap industrializado de las disqueras gringas solo muestra su lado oscuro, el que reseña drogas, asesinatos, suicidios y poco se preocupa por explorar el lado blanco, los sueños juveniles, la fe en el futuro. De ahí, que se hubiera dedicado a eso: escudriñar los orígenes de la música esquinera del Bronx para divulgarla y convertirla en el sonido de Aranjuez.

—Entre más estudiamos, más preservadora se vuelve nuestra propuesta —dice, preocupado por legitimar el estilo de Crew Peligrosos—. No estamos copiando una moda gringa. Lo que buscamos es identidad: inventamos pasos, queremos aportar al desarrollo del hip hop en el mundo.

Henry es astuto para expresarse en público y contestar entrevistas. Como parte de su oficio creativo son las líricas de rap, tiene claro el alcance de las palabras. Al decir «preservadora» evita usar la palabra «conservadora» o «conservacionista», para no soltar malentendidos con la poética del hip hop que, en su opinión, debe ser progresista: ir siempre hacia delante.

—La música es el alma de todo esto —explica—. Es el hilo conductor. Al usted desconocer la música, está desconociendo la historia del hip hop. Al usted no ser un investigador de la música, usted no le está aportando nada al hip hop. Entonces, cuando un Bboy o un artista de grafiti, un Dj y un Mc estudian la música, hay propuestas que pueden llevar a los colores, a las texturas… —Henry se frena como si no quisiera sonar presuntuoso. Luego, añade—: Muchos hoppers que lean esto no entenderán lo que estoy hablando, pero eso es lo que nosotros hemos empezado a entender. Cómo generar esa textura, ese color, ese sabor, esa limpieza, esa paz, cómo transmitir esa esencia que llamamos hip hop.

Cuando Henry dio vida al grupo, en 1999, lo primero que hizo fue integrar los cuatro elementos: el Dj, con las manos en el tornamesa, el Bboy o breakboy, con su baile de pavimento, el artista de grafiti con sus paredes de aerosol y el Mc o vocalista de rap. Hasta ese momento en Aranjuez, ningún grupo se preocupaba por desarrollar los cuatro elementos: los raperos se desentendían de los Dj, el artista de grafiti no se preocupaba por comprender las letras del rapero, el Bboy desconocía la técnica del trazo con aerosol. Y así. Cada uno por su lado se vendía como un hopper esencial. A ojo de los cultores, empero, estos artistas no pasaban de ser exponentes parciales. Al llevar los cuatro elementos a escena, Crew Peligrosos estaba diciendo: cada uno necesita del otro para poder afirmar que está haciendo hip hop.

En la época en que Henry se volvió autodidacta, mediados de los noventa, los hoppers de Medellín no se mostraban muy interesados en compartir el conocimiento. Había quien bailaba con la contundencia de un Bboy neoyorquino, pero cuidaba el secreto de su técnica como si fuera la única llave posible de éxito. Henry se acercaba a los más reconocidos para que le enseñaran, para que le aclararan detalles mínimos, pero debía conformarse con lo que captaba en videos o en shows en vivo, memorizaba movimientos y trataba de repetirlos sin ninguna instrucción.

Más tarde, con Crew Peligrosos ya activo, Henry ensayaba en la calle y, como había desarrollado habilidad y fuerza para los pasos más inverosímiles del break, los pelaos se le acercaban con admiración y asombro, tal como él lo había hecho con sus antecesores. Pero a diferencia —o como desquite histórico—, Henry les explicaba y los motivaba. A todos los interesados, sin importar la edad, les decía que sí, que podían aprender. «Usted puede ser alguien y puede hacer algo importante en la vida por medio de esta música», les recalcaba. Henry ya se había fijado su primer propósito: irrigar el afecto por el hip hop en toda la comuna.

En cuestión de semanas, Crew Peligrosos ya entrenaba con una camada que más tarde sería su línea central: Izal, Lethal, Azura, Jenny, P Flavor, entre otros. El grupo fue creciendo y haciéndose más ducho en los cuatro elementos. Sonreían a la cámara, cultivaban la disciplina de entrenamiento y fueron dejándose ver como un modelo de vida opuesto al del combo de empistolados. Si durante la época de Los Prisco y en los años inmediatos a su aniquilación  — que coincidió con la adolescencia de Henry—, los pelaos de Aranjuez solo tenían la opción de encontrarse en las drogas y en las armas de fuego, una década más tarde ya contaban con la posibilidad del arte hopper.

—Pero ojo —advierte Henry, deteniendo el relato—. Nunca hemos dicho que el hip hop es el camino hacia la paz, el camino a la no violencia. Eso es otra cosa. Nosotros hacemos arte y por medio de ese arte transformamos muchas cosas, pero existen otras problemáticas. Nosotros no somos la salvación de las problemáticas de la ciudad ni del país.

Llegó el momento en que acudieron tantos pelaos a los entrenamientos, que Crew Peligrosos optó por instituir un proceso de formación al que denominó 4 Elementos Skuela, (4ESkuela). Henry gestionó el auditorio con el rector del colegio en que estamos y formalizó las clases todos los días de siete a diez de la noche. Al cabo de dos años, la escuela sumaba unos cincuenta aprendices, entre niños menores de 14 años y mayores de 30. Cinco años después, ya eran más de doscientos.

—Muchas personas se sienten identificadas con el estilo que tenemos de hacer hip hop —dice—. Entonces, les gusta el estilo, les gusta el flow, les gusta la manera en que nosotros hacemos las cosas y se integran.

Con ese tren de aprendices y practicantes de mediano y alto nivel, Henry y sus compañeros de base idearon un festival en el que pudieran exponer los cuatro elementos, formar público y que, sobre todo, fuera una instancia de proyección para los artistas. Como eran los hoppers más novatos de Medellín, aspiraban a conocerse con el resto de su comunidad. La plata de la organización del festival saldría de los honorarios de las presentaciones en vivo de Crew Peligrosos. Finalmente, en 2001, en este auditorio donde hoy converso con Henry, hicieron la primera versión con el nombre Zona de Batalla.

De aquel día, Henry recuerda que no recogieron gran público. La gente no compraba boleta de entrada para un show de hip hop. Para la segunda y tercera versión, Crew Peligrosos se preocupó por divulgar mejor el festival y enfocar con más tino la escasa publicidad que podían costear —hojas volantes, afiches y voz a voz—. Esas dos veces llenaron el auditorio con gente que pagó en taquilla.

En 2004, Zona de Batalla estaba efervescente, los pelaos no capaban entrenamiento y Crew Peligrosos parecía abrazar la etapa de su madurez temprana como artistas de tarima. Una noche en que fueron al auditorio, lo descubrieron lleno de líderes comunitarios y funcionarios del Gobierno local. Discutían la manera en que iban a invertir unos recursos del presupuesto participativo en la comuna. Henry y sus amigos se hicieron a un lado y se quedaron escuchando. Cuando las deliberaciones tocaron el tema de la cultura, Henry sintió que quienes estaban exponiendo se expresaban con pertenencia gratuita y sobreactuada:

—Se atribuían la gestión cultural de una manera tan personal… como si fueran los dolientes reales y no unos intermediarios, como si ellos estuvieran haciendo lo que nosotros hacíamos.

Sin embargo, ni Henry ni sus compañeros dijeron nada. Les parecía que la actitud de estos líderes comunitarios era típicamente oportunista. Nada que mereciera despelucarse. Pero cuando comenzaron a detallar las prácticas artísticas y mencionaron al hip hop, Henry sintió que se estaban cagando en lo que él amaba como a nada más. Henry levantó la mano. El auditorio se giró sobre él. Dio su explicación sobre esta música y el camino recorrido por Crew Peligrosos. Los funcionarios del Gobierno escucharon en silencio, pero una vez acabadas las deliberaciones, le dijeron a Henry: «Una persona como usted es la que debe estar en un proceso de estos a ver si se transforma la comuna».

—¿Ahí te convenciste de trabajar como líder comunitario?

—En ese momento, no me convencí. Me dio rabia que hubieran tocado de manera tan arbitraria un tema que nosotros estábamos estudiando tanto, un tema que para nosotros es un movimiento cultural y que para ellos era un movimiento de marihuaneros que van a ver viejas en pelota.

Henry le hizo caso a los delegados del Gobierno local y empezó a asistir a las reuniones de los líderes de cultura de la comuna, con la meta de que le aprobaran una plata para mejorar y ampliar el festival de hip hop. Y lo logró. Lo curioso es que ni en el momento en que Henry vio los documentos técnicos que avalaban el presupuesto, creía que fuera posible hacer realidad el festival. Tantos años de vivir en medio de la inopia de los gobiernos de turno en Medellín, que veía utópico que eso cambiara de buenas a primeras.

El caso es que Crew Peligrosos se encargó del montaje del escenario —tarima, luces, sonido—, de extender la convocatoria y regar la publicidad. El grupo se encontraba nervioso y urgido de corresponder a la confianza del Gobierno local. Sobre todo, porque la Alcaldía de Medellín siempre había contratado personal logístico para la operatividad de espectáculos públicos en las comunas. En cambio, en esta ocasión, había aceptado que los hoppers de Aranjuez se encargaran de todo. Era un giro en la ejecución de la política: menos paternalista, más arrojada a la gestión comunitaria.

Ese primer festival patrocinado por la Alcaldía tuvo fecha en agosto de 2005, como parte de la programación de la Feria de las Flores, y comenzó a destiempo, una hora y media después de lo programado. Hubo lluvia y algunos detalles que se escaparon al control de los organizadores. Pero fue un éxito. Un encuentro de altura que dignificaba el hip hop. Para combos novatos —hoy consagrados— como Alcolirycoz fue de sus primeras veces en tarima. Y de llamarse Zona de Batalla pasó a Festival Hip4, en franca alusión a los cuatro elementos y a la comuna cuatro.

—Solo hasta el instante en que vi armado el escenario creí en el Gobierno —admite Henry, riéndose ahora de su escepticismo—. Y me propuse una meta: que la comuna cuatro debía llegar a ser el exponente de hip hop de Colombia para el mundo. Y es lo que tenemos en la cabeza en estos momentos.

Desmontado el escenario, Henry se fijó una misión paralela: ampliar la cantidad de personas que discutían la inversión pública en cultura de la comuna. Para eso, debía persuadir a los jóvenes. No era fácil. El principio dominante de los jóvenes del sector nororiental de Medellín y, en general, de los suburbios populares de Colombia ha sido de apatía frente al Estado, cuando no de recelo y resentimiento. «Parce, existe un dinero público que nosotros como comunidad podemos decidir cómo invertirlo», decía Henry cada vez que tocaba la puerta de un joven que él distinguía como líder espontáneo o como practicante apasionado de un arte. «Daniel, venga participe hermano, que la iniciativa de ustedes del performance y el skate es muy bacana. Miremos cómo podemos transformar la comuna por medio de esto».

Daniel es Daniel González, un muchacho que junto con su novia sacó adelante un proyecto que parecía irrealizable por exceso de ambición: construir un parque pista para entrenamiento de skate en un baldío de la comuna y organizar un festival de performance en escena. Daniel, no sobra decir, fue víctima en su adolescencia de una bala perdida que le dejó en astillas los huesos de una pierna. Se fue de Medellín durante cinco años y a su regreso comprendió que la comunidad poco había cambiado: pasmo, quietud, conformismo con el estado de las cosas y cara al piso cuando la violencia les escupía. Luego, impulsado por el ejemplo de los hoppers, motivado por Henry, lleno de coraje y con apoyo de su novia, se sumergió en ese proyecto.

—Ahí uno ve el compromiso que él tiene con la comunidad —observa Henry—. Es el compromiso que debemos adquirir todos. El hecho de haber estado detrás del proyecto todo el tiempo hasta sacarlo adelante, de estar tocando puertas para que le ayudaran a resolver cosas, el hecho de vincular gente para que trabajaran con él… todo eso es mucho más significativo.

El segundo Hip4 fue en 2006. Casi siete mil personas en el parque de los Deseos, un lugar de cemento y pocos árboles, frecuentado por universitarios y turistas luego de haber dado una vuelta por el jardín botánico. Por primera vez, el hip hop salía de la barriada para ofrecerse en un espacio de ciudad completa. Era la oportunidad de los hoppers para decirle a Medellín que su música, baile y pintadas en pared podían ser de aprecio ciudadano, no solo de gueto.

En los años sucesivos, el festival siguió creciendo y cambiando de escenarios. Henry se precia de mostrar que hasta el momento no han tenido ni un solo problema de orden público.

—Festivales con más de seis mil personas, apenas vigilados por cinco policías. Yo mismo me asombro.

Hip4 ha sido plataforma para grupos que van a medio camino y esperan alcanzar el reconocimiento. También ha sido vitrina de grupos internacionales y consagrados que se han convertido en referentes para los hoppers locales, como Tres Coronas de Estados Unidos y Violadores del Verso de España. Lo insospechado es que, a pesar de estos resultados, Henry está obligado a defender año a año el presupuesto del festival. En las deliberaciones ha habido líderes que le han sacado en cara que 4ESkuela es un negocio del que Crew Peligrosos se lucra, que el presupuesto público no debe gastarse en negocios particulares. Henry se toma estas críticas con un grano de sal y se defiende diciendo que a esos líderes no les interesa el proceso comunitario, solo van por la plata y por eso atacan con acusaciones inexactas.

—A ellos no les importa el proceso que nosotros venimos construyendo desde 1999. La escuela es de Crew Peligrosos y Hip4 es del presupuesto público.

Consciente de que no es un delito y de que en este caso tampoco es una perversión ética de la gestión comunitaria, le pregunto a Henry si él y su grupo han logrado que les aprueben recursos para la escuela. Me dice que sí, que una vez. Carraspea y se recuesta ligeramente hacia atrás. Me cuenta que desde que empezaron el proceso de formación, contaban con un subsidio del Estado para costear los cursos. Si antes del subsidio las clases eran de siete a diez de la noche, luego pudieron recibir más pelaos pagándole a más instructores y empezando las clases desde las dos de la tarde. Tiempo después, en 2009, los líderes de la comuna les aprobaron ocho millones de pesos —unos tres mil quinientos dólares de la época— para que dotaran la escuela con más tornamesas. De resto, cada insumo teórico, técnico y práctico de formación ha sido conseguido o desarrollado por Crew Peligrosos.

—Esas ayudas del Estado no quieren decir que somos unos recostados del presupuesto público —precisa—. Pero eso no lo entienden otros líderes. Creen que porque somos un grupo de hip hop, esperamos que el Gobierno nos dé todo. ¡Y jamás! Nosotros gestionamos con empresas privadas. Tocamos puertas y decimos: «estamos vivos con esto, ¿cómo nos pueden apoyar?». Lo más chimba —añade abriendo el gesto hacia una sonrisa de victoria— fue que luego de que nos apoyó el Gobierno local con la plata para Hip4, la empresa privada empezó a creer en nosotros. Y ahora lo que estamos buscando es ser una industria cultural, ser autosostenibles.

Tanta rivalidad entre vecinos y tanta demora en el trámite y ejecución de los proyectos en las oficinas estatales me hacen pensar que hacer cogobierno debería ser menos complejo, que el camino para que la ciudadanía haga comunidad debería ser más expedito. Se lo pregunto a Henry y me dice que pretender eso, quizás, sea facilista y que no quiere crearse enemigos si me dice lo que piensa. Hace silencio y reflexiona.

—No sé qué decirte, hombre.

Luego lanza su análisis, recostándose contra una reja. No he dicho que los ojos castaño claro de Henry adquieren un acento rojizo cuando el sol les pega de frente. Y como sus cejas se hunden sobre la nariz como flechas en picada, su ceño se torna amenazante. En resumen, Henry pide que el Estado remunere con dinero o en especie el conocimiento de las personas que hacen labor comunitaria.

—Yo conozco gente acá que se viene a pie a las reuniones porque no tiene plata para el pasaje de bus y no almuerzan porque no van a la casa. A veces, ni tienen comida. Pero vienen a las reuniones por su compromiso con la comunidad. Y a la hora de desarrollar el proyecto, no los tienen en cuenta para los empleos que el proyecto demanda porque no tienen un diploma. Vea: esa persona no es profesional de universidad, pero esa persona conoce más la comuna que un profesional, que un antropólogo, que lo que sea. Una cosa es el conocimiento de un universitario y otra, la experiencia de un líder dentro de la comunidad. ¿Me entiende? Se vuelve un sobreviviente de la guerra urbana, se vuelve un man con visa que se mete hasta en los lugares prohibidos por los combos, se vuelve un man que ayuda a resolver conflictos, se vuelve un man que le aporta al desarrollo, se vuelve un man que consigue becas para que los pelaos estudien, se vuelve un man importante para la ciudad, pero la ciudad no le reconoce eso. Muchas de esas personas se han cansado de eso. Renuncian al liderazgo comunitario y usted luego los ve trabajando como obreros en alguna construcción. Eso duele. Aquí he visto que los líderes están solos y los demás con la envidia y esperando que fracase. Nosotros quince somos muy unidos y eso nos hace muy fuertes. El día en que yo esté mal, Azura me va a ayudar o Lethal o Izel o Vandal. Ellos siempre van a estar ahí. Y si en cualquier momento flaquea alguno, ahí estamos todos. Pero un líder que trabaja solo y sin reconocimiento del Estado se vuelve completamente invisible. Completamente invisible.

***

Ha transcurrido largo tiempo desde que Henry se propuso hacer de Aranjuez tierra firme colombiana del hip hop para el mundo. Crew Peligrosos suma cualquier cantidad de méritos de los que solo voy a citar que han publicado álbumes y videos de propia producción, giras por Colombia, América Latina, Europa, y centenares de pelaos formados como artistas. Cada vez que investigadores y prensa extranjera se asoman en Medellín para comprender cómo ha cambiado la ciudad desde los años ochenta, llegan al hip hop de las comunas, al arte urbano y concluyen que ha sido uno de los factores determinantes. En las entrevistas que le he visto, Henry siempre esquiva mencionar la violencia del barrio que a él le tocó y que no ha desaparecido del todo; evita que el público que los escucha les tenga una admiración adicional por haber emergido de calles ensangrentadas.

—Antes que todo eso, nosotros tenemos estilo para hacer sonar la música. Eso atrae a las personas. Y si esas personas quieren escuchar qué pensamos sobre el país y la violencia, se lo transmitimos. Pero nosotros no nos escudamos en el hip hop como un componente social ni nos aprovechamos de eso para figurar. No lo haríamos jamás. Eso es pecar en el hip hop.

En las letras de sus canciones, sin embargo, Crew Peligrosos no se ha cuidado de eso ni de aquello. Tienen composiciones como ‘Esto tiene lo suyo’ o ‘Medayork’, que podrían calificarse de político-costumbristas porque describen la vida alegre pero incierta en la comuna y en el norte de Medellín. En otras, como ‘Marcapasos’, dejan ver un perfil de resistencia y mueven a la reflexión social. Pero tienen una que, a mi criterio, condensa con exactitud la elección de Henry y sus amigos por la música y el arte, a pesar de la marginalidad y la guerra. Se titula: ‘In tha place (Anécdota de un día)’.

El tema inicia con el rapero P Flavor declarando que el combo es el lugar para ser, «Is Peligrosos in tha place to be», que el hip hop es «un vuelo sin regreso». Empalma Henry reconociendo su apego por el barrio: «criadito en Aranjuez» y admitiendo que le ha hecho el quite a la violencia: «diario vivo y sobrevivo a la guerra de sicarios». En el estribillo, Henry muestra su dignidad de líder y artista: «Mucho gusto soy el Jke/ mi vida es un trueque/ mi conocimiento no lo cambio por ningún cheque/ para algunos soy el jefe, para otros soy el eje/ mi apellido es Arteaga y hago arte así no deje».

—La idea que me tiraste al comienzo de esta entrevista acerca de que el hip hop y Crew Peligrosos no son la solución para la paz ni para las problemáticas de la ciudad, ¿por qué me la dijiste? ¿Llega gente apropiándose de esto como una estrategia para pacificar la ciudad?

—La prensa llega diciendo que en un barrio muy violento existe esto y esto le roba pelaos a la guerra. No es así. Si sigue el mismo sistema en nuestro país, aquí nunca se va a acabar la guerra. Entonces, nosotros no le estamos robando nadie a la guerra. Nosotros estamos tratando de hacer hip hop. No más. Pille: ¿cuántos raperos han matado aquí? Al grupo Son Batá le han matado a varios. A Kolacho lo mataron porque no podía pasar por una cuadra. Hace años mataron a un Bboy porque a un man no le gustó cómo bailaba en el parque de Aranjuez. Podés estar haciendo arte y lo que sea, pero si le caés mal a alguien, te mata. El sistema en que estamos no es para que se acabe la guerra. Los hoppers pueden tener empleo, familias sin hambre, hacer arte de Colombia para el mundo. Y en el exterior pueden decir: «Medellín: hip hop de alto nivel, propuesta fundamentada, con identidad». Pero también pueden decir: «Medellín: ciudad de sicarios, guerra y bombas». Medellín siempre va a tener varios sinónimos. Y si nosotros podemos lograr que uno de esos sinónimos sea hip hop, bacano, estamos haciendo algo, pero eso no tapa lo otro. No sé si me estaré tirando enemigos encima, pero así es como siempre he querido dar una entrevista, hermano, que me dieran la oportunidad de decir esto.

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