15 febrero, 2026

Cuerpo sin retorno. La sal del mar

Álvaro Cardona

FOTOGRAFÍA:
Álvaro Cardona
Crónica, Fotografía, Memoria paz y conflicto

Según los reportes de la Casa Blanca, desde el 2 de septiembre de 2025 y hasta el pasado 23 de enero de 2026, las Fuerzas Militares de Estados Unidos han realizado 36 ataques contra embarcaciones no militares en aguas del Pacífico latinoamericano y del Caribe. Si le damos crédito a las grises y borrosas grabaciones en video hechas con dispositivos remotos y que han sido compartidas por ese Gobierno, es posible decir que entre las embarcaciones bombardeadas ha habido desde semisumergibles usuales del narcotráfico internacional hasta botes tradicionales típicos de pesca artesanal impulsados por motores pequeños fuera de borda. La estadística habla de que van 136 personas muertas, cuyos cuerpos destrozados se perdieron para siempre en la inmensidad del mar.

En cada declaración pública, el presidente Donald Trump ha salido a defender la idea de que todos estos muertos eran transportadores de drogas que pretendían meter su mercancía a los Estados Unidos y que como el país se encuentra en un “conflicto armado formal contra los carteles de la droga” estas embarcaciones y sus muertos podían ser considerados “combatientes”, por lo cual es lícito el empleo de la fuerza militar. Ninguna institución en ese país ha hecho control de los operativos ni ha podido verificar de manera independiente las cifras. Ni siquiera la prensa más cualificada. En el ambiente, por tanto, ha quedado la duda de si en realidad todas las embarcaciones hundidas y las personas asesinadas eran realmente del narcotráfico.

Con esa pregunta, viajé a la ciudad de Santa Marta, Colombia, como parte del equipo periodístico del programa Fantástico, de TV Globo Brasil. Allá trabajamos en la realización de un reportaje que dio cuenta de la supuesta guerra contra las drogas del actual gobierno de Estados Unidos a partir de los hechos probados del Tren Aragua y la relación con los bombardeos sobre las embarcaciones.

Una de las historias que encontramos fue la del pescador Alejandro Carranza que no tenía nada que ver con bandas de crimen organizado ni con drogas y sin embargo su bote con él adentro fue destruido por uno de estos misiles de precisión satelital borrando su humanidad y su presunción de inocencia, y arrasando con siglos de evolución del Estado Social de Derecho. La onda expansiva que pulverizó los cuerpos de Carranza y de sus compañeros es el eco de discursos justificativos del accionar de Estados Unidos a lo largo de la historia: desde la noción del enemigo interno como fundamento de la Doctrina de Seguridad Nacional en los años sesenta, el Corolario Roosevelt, la Doctrina Monroe, hasta la actual Doctrina Donroe. Y aunque su cuerpo nunca fue recuperado, su identidad es conocida gracias a su familia. 

A diferencia de otras familias colombianas a las que las fuerzas militares de Estados Unidos también les asesinaron hijos y esposos pescadores en alta mar, la familia de Carranza es la única que se ha dado a conocer poniendo la cara para exigir verdad y justicia.

La determinación de los dolientes y la injusticia de esta muerte se me convirtieron en una pulsión personal que me empujó a trabajar este ensayo fotográfico en paralelo a mis ocupaciones para el programa Fantástico. Las imágenes retratan a Katherine Meciel, la esposa del pescador, y a Eulogia Bernal —conocida como ‘La Negra’—, tía de Katherine y amiga cercana de Alejandro. La familia pidió no incluir a los hijos en este proyecto, en consideración al duelo que están transitando. Participaron, también, pescadores amigos de la víctima y gente del lugar donde vivía. En los pies de foto incorporé varios de sus testimonios.

El ensayo incluye un retrato de José Francisco Gómez Silvera, pescador veterano que no cesar su trabajo porque subsiste de lo que produce día a día. En cada madrugada navega mar adentro a sabiendas de que corre el mismo peligro que acabó con Carranza. Tomé su retrato con la luz de las seis de la mañana cuando él regresaba de una faena que había iniciado a las cinco de la tarde del día anterior. La importancia de registrar a un sobreviviente que, como un kamikaze, arriesga su vida a diario, me resultó profundamente dolorosa. Saber que al día siguiente ese rostro podía no existir más transformó el retrato en una imagen sobre la fragilidad de la existencia, sobre la probabilidad de desaparecer, tal como ocurrió con Alejandro Carranza.

José Francisco Gómez Silvera es conocido cariñosamente como ‘Pacho’, tiene 72 años y es uno de los pescadores más antiguos de Santa Marta. Hace parte de la tercera generación de una familia de pescadores asentada en playa La Paz, en el sector del Rodadero. Es el líder de la asociación de pescadores de las que hacía parte Carranza.

Dice: “La pesca ha sido nuestra vida. Desde que comenzaron los bombardeos salir al mar se volvió riesgoso, pero lo hacemos por necesidad. De este trabajo depende el sustento de nuestras familias y también el de quienes compran nuestro pescado para sobrevivir. Me siento orgulloso de ser pescador; lo he sido toda la vida. Hoy las cosas han cambiado: ya no se puede pescar mar adentro, hay que quedarse cerca de la costa, el pescado tarda más en llegar y es más pequeño. Se trabaja con miedo. El mar, que antes era sustento, hoy también es temor”.

El charrán sombrío, ave tropical del oceáno conocida por sus largos vuelos en altamar, apareció mientras se escuchaban los recuerdos de los amigos con quienes Alejandro Carranza creció en la playa de Gaira, lugar donde empezó a pescar siendo niño. Su paso sobre el mar acompañó un duelo compartido. Leonardo Mena, el mejor amigo de Alejandro, dice: “Alejandro vivía cerca de este mar. Era un pescador humilde y tranquilo, muy querido por nosotros. Siempre seguía el cardumen más grande y allá íbamos con él. Han pasado dos meses y medio y aún es difícil para nosotros, como amigos y como gremio. Nunca pensamos que esta guerra nos alcanzaría de esta manera”.
Eulogia Bernal Manjarrés, La Negra, a la izquierda de la imagen dice: 
“La relación de él con nosotros siempre fue hermosa. Lo buscábamos para saber cómo estaba, siempre pensábamos en él. Un misil en el mar: ningún ser humano merece una muerte así. ¿Por qué? Él estaba en aguas colombianas, en el Caribe; no estaba en aguas internacionales, estaba en su Colombia. ¿Por qué otro país viene a mandar en un país que tiene presidente, que tiene quién lo represente? ¿Por qué hacer esto? Y si ellos dicen que sabían todo, ¿por qué no investigaron? Si aseguran que llevaba droga, ¿por qué no comprobarlo? Para eso tienen cómo detectar. Dicen que vieron algo blanco, pero los pescadores usan mantas, y esas mantas son blancas. En los videos se ve que la embarcación tenía dos motores y estaba a la deriva, con los motores fuera del agua. La lancha iba de un lado a otro y, cuando alguien levantó la mano pidiendo ayuda, fue en ese momento cuando cayó la bomba”.

Mientras continuaba conversando con los amigos pescadores de Alejandro, uno de ellos señaló que por allí venía ‘Chichi’, Manuel Yepes, pescador inseparable de Alejandro, quien hoy se ve obligado a faenar de día por el miedo.

Dice: “Alejandro venía de una familia de pescadores y aprendió con nosotros desde los 15 años a lanzar el cordel. Así aprendió a pescar mar adentro. Se convirtió en un gran pescador, una persona ejemplar: buen amigo, buen padre y un buen ser humano”.
Nadie será sometido a una desaparición forzada.

En ningún caso podrán invocarse circunstancias excepcionales, tales como estado de guerra o amenaza de guerra, inestabilidad política interna o cualquier otra emergencia pública, como justificación de la desaparición forzada.

Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas.

Katerine Maciel Hernández Bernal, viuda y mamá de los tres niños, dice:
“Estamos atravesando un momento muy difícil. Somos una familia de pocos recursos y él era quien salía todos los días a buscar el sustento. Ahora no tenemos cómo sostenernos. Yo sufro de una discapacidad en la pierna y sólo puedo trabajar los fines de semana vendiendo pescado; con lo poco que gano intento mantener a mis hijos.

”La última vez que lo vimos fue el 12 de septiembre, durante la peregrinación a San Benito, cuando estuvo toda la familia junta. Dos días después, el 14 de septiembre, hizo una videollamada a mi hija; fue la última vez que supimos de él. A veces salía a pescar cuando lo invitaban, porque también trabajaba como conductor de lancha en la marina de Santa Marta. Cuando salieron las noticias del bombardeo a una lancha, decían que había sido en aguas venezolanas. Nunca pensamos que fuera él; Alejandro no se iba tan lejos. Por eso no nos alarmamos. Pero con el paso de los días, cuando dijeron que no había sido en aguas venezolanas sino en aguas colombianas, fue cuando nos llenamos de miedo, porque él sí estaba pescando en La Guajira. Ya habían pasado quince días y no era normal: él nunca se demoraba más de ocho.

”Mis hijos vieron las noticias. A mi hijo de once años sus compañeros le mostraban el video y le decían que ese era su papá. Él me preguntaba una y otra vez si era verdad. Me decía: ‘¿Por qué a mi papá le tiraron esa bomba? ¿Por qué no lo metieron preso?’. Yo muchas veces no supe qué responderle; todavía no tengo palabras. Por más que quiera llenar el vacío de mis hijos, no puedo. A ellos les hace falta su papá”.

Eulogia Bernal Manjarres, ‘La Negra’, tía de Katherine y amiga de Alejandro, dice:
“Todo ha sido muy duro. La familia quedó en una situación de completa inestabilidad. Los cuatro hijos y nosotras nos reunimos con el presidente; en ningún momento nos dio dinero, solo nos orientó sobre qué hacer. Sin embargo, la familia de Alejandro, en cuya casa estaban alojados Katherine y los niños, se enteró de ese encuentro y pensó que les habían dado dinero. Por eso los sacaron de donde estaban viviendo. Quedaron desprotegidos. Tuvieron que irse a vivir con mi hermana, en un apartamento pequeño. No es un lugar grande y son cuatro niños; allí están viviendo en condiciones de hacinamiento.

“Todo lo que ha pasado es muy duro. Ojalá exista justicia, aunque sea la justicia divina, porque esa no se queda con nada. Ojalá se haga justicia. Antes de irse, Alejandro había pagado dos meses de arriendo para que Katherine pudiera estar con todos los niños juntos, sin tener que repartirlos, y para que, a su regreso, pudieran ver cómo conseguir algo mejor: una casa, algo distinto. Pero no fue así. Una cosa fue lo que él planeó y otra muy distinta lo que la vida —y decisiones ajenas— terminaron imponiendo”.
Jackson Parra, pescador y amigo de Alejandro, dice:
“Con todo esto mi vida cambió por completo. Antes vivíamos del mar; hoy me toca buscar sustento en otro oficio. Ahora soy vigilante de un edificio, parado frente a la playa que antes era mi trabajo”.

Alfredo Antonio Gutierrez Patiño, sobrino de ‘Pacho’ y pescador perteneciente al comité de pescadores Bello Horizonte, dice:
“Nosotros somos pescadores. No somos lo que ellos se imaginan, que todos los colombianos somos narcotraficantes. No lo somos. Si tienen un objetivo, que busquen a quienes cometen esos delitos en su propio territorio”.

Jackson Parra, pescador, dice:
“Lo que más duele y entristece es no tener un lugar: un sitio, una tumba donde visitarlo; un espacio donde llevarle una flor. No saber nada de él, de su cuerpo”.

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