Texto: Pablo Rolando Arango
Ilustración: Diego Sánchez Sarmiento

#Opinión

Contra la ira de Dios:
La Biblia o la Ley

        Si un numeroso grupo de ateos anticlericales saliera a las calles a exigir que se les permita a los padres de familia enseñarles a sus hijos que los cristianos son unos enfermos mentales, entonces habría razones para preocuparse. Ya en la Unión Soviética o en China variantes del ateísmo asumieron el poder político y persiguieron abiertamente a los cristianos. Ha habido más casos, pero estos dos son lo suficientemente notables. Dado que ya ocurrió, basta para prevenirnos sobre su posible repetición. Cualquier propuesta similar debería ser rechazada con firmeza.

        Por razones similares, deberíamos rechazar los intentos de algunas facciones cristianas por imponer La Biblia como fuente de derecho. Deberíamos prestar más atención a los peligros que plantea la reciente ola de religiosidad política en Colombia y América Latina.

         En Brasil, la actual ministra de la Mujer, la familia y los derechos humanos afirmó ser abogada con maestrías en educación y derecho constitucional y de familia. Cuando la prensa le preguntó en qué instituciones había obtenido estos títulos, la ministra contestó: “A diferencia de un maestro secular, que debe ir a una universidad para obtener su título, en las iglesias cristianas es llamado maestro todo aquel que se dedica a la enseñanza bíblica”. Y agregó que sus títulos no eran seculares sino “bíblicos” —no explicó por qué dio descripciones tan concretas de sus títulos bíblicos—. La ministra es una pastora de la Iglesia Cristiana Cuadrangular y uno de sus primeros actos de gobierno fue anunciar que de ahora en adelante los niños debían vestirse de azul y las niñas de color rosa. Una clara alusión a la agenda política cristiana, que pone como prioridad de las políticas educativas la identificación del Estado con la idea de que familia solo es la de parejas heterosexuales.

         En Colombia, el actual presidente Iván Duque, en medio de la campaña presidencial, cuando visitó a un pastor cristiano dijo que le encomendaría el país a La Biblia, “porque, como cristiano, entiendo que todas las leyes de Colombia provienen de Tu palabra” (Ver video aquí). La frase la dijo palabra por palabra, repitiendo lo que le decía el pastor. Ya antes, el entonces presidente Juan Manuel Santos, en una reunión con pastores cristianos en Cartagena, dijo: “Hay una Constitución mucho más poderosa, mucho más rica y mucho más inspiradora. Es La Biblia, lo que dice La Biblia, si cualquier gobernante se guía por ella, hará un buen gobierno, le entregará a su sucesor un mejor país y ese ha sido también una fuente de permanente inspiración, en mi caso”.

         Si se tratara solamente de declaraciones cínicas, sin más consecuencias que la consecución de unos votos, quizá no habría problema. Pero los cristianos quieren más y ya lo están logrando. En 2017, cristianos católicos y no católicos, junto con sectores de diversos partidos, adelantaron un exitoso movimiento contra la política de educación sexual del Estado. Dicha política había sido concertada con las Naciones Unidas y buscaba cumplir una orden de la Corte Constitucional en una sentencia sobre un caso de un menor de edad que se suicidó luego de haber sido hostigado por las autoridades de su colegio debido a su condición sexual. La Corte había ordenado al Ministerio de Educación impartir una formación sexual que respetara la diversidad de conductas. Y los cristianos salieron a las calles —algunos con pancartas que decían cosas como: “Prefiero un hijo muerto antes que marica”, aforismo que también ha sido adoptado, con alguna variante, por el actual presidente de Brasil—. La entonces ministra de educación en Colombia renunció y, finalmente, se bloqueó el intento por enseñarles a niñas y niños que el homosexualismo no es una aberración ni una enfermedad, que no necesita cura ni tratamiento y que hostigar a los homosexuales es atroz y delictivo.

         Luego de este incidente vino el plebiscito sobre los acuerdos de paz con las FARC. Nuevamente, las sectas cristianas —incluidos los católicos— hicieron campaña para rechazar los acuerdos. La principal razón que esgrimían es que dichos acuerdos implicaban la entrega del Estado colombiano a lo que ellos llaman “ideología de género”, que según dicen es una agenda política que busca imponerle a la sociedad el estilo de vida homosexual. En aquella ocasión, el voto cristiano fue decisivo para que ganara el No a la firma de los acuerdos.

         Algunos líderes religiosos —y algunos ateos evangelizadores y anticlericales, por supuesto— dijeron que las sectas cristianas —catolicismo incluido— pusieron un millón y medio de votos por el No. Por obvias razones, debemos asumir que exageran: los cristianos, porque quieren mostrarse como una fuerza poderosa; los ateos evangelistas porque nadie quiere decir que su enemigo es pequeño. Supongamos que exageran y que solo fueron cerca de la mitad. 700 mil votos siguen siendo demasiados cristianos movidos por la fe bárbara, exterminadora de La Biblia.

Durante los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, la iglesia católica, aliada con el partido conservador, promovió el voto femenino con el propósito explícito de “cristianizar los hogares colombianos”.

 

        Una característica paradójica de esta situación es que el voto de las sectas cristianas no católicas —y una parte del voto católico— viene de quienes podríamos llamar votantes libres pero coartados. Son libres porque a esta clase de votante no se le puede sobornar. Ellos no votan por plata, sino por convicciones —e.g., que el homosexualismo es una aberración, y que hay una agenda para imponerlo en el mundo—. Pero su voto se comporta, en un aspecto importante, igual al de quienes se ven coartados: es predecible porque los votantes aceptan las instrucciones de sus pastores sin cuestionarlas. Los líderes, en esta situación, tienen entonces un gran poder de negociación política, ya que pueden ofrecer los votos de su rebaño con relativa certeza, sin pagar nada por ellos.

         Este fenómeno no es nuevo en Colombia. Durante los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, la iglesia católica, aliada con el partido conservador, promovió el voto femenino con el propósito explícito de “cristianizar los hogares colombianos”, para usar las palabras de una líder conservadora promotora de la iniciativa. Estaban siguiendo las instrucciones del papa Pio XII, quien había promovido en Italia el voto femenino con el propósito de derrotar a los comunistas. Sabían que, de poder votar, la mayoría de mujeres obedecería sus maridos, padres o hermanos católicos. Otro caso de la paradoja de los votantes libres que se comportan como si estuvieran bajo coacción.

         En el Antiguo Testamento, al menos, encontramos a Dios y sus profetas ordenando, aprobando e instigando el genocidio, la violación de mujeres y niñas, las masacres, el castigo de inocentes. Basta considerar este pasaje de Números (31: 1-20): Moisés les ordena a más de diez mil soldados que exterminen al pueblo de los madianitas. El ejército saquea a los madianitas, asesina a todos los hombres y secuestra a las mujeres y los niños. Cuando Moisés los recibe con el botín, los regaña por haber traído mujeres “que conocieron varón” y niños varones. Les ordena a los soldados asesinar al primer grupo de mujeres y a los niños varones, y dejar con vida únicamente a las niñas y mujeres vírgenes.

         En el Nuevo Testamento la cosa cambia: ya no se cometen genocidios, sino que se anuncian con cierto gozo. El Apocalipsis, para empezar. Morirán personas en grandes cantidades, algunas quemadas vivas. Jesús anuncia que para las ciudades que se nieguen a aceptar su palabra habrá más crueldad que aquella de la que fueron beneficiarias Sodoma y Gomorra —la comparación la hace él—. San Pablo aboga por unos valores familiares que implican la sumisión absoluta de las mujeres a sus maridos y la condena de la conducta homosexual, a la que compara con el parricidio.

         ¿Y la figura misma de Cristo? Un dogma básico de cualquier forma de cristianismo que sobreviva hoy es la idea de que Dios hizo morir a Jesús en la cruz por causa de nuestros pecados. En un país como Colombia, donde todavía no sabemos cuántos muchachos no combatientes fueron asesinados recientemente por las fuerzas del Estado para luego ser presentados como guerrilleros muertos en combate, no parece buena idea promover como principio de ética pública esa práctica del chivo expiatorio. ¿Por qué, si está bien que el mismo hijo de Dios pague por las faltas ajenas, no está bien que hagamos lo mismo con otros mortales?

        Desde luego, La Biblia también contiene ideas prácticas estupendas. Consideremos estas: “No torcerás la ley contra el menesteroso” (Éxodo, 23: 6). “No recibirás soborno, porque el soborno ciega a los que ven y pervierte las palabras de los justos” (Éxodo, 23: 8). “Y no oprimirás al extranjero, pues vosotros sabéis cómo se siente el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto” (Éxodo, 23: 9). “No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades. En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida” (Deuteronomio, 24: 14-15). “No robes al pobre, porque es pobre, Ni quebrantes en la puerta al afligido” (Proverbios, 22: 22). Como se ve, si nuestros cristianos legisladores, jueces y gobernantes hubieran seguido estas enseñanzas, nuestro país debería verse distinto.

        Pero, ¿qué tan buena puede ser una educación política en la que este tipo de máximas de solidaridad y justicia vienen mezcladas con la justificación del genocidio, la violación sistemática de mujeres, los castigos injustos y toda clase de atrocidades?

        

La Biblia no es el problema, desde luego. Es un libro entre libros y quizá los haya peores en cuanto a justificación del crimen masivo. El problema lo constituyen los lectores para los que La Biblia es el único libro, la palabra literal de un Dios único.

         La Biblia no es el problema, desde luego. Es un libro entre libros y quizá los haya peores en cuanto a justificación del crimen masivo. El problema lo constituyen los lectores para los que La Biblia es el único libro, la palabra literal de un Dios único, y que pretenden, además, hacer que el resto de la gente acepte esta locura, querámoslo o no.

        ¿Estoy exagerando el peligro? Puede ser, pero me gustaría recordar que hasta hace muy poco, en Colombia, el homosexualismo era un delito y la única razón para tal estupidez era la superstición religiosa, cristiana específicamente.

        El cristianismo ha usado La Biblia como fundamento para cometer algunas de las peores atrocidades. Este hecho —o, mejor, larga serie de hechos— debería ser razón suficiente para que la expansión actual del cristianismo y su incursión en política recibiera más atención. Porque, una vez más, son los mismos cristianos quienes están proponiendo asumir La Biblia como manual de convivencia de las escuelas o como fundamento de las leyes. Dado que es un hecho histórico que el apego de los cristianos a La Biblia es una peligrosa fuente de inestabilidad política y de crímenes contra la humanidad, cabe preguntarse: ¿por qué la gente no parece percibir la amenaza?

        Este problema muestra la necesidad de volver una y otra vez a las discusiones políticas más elementales. Porque los problemas políticos no son como los matemáticos, que pueden resolverse de una vez y para siempre. No basta con que la libertad religiosa y otras libertades civiles estén consagradas en la Constitución. Dondequiera que haya mayorías religiosas existirá el riesgo de que quieran usar su doctrina como fuente de derecho y, por tanto, existirá el riesgo de la persecución y la censura.

        Otro problema es que el único remedio que contiene la Constitución no funciona muy bien. Allí se expresa un compromiso con los valores liberales de la tolerancia y el pluralismo. Pero esta tolerancia liberal es demasiado débil como para contener una fuerza de la naturaleza como la furia religiosa. Los grupos intolerantes —como los cristianos o los ateos fundamentalistas— pueden medrar fácilmente bajo las normas de la tolerancia liberal; y usarlas para lograr posiciones de poder que, una vez obtenidas, aprovechan para negar la tolerancia liberal y, por lo general, joder a algún grupo de personas —o a varios—. Porque, para usar una frase de Mencken, un fundamentalista de esta clase es alguien que no puede soportar la sola idea de que alguna persona en algún lado la esté pasando bien.

        La situación es peor si, como lo sugieren los casos que comenté, algunos cristianos ya están violando la Constitución usando su fe. Porque los fanáticos reciben cualquier crítica a lo que dicen como una agresión. Incluso hay cristianos que hablan de persecución religiosa en su contra. Esta estrategia de camuflaje, en la que el agresor se disfraza de agredido, es más exitosa en el caso de la religión. Porque, por alguna razón que no discutiré, la gente tiende a asumir que las ideas o las prácticas religiosas son dignas de respeto en sí mismas.

        Esto simplemente no es cierto. Que una persona resucite es una idea que va en contra de toda la evidencia médica y biológica de que disponemos. Recordar esto no es irrespetar a nadie. Si alguien quiere creer que un tipo resucitó hace poco más de dos mil años y está esperando no sabemos qué para regresar a juzgarnos a todos, está muy bien que pueda hacerlo. Pero los demás también debemos poder levantar una ceja al oír tales cosas. En este ejercicio mínimo de oposición, el de señalar el absurdo de las creencias religiosas dominantes, podríamos contribuir quienes queremos un mundo en el que cada cual pueda pensar lo que quiera —y pueda— sobre los dioses, la virginidad, el sexo anal y cualquier otro asunto que le importe.

        Pero también hay fracciones importantes de cristianos que retroceden ante los pasajes más crueles de su doctrina o incluso suscriben alguna variante de la tolerancia liberal —guardo la esperanza de que sean mayoría—. Como profeta cristiano —autoproclamado— que soy, vaticino que si no resolvemos nuestros problemas más acuciantes de miseria y crimen, corremos el riesgo de entrar en un delirio cristiano, y no quiero imaginar la más reciente tradición colombiana de política y crimen complementada con la furia inquisidora del cristianismo exterminador.

        Por eso, si, improbablemente, algún cristiano leyera esto y llegara hasta aquí, me gustaría recordarle que mi argumento no es el de la tolerancia liberal. Mi argumento apela a un principio que el cristiano y yo compartimos: la sabia sentencia de Jesús: “hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes; porque en eso se resumen la ley y los profetas”.