Mujeres, maternidad y ciencias en Colombia

Mujeres, maternidad y ciencias en Colombia

Febrero 11 de 2022

Texto

Lise Josefsen Hermann

Foto

Charlie Cordero

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Mujeres, maternidad

y ciencias en Colombia

Los esfuerzos para revertir las tendencias de desvinculación con los estudios, normalizar la maternidad en las universidades, y contrarrestar las disparidades de género. Cuatro historias, como puntos cardinales, para conocer mejor el mapa actual de las mujeres colombianas y las ciencias, y recordar que hoy, 11 de febrero, es el Día Internacional la Mujer y la Niña en la Ciencia proclamado por la ONU.

El dilema de Angie

En muchos escenarios de la sociedad aún existen graves brechas de género. En la ciencia, por ejemplo, mujeres de todo el mundo reciben becas más pequeñas que sus pares masculinos y tienden a cursar carreras más cortas y peor pagadas, según el informe Las mujeres en Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (STEM) en América Latina y El Caribe, publicado por ONU Mujeres y la UNESCO. Colombia no escapa a las estadísticas: de acuerdo con un estudio del Banco de Desarrollo de América Latina, alrededor de un tercio de los casos de desvinculación de estudios de mujeres pueden atribuirse al embarazo o a la maternidad.

 

En la región del Caribe colombiano, en el departamento del Cesar, la sede La Paz de la Universidad Nacional de Colombia se esfuerza para contrarrestar esta tendencia. Desde 2018 organizan sesiones con madres para compartir experiencias sobre maternidad en la educación superior. Allí asisten treinta mujeres con hijos, varias de ellas solteras. La mayoría de estudiantes en la sede son la primera generación en sus familias en ingresar a la educación superior, según encuestas de la misma institución.

Angie Paola Simanca Rodríguez, de 21 años, estudia Biología y es mamá de Ezequiel, de once meses. Un gran dilema, reconoce.

“Muchas veces no logro cumplir con todas las tareas del estudio porque no debo despreocuparme de Ezequiel. Todo se vuelve tan difícil. Porque ahora que tengo a mi hijo me siento con más ganas de superarme y ser alguien en la vida. Quiero darle a mi hijo una mejor mañana. Entonces, siento la necesidad de hacer el sacrificio de responder con mi carrera y con mi maternidad al mismo tiempo”.

Ezequiel acompaña a la entrevista. A veces tose o se inquieta. Las tareas universitarias de Angie son así, entre interrupciones constantes.

“La facultad es exigente. Nunca había tenido que leer tanto o tener que quedarme despierta tanto tiempo leyendo. Es realmente difícil pero bueno a la vez. Me dedico a mi hijo, más que a estudiar. Cuando él está dormido trato de hacer mucho trabajo. Se ha enfermado, he pasado malas noches con él. Y en todas esas malas noches no he podido cumplir con las tareas. A veces no tengo a nadie que lo cuide. Entonces, no llego ni a la universidad porque si vengo pierdo el tiempo. Si se lo dejo a mi prima, vengo a la universidad y le hago videollamadas para ver si lo ha bañado, si le ha dado de comer, le ha cambiado el pañal. Son cosas que me distraen demasiado para estudiar. Y si estoy en casa con mi hijo, tomar bien una clase virtual es muy difícil. Debo ver las clases grabadas cuando él se duerme para poder entender lo que dice el profesor. Porque en el momento en que están dando la clase virtual y explicando, Ezequiel se metió un bolígrafo en la boca, Ezequiel se va a caer de la cama, se va a lastimar. Si eres madre, la primera prioridad siempre será el bienestar de tu hijo. Entonces, cumplir las obligaciones del estudio al mismo tiempo, es un dilema”, dice Angie.

El ingreso a la universidad fue complicado para Angie. Además, los trámites de ingreso fueron tortuosos. Primero, hizo cuatro veces el examen de ingreso en otra Universidad de Valledupar, tanto en Enfermería como en Minería a Cielo Abierto, pero no pasó. Su madre le sugirió probar este nuevo campus en la región. Pero Angie tenía pocas esperanzas después de los cuatro fracasos, y tampoco conocía carreras como, por ejemplo, Biología.

“Le dije a mi madre, no sé, para qué sirve esta carrera. ¿Biología? no sé para qué es eso. No sé lo que es un biólogo. Entonces, agarré mi móvil y busqué en Google. Decía que la Biología es la ciencia de los seres vivos. Oh, eso es interesante, le dije a mi madre. Lo intentaré con Biología… O sea, no es mi proyecto de vida ni nada. Pero fue la oportunidad que se me dio y la aproveché”.

“Planeaba estudiar, prepararme y luego tener a mi hijo. Pero a veces somos irresponsables. También, la falta de comunicación y de orientación nos hace tomar malas decisiones. Aquí está la pequeña muestra de eso”, dice Angie y mira a su pequeño de reojo.

Angie vive con su mamá y su tía a veces la ayuda con el bebé.

“Lo más difícil es pensar que le estoy negando a mi hijo el tiempo que se merece o que estoy descuidando mis trabajos del estudio. Siento que no tengo suficiente tiempo para cumplir con las dos tareas como me gustaría”.

Pero convertirse en madre también ha sido una lección importante para la joven de 21 años:

“Mi hijo también se ha convertido en un objetivo de vida. Desde que tengo a Ezequiel soy más organizada con el presupuesto y con todo. Hoy debo lavar su ropa, hoy debo… cada tarea tiene un día, tiene un tiempo y tiene una hora. Porque ya no tengo tiempo para perder. Ahora debo estar más concentrada en lo que debo hacer. Tengo prácticamente todo con horarios porque en realidad no tengo tiempo”. Nuestra charla termina con Ezequiel llorando como si él quisiera confirmar lo dicho.

29,3 % de los investigadores a nivel mundial son mujeres: Unesco

Yency Cardozo Vázquez es fisioterapeuta y parte del equipo de salud de la universidad. ”La región tiene una historia muy compleja con el paramilitarismo, con el conflicto armado en Colombia. Hay un intento de reconstrucción desde el proceso de paz y nuevas formas de vivir y habitar el territorio. Tenemos cinco pueblos indígenas en la zona. Según nuestras encuestas un 75% de los estudiantes es muy vulnerable ya sea por ser de familias de bajos ingresos o porque no tienen garantizados los servicios básicos como el agua potable o alcantarillado. Tenemos también una población de familias de madres solteras que realizan trabajos informales en la región, es decir, sin ingresos constantes; de tenerlos, podrían transformar su vida cotidiana y su movilidad social. Entonces, estos estudiantes que llegan son, en su mayoría, los primeros miembros de la familia en ingresar a la educación superior”.

“El primer desafío es la multiplicidad de roles —madres-estudiantes-parejas— y algunos cuidadores de adultos mayores. Sus jornadas laborales se duplican o triplican. Algunas tareas como las tareas del hogar, el cuidado de los niños, generalmente se plantean en lo femenino.”

“Son mujeres con mucho coraje, para poder transformar sus realidades. Siendo algunas de las primeras de sus familias en ir a una universidad, ya sea que pertenezcan a un grupo indígena o étnico, o que son afrocolombianas. Eso también es un reto, nuevas formas de vivir, entrar a la universidad y poder graduarte. Porque también puede ser un escenario en el que la maternidad sea una carga. Son muy valientes porque la situación es difícil, pero si construyo y comparto lo que aprendí de la vida cotidiana, entonces la maternidad también puede tener un significado dentro de la academia como un logro y no como algo que la gente tenga que soportar, sino como algo que construye, que los enriquece mucho”, dice Yency.

Mujer, indígena, estudiante

La sede universitaria recientemente abierta en La Paz tiene una hermosa vista a dos cordilleras. Allí viven cinco pueblos indígenas diferentes, quienes por mucho tiempo han permanecido aislados del resto de la sociedad y alejados del mundo académico. Claudia Patricia Vallejo, de 26 años, es una de esas mujeres que está cambiando este panorama. Pertenece al pueblo Arhuaco. Su comunidad natal es Jewrwa, a unas cinco horas en carro. Ella recuerda cuando quedó embarazada a los 20 años y los desafíos que eso conlleva en su comunidad indígena.

“Como indígena, cuando encontramos pareja o nos embarazamos, la familia deja de apoyarnos para que nosotros nos hagamos cargo. Entonces, en ese momento, no había realmente oportunidades de estudio. Es decir, seguí con el sueño de que algún día seguiría estudiando. Quería. Pero, esta oportunidad no se presentó. Hubiera podido ir a Bogotá, pero si no tenía ningún tipo de apoyo, ¿de qué se suponía que íbamos a vivir mi hijo y yo?”.

Había terminado la secundaria, pero el trabajo y su hijo impidieron continuar los estudios; durante cinco años no pudo abrir ni un libro o retomar los estudios. “Siempre tuve el sueño de seguir estudiando. Siempre dije: llegará el día en que podré continuar.”

Entonces, una noche, alrededor de las siete, sonó su teléfono. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, un docente estaría en la ciudad de Valledupar encargado de entregar los pines a los indígenas, para que puedan tomar el examen de ingreso a la universidad. Claudia no tenía dinero, pero pidió prestado para poder viajar a Valledupar. Al día siguiente, a las tres de la mañana salió con su pareja en una moto para cubrir las cinco horas de distancia. Lograron llegar temprano y obtener el pin.

Pero claro, presentar el examen fue otra complicación porque llevaban cinco años sin leer un libro. Claudia recuerda cómo tuvieron que dejar a su hija de 3 años con el guardia de la universidad, mientras hacían el examen. No tenían otro lugar donde dejarla y no se les permitía llevarla adentro.

Ambos aprobaron y ahora están estudiando Estadística juntos, pero nunca fue fácil. “Teníamos que estar aquí a las siete de la mañana. Tuve que traer a mi hija porque era muy pequeña y no tenemos parientes aquí. No tenemos dónde dejarla. Pero luego me las arreglé para ponerla en un kínder”.

Mencionando todos estos desafíos, recordando su vida en la comunidad indígena, una se pregunta si alguna vez pensó en renunciar a los estudios, abandonar.

“Hay momentos de desesperación. Por ejemplo, cuando mi hija estaba en el kínder. Como ella es la única vestida con ropa tradicional, se sintió mal. Ella no quería usar ropa tradicional. Ella quería usar el uniforme. Fue muy difícil para mí. Ya estaba sintiendo que ella se estaba desconectando de nuestra cultura. Los niños se acostumbran a lo que ven más. Eso me preocupó mucho. Sentí: ¿será que los compañeros la ven diferente, entonces se sentiría mal, rara, sola? Incluso hubo días en los que tuve que ponerle un vestido normal. Pero mañana vas con ropa tradicional, le dije. Esto no podemos quitarlo, es una tradición. Le cuento todo esto. Pero como es tan pequeña, no entiende. Incluso yo siento que me desconecto de mi cultura. Esto me preocupa. La propia educación cultural en este caso. Entonces, al final, al estar aquí, le estoy haciendo perder esto. Es difícil. ¡Pero rendirme, no! Después de tanto esfuerzo. También estoy pensando en el futuro de mi hija, en cómo puedo ayudar a mi hija. De lo contrario, será igual o peor que yo”, dice Claudia.

Para Colombia del total de investigadores en ingeniería y tecnología, solo 26 % son mujeres.

En la recién inaugurada sede de la Universidad Nacional de Colombia se está haciendo un esfuerzo para incluir a parte de la población que antes no participaba en el mundo académico.

Lina Caballero, de 37 años, es líder de la organización Parent in Science, Colombia, que trabaja para mejorar el equilibrio entre la vida laboral y personal y la igualdad de oportunidades para las mujeres en la ciencia. También es bióloga, doctora en genética y directora de bienestar de esta sede universitaria en La Paz. Y es madre. Y esa es una parte muy importante. Porque la brecha de género en STEM —ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas— aún es amplia. De acuerdo a una investigación sobre mujeres en la ciencia en Latinoamérica, se estima que en Colombia, de continuarse las tendencias en lo que va de este siglo, podría tomar 150 años alcanzar la paridad de género en, por ejemplo, ingeniería.

Esta situación preocupa a Lina Caballero. “Estamos trabajando para visibilizar esta situación”, dice, “para crear estrategias, para normalizar la maternidad y la paternidad en las universidades y en la ciencia”. Hace una década dejó Colombia por falta de oportunidades para ella que ya tenía una hija recién nacida y el deseo de continuar una carrera académica. Estudió primero en Brasil, luego en Alemania, donde obtuvo su doctorado. Y decidió regresar a Colombia, a trabajar por mejorar esta situación que tanto la perjudicó, para que otras no tengan que pasar por lo mismo.

Otro desafío es la falta de datos sobre el área, insiste la fundadora del Parent in Science Colombia:

“Faltan aún datos sobre el impacto diferencial de los roles de cuidado en la carrera científica. También sobre el impacto desigual de la maternidad en la productividad científica. Esos datos se requieren con el fin de generar acciones y políticas a nivel institucional con el fin de apoyar a muchas mujeres académicas que son madres”.

En Latinoamérica Parent in Science es un movimiento liderado por académicas y científicas dedicadas a proyectos de investigación que evalúan y miden el impacto de los hijos en la carrera —trabajo que les hizo merecer el premio Nature 2021 como “mujeres inspiradoras en la ciencia”—. A partir de estos datos esperan contribuir en la discusión de estrategias que permitan el empoderamiento de las mujeres que actualmente realizan estudios o trabajan en áreas STEM. Los datos son el primer paso hacia el cambio deseado.

“Esto es importante por razones éticas, para incluir a todos en la ciencia”, sostienen en el movimiento. “Estaríamos perdiendo muchos talentos si solo vemos investigadores hombres. Además, si no hay mujeres realizando investigaciones, es difícil que las cuestiones de género también formen parte de esas mismas”.

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