Texto: Juan Miguel Álvarez
Foto: Víctor Galeano

Me muero y ellos no lo van a saber

        Terminamos de almorzar. Empezamos a hablar de cazar animales de monte. Doña Martha nos dijo que vivían bien adentro, a cinco horas a pie por caminos de herradura del pueblo más cercano, al norte del Caquetá. En el patio de su casa aparecía, de vez en cuando, algún mamífero perdido. El último que recuerda fue una danta. Su marido sacó el winchester y la cazó. Luego de haber porcionado la carne, ensilló el caballo y se fue a compartir el alimento con los vecinos —casas situadas a treinta minutos cada una—.

 

        Doña Martha empezó a contar las técnicas de pesca en los ríos caudalosos, profundos y veloces de la amazonía; enumeró las maneras en que ella y su marido se ganaban la vida. Cada manera respondía al lugar en el que vivían: a orilla de los ríos, pescaban; en un paraje de colinas sin bosque, cultivaban; apenas pudieron comprarlo, criaron ganado. Pero de cada sitio les tocó huir para salvar la vida. Cuatro desplazamientos forzados, todos por amenazas y agresiones de las ya extintas Farc.

 

        A finales de 1997, esta guerrilla le reclutó cuatro hijos de un totazo. Y fue una acción por la fuerza de las armas; ninguno de los cuatro —dos hombres, dos mujeres, mayores de edad— quería incorporarse al ejército insurgente de Tirofijo. Así que los reclutadores encañonaron a los jóvenes, los esposaron y se los llevaron. Ni doña Martha ni su marido, ni los hijos pequeños que quedaron en la casa pudieron oponerse. Días atrás, a una familia vecina le había ocurrido lo mismo: las Farc intentaron reclutar sus dos hijos. Y estos padres de familia, al intentar evitarlo, cayeron asesinados. Los hijos que estaban siendo reclutados se fueron contra los guerrilleros y también se hicieron matar.

 

Cuando lloro, me siento bien “.   

                Desde entonces, doña Martha nunca más volvió a saber de sus cuatro muchachos. Han transcurrido 22 años y llora como si se los hubieran llevado ayer. Doña Martha ha pasado por cualquier cantidad de terapias y ha recibido atención de organizaciones sociales y de las oficinas del Estado. Nada ha sido suficiente para que los recuerdos no la hagan llorar. “Cuando lloro, me siento bien”, admite y luego dice: “Hay algo que nunca le voy a contar a los hijos hombres que me quedaron. Mi marido lo sabe y las hijas lo saben, pero a mis hijos hombres no se los voy a contar. Me muero y ellos no lo van a saber”.

 

 

 

        Lo que no quiere que sepan es que ella se internó en el campamento del frente de las Farc que aterrorizaba en esa veredas y confrontó al comandante de turno, alias el Indio. Le preguntó qué había sucedido con sus hijos. Y el tipo ese, en vez de decirle algún dato reparador, le contestó: “Yo no doy información”. En seguida, le ordenó a dos de sus escoltas que se llevaran a doña Martha, que la sacaran del campamento y la dejaran en un punto llamado El Broche. Desde ahí ella podría regresar a su casa. Los escoltas tomaron a doña Martha del brazo, pero en vez de conducirla hacia el punto que les habían ordenado, la desviaron hacia un paraje boscoso y solitario. Le pegaron y le dijeron: “Quítese la ropa”. Ella tenía 46 años y se negó: “No me voy a quitar la ropa”. Uno de los guerrilleros esgrimió una puñaleta con la que le rasgó la ropa. Desnuda e inerme, la violaron. Uno a uno.

 

        Ella llora contándome eso, le da rabia, se siente la más humillada del mundo y luego se siente indigna y me dice: “A pesar de eso mi esposo me quiere. Él dice que nunca me ha dejado de querer, y nunca me ha pegado y nunca me ha maltratado. 39 años de casada y nunca le he sido infiel a mi esposo”.

Uno de los guerrilleros esgrimió una puñaleta con la que le rasgó la ropa. Desnuda e inerme, la violaron. Uno a uno”.

                La historia de doña Martha era escalofriante, destilaba infamia; pero era una historia que ni Víctor Galeano, el reportero gráfico que había viajado conmigo, ni yo se la habíamos preguntado. Apenas estabamos sosteniendo una charla relajada luego de haber devorado dos cachamas ahumadas que ella nos había preparado, cuando ella misma había desviado su relato hacia ese escenario cruel de la guerra. Y parece inevitable: cuando uno es periodista y llega a un lugar arrasado por la guerra ocurre que uno lleva en la frente un letrero que dice: ‘Vengo a preguntar por el conflicto armado’. Nos hemos vuelto tan evidentes, que asi uno no lo diga, las víctimas y los lugareños en general saben o intuyen que uno esconde ese fin.

 

        Una amiga de doña Martha se aproximó a nosotros. “No quiero que me vea llorando”, nos dijo doña Mrtha. Se limpió las lágrimas y trató de voltear el rostro. La amiga lo notó y le preguntó:

—¿Estaba llorando, Martha?

—No, es que como me operaron de los ojos, me lagrimean a cada rato.

Su amiga hizo un gesto de incredulidad: la miró en silencio y nos interrogó con los ojos, pero no nos reclamó.

 

        Víctor y yo nos alejamos del comedor y fuimos a ver un río amable y cálido que me hizo recordar los charcos del río Pance, en Cali, cuando yo era niño: rocas redondas de mediano tamaño, leves caídas de agua y pozos llenos de peces pequeños. Allí nos quedamos unos minutos. Yo creía que doña Martha ya nos había contado todo y que nuestro encuentro había terminado. Pero no. La vimos venir hacia el río con los retratos de sus hijos en la mano. Nos los mostró. Eran fotografías plastificadas para protegerlas del paso del tiempo. Doña Martha señaló el rostro de cada uno de sus hijos y volvió a llorar. Víctor la retrató.

Todo tan difícil, todo tan injusto, todo tan lejano. Y este dolor tan cercano.