Este mar que nos da la vida

Este mar que nos da la vida

Texto

Lise Josefsen Hermann, especial desde Manabí, Ecuador, para BaudóAP.

Fotos

Andrés Yépez.

Reportaje producido con el apoyo a los periodistas de la Earth Journalism Network de Internews.

Marzo 20 de 2022

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Este mar que nos da la vida

Los pescadores artesanales de las costas ecuatorianas sobreviven a una lucha desigual. Los barcos de pesca industrial han explotado estas aguas con la libertad de no ser controlados con rigor por el Estado. Ante la escasez de especies que les permitan utilidades, los artesanales se debaten entre caer usados en el narcotráfico, pescar especies prohibidas y pasarse al turismo.

Llueve y hace frío. Son las cinco de la mañana y estamos en Manta, el primer puerto pesquero del Ecuador. Junior Ramiro Pérez, 28 años, desliza su embarcación con habilidad por entre pequeñas lanchas mientras prepara la carnada: 350 pedazos de pez botella. Como si nada.

En lo que asoma la luz del día nos vamos alejando del puerto, acercándonos al punto en donde lanzará los anzuelos. Aguas de cuarenta o cincuenta metros de profundidad. El azul es intenso, las olas se mezclan con ese silencio que solo nos regala el oceáno.

“Uno le tiene respeto al mar. Es que el mar a veces se pone bien resacudo, olas altas, viento fuerte. Pero siempre hemos trabajado aquí, no nos ha pasado nada”, dice Junior, quien empezó a pescar a los 12 años, en compañía de su papá. Su faena va de lunes a sábado, siempre en la madrugada. “Qué le puedo decir. Me gusta la pesca. Y luego la suerte. La pesca se trata de tener suerte”.

Habla de la veda, la prohibición de sacar del agua ciertas especies durante unos meses para ayudar a que las poblaciones se recuperen y sean sostenibles. “Las vedas son, por ejemplo, cuando al dorado [Coryphaena hippurus] no se le puede llevar a tierra. Del 1 de julio hasta el 7 de octubre el dorado está en reproducción y no te dejan capturarlo; es una especie que la cuidan con las leyes. Está bien la veda. Si no hicieran eso, tal vez ya no habría tanto pescado, no hubiera en abundancia”.

El Acuerdo Ministerial 070 permite que los pescadores artesanales saquen del agua especies vedadas en un volumen no mayor al 8% del peso de desembarque. Es decir, que mientras arrojan los anzuelos o las redes para sacar tilapias o pargos, se traigan de manera incidental dorados.

“Me parece bien. En ese tiempo los peces se aparean”, dice Carlos, pescador de Manabí. “Pero al mismo tiempo la veda nos perjudica [económicamente] como pescadores y por eso, el Gobierno debería ayudarnos”.

Él sugiere que, como una manera de ayudar a sector pesquero, podría haber un precio fijo de compra de pescado para asegurar el ingreso. Por ahora, los precios suben y bajan según la disponibilidad de las especies, al igual que los salarios.

Aunque los pescadores conscientes como Junior respetan la veda, también se ven en un dilema cuando en la red se les viene una especie protegida. “Si se engancha, a veces sí los llevamos. No en cantidad. A veces para el propio consumo. Todos los pescadores hacen eso. A veces se puede vender en veinte o treinta dólares. Es una tentación, para cubrir los gastos”.

Las embarcaciones pequeñas, como la de Junior, están hechas de fibra de vidrio y usan motor de quince caballos de fuerza. Por lo general, nadie controla lo que traen de la faena. “A veces andas pescando, no coges nada. No tenemos sueldo, si no haces nada, no ganas nada”.

No se sabe a ciencia cierta el tamaño de la flota artesanal en Ecuador. Según el registro Nacional del Ministerio de Producción, Comercio Exterior, Inversiones y Pesca, la flota artesanal es de 11.323 embarcaciones. Pero, según un censo realizado por la Federación de Organizaciones Pesqueras y Análogos del Ecuador (FOPAE) son 55.000. Cualquiera de las dos cifras es un número elevado y la pesca artesanal sin manejo causa un impacto ambiental importante, asegura Pablo Guerrero, Director de Conservación Marino, del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) en Ecuador: “La pesca artesanal no tiene mucho control en este país. Son muchísimos los pescadores. Es muy complejo. Representa sectores más pobres y son votos”, dice en referencia a que durante las elecciones representan votos importantes para los candidatos.

Lanzados todos los anzuelos, Junior continúa navegando hacia el puerto de Jaramijó, situado apenas a diez kilómetros de Manta. De acuerdo al último censo pesquero, más de dos mil habitantes de Jaramijó se dedican a la pesca, que es la principal actividad laboral del lugar.

Uno de los pescadores artesanales locales que incursionó en la faena a los 15 años decide compartirnos sus preocupaciones y experiencias. A él lo llamaremos Carlos, por seguridad no podemos revelar su nombre verdadero. Dice que la pesca ya no es como antes, que escasea el pescado, que por la contaminación y el daño a los ecosistemas “el pescado ya no entra como antes, se ha alejado”. Dice que en Ecuador lo de proteger al medio ambiente es “pura mentira, hay harta contaminación por donde quiera. Yo creo que por eso, el pescado ya busca otro sitio, migra a otros lados; nosotros mismos a veces dañamos todo. Somos los que estamos destruyendo todo”.

Y otra cosa que todo el mundo repite: se trata de leyes que no se cumplen, autoridades que se dejan comprar. “No hacen cumplir la ley”, dice Carlos. “Usted por debajo manda el dinero y ya. Si hay un barco que está en un sitio vedado, solo paga y ya. Esta situación ha afectado mucho la pesca”.

El tema de la corrupción es un secreto a voces, admite Pablo Guerrero de WWF: “Es un problema estructural en nuestro país, no solo en el sector pesquero”. Explica que por los impactos de malas acciones en el pasado “hay especies que han desaparecido por la sobrepesca. Especies que no tenían manejo. Y ha aumentado muchísimo la flota pesquera, ahora hay mucha más competencia”.

Otra de las restricciones consiste en no pescar en el espacio que se abre entre la milla cero y la milla uno, porque esa zona es consideraba como el semillero del mar. De la milla uno a la ocho solo pueden trabajar los pescadores artesanales; los barcos industriales no están autorizados. Pero muchos no respetan estas prohibiciones.

Luego está el tema del narcotráfico, otra realidad en la costa ecuatoriana. Hay pescadores que transportan cocaína y productos de contrabando en su embarcaciones. “Sobre todo en Manabí porque la pesca no da el suficiente dinero para salir adelante con las deudas”, dice Carlos. “A la gente no le queda más que meterse a llevar cosas ilícitas”. Cree que por la falta de autoridad, Ecuador puede llegar a crisis de narcotráfico como las que ha habido en Venezuela y Colombia. “Estamos viviendo en un país donde dicen: ‘tienes tu barco, tienes que llevarme esto. Y si no llevas, me voy a desquitar con tu familia’. Muchos somos obligados a hacer estas cosas. Yo tengo compañeros presos, con condenas de quince o trece años, porque sin saber ni querer se han metido en problemas. Si tuvieras cómo salir adelante, no te meterías con nadie ni llevarías cosas que no son. Desde que he sido pescador, no hemos tenido apoyo de parte del Gobierno. Vives de lo que tú puedes, haces lo que tú quieres, ahí afuera. Ahí en el mar”.

Carlos cuenta que antes pescaba a una distancia de cuarenta millas de la costa. Ahora está navegando hasta la milla cien porque si no se interna a esa distancia no saca lo necesario para costear la inversión y obtener utilidad. “Ya tengo que ir más lejos y estar afuera más días”. Dice que le preocupa la situación en la isla de Galápagos y cómo eso afecta el resto del recurso en el mar. “En Galápagos, aún en la zona protegida, se veían bastantes barcos chinos. Si fuera como en otros países, no se permitiría estos barcos. Los chinos capturaban bastantísimo pescado y Ecuador no decía nada, no hacía nada. Debe ser la máxima autoridad, pero permite entrar a barcos de otros países y ya casi no se puede trabajar aquí”.

Todo está conectado y más en los océanos.

Luego, el tema de la extorsión, un tema que, por los gestos de Carlos, preocupa profundamente. “También estamos sufriendo de piratería; estamos perdiendo muchos motores, sin mentirle. Los pescadores estamos sufriendo muchas extorsiones por parte de bandas delictivas. Para poder salir a pescar y que los grupos mafiosos no nos roben los motores tenemos que darles un pago mensual. Y aun así se llevan motores. Se llevan como diez o doce motores cada mes. No sabemos quiénes son, nadie da la cara. Por eso muchos pescadores han empezado a vender sus cosas”.

En Manabí también hablan de la extorsión. El monto mensual que debe pagar cada lancha es de 120 dólares. Y advierten que pronto será de 140 dólares. Llevan un año aguantando esta situación, pero prefieren seguir pagando la extorsión y no que les roben el motor porque comprar otro puede ser un gasto de diez mil dólares según el tamaño.

El día que conversé con Carlos, en febrero de 2022, llegó a la costa la noticia de un pescador desaparecido en el mar, cerca de Jaramijó. “Por miedo a los piratas no podemos andar con luces. Y pasa seguido que nos chocamos con otras embarcaciones. Es muy preocupante”, admite Carlos.

Para poder conversar con otros pescadores, nos sugieren no revelar que venimos de Quito. Y esa sensación amarga de desprecio a la capital y al Gobierno es constante. Los pescadores artesanales con los que hablamos para esta historia dicen que se sienten ignorados u olvidados.

Jefferson Mero, quien recientemente se graduó como biólogo de la Universidad de Manta, desciende de una familia de pescadores como la gran mayoría de habitantes de la región. Trata de poner en palabras esa sensación de desconfianza en el Gobierno central: “La pesca siempre ha sido de bajo régimen y nunca va a sobresalir. Solo nos sentimos valorados cuando otros países reportan grandes cantidades pescadas de tiburón. Países como España y Perú reportaron mucha captura de tiburón proveniente del Ecuador. Ahí el Gobierno sí se preocupó y salió esta nueva disposición de veda en Galápagos y todo eso. Un quiteño nunca va a entender lo que pasa aquí; cómo se vive la pesca. Nunca van a defender nuestros medios de vida”.

El tiburón

Volvemos a Carlos. Como pescador, él reconoce que la difícil situación económica hace que algunos de ellos no siempre sigan las leyes. Él, con su barco, tiene permitido volver a tierra con aproximadamente cien tiburones o el equivalente del 5 al 10 por ciento de la captura total, entendido como pesca incidental. Estas restricciones comenzaron desde 2007 y quien las infrinja puede ser multado con una suma de dinero que puede ser de cuatro a diez salarios básicos, estos es: de 1700 a 4250 dólares.

Hay un detalle. Será por costumbre de la costa, pero todos los pescadores, todos, usan muy poco la palabra tiburón. Dicen por ejemplo “pez martillo” cuando hablan del tiburón martillo [Cornuda Sphyrna Zygaena]. Otros lo llaman “toyo”, como palabra generalizada para decir tiburón. Lo nombran “pescado”, como algo que se pueda pescar.

Pero no, no siempre la pesca incidental es incidental, explica Carlos: “A veces estamos ahí afuera y no hay nada. No hay suerte. ¿Qué hacemos? Nosotros como pescadores sabemos dónde anda el toyo. A veces vamos hasta allá y cogemos trescientos o cuatroscientos de ellos. Con eso salvamos el viaje. Toyo azul y toyo mico es lo que más se captura. Un barco, si tiene una inversión de 25.000 dólares y ve que no va a cubrir sus gastos con cien tiburones, lleva cuatroscientos. El tiburón nos salva a los pescadores y a los comerciantes también. Sí hay sanciones, pero también se puede pagar a las autoridades y uno se libra de la sanción.

Dice que la carne de tiburón no se vende en el mercado como lo que es. Que puede ser ofrecida como corvina, cuya pesca es legal. “El tiburón no tiene sabor, por eso la mayoría la llevan para Quito. Es más económica que la corvina y allá la gente la prefiere”.

Salimos al muelle y efectivamente vemos algunos cuerpos de tiburón y al lado sus aletas mutiladas. Impresiona la escena. Vemos también a una persona del control pesquero, un biólogo que está a cargo de revisar y registrar lo que trae la embarcación.

“No queda de otra que coger toyo”

“A veces les digo a mis hijos que tenemos que cuidar los recursos marinos, porque la pesca ya no es igual a cuando comencé”, dice Carlos. “Estamos matando bastantísimas especies. Entonces, ¿qué vamos a hacer? Yo les cuento a mis hijos que cuando comencé tenía 15 años y todo era felicidad porque era todo lindo, capturabas picudo, llegabas a la casa con algo para la familia. En cambio, ahorita no. ¿Tú crees que vuelvan estos tiempos? me decía un compañero. Ya no vuelven”.

Picudo es un ejemplo de una especie que, según los pescadores, ha disminuido notablemente en los últimos años.

Carlos añade que viene de una familia humilde, en la que el papá le dio estudio a los hijos hasta que cumpliero 10 años. Luego los llevó a pescar. “La única profesión que aprendí fue la pesca. Si esta se termina…”, se detiene y queda en silencio. Después dice: “La pesca es lo que más me ha gustado. A pesar de que mi familia me ha dicho ‘ya no sigas’. Pero es lo que más me ha gustado. ¿Qué será de aquí en unos cuantos años? Quisiera que hubiera una ayuda para el pescador”.

Ante la incertidumbre, Carlos decidió no enseñarle a pescar a ninguno de sus cuatro hijos. Mientras caminamos por el muelle y reflexionamos sobre la presión fuerte que el narcotráfico está ejerciendo en los pescadores artesanales en toda la costa, Carlos admite que estuvo dos años en la cárcel por narcotráfico. “Me metieron en esto trabajando en la lancha. No hubo cómo decir no. Por eso, no quiero que mis hijos se metan en la pesca”.

Es difícil hablar con voces oficiales o autoridades sobre este tema, nos asegura Alejandro Giler, corresponsal en Manabí de los medios ecuatorianos Extra y Expreso: “Acá en Manabí ocurren muchos casos de piratas. El tema es que nadie quiere hablar porque hay amenazas y extorsiones. Pocas veces hay denuncias por robos de motores. Y las autoridades generalmente no hablan del tema”.

Contactamos a la capitanía —que funciona como la policía en el mar— en Manta solicitando una entrevista y datos para este reportaje, pero la respuesta fue: “negado”. Como referencia, según la capitanía de la provincia vecina, Esmeraldas, se han reportado 850 motores robados en los últimos cinco años solamente en esa provincia.

Y es una situación muy compleja confirma Jimmy López, presidente en la Federación de Organizaciones Pesqueras y Análogos del Ecuador (FOPAE): “Dan bala por denunciar estas cosas. Si denuncias en la Fiscalía, media hora después te llaman para que retires esta denuncia. Y han matado a varios compañeros. Pero tenemos que decirlo, porque si no, va a seguir así”.

López está preocupado por el fuerte arraigo del narcotráfico en la costa de Ecuador. Estima que un cuarenta por ciento de la flota artesanal de Ecuador paga la extorsión mensual a las bandas delictivas. La fuerte presencia del narcotráfico en la región también ha tenido un precio alto para el gremio, reconoce. Según él, hay más de tres mil pescadores artesanales ecuatorianos en cárceles extranjeras como Estados Unidos, Colombia, Costa Rica, Perú y El Salvador, con condenas relacionadas con tráfico de cocaína.

La visita en San Mateo

Al otro lado de Manta visitamos el pueblo pesquero de San Mateo. Al parecer un lugar con más control de las autoridades. O por lo menos eso dicen los pescadores.

Ignacio Valverde Santana, originalmente de Jipijapa, ha trabajado en la pesca por cuarenta años. Tiene tres hijos y han estudiado en la universidad, “gracias a la pesca”, dice.

“Como pescador artesanal estoy de acuerdo con la ley, porque si no se cuida la especie, imagínense, para dónde vamos. Seamos consecuentes. Si yo no cuido el recurso para el futuro, ¿qué podrán pescar nuestros hijos?”.

Ignacio también se refiere al tiburón como “pescado martillo” y dice que no les interesa sacarlo de agua. Que por un ejemplar pueden obtener entre setenta y ciento cincuenta dólares, pero que lo que le interesa a los pescadores de esa comunidad es proteger esa especie. “Si llega a la red, se libera. Y yo estoy de acuerdo, porque es una especie de mucho cuidado. Esto viene de un estudio de los científicos, y si ellos lo dicen, es por algo. Además, soy temeroso de Dios y a él no se le puede engañar. Aquí no cogen martillos, porque tendrían problemas”.

Sentado sobre el piso de su lancha y bajo un fuerte sol costero, Ignacio explica que las autoridades están pendientes de revisar qué trae a tierra cada pescador y que si encuentran tiburones, los pescadores podrían ir presos. “La gente aquí no quiere problemas, no quiere ser sancionada”. También le preocupa la situación de barcos extranjeros en Galápagos y cómo ha influido en la población pesquera. “Los barcos chinos están destruyendo la fauna marina. Se llevan el calamar y el calamar es el sustento para el pescado”.

Nos movemos hacia el sur, unos cien kilómetros. Narciso Baque Piguabe, 60 años, vive desde sus 8 años en Machalilla y trabaja en la pesca desde sus 11. Lleva puesta una camiseta con un dibujo romántico de barcos veleros. La mesa donde estamos sentados fue un lugar de rescate para el llamado pingüino solitario, recuerda Narciso. Orgulloso de la labor, dice que llegó hace un tiempo y venía con una pata rota. La gente lo llevó a un centro de rescate. Fue curado y reintroducido al ecosistema. Hoy sigue andando por estos lados. Así como varias otras especies de tiburones, lobos marinos y tortugas.

Pasa un carro con parlante “malla para camaróoooon”. En esta población todo gira alrededor de la pesca.

Narciso también denuncia la corrupción relacionada con el control de la pesca; dice que a las autoridades solo les importa el dinero. Reclama que el Gobierno debería darles la oportunidad a los pescadores artesanales de ejercer su actividad sin tener que competir con barcos pesqueros industriales. “Nosotros estamos cuidando el ecosistema marino. Nosotros no somos depredadores de especies, más bien cuidamos. Pero como nuestro ecosistema no está tan depredado, a veces vienen las lanchas de otro lado a nuestra piscina natural”.

Su hijo Javier Baque Quimis, 28, lleva un collar con la figura de una tortuga y se sienta al lado de su papá en la mesa que recuerda al pingüino. Dice: “Es delicado este tema, porque las grandes embarcaciones tienen mucho dinero y contacto con las autoridades. Es muy difícil meternos con estas personas. A nosotros no nos hacen caso y estamos ahí. Ellos están pescando, ocupando nuestras áreas. También está prohibido usar pantalla o luces [que son herramientas de la pesca industrial] para atraer cantidad de pescado. Es una de las peores cosas. Contratan a los pequeños pescadores para poner luces, pantallas y ellos se llevan un porcentaje. Es la falta de oportunidades la que nos obliga a malas prácticas, no hay alternativas, cuando no hay pesca, o cuando hay veda”.

La lancha de Narciso va entrando al mar. Estamos cerca de la playa de los Frailes. En el Parque Nacional Machalilla. “Esto es la vida real de un pescador artesanal”, dice mientras busca su red, un trasmallo que es su mecanismo de pesca preferido aquí. Por lo general, pesca entre las cuatro y las diez de la mañana todos los días.

Machalilla también queda en la llamada “Ruta de la cultura Valdivia”, cuenta Narciso. Valdivia es una cultura precolombina que existía aproximadamente de 4400 al 1450 AC en lo que hoy es la costa oeste de Ecuador. “Los primeros bandidos que pasaron por aquí eran pescadores”, dice riéndose Narciso.

El mar es inmenso, pero no en todo lugar están los peces. Es según la suerte. Narciso advierte que, con el tiempo, los pescadores artesanales necesitarán ayuda. “Los artesanales somos como los que andan en bici, mientras que los industriales andan en autos grandes. Lo nuestro es sufrido”.

Narciso también reflexiona sobre las prohibiciones, y qué pasará el día que lleguen a prohibir el trasmallo, un arte de pesca que él usa. “Sería prohibir la pesca artesanal, sin embargo, pienso que se puede cuidar el mar sin perder la tradición”, añade.   

Últimamente, Narciso también ha incursionado en el turismo como una alternativa a la pesca, sobre todo pensando en sus hijos. Se siente orgulloso de haber mantenido a su familia durante cuarenta años con sus activiades como pescador. Pero sabe que la pesca no es un futuro para las nuevas generaciones. Y cree que las actividades ligadas al turismo sí lo serán. “He sido trabajador del mar, pero como pescador artesanal siempre he tenido que luchar contra la corriente”. Las palabras de Narciso resuenan junto con rugido de las olas, como si se mezclaran en una sola voz.

“Quienes luchamos por la limpieza de los océanos debemos agradecer lo que el mar nos ha dado. El mar es una fuente de riqueza y debemos mantenerlo limpio, no botar la basura en el agua ni en la playa. Si no actuamos con conciencia, vamos a tener problemas con los animalitos, lobos marinos, tortugas, que pueden ingerir la basura. El mar nos da de comer, cuidemos el mar, paguémosle algo al mar”.

Vienen muchas otras lanchas a preguntarnos ahí mar adentro si hemos tenido suerte en este lugar. Se nota que hay mucha competencia.

El pescador de 60 años está cansado. Dice que ha dejado toda su vida, toda su fuerza, en el mar. Por eso le parece que es hora de buscar una forma distinta de trabajar. “Si me quedo en tierra, mis hijos no irán a pescar. Nos queda el turismo, hacer algo distinto, tener mejores opciones. Que mis hijos no acaben su vida en el mar como lo hice yo”.

En 2020 el turismo en Ecuador reportó 705 millones de dólares al PIB del Ecuador y se situó como el sexto renglón de la economía nacional. La pesca de camarón es el primer renglón y el tercero es la pesca industrial de otros productos del mar. La pesca artesanal suele ser un porcentaje mucho menor en el PIB y se estima en 150 millones de dólares anuales.

Cayó la noche sobre nuestra lancha aguas adentro. De pronto, aparecen los barcos “rastreros, chinchoreros o camaroneros” más acá de la milla ocho violando la disposición estatal. Los pescadores de Machalilla son conscientes de que estas embarcaciones le pagan coimas a las autoridades y por eso se ven trabajando en la milla cinco. 

A nuestro alrededor hay lanchas en todas las direcciones. Aun así, el mar no pierde su poesía. “Mira todas las luces de las lanchas”, dice Narciso. “Son como estrellas que se han caído al mar”.

 

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