El artista que se cosió la boca

El artista que se cosió la boca

Texto

Felipe Marroquín

Ilustración

Maria José Porras

Julio 10 de 2020

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El artista

que se cosió la boca

En un país en el que la muerte inútil de personas es algo cotidiano, ¿qué puede lograr alguien que amenaza con inmolarse si el Gobierno no se conduele con el dolor de los demás?

Por los labios secos y casi inmóviles de John Fitzgerald atraviesan unos hilos de color azul. La carne es blanca. El rostro: una acuarela de 1977. Su barba rala. El pelo hecho una moña desgreñada. Las ojeras largas, bien marcadas sobre su carne férrea.

Fitzgerald dice que el arte, la cultura, no es importante para el Estado:

         —Hoy los héroes son los gobernantes que salvan a Avianca y a la banca —dice—. Hoy muere un artista y se levanta un pueblo.

Aquí en el centro de Bogotá el cielo es gris, nubes bajas, sobre edificios de fachadas pálidas, olor a lluvia y todo ruido. Adoquines levantados. Aquí en el centro de la capital del país —donde todo sucede por un país— se acumula lo que una sociedad desbaratada reclama entre pancartas y gritos, himnos y revoleadas, plantones, pitos y banderas.

Aquí pasa todo o casi nada.

John Fitzgerald es artista plástico desde hace veinte años. Embajador de la Unesco por los derechos humanos. Cuarenta y tantos. El 30 de agosto de este 2020, hace 48 horas, se coció los labios con hilo y aguja, e inició la huelga de hambre y agua. Empecinado a protestar por las masacres que vienen incrementándose en el país, por los desaparecidos, asesinados, mutilados sobre suelos manchados por la guerra. El desempleo. El incumplimiento a los acuerdos de paz; por una renta básica tanto para el sector del arte como para el comercio, y garantías para la creación de la “Ley del Artista”.

El campamento de JF está sobre el andén del centro comercial y residencial edificio Barichara. Dos carpas y una tolda. La bandera agitada por el viento. Un cartel alrededor que dice: El Covid no nos va a matar, pero el gobierno sí nos va a acabar por no dejarnos trabajar. Hay curiosos que se asoman a la carpa donde permanece JF y le gritan ¡fuerza John! Activistas que van llegando de a poco.

Aquí no se nota el apoyo total del gremio artístico, aquí los que han llegado a darle aliento a JF son comerciantes como Zuleima:

            —Yo sigo de pie, por lo menos —dice Zuleima—. Y seguiré luchando. Voy hasta el final. No voy a trabajar como delincuente a puerta cerrada.

Zuleima hace parte de la mesa de Asociación de comerciantes de LGBTI —Asocode—. La mujer no mide más de uno sesenta. Tiene tres hijos y me cuenta que es dueña de un bar.

            —Sigo de pie por mis hijos. Créame que la gente se está muriendo más de infartos por las deudas —dice Zuleima mientras se esconde sus cabellos por detrás de las orejas—. Las deudas nos están matando, créame.

Zuleima se ve preocupada. Cuenta que cerró tres meses de los seis de cuarentena y tuvo que pagar 7 millones de pesos de un crédito.

         —Este gobierno está muy cerrado. La alcaldesa habla cháchara. Los bancos no ayudaron. No hay nada.

Ella está extrañada; dice que Claudia siendo lesbiana no ha apoyado a su comunidad y que fue esta comunidad LGBTI la que más la apoyó en su candidatura y que ahora ¿en qué los ha apoyado? Ella quiere que yo le conteste. “Si es que hasta nos ha hecho a un lado”.

Zuleima se apena de haber votado por Claudia y se jura —lo repite— que hay que revocarla:

—Toca.

***

Sobre la avenida diecinueve hay dos ambulancias parqueadas de la Secretaría de Salud, gestores de convivencia y chalequitos de la Procuraduría esparcidos por el lugar. Al frente, en la otra calle, siete, diez policías, muy relajados con los escudos recostados sobre una reja residencial. Las botas de los uniformados sobre la añosa caja de madera mientras el lustrabotas, sentado en una banquita de palos viejos, les lima con bayetilla el betún negro.

***

            —El gobierno está desesperado. Está buscando el método para que yo no me muera. 

Dice JF acostado en su carpa, débil, con los ojos casi fundidos, la voz con la marcha golpeada sin aliento. Viste un buzo negro arremangado en sus codos, los pies descalzos. JF suma, esta mañana, 72 horas sin comer y beber agua. Al interior de su refugio tiene un portátil y un celular con que va siguiendo, a través de las redes, su huelga de hambre.

Se envuelve en una cobija azul con huellas de canino. Mira su cuenta de Twitter. Permanece en silencio.

Aquí el aire es espeso. El desafío de saber si sale vivo o muerto. Las conjeturas y los cuchicheos de si el hombre va hasta las últimas consecuencias. Nadie sabe. Todo el mundo especula. Algunos se quedan y rodean el entoldado. Miran. Toman fotografías.

         —Yo me cosí la boca por el arte y el comercio —dice F—, pero lo primero que está en el pliego de peticiones es el derecho… —se quiebra, ahora se le va el aire, se recompone— a la vida.

Suspira.

          —Nosotros tenemos que cuidar a nuestros jóvenes —continúa—, a nuestros líderes sociales.

            Le pregunto si está haciendo esto para despertar a la sociedad, que por causa y efecto está aletargada.

        —Sí. El ciudadano tiene que alzar la voz. Yo quiero, con todo esto, que la gente entienda que hay que despertarse. Estamos dormidos. Nos tienen metiéndonos miedo. No hay fuerza en un pueblo sino está en su corazón el sentir de latir juntos. Tenemos que alzarnos. Levantar la voz. No dejar que nos manipulen. 

Sobre el andén donde duerme JF hay una pizarra que dice Duque esta es la mesa de diálogo. ¡Te espero! Es una mesa de bar, de color verde pálido, plásticos amarillos azules y rojos sobre el suelo, cartulinas retorcidas, cuadernos con crayones donde señala “me siento muy débil” y se nota la V tachonada por la B, y unos espirales que muestran cómo pasa el tiempo, y más cartulinas que suplican “por los artistas exigimos ya la gran ley del artista”.

Yo lo miro. A JF le quedan dos posibilidades: ser tomado en cuenta por el Estado o ser ninguneado.    

—Alguien decía que vale más un guerrero de pie que un mártir. Pero a veces un mártir hace buenas causas —dice JF, sin aliento.

***

Más tarde gritará un hombre: “Esos son, esos son los peguepolíticos que vienen de ser recomendados de peñagorda”.

Llamémoslo J. El hombre está agitado. Se le nota la rabia. Se me acerca y señala a los gestores de convivencia.

—¿Y sabe por qué? —me pregunta J molesto, mientras se acomoda su maleta.

            —No.

            —Muy fácil mijo, porque Claudia les está debiendo favores. Por eso es que los tienen trabajando.

J es un tipo sesentón. Su cara severa. Me cuenta que es instructor del SENA, que fue presidente estudiantil de la Universidad Nacional, que él emprendió la lucha cuando el SENA lo iba a acabar “el hijueputa de Pastrana. El grupo Mondragón lo estaba comprando, ¿ah? Y ahora no le dan trabajo a la gente.”

        —Si usted se da cuenta —dice— este el único país que lo limita a uno. ¿No cree? Un país limitado, limitado, limitado…

***

Las cajas de dientes en porcelanicron están regadas por el suelo. Hace calor. Son seis días y más de cien horas que cumple JF dentro de su carpa. La Secretaría Distrital de Salud y algún periódico lo registra: que la salud de JF corre peligro, que necesita atención médica, pero JF se niega.

Hay muchachos que llegaron y se conocieron aquí, reunieron plata para comprar papel periódico y un marcador. Andrés, Abigail y Ana. Esta tarde hace un sol tremendo. Ana tiene el pelo corto, viene en un short blanco, un saquito que le cubre a medio ombligo, chaqueta bombacha que arropa un cuerpo de muñeca, muy menudo. Ana me dice que ella está aquí para confirmar —lo dice muy seria— que la lucha de JF no es ajena, sino que es una lucha que nos pertenece.        

—Es una lucha que hay que hacer propia. Estoy apoyando el arte, la cultura.

Abigail, mientras tanto, desenvuelve el papel periódico. Abigail es una mona coqueta. Lleva unos leggins sobre su carne joven. No le importa arrodillarse sobre la calle y ensuciarlos. Sus ojos son dos esmeraldas pegadas a su rostro. Anda muy atenta, prevenida: mira a su alrededor. Abigail es su nombre. Yo no lo entendía hasta que descubrí que en hebreo significa “alegría de mi padre”. Estudió danza contemporánea. Baila en las calles. Tiene un grupo llamado Abismal, que lucha por las personas discriminadas. Y que allí, en el grupo, encuentran la salvación: disidencia de cuerpos.

—Nosotros tenemos la responsabilidad de poner un gobierno así. Hay que empezar, desde nosotros, a cambiar para percibir un cambio externo, ¿no cree?

Me pregunta Abigail con sus ojitos coquetos. Yo me quedo mirándola. Le sonrío. Ana de repente salta de nuevo a la escena:

—Es que nosotros tenemos la culpa de poner a los políticos donde están. Pero es un trabajo de parte y parte. No podemos exigir algo que no tenemos. Tú no puedes exigirle a un gobierno que no sea corrupto si tú lo eres, ¿no? Entonces es una causa de todos.

Cuando le pregunté a Ana por cómo se enteró de la protesta de JF me contestó que por la cuenta de Instagram de periodistas y fotógrafos independientes que ella sigue.

         —Porque los canales privados, Caracol y RCN, no cubren este tipo de cosas.

Ana es la menor de todos. Ana habla decisiva, segura de lo que dice. Se nota que es la más ágil. Más tarde me contará que está por terminar el colegio.

Andrés está arrodillado. Abigail y Ana le dictan lo que debe escribir sobre el papel. Andrés no quiere contarme mucho. Se esconde bajo su visera gris. Dice con orgullo que es gay. Que hace parte de Abismal, que vino a danzar un poco. Más nada. Luego se calla y empieza a escribir. En el papel se lee:

Puntos de negociación: respeto y ejecución del acuerdo de paz en La Habana. Repartición de poderes. Transparencia, cero corrupción. Asignación equitativa de curules.

***

“Creo que si uno nace en este país tiene una tarea fundamental que es transformarlo”, cita un cartel a Jaime Garzón que cuelga sobre las vigas de la tolda donde se ampara JF de lluvias arrolladoras, rayos de soles intensos. Ahí mismo, a un costado, se ha taladrado sobre el andén el monumento de Dilan Cruz hecho por JF. Una escultura en homenaje a las víctimas de Colombia, a los desaparecidos, a los asesinatos:

—Tú ves de lado a Dilan —me explica F—. Ya cuando lo ves de frente, de repente desaparece. Se vuelve alguien etéreo.

Y sí. El ensamble muestra a alguien que ya no está si lo miramos de frente. Es como si JF dijera que si se mira desde la periferia a los muertos —o víctimas— se confirma que son huérfanos de este país.

JF creó el movimiento #Artistasunidos, grabó un video criticando al Estado y reunió su grupo de trabajo para confirmar la asociación. JF empezó a investigar la ley de cultura y observó que no todo estaba completo. Sus amigos lo apoyaron: “si no nos escuchan, me coso la boca”.

—El arte está para comunicar —dice—. El arte es vida.

***

Acaba de gritar un hombre a la masa de jóvenes. Llamémoslo Rubén. Que le cuiden el espacio a JF mientras va a negociar con el gobierno.

—Ustedes van a ser los garantes de acá, ustedes nos van a apoyar. El Secretario de Gobierno nos dice que nos garantiza que este espacio nos lo respetará. —Todos se animan, aplauden. Gritan.

Alcanzo a escuchar a los gestores de convivencia hablar con los funcionarios de la Procuraduría, mencionan que el gobierno decide negociar con JF. Nadie estaba preparado y de pronto el ambiente es tenso, imprevisible:

Hay unas cinco, diez, mujeres —entre ellas veo a Zuleima— que rodean a Rubén, quien va de mano derecha a la mesa de negociación, y comienzan a suplicarle que oiga, mire, vea Rubén, que comente que nos abran el parque para poder trabajar y nos den unas casetas. “Bueno eso es una solución”, dice Rubén. Otra mujer insiste que sí que las casetas, que si el gobierno quiere al aire libre psss ahí está la solución; que no —alega Zuleima— que cómo se les ocurre —dice—, la idea es que dejen abrir los locales con todos sus protocolos de bioseguridad, que por qué hay que salir a la calle si uno está pagando el arriendo del local. Gritan, se alborotan, las voces se entremezclan. Rubén las calma. Les dice en un tono religioso que de esta salen. Que va a lograr lo posible para vender lo que ellos producen y no aguas tibias.

Los activistas toman posición de la avenida. JF me dijo hace un rato que al gobierno le importa más la vía que una vida; que está listo para negociar, aunque ya conoce los mecanismos del gobierno para poder manipular.

            —Si le cedemos esta vía ya no siguen negociando. No vamos a ceder nada hasta que ya se acabe esto. Porque yo definitivamente ya estoy cansado. Es más fácil morirse que luchar contra un Estado de mierda.

—¿Tenía esperanza de que Duque viniera?

—No, él nunca estuvo interesado en venir. Ni la alcaldesa tampoco porque la campaña para la presidencia quizá se le vería afectada.

—Va hasta lo último —le digo.

—Sí, aquí estoy. Voy a seguir mientras negocio. Ahí están los que me piden la vía. Ellos pelean la vía… Eso se llama indolencia. Les interesa más la movilidad de este país que una persona se muera. Si insisten voy y me acuesto en la vía.

La camioneta blanca, cuatro puertas, dobla la esquina. Viene para llevarse a JF y negociar en la personería de la localidad de Santa Fe. JF ya no tiene energía para ponerse sus tenis rojos, le cuesta trabajo. Se pone sus gafas negras de marco grueso, se pasa sus dedos por entre sus cabellos. Se agarra de los cuellos de dos hombres; da uno, dos pasos mal dados. Todos le miran. Lo aplauden. Logra subirse a la camioneta.

A JF solo le quedó la fuerza de soltar una sonrisa para quien hace un rato le tomó una foto. Mientras subía los vidrios de la camioneta el rostro se iba ocultando como cuando una pintura cubre la superficie de una acuarela y queda, solamente, esperar el resultado.

Aquí, mientras el sol huye —por ahora— hay gente, todavía, que espera el regreso de un artista. Nadie sabe nada. Todos se preguntan. Sospechan.

Esperar, digo.

Dos mimos que hace un rato llegaron y no paran de moverse. Parece que se resisten a no caer al abismo. Se ayudan uno al otro. Abren ventanas, pasan por cuerdas peligrosas, atraviesan muros. Se sorprenden. Las sonrisas se les retuercen. El estado de ánimo es obvio. Y de repente cada uno saca un cartel, y nos los muestran, preguntándonos: “¿lo van a dejar morir? 

 

Nota:

El 4 de septiembre, JF levantó la huelga de hambre antes de medianoche en la Personería de la localidad de Santa Fe. Allí, mediante un encuentro con Andrés Idárraga, director de Derechos Humanos de la Secretaria Distrital de Gobierno, concertó una cita con la Ministra de Cultura, Carmen Inés Vásquez, para el 10 de septiembre. Tan solo hasta la penúltima semana del mes de octubre, el artista asegura haber recibido respuesta por parte del Ministerio a 21 peticiones que le han enviado. JF señaló que el proceso de revisión de dicha respuesta, junto con su abogado, está abierto; teniendo en cuenta que deben apelar si es necesario, ya que la Procuraduría tiene bajo la lupa las garantías presentadas por parte de la cartera hacia las solicitudes del artista.

Hasta el momento JF dijo no emitir ningún comunicado.

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