Texto: Érika Gallego Becerra
IG: @voyag_er
Ilustración: Maria José Porras
IG: @iofi.bina

Rituales, bebidas y pagamentos en pandemia

El aislamiento de los aislados del Amazonas

Dos maneras diferentes de comprender el mundo. Los blancos mestizos con su (nuestra) posición dominante y los indígenas con su forma de mimetizarse en la naturaleza. Una de las carencias que ha quedado al descubierto en esta pandemia es la falta de perspectiva del Gobierno Nacional a la hora de tomar medidas para ayudar a los pueblos indígenas. El caso del Amazonas es solo un ejemplo.

       Un día de semana a mediados de mayo, Marcelino Atama recibió una llamada a su celular entradas las seis de la tarde. Era un paisano enfermo, sentía fiebre y necesitaba de su ayuda. Marcelino se encontraba en su casa, a las afueras de la ciudad de Leticia, extremo sur del trapecio amazónico, y como médico tradicional del pueblo Uitoto salió a socorrerlo. En el camino fue detenido por un policía que le ordenó devolverse; el gobierno local había decretado toque de queda después de las seis. Marcelino explicó que era médico y que debía ir a curar a un miembro de su comunidad. “Si un compañero está enfermo, pase lo que pase yo voy a salir a ayudarlo, no voy a dejarlo morir, tengo que darle los remedios”. Pero el policía no lo dejó continuar y Atama debió volver a su casa, indignado.
        Cuando el virus entró a Colombia, el pasado 6 de marzo, a Marcelino lo empezaron a buscar sus paisanos preocupados por lo que veían en las noticias: una infección viral que estaba matando a mucha gente en el mundo y para la que no había cura. Él, sin afanarse, buscó una solución en la medicina heredada de sus mayores. “Aquí está la cura. La Madre Tierra nos entregó todo”, se dijo.
        Desde entonces, viene atendiendo pacientes con síntomas gripales sospechosos del Covid-19 y lo primero que les recomienda es que se abstengan de acudir al hospital o a los centros de salud, porque para la cosmovisión del pueblo Uitoto los hospitales son centros de muerte, no de vida. Y a los que se presentan con fiebre, Marcelino les receta una taza de aguapanela caliente con el jugo de un limón y dos pastillas de acetaminofen. Si el enfermo no tiene a la mano el acetaminofén, debe machacar una orquídea y echarla en la aguapanela con limón. Después de consumir esta bebida, este médico tradicional indígena asegura que la fiebre baja totalmente y que en tres días no hay rastro de la enfermedad ni quedan síntomas. A partir del cuarto día, la persona dormida debería soñar en la noche como reflejo de buena salud.



       Según datos de la Organización Nacional Indígena de Colombia, (ONIC), hasta hasta el 16 de de junio se habían registrado 273 casos de indígenas infectados por Covid-19 en once pueblos amazónicos.
        Para la cultura tradicional indígena la pandemia tiene un claro origen: es el resultado de la relación nociva que los blancos tienen con la naturaleza. Además, esta enfermedad ha llegado a sus comunidades porque algunos de sus miembros no han obedecido la ‘ley de origen’, es decir, abandonaron la vida en sus pueblos para ir a mezclarse con los blancos y otra gente distinta en los cascos urbanos. En palabras de Pablo Martínez, médico y antropólogo que ha trabajado durante dos décadas con los indígenas del Amazonas: ‘‘Para ellos, esta enfermedad es un dardo invisible que lanzaron los blancos. Y les está pegando duro porque están incumpliendo las pautas de protección y la ley de origen que es la que les garantiza el estar bien’’. De ahí que la receta de Marcelino contenga pastillas analgésicas: como los blancos trajeron la enfermedad, la solución debe incorporar algo de la medicina de los blancos. 

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Los mayores sabedores son las figuras más importantes dentro de la jerarquía indígena. Si alguno muere, se pierde un legado.

 

No es posible entender la cosmovisión indígena desligada de su ubicación, pues las prácticas o actividades responden a las dinámicas del lugar que habitan. Dinámicas que a su vez responden al ser y pensar de cada comunidad. Por eso es que no es contradictorio, aunque sí extraño, que algunos indígenas acudan al hospital y otros lo vean como un centro de muerte.
       Los indígenas que viven en los cascos urbanos llevan un estilo de vida alejado de las creencias o prácticas ancestrales. Por otro lado, quienes viven por fuera de los cascos urbanos, pero cerca de ellos, como Marcelino Atama, mantienen el contacto con sus resguardos, conservan sus tradiciones y no practican el aislamiento voluntario. Y por último se encuentran las comunidades que permanecen alejadas de los cascos urbanos, en sus resguardos situados selva adentro, donde la autoridad son los mayores, los sabedores que se encargan de enseñar a la siguiente generación los conocimientos propios.

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Reynaldo Muca Miraña, perteneciente al pueblo Tanimuca y actual director de Asuntos Étnicos de la Gobernación del Amazonas, estuvo contagiado junto a cinco de sus familiares a principios de mayo. Tras pasar 21 días de confinamiento en su casa, en el casco urbano de Leticia, regresó a labores y encontró un panorama desalentador: la ya de por sí precaria atención en salud de su región estaba en una grave crisis acrecentada por la pandemia.
       A esto se le suma la crisis económica por la que pasan los indígenas que viven en la ciudad y que dependen de trabajos informales. “La población pobre e indígena está condenada a morir de hambre. Entonces, es preferible morir de Covid-19” expresa el funcionario, quien enfatiza en que el Amazonas no tiene un músculo financiero capaz de solventar la emergencia. Por eso muchos indígenas están en las calles buscando el sustento y, cuando alguno acude a un centro hospitalario con síntomas, la respuesta es que “no hay cama pa´tanta gente”.
       La otra gran preocupación de Reynaldo es que el virus llegue a los resguardos, en donde no hay atención médica ni elementos básicos de bioseguridad, y los que corren más riesgo son los abuelos, los mayores sabedores que son las figuras más importantes dentro de la jerarquía indígena. Si alguno muere, se pierde un legado. Por eso, la orden dentro de las comunidades fue la de retirar a los blancos e impedir que otros ajenos entraran. Cerrar las fronteras, aislarse del mundo. Cosa nada fácil porque, constantemente, la población indígena amazónica se mueve de un territorio a otro.
       Los medios de comunicación nacionales han informado sobre este asunto poniendo el foco en el hecho de que los indígenas de comunidades amazónicas fronterizas no respetan el decreto de aislamiento social, precisamente porque pasan de un lado al otro.
       Quizás esto haya alimentado la respuesta del presidente Iván Duque al militarizar las zonas fronterizas con Perú y Brasil, que son áreas colindantes con resguardos. El Sistema de Monitoreo Territorial de la ONIC rechazó la medida por medio del comunicado número 19 expedido el 27 de abril diciendo: “La solución y manejo de la crisis para los pueblos de frontera no es la militarización de los territorios sino, por el contrario, el fortalecimiento de sus procesos ancestrales de gobernanza, de salud tradicional y la puesta en marcha de protocolos de bioseguridad que garanticen la mitigación de la emergencia que se vive en las comunidades”.
       Para el antropólogo y docente de la Universidad de Caldas, Luis Alberto Suárez Guava, la falta de correspondencia entre las necesidades de los pueblos indígenas amazónicos y las medidas decretadas por el Gobierno Nacional se debe a “una disonancia en las formas de llevar la vida”. En su opinión, no se puede pretender que la decisión más racional para los pueblos indígenas sea el encierro, “cuando para ellos la racionalidad de la vida es vivir afuera, mantener el contacto entre unos y otros para poder vivir. Más que un problema cultural, es un problema vital”.

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El plan de contingencia es claro al mencionar que en caso de que la fiebre no desaparezca o aumente, lo mejor es acudir a un centro médico.

 

Además del proceso regular y común de bioseguridad promovido por el Ministerio de Salud, el plan de contingencia planteado y difundido por la ONIC destaca tres factores importantes para las comunidades indígenas:
       Primero: aislamiento de acuerdo con el tipo de comunidad —nómada, seminómada o sedentaria— y a las condiciones de cada lugar, pues en los resguardos no hay casas con habitaciones separadas por paredes. Se recomienda ubicar a los posibles contagiados en un único lugar como la troja, maloka, cambuche, hamaca o casa.
       El segundo factor es no demostrar miedo ni rechazo hacia el posible contagiado. Brindarle apoyo familiar, compañía y sostener comunicación —todo a dos metros de distancia—. “Lo que nos ha garantizado la pervivencia es la organización de nuestro pueblo, en donde somos todos hermanos’’, dice Reynaldo Muca.
       Y, por último, la aplicación de la sabiduría ancestral, el uso de plantas tradicionales y defender la soberanía alimentaria. Se debe poner en conocimiento de los mayores sabedores quién es la persona afectada. Después se realizan pagamentos —acto de rendir cuentas— ante “los padres espirituales”; se brindan armonizaciones y aromatizaciones en el lugar donde se encuentra el enfermo y, finalmente, los sabedores orientan la preparación y consumo de infusiones o bebidas y alimentos.
        Sin embargo, el plan de contingencia es claro al mencionar que en caso de que la fiebre no desaparezca o aumente, lo mejor es acudir a un centro médico. Esta instrucción parece del todo contradictoria, al menos para los pueblos indígenas amazónicos porque si ellos piensan que un centro de salud es un centro de muerte, ¿cómo indicarles que deben acudir a alguno?

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El plan de contingencia también hace hincapié en la idea de volver al origen: “nuestros Padres Espirituales nos han dicho que este es un año para volver al corazón, la situación actual debe llevarse con calma, la Madre Tierra nos llama a volver al origen, a caminar en los tejidos, el juego, la palabra y la unidad como pueblos y naciones indígenas.
       Si algunos de los suyos están rompiendo con la ley de origen y los blancos están desequilibrando a la Madre Tierra, la respuesta es reconciliarse y mantener una armonía y cuidado del mundo para que todos —ríos, animales, montañas, pueblos— puedan vivir en él.
       Por eso, en el resguardo Mirití-Paraná, sobre el alto río Apaporis, el pueblo Matapí viene celebrando bailes con el fin de ‘‘purificar el tiempo’’ y ‘‘curar el mundo’’, mientras permanecen aislados sin tapabocas ni jabones o artefacto alguno que impida el contacto cuerpo a cuerpo y los aleje de la piel del otro, que es la esencia. Para los blancos, esto puede sonar arriesgado e innecesario en plena pandemia. Para los Matapí, no obstante, estas ceremonias sólo son posibles si toda la comunidad está junta. Pedirle a un indígena que en su territorio de origen no se mezcle con los suyos es pedirle que se abandone a sí mismo.