Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Ángel Balanta

Despachos de la pandemia
(desde el encierro)

Despacho #2 

“Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”*

A 23 días de que apareciera el primer infectado de Covid-19 en Colombia, quizás el principal tema de debate público tenga que ver con las pruebas de detección del virus. Un prestigioso inmunólogo explica algunas cuestiones fundamentales y una mujer que fue testeada narra su caso.

Laura regresó a Colombia el pasado 12 de marzo, luego de estar unos pocos días de trabajo en Nueva York. Durante los momentos previos al viaje había debatido con su esposo la conveniencia de salir del país y exponerse al contagio del Covid-19. Para ese entonces, la capital del mundo no se encontraba asolada por la pandemia, como hoy, pero ya tenía un número indeterminado de personas infectadas y asintomáticas circulando libremente por las calles. Su esposo le había dicho que le parecía irresponsable montarse en ese avión dado el peligro, pero no le insistió y respetó lo que ella decidiera.
            Una vez aterrizó en el país y comenzó a caminar hacia las bandas del equipaje, Laura vio que estaban haciendo controles de los recién llegados. Ella venía padeciendo síntomas de una gripa normal desde antes de haber estado en Estados Unidos, pero dudó en admitirlo porque temía que la obligaran a aislarse inmediatamente y no la dejaran llegar a su casa. Ya de cara ante el agente dijo lo que sentía: dolor en la garganta, tos y estornudos, y aclaró que esos síntomas la venían aquejando desde antes de haber salido de Colombia. El agente de control le dijo que entonces siguiera y que si llegaba a sentir los síntomas más graves o los específicos del Covid-19 —como la dificultad para respitar—, llamara a la línea telefónica de asistencia para recibir indicaciones.
            Transcurrieron siete días de normalidad familiar. Laura visitó a sus padres, a sus suegros, se dedicó a su esposo y a su hijo de dos años. Sostuvo algunas reuniones de trabajo en sitios públicos. Y el 19 de marzo, en horas de la mañana, su esposo recibió una llamada de las autoridades de Salud. Le dijeron que Laura había regresado al país en un avión en el que también había venido un infectado por el virus. Que al día siguiente irían a su casa a hacerle la prueba —lo llamaron a él porque ella lo había indicado en la aerolínea como número de contacto en caso de emergencia—.
            Laura se llevó las manos a la cara y se fue inundando de angustia. Antes de desbaratarse, le escribió a su mejor amiga un mensaje de WhatsApp pidiéndole ayuda. Y a los cinco minutos recibió una llamada de una psicóloga. Laura subió corriendo a su habitación, le puso seguro a la puerta y se desató a llorar con el teléfono pegado a la oreja mientras, al otro lado de la línea, la psicóloga intentaba calmarla. Se enloqueció recordando que había pasado mucho tiempo junto a sus papás y se reprendió pensando por qué los había recibido en su casa sabiendo que ella venía de un país pandémico. Pensó en su esposo y en su hijo que ya estaba tosiendo con frecuencia. Pensó en el taxista al que le había pagado la carrera del aeropuerto a su casa, si le había tocado la mano, si le había exhalado cerca de la cara. Pensó en las personas con las que se había visto en reuniones de trabajo, casi todos amigos suyos. Y machacó su angustia diciéndose: “Si todos están contagiados, será mi culpa”.
            Pasaron tres días más de llamadas institucionales confirmando datos y sin que le hicieran la prueba. En ese tiempo su estado de ánimo fue un sube y baja. “Estábamos bien, calmados, sentados en la sala y de repente ella comenzaba a decir: ‘Mis papás se van a morir, nos vamos a morir y va a ser mi culpa’”, me contó su esposo. “Hasta que le dije que yo también estaba muy asustado y que si ella no me ayudaba un poco a manejar la situación, que si se dejaba llevar por el pánico, yo solo no iba a ser capaz de levantarle el ánimo a toda la familia”.
            Para completar la tensión, Laura se enteró de que dos de los compañeros con los que había estado en Nueva York se encontraban contagiados. Su esposo evaluó la situación: “Por el solo hecho de haber estado en Estados Unidos estás en riesgo. En el avión de regreso había un contagiado, estás muy en riesgo. Dos de los compañeros de trabajo en Nueva York están contagiados, entonces el riesgo está multiplicado por mil. Y con uno de esos dos te saludaste de pico en la mejilla”. Luego, opacado por los nervios, su esposo le reclamó que no le hubiera hecho caso cuando él le había dicho que era un viaje irresponsable: “Si resulta que no estás contagiada y que nosotros no estamos contagiados, tenés una suerte que nadie más va a tener”.
            En la tarde de ese tercer día luego de la llamada, 21 de marzo, un grupo médico vestido con equipo antiriesgo biológico se presentó en su casa. Como es un condominio, todos los vecinos estaban en sus casas y se dieron cuenta. Su esposo debió decirles que se trataba de una prueba de rutina que se la estaban haciendo a todos los recién llegados al país. Les ocultó que sobre Laura recaía una seria sospecha de ser portadora del virus.
            El médico que tomó la muestra de la nariz de Laura dijo que tendría el resultado en dos días. Que debían esperar.

***

            Como todo lo que ha sudedido con esta pandemia, las pruebas para detectar el Covid-19 son materia de discusión pública. A quién se las practican, de qué manera, por qué parece haber tan pocos test de prueba en el país, por qué tardan los resultados, cómo se pueden aligerar y masificar, son preguntas que la prensa ha tratado de responder casi desde que tuvimos certeza del primer infectado en el país, por allá el 6 de marzo.
            Las pruebas son una técnica general de análisis llamada PCR inventada en los años ochenta por el químico y premio nobel Kary Mullis. Se trata de reproducir cientos de veces una copia de material genético —ADN y ARN— a partir de una muestra mínima. Su utilidad es tan amplia que se usa para la detección de microorganismos difíciles de cultivar, infecciones virales recientes —como el SARS y el Covid-19—, marcadores de cáncer, entre otros.
            Sin embargo, los detalles durante el protocolo de la toma de la muestra, el transporte y el manejo en laboratorio son tan delicados que pueden afectar el resultado drásticamente. De ahí que el Instituto Nacional de Salud (INS) esté siendo tan celoso a la hora de centralizar el manejo de las pruebas durante esta pandemia.
            Para ayudarnos a comprender la complejidad del diagnóstico del Covid-19 y el reto científico que supone masificar la práctica de pruebas PCR en esta coyuntura entrevisté al médico inmunólogo John M González, PhD de la Universidad del Valle en Cali, profesor titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes y director del laboratorio de Ciencias Básicas Médicas también de esa universidad. A partir de esta semana, este laboratorio deberá ser uno de los 22 externos que auxiliarán al INS en el análisis de pruebas y manejo de resultados.

¿Cuáles son las instrucciones necesarias para la toma de la muestra y manejo de la prueba?

R/ La toma de la muestra es un hisopado nasofaríngeo. El hisopo [un palito plástico con la punta de algodón] debe entrar profundo por la nariz o la boca hasta alcanzar la pared de la faringe de donde debe recoger una muestra de la mucosa. Si entra por la nariz produce lagrimeo y si entra por la boca genera arcadas. Si el hisopo solo toma saliva o mocos superficiales no sirve. La muestra se deja en un tubo que contiene un medio de transporte. Ese tubo se guarda en neveritas que conserven el frío. Ya en el laboratorio, la muestra debe ser manejada con toda la bioseguridad para los que hacen el análisis y con toda la seguridad para que no se contamine. El resultado debe estar listo en unas nueve horas.

Además de confirmar si una persona está infectada o no, ¿esta prueba también puede decir cuál es la carga viral?
R/ Puede determinarla, pero no lo estamos haciendo ahora. Lo importante es saber quién tiene el virus.

Si una persona está muy enferma, con síntomas muy agudos, se supone que tiene una carga viral más alta que alguien asintomático.
R/ Parece que no. Un estudio reciente elaborado por los médicos en Lombardía, Italia, la zona más afectada por la pandemia, dice que la carga viral en los pacientes sintomáticos y en los asintomáticos es la misma. Lo que se sabe es que los pacientes que se complican sí tienen carga viral por más tiempo. Se sabe que los pacientes que se recuperan rápidamente lo logran después de 14 días. Por eso la instrucción es la de aislarse 14 días. Pero ha habido pacientes a los que el virus se les queda mucho más tiempo. Hubo un caso en China en que al paciente le detectaron el virus en la nasofaringe durante 37 días.

Uno de los problemas para hacer las pruebas es que los países, en general, no cuentan con suficientes elementos y reactivos y hoy siguen siendo difíciles de conseguir, ¿por qué?
R/ El problema es que los materiales y reactivos para analizar la muestra los pone cada laboratorio, y el mayor productor de materiales de plástico y reactivos que usamos en laboratorio es China. Pero durante esta pandemia China detuvo la producción, así que los materiales son más escasos cada día. Y en los laboratorios no se reutiliza nada de esto. Cada elemento usado en el análisis de una muestra tiene que ser desechado.

¿En qué consisten los falsos positivos y los falsos negativos para el caso de esta prueba?
R/ El falso positivo es cuando la prueba de una persona dio positiva, pero ese resultado no es muy confiable porque puede ser que la muestra se haya contaminado o que haya una reacción confusa que dé positiva, por ejemplo que tenga un virus parecido. Y el falso negativo es como el caso del conductor de taxi en Cartagena que murió con síntomas de Covid-19 pero la primera prueba había arrojado un resultado negativo. Le hicieron dos pruebas más y la tercera confirmó que sí había tenido el virus. Eso fue porque la primera muestra pudo haber sido mal tomada o mal transportada.
      La mayoría de los problemas con estas pruebas son de calidad de la muestra. Desde el mismo momento en que la toman hasta el momento en que la transportan. Cualquier detalle mal hecho puede hacer que la muestra no llegue bien al laboratorio.

¿Ese manejo tan delicado de todo el protocolo de la prueba puede explicar el celo del Instituto Nacional de Salud (INS) mostrado hasta el momento para mantener centralizado el análisis de las pruebas?
R/ Ha sido muy difícil habilitar laboratorios, porque cada fase de análisis requiere un nivel de bioseguridad y de seguridad de manejo de la muestra. Por eso el INS no quiere que todos los laboratorios hagan pruebas. Además, los reportes deben ser unificados, todo el mundo debe estar haciendo el mismo procedimiento.

Y sin embargo ya hay 22 laboratorios, en región y otros también en Bogotá, en proceso de habilitación para auxiliar al INS. ¿Cuántas pruebas diarias puede hacer el INS y a cuantas puede aumentar cuando los 22 laboratorios empiecen a ayudar?
R/ Hace poco la doctora Martha Lucía Ospina, directora general, dijo en televisión que el INS está en capacidad de analizar 1.600 pruebas diarias. Cada laboratorio auxiliar puede estar en condiciones de analizar entre 200 y 400 pruebas más al día.

Hablemos de las pruebas rápidas que están siendo tan discutidas. ¿En qué consisten?
R/ Paréntesis: anoche Bill Gates anunció que mediante su fundación están desarrollando una prueba casera, para que la gente en su casa se la pueda hacer y anticipe la toma de decisiones. Si da positivo, así no tenga síntomas, a la persona se le debe hacer la RT-PCR.
            Con respecto a las pruebas rápidas que se anuncian ahora consisten en que han aligerado el proceso de laboratorio. Algunas de ellas ya tienen los reactivos premezclados y listos: ponga aquí, eche aquí y sale. El resultado debe conocerse entre dos y cuatro horas. Hace poco conté unas cincuenta compañías que están fabricando y ofreciendo estás pruebas.

Es decir que “pruebas rápidas” no significa que la gente se las pueda hacer en la casa como si fueran las de embarazo.
R/ No. Siguen siendo pruebas de laboratorio. Al final de esto quizás se llegue a eso, a que se vuelvan pruebas caseras, pero todavía no.

¿Qué tan certeras son estas pruebas?
R/ No han sido validadas. Es que no ha habido tiempo. Las compañías se lanzaron a producir y a producir, pero no ha habido tiempo para confirmar que son confiables. Ahí está el caso reciente de España que compró unas que no sirven porque solo arrojan un 30 por ciento de confiabilidad.

Hasta el momento cada país ha hecho la cantidad de pruebas que está en condiciones de hacer. Y eso no necesariamente es lo ideal. ¿Qué sería ideal?
R/ Lo importante es la proporción entre el número de pruebas por cada millón de habitantes. Corea del Sur, que es un ejemplo de haber manejado esta pandemia con éxito, hace 5.000 pruebas por millón. Bahrein 6.000 por millón. China 3.000 por millón. En Colombia llevamos poco más 10.000 pruebas hechas desde que comenzó el brote y tenemos 49 millones de habitantes. Haga usted el cálculo para que saque conclusiones. Estamos lejitos.

¿Entonces no hay una cantidad de pruebas que se pueda calificar de óptima?
R/ No la hay. Solo queda la instrucción que dio el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom: “Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”. Y digo que no la hay porque el número de contagiados nunca lo vamos a saber realmente. Está demostrado que entre el 30 y 50 por ciento de los casos son asintomáticos. Nunca se les hará una prueba pero tuvieron el virus. Solo queda la instrucción de hacer pruebas, tantas como se pueda, para aislar a los contagiados.

Para el caso colombiano y en su opinión, ¿el resultado de contagiados según el número de pruebas hechas es funesto o es optimista?
R/ Es bajito porque no hemos hecho más pruebas. Llevamos 6 muertos entre unos 600 contagiados. Una mortalidad del 1 por ciento. Son cifras muy parecidas a las de otros países.

Debido a la no abundancia de elementos y reactivos de pruebas, ¿cuáles han sido los criterios para elegir a quién se le hace y a quién no?

R/ Son tres. Uno, personas que vienen de paises afectados por la pandemia. Dos, los contactos de estos recién llegados, las personas con las que se ha visto. Y tres, personas que presentan cuadros gripales complicados.

¿Con la importación de pruebas se espera ampliar esos criterios?
R/ Exacto. De eso se trata. Yo imagino que se le empezarán a realizar pruebas a personas que tengan síntomas de gripa entre moderados y severos. Y entre más pruebas tengamos, a más personas se las podremos hacer. Es la única manera de cortar con la cadena de contagios. Entre más personas contagiadas podamos detectar, más aislamientos podremos hacer.

***

            Antes de que Laura recibiera el resultado formal de la prueba, el médico que le había tomado la muestra ya la había telefoneado para calmarla diciéndole que “parecía” que su caso era negativo. Entre esa llamada y el momento en que finalmente se lo dieron, pasaron otros dos días. Laura, su esposo y los padres de cada uno sintieron un alivio como pocas veces en su vida. Tuvieron la suerte que muchos no.
            Ahora, recordando esta tensión y viviendo aún con la amenaza del contagio allá afuera, Laura llora. Se llena de ansiedad al imaginar lo que hubiera podido suceder en caso de que hubiera salido positivo y de saber que en cada salida a la tienda por comida ella y su esposo se exponen al mismo riesgo.
            Su esposo me dice: “Todos nos damos moral pensando que esta enfermedad, en algún momento, nos va a dar a todos. Y si uno piensa eso, lo mejor entonces es que nos dé ya, ahora que hay camas y respiradores disponibles, y no en quince días o veinte cuando los médicos deban escoger a quién deben darle esa respiración mecánica. Si nos da ya, mejor. En un mes estamos en la calle y con el virus vencido por nuestro sistema inmune. Pero sabemos que eso solo es fuerza moral, porque esta infección está matando a mucha gente”.

*Para elaborar este despacho fue indispensable la colaboración de la médico Vanessa Collazos.

Pereira, 29 de marzo, 9:30 am