Los días sin colegio en Agua Bonita

Los días sin colegio en Agua Bonita

Texto

Carlos A. Cortés-Martínez

Ilustración

María José Porras

Septiembre 19 de 2021

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Los días sin colegio

en Agua Bonita

En uno de los caseríos habitados por excombatientes de las Farc falta la escuela, falta el colegio. Las hijas, los hijos, de los firmantes de la paz siguen a la espera de que el Estado se acuerde de cumplir los compromisos del Acuerdo de Paz. Sus familias, entre tanto, siguen acechados por quienes pretenden continuar la guerra.

Un cadáver atraviesa la quebrada que se debe cruzar para llegar a lo que el periódico El Tiempo bautizó como el primer pueblo comunista de Colombia, el Centro Poblado Héctor Ramírez, en Caquetá.

El conductor se detiene un momento frente a la orilla. Con la capacidad completa de baúl y de pasajeros, mide el fondo desde la superficie. Parece tomar aire, impulso para cruzar. Avanza lentamente sobre las piedras, sumergidas a no más de 15 centímetros. Es como si las llantas tantearan la temperatura del agua. Los ojos están puestos sobre el camino y pasa desapercibido que a mano izquierda, tendido de orilla a orilla, cercenado por la mitad, yace un cadáver: un puente caído. Las noticias documentan que hace más de dos años el entonces gobernador Fabio Augusto Parra le pidió ayuda al Ejército para reconstruirlo. En Colombia hay sitios así; lugares donde el abandono estatal hace parte del paisaje.

Aunque las últimas tropas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) terminaron su entrega de armas en estas tierras, pocos saben exactamente qué pasó con cada uno de los más de trescientos guerrilleros que llegaron el 17 de febrero del 2017 a lo que en principio se llamó el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Etcr) de Agua Bonita, uno de los dos del departamento y de los veinticuatro que llegaron a existir a nivel nacional. Unos firmantes de la paz se quedaron a apostarle a la construcción de un pueblo, otros decidieron irse a vivir con sus familias y algunos, como Jorge Riaño, Wilmer Álvarez y Duván Galíndez fueron asesinados impunemente.

Los asesinatos de Riaño, de Álvarez, de Galíndez y la imagen ruinosa del puente contrastan con la vida que se ve al llegar al pueblo. Las fachadas coloridas y el verde de la cancha sintética alegran la vista. La encargada de la biblioteca pasea un embarazo de cuatro meses, al lado de su pareja. Tres niños juegan en el parque, un par se revuelca en el piso del restaurante y dos adolescentes saludan con la cabeza, tirándola para atrás levemente y subiendo las cejas. Verlos hace pensar que algunos han logrado reunirse con quienes habían delegado su cuidado a familiares en tiempos de guerra y que hay varias familias nuevas. Esta crónica documenta los retos educativos que enfrentan los ochenta y ocho menores de edad —treinta y nueve de ellos hijos de la paz— reportados en el censo local del Centro Poblado Héctor Ramírez hasta marzo del 2021.

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A menos de quince minutos a pie de Agua Bonita, se encuentra la escuela para niños de primero a quinto grado de primaria. Pero para quienes deben cursar el bachillerato la distancia es uno de los retos más serios. La opción más cercana para matricularse de sexto a noveno grado es la Institución Educativa El Cedro, situada a un kilómetro y medio, y quienes quieran terminar grado once, deben caminar casi dos horas hasta la sede mixta La Montañita, unos ocho kilómetros de distancia.

Le pedí a Lady y a su primo que me acompañaran hasta la escuela donde ella estudió quinto grado para tener la experiencia de hacer el recorrido, a pesar de que está cerrada desde el inicio de la pandemia.

No hay transporte público en Agua Bonita. Las llantas de las camionetas de las oenegé y de los esquemas de seguridad que protegen la vida de estos excombatientes dejan huellas profundas sobre la carretera y crean montículos de barro. Sobreviven un par de charcos a pesar del sol, que está en el punto más alto. El calor le baja el volumen a todo, susurran los sonidos del campo. Cada pisada pone en segundo plano a los cacareos, a los cantares ocasionales de algunos pájaros. Un piñal se extiende a mano derecha; a la izquierda, una despulpadora de fruta. Tres perros salen de la nada mostrando los colmillos. Las montañas son los únicos testigos del ataque y la Cordillera Oriental está lejos. Entiendo, entonces, que el camino a la escuela podría ser el lugar indicado para hacerle daño a los hijos de los firmantes. A pesar del susto, Lady y su primo siguen su camino como si nada.

Hasta el 21 de abril de 2021 iban 266 reincorporados asesinados en Colombia, según la ONU. La Fiscalía reportó 24 afectaciones ¾incluyendo homicidios, tentativas de homicidio y desapariciones forzadas¾ contra firmantes de la paz en el Caquetá hasta el 30 de diciembre del año pasado, y el promedio de homicidios de personas en proceso de incorporación es de uno cada 24 horas, de acuerdo al más reciente informe de la Unidad de Investigación y Acusación (UIA) de la Justicia Especial para la Paz (JEP).

Lady estudia octavo grado en un colegio de El Paujil, municipio a veintiocho kilómetros al que se llega más o menos en treinta minutos en carro. Pero ni la escuela de Lady ni ninguna institución educativa cercana ofrece servicios de ruta. Además de los trayectos largos, quienes quieren terminar el bachillerato enfrentan otro problema, la inseguridad: hasta el 30 de diciembre del 2020, la Fiscalía registró cincuenta asesinatos de familiares de firmantes. No es difícil imaginar, entonces, la incertidumbre de quienes tienen que mandar a sus hijos afuera del centro poblado. Las camionetas escolares serían una solución para el problema de la distancia, pero no para el de inseguridad: vehículos llenos de niños transitando por estos caminos solos y destapados serían objetivos fáciles para quienes se empeñan en continuar con la guerra

“Cuidado porque por ahí hay avispas”, dice Lady señalando un panal incrustado debajo de las tejas de zinc de la escuela. No hay mayores problemas de infraestructura además de los dos cables de alta tensión que cruzan muy cerca y zumban hasta llegar a un transformador ubicado en el patio de atrás. “Había diez computadores y a muchos niños”, dice Lady al asomarse al salón de clases, “nos tocaba turnarnos”.

La escuela es una casa rectangular, remodelada por la comunidad, con una fachada decorada con pinturas de ramas, de flores, de hojas, con el rostro de una mujer y con un ave de cuerpo entero a cada lado. Los vidrios fueron reemplazados por rejas rojas en las ventanas. El piso del salón está enchapado con baldosín blanco: barrido, trapeado. Las diecinueve mesas y sus respectivas sillas aparentan buen estado. Hay una sala de informática, un televisor, una cocina, un tanque de agua a la sombra, un parque infantil, el espacio para un restaurante y por lo menos tres baños. No hay maleza ni hojas secas y hace poco alguien cortó el pasto.

Terminado el recorrido, caminamos de vuelta al centro poblado. Vamos rodeados de vida: de matas de yuca, de plátanos, de naranjos, de palos de guama, de aguacate, de mandarina y de mango. Sobre las palmas de guaja, los chulos —expectantes— secan sus alas. “No hay metáfora en ello”, dice una crónica de Julián Isaza. Sin embargo, esas aves negras inquietan, se quedan en la memoria revoloteando.

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Un regaño es lo primero que se escucha en la segunda visita a la escuela. “Hay que dejar trabajar a los niños”, dice el maestro, “una cosa es acompañarlos y otra cosa es hacerles la tarea”.

Cada dos semanas, el profesor Jaime Caicedo Betancourt vuelve a Agua Bonita. Los pupitres del salón tienen las sillas volteadas, apoyadas sobre los escritorios porque un grupo de voluntarias está terminando de limpiar. Sobre las dos mesas disponibles, las guías para los estudiantes. La mamá que recibió el llamado de atención dice que entiende, que le ayuda a su hijo en la tarea por ratos. Da las gracias, firma una planilla de recibido y se va. Vale la pena recordar que Unicef invitó con urgencia a los Gobiernos de Latinoamérica y del Caribe, a través de su más reciente informe, a reabrir las escuelas, a hacer un esfuerzo para volver pronto a clases presenciales.

Agua Bonita sigue el modelo de Escuela Nueva, un programa implementado por el Gobierno nacional desde hace más de cuatro décadas. Eso significa que Carol Dayana hace parte del grupo de diecisiete estudiantes que están entre los siete y los doce años, inscritos en grados que varían desde primero hasta quinto, y que compartían el mismo salón de clases hasta antes de la pandemia. Un solo profesor está a cargo de enseñarles todas las clases, incluidas materias tan diversas como español y matemáticas.

Carol Dayana camina por el salón. Mira la bolsa que tiene las hojas con su próxima tarea y se acerca cuando el profesor empieza a revisar su trabajo. La primera sección de la guía recuerda que el tema pasado fueron los números cardinales y hace un enlace con el tema presente, los ordinales. Sigue una explicación de un párrafo acompañada por dibujos. El profesor repasa su mano derecha a lo largo de la primera página, luego señala las líneas que va leyendo. Después levanta el índice a la altura de la cara, lo agita en modo de advertencia y dice: “todas las actividades van acompañadas por ilustraciones cercanas al entendimiento”. Los dibujos coloreados de cinco personas están organizados de izquierda a derecha en la mitad de la hoja. Debajo están los nombres Juan, Paula, Martha, Odilo y Cristina. A reglón seguido, las palabras primero, segundo, tercero, cuarto y quinto.

Sería injusto juzgar los esfuerzos de Caicedo: hace lo que puede. Pero es un hecho que la calidad de la educación en este punto del país no es óptima. La Secretaría de Educación Departamental del Caquetá informó que 814 alumnos abandonaron sus estudios entre junio y octubre del 2020. Si ese número de personas visitara el Teatro Colón de Bogotá, lugar donde se firmaron los acuerdos de paz definitivos, se ocuparían todas las sillas y 29 estudiantes quedarían de pie. Además, Caquetá ha estado por debajo de la media nacional en las Pruebas Saber 11 durante los últimos años, según el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación (Icfes). El último Censo Nacional de Población señaló que solo el 2.4% de los colombianos que reside en zonas rurales alcanza la universidad.

Carol Dayana dice que nadie le ayudó a hacer la tarea. El profesor comenta que la educación en tiempos de pandemia se apoya en las personas a cargo del cuidado, pero que es un problema cuando los acudientes desarrollan todas las guías o cuando son analfabetas. La tasa de analfabetismo en rural roza es del 13%. El caso de los firmantes de la paz es diferente: noventa de cada cien saben leer, según un estudio de 2017 elaborado por la Universidad Nacional y el Consejo Nacional de Reincorporación.

Caicedo interrumpe la lectura de la guía porque le entra una llamada: una mamá contándole que su hijo ya había terminado una maqueta, pero que no tenía los medios para mandarle las fotos del trabajo. El profesor dice que tener acceso a un computador es un privilegio, que la mayoría se comunica por lo que él llama “flechitas”, celulares de gama baja, baratos. Una vez terminada su visita a la escuela, irá en su moto hasta la finca donde vive la persona que hizo la llamada para poder evaluar la tarea.

La pandemia, la falta de Internet y la corrupción son tres grandes problemas. El Laboratorio de Economía de la Educación de la Universidad Javeriana encontró que a más del 95% de los municipios colombianos les hace falta recursos para desarrollar la educación virtual. Del total de estudiantes inscritos en colegios públicos rurales, cerca del 87% de los que viven en municipios con una población pequeña no tiene acceso a Internet y a un computador, según datos del Ministerio de Educación y del Icfes en 2020, y un informe del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones reportó que en el Caquetá hubo aproximadamente 7 conexiones fijas a Internet por cada 100 habitantes para finales del año pasado. El intento más reciente del Gobierno nacional por llevar Internet al campo está manchado por garantías bancarias falsas y por un anticipo de más de setenta mil millones de pesos que salió en su mayoría del país. Entre tanto, en Agua Bonita hay dos opciones para conectarse: colgarse del wifi de la biblioteca o pararse cerca a un poste y esperar a que los datos del celular funcionen.

Carol Dayana pasa las manos por las bolsas de las guías, parece buscar el bolso que le prometió su profesor. Su mirada lo recorre todo. Vuelve seguido a la puerta, seguramente esperando la llegada de sus padres. Caicedo la mira y dice que es una niña avispada. Afirma que la interacción con sus alumnos facilita la educación, que en el salón de clases es más fácil percibir quién no entiende, que la socialización es clave. No se sabe a ciencia cierta el impacto futuro de la pandemia en el aprendizaje.

Un informe publicado en agosto de 2020 entre la Cepal y la Unesco predice “una profundización de las diferencias en lo referente a los logros de aprendizaje”. El Ministerio de Educación Nacional se demoró en autorizar a los colegios y jardines infantiles públicos a volver a la presencialidad a partir del segundo semestre de este año.

La mamá de Carol Dayana saluda, recibe las guías nuevas, firma y se despide. La niña, efectivamente, es avispada: justo antes de salir, le recuerda al profesor sobre el bolso prometido. Mira la caja de colores, se cuelga el bolsito y se va, mostrando con su sonrisa la ausencia de un par de dientes de enfrente, propia de quienes tienen su edad.

El bolsito, hay que decirlo, es una donación de cooperación internacional.

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La calma de los tonos tenues del atardecer la interrumpen los haces de luz que se proyectan a través de las cuatro ventanas de la biblioteca. Las voces de unos niños jugando adentro se imponen sobre el limado sonoro de los grillos. El reloj marca más de las seis y en el lugar donde reposan los libros del centro poblado todavía hay actividad.

Una mujer lee un cuento en voz alta. Los únicos dos niños que hay en la biblioteca no prestan atención. Corren sobre un tapete armado con cuadros de fomi, en el que cada trozo tiene un color distinto, bordes en forma de rompecabezas y un hueco en la mitad donde encaja alguna letra.

Las paredes contiguas a la ludoteca están rodeadas por quince computadores de escritorio. Los padres de los niños y sus compañeros de estudio están sentados, dándoles la espalda a las pantallas, con la mirada al frente, concentrados, esperando a que la maestra pare de leer, voltee el libro y les deje ver las ilustraciones. Escuchan “El biblioburro”: la historia de Luis Humberto Soriano Bohórquez, a quien hace más de veinte años se le ocurrió usar dos bestias para transportar los tesoros de su biblioteca y así compartirlos con los vecinos de la vereda La Gloria, en el Magdalena. La profesora recita las palabras del protagonista: “Podría llevar mis libros hasta las zonas más apartadas y compartirlos con los que no tienen. Un burro podría cargar los libros, y otro burro me llevaría a mí… ¡y más libros!”. Los gritos de al lado, del juego de los pequeños, se disipan ante la voz del relato.

Después de leer “El biblioburro”, los estudiantes hablan del poder de la lectura, de la importancia de llevar los libros a los territorios. Las vitrinas en la biblioteca, que protegen de la humedad a más de cinco mil obras, parecen brillar orgullosas. Entonces, Adolfo Bernal, un reincorporado describe las dinámicas de la Biblioteca Móvil. Cuenta que en tiempos de guerra cada persona llevaba un libro en su mochila, que se los rotaban y que dependiendo de la situación de orden público había lecturas individuales o colectivas. La idea era compartir el conocimiento, vivir bien, que lo que hubiera lo disfrutaran todos, dice, con un tono afectado por la nostalgia.

Once equipos de campaña se apoyan sobre los palos que sostienen la estructura del techo de tejas de cemento. Cuentan historias de soledad, de intemperie, de azares en la selva, de golpes recibidos tal vez en algún enfrentamiento. Esos morrales de combate se convirtieron en mochilas que hoy adornan la biblioteca, en recordatorios constantes de lo que dejó la guerra.

La maestra invita a pensar cómo sería una escuela alternativa para las zonas rurales. Habla de modelos cooperativos y mixtos entre lo público y lo comunitario. La estudiante Betsy Ruiz responde con el tipo de educación que no quiere: una donde solo algunos tienen acceso a colegios de calidad, donde las decisiones las toma el Gobierno, donde no escuchan al pueblo, donde prima el interés individual. Las jerarquías de roles entre profesoras y alumnos se desdibujan: se miran, se hablan, se escuchan; es bonito pensar que a través del diálogo todos enseñan, aportan. Otra mujer, Tatiana Muñoz, dice que el comité de educación del Proyecto Educaré de Agua Bonita tiene planeada la construcción de un colegio cooperativo, agroecológico, con profesores bien formados en educación, principios e ideales de las Farc.

La comunidad creó cuatro programas que funcionan y se corresponden con la filosofía de los reincorporados: Guardia del Monte, Reporteritos, Deportes populares y Cultura y tradiciones. Los niños, niñas y jóvenes se reúnen cinco veces por semana para fortalecer sus procesos de memoria histórica, de identidad y de comunidad a través del periodismo, del baile, del dibujo, de la actividad física y de la agricultura. “La idea es que adquieran conocimientos útiles para su vida”, dice Arley, un firmante de la paz, “que por ejemplo sean los mismos estudiantes quienes trabajen la huerta”.

Es obvio decirlo, pero no sobra recordarlo: las extintas Farc no perdieron la guerra. Firmaron con el Gobierno una negociación por la paz en septiembre del 2016. El país se comprometió a garantizar la calidad y la pertinencia de la educación rural (ver el punto 1.3.2.2. de los acuerdos). Después de cuatro años, el Centro Poblado Héctor Ramírez —llamado por El Espectador como el “más exitoso en todo el país”— todavía no tiene escuela propia.

En ese mismo lugar, del cual alias El Paisa desertó para retomar las armas y unirse a las disidencias de Iván Márquez, la mayoría de reincorporados le hace frente a los retos que trae la construcción de paz. La conformación de un comité liderado por mujeres para ofrecer programas extracurriculares a los más jóvenes, la remodelación de la escuela más cercana, la ampliación de la biblioteca y las tutorías que le ofrecen allí a los estudiantes para que hagan sus tareas marcan una diferencia clara entre “disidentes” y “resistentes”.

La clase en la biblioteca está por terminar. Aunque es un grupo pequeño, los nombres de sus integrantes resultan confusos. Son muchos. A uno, algunos lo llaman Arley, otros le dicen Bernardo y su sobrenombre es Paturro. También abundaron en el uso de la letra ye. Está Yasléidy, está Yorlány, está Yaritza y está Yaír. La mujer mayor del grupo sonríe poco. Su voz es suave, su tono, firme. Es concreta. Escucha con atención y cuando habla —que es muy de vez en cuando— agita su mano izquierda: la sube, la baja; extiende y contrae su brazo para darle acento a sus palabras. Gabo hubiera escrito que al igual que a Úrsula, es difícil imaginársela cantando. Su serenidad, su seriedad y su temple intimidan. Es una mujer de pocas palabras y de ideas claras. Dice que el compromiso es perseverar, buscar la forma de compartir el conocimiento a pesar de los intentos por acabar con la paz. Insisto: los nombres son confusos, pero muchos la llaman Esperanza.

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