Texto: Carolina Gómez
Ilustración: Opert_ser

Las niñas que no van al colegio

Una mirada al interior del embarazo adolescente en Colombia

        En 1996 a Luisa le decían la ‘Diabla’. Tenía 13 años y vivía en un barrio de clase media-baja en Pereira. Todo porque una noche, aprovechando que sus papás no estaban, salió a dar una vuelta con Juan Diego, uno de sus mejores amigos, para pasar por la casa del chico que le gustaba: Hader, un bachiller de la policía que tenía 19 años.

 

        En el lugar había una fiesta. Hader los invitó a pasar y después de charlar un rato los tres, Juan Diego se fue y Luisa quiso quedarse un poco más. Cerca de la media noche se hizo consciente de que era muy tarde para regresar a su casa y que era probable que sus papás estuvieran muy enojados. Para cerciorarse, pidió prestado el teléfono fijo, llamó a Olga, la mujer que en su casa se encargaba de cuidar a la hermana menor, y ella le confirmó que sus papás la esperaban con correa en mano.

 

        Luisa decidió no regresar. Volvió a la fiesta, tomó licor por primera vez y le dio lugar a su primera relación sexual. Esa noche, sus papás fueron hasta allá a buscarla, y ella se escondió en un balde donde guardaban la ropa sucia. “Pero las personas del barrio y algunos de mis amigos les dijeron que me buscaran bien en esa casa, porque era seguro que allá estaba yo”. Sus papás regresaron a la mañana siguiente junto a un par de policías y, cuando estaban por irse derrotados, subieron a la terraza y la encontraron en el techo de una casa vecina. La historia corrió en el barrio de cuadra en cuadra y Luisa pasó a ser la ‘Diabla’, por ser la niña que se escapa para visitar a un hombre y se esconde de la correa de sus padres en los techos de las casas contiguas.

 

        Cuando lograron llevarla de vuelta a su casa, la familia decidió visitar un médico para que la revisara y descubriera si había tenido relaciones sexuales. “Obviamente, el médico no podía saber eso. Me preguntó si lo había hecho y yo le dije que no”. Horas más tarde, uno de sus tíos la montó a su carro y condujo hasta un barrio pobre para que viera cómo viven las personas que tienen hijos siendo muy jóvenes y no pueden estudiar porque se tiene que encargar del sustento y el cuidado de ellos. Sus papás no le hablaron mucho después del incidente y la enviaron a Medellín durante todas las vacaciones.

En Colombia, según cifras del Ministerio de Salud y Protección Social, una de cada cinco adolescentes entre 15 y 19 años ya ha tenido un embarazo. El 16% ya son madres y el 4% está en proceso de gestación. 

        Luisa pertenecía a un grupo juvenil de Profamilia porque dos de sus primos mayores la invitaron a unirse. Lo que allí se proponía eran actividades de integración para darles a conocer algunos nombres de métodos anticonceptivos, “pero yo no sentía que pudiera hablar de mis dudas particulares, mucho menos con mis primos mayores ahí, y si así era con los primos, menos con los papás”, explica. Cuando le pregunté por qué no había planificado si conocía los métodos anticonceptivos, me dijo “por boba”.

 

        En Colombia, según cifras del Ministerio de Salud y Protección Social, una de cada cinco adolescentes entre 15 y 19 años ya ha tenido un embarazo. El 16% ya son madres y el 4% está en proceso de gestación. Según el último reporte publicado por el Guttmacher Institute en 2017, “si todas las mujeres adolescentes que necesitan anticoncepción moderna la usaran, el total de embarazos no intencionales en América Latina y el Caribe se reduciría en un 43%, de 3.6 a 2.4 millones por año”.

        A pesar de sus esfuerzos, la familia de Luisa no pudo evitar que los encuentros entre ella y Hader se repitieran. El 21 de febrero de 1998, dos meses después de haber cumplido los 15 años, haber cursado séptimo de bachillerato y haber cumplido dos años de relación a escondidas con Hader, concibió a su hijo Julián. “Aunque no fue planeado, yo siempre pensé que quería ser una madre joven. Tenía la idea de que quizás una madre joven se llevaba muy bien con sus hijos”, dice Luisa.

 

        Según cifras del Dane, el 40% de las niñas del país tiene embarazos deseados y la mayoría de ellas, en un 99,2% tienen sus hijos con hombres adultos, a pesar de que, según el Código Penal del país, se considera delito cualquier acto sexual con una menor de 14 años, y tiene una pena de 12 a 20 años de cárcel.

           

        Para Sandra Paola Gil, psicóloga de la Secretaría de Salud de Pereira, las relaciones entre hombres adultos y niñas menores de edad tiene origen en diversas razones y el factor socio-económico tiene mucho qué ver. Los barrios donde se presentan mayores índices de embarazo adolescente son barrios de clase media-baja. Además, añade que “muchas niñas deciden tener hijos de hombres adultos para tener acceso a una buena alimentación o a alguien que se haga cargo de ellas”.

Cuando Yohana apenas había cumplido los 12, tuvo una hija con José Fabián, un recolector de café de 20 años. Tres años después, con otro hombre, se hizo madre por segunda vez y una vez más, seis años más tarde cuando tuvo a su último hijo, Emanuel, antes de operarse para no tener más hijos.

        Cuando tenía cinco meses de embarazo, Luisa les contó a sus papás que iba a tener un hijo y ellos le pidieron que abortara o se fuera de la casa. Un día después, Luisa empacó su ropa y se mudó al apartamento de una tía con quien pasó el resto de la gestación. Dice que tuvo muchas dudas que no pudo resolver: “a uno siempre lo quiere regañar todo el mundo: los médicos, las enfermeras, la familia, entonces no hay espacio para hacer muchas preguntas”.

 

        Después de tener a su hijo, se fue a vivir de nuevo con sus papás, pero ya no a la casa del barrio habitual, sino a la finca cafetera que sus abuelos tenían a las afueras. Adentro de la finca había dos casas, en una vivía Luisa con su familia y en la otra que estaba al frente, vivían los caseros, don Augusto y doña María, dos adultos mayores que se encargaban de los cuidados del lugar y quienes a menudo cuidaban a su nieta Yohana, que para ese momento tenía 8 años.

 

        Yohana conoció a Luisa y a su bebé, pero nunca se preguntó si Luisa era demasiado joven para ser madre o si ella querría ser madre alguna vez. Era una niña, jugaba sola en los columpios o con la hermana menor de Luisa.

Cerca de tres años más tarde, cuando Yohana apenas había cumplido los 12, tuvo una hija con José Fabián, un recolector de café de 20 años. Tres años después, con otro hombre, se hizo madre por segunda vez y una vez más, seis años más tarde cuando tuvo a su último hijo, Emanuel, antes de operarse para no tener más hijos.

 

        Yohana estudió en la escuela de su vereda hasta quinto de primaria y aunque dice que alguna vez en una de sus clases le hablaron del embarazo, ni siquiera sabía qué le pasaba a su cuerpo cuando tuvo la primera menstruación.

 

        Actualmente, Luisa tiene 34 años y vive en Suecia hace dos. Con ella viven su esposo, y sus dos hijos, Julián, quien ahora tiene 20 años, y Dylan, que tiene 6. Poco después de haber tenido a su primer hijo llegó a validar los años que le quedaban faltando de su bachiller académico, pero nunca se graduó. Se dedica a ‘arreglar’ uñas y su esposo es profesor de inglés.

 

Las mujeres de todas las regiones dedican más horas que los hombres al trabajo no remunerado, como por ejemplo a la prestación de cuidados y a las tareas domésticas de cocina y limpieza, lo que les deja menos tiempo para aprender, descansar y cuidar de sí mismas. En todos los países, las mujeres ganan menos que los hombres”.

        Yohana tiene 28 años y vive en la misma vereda donde vivió de niña, junto a Diego, recolector de café y padre de su hijo menor, Emanuel. Con ellos también viven sus otros hijos, Consuelo, su mamá y don Augusto, su abuelo. Su tiempo lo divide entre las labores de la casa y el cuidado, pues su mamá trabaja en casas de familia, sus hijos están entre los 4 y los 15 años y su abuelo tiene movilidad reducida.

 

        Según un informe de la Fundación Plan, “Las mujeres de todas las regiones dedican más horas que los hombres al trabajo no remunerado, como por ejemplo a la prestación de cuidados y a las tareas domésticas de cocina y limpieza, lo que les deja menos tiempo para aprender, descansar y cuidar de sí mismas. En todos los países, las mujeres ganan menos que los hombres”.

 

        La casa de Yohana es de madera y está pintada de un color cereza que brilla en la tarde, cuando el sol le pega de frente. Tiene un solo piso, un corredor cubierto por flores sembradas en diferentes materas que cuelgan de las guaduas que sostiene el techo del corredor y otras que están en el suelo.

Mientras le hago preguntas, Yohana me invita a seguirla hasta la cocina para ofrecerme una limonada. Desde una pequeña ventana entra un chorro de luz que rebota en su cara y me deja ver en detalle las ojeras que le brotaron desde niña.

 

        – Yohana, eres igual a como te recordaba, tienes la misma risa que acompaña cada frase que pronuncias y la misma mirada, entre inocente y cansada. ¿Tú te acuerdas de mí? Soy Carolina, la hermana de Luisa, ahora soy periodista.

        – ¡Claro que me acuerdo de usted, sí siempre jugábamos juntas! Yo siempre he querido ser auxiliar de vuelo.