Inasistencia alimentaria en Colombia, un círculo de violencias que no cesa

Texto

Natalia Barriga

Ilustración

Angélica Correa Osorio

Mayo 29 de 2023

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Inasistencia alimentaria en Colombia,

un círculo de violencias que no cesa


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La inasistencia alimentaria es uno de los diez delitos con más procesos en la Fiscalía, y los principales acusados son los padres-hombres. Las madres cabeza de hogar trabajan más horas, ganan menos, asumen más labores de cuidado no remunerado, tienen menos tiempo para otras actividades como estudiar o descansar, y mayor probabilidad de caer en la pobreza. Comprender y dimensionar cómo operan las desigualdades en contra de las mujeres, es crucial para lograr un cambio estructural que realmente proteja a las mujeres y a sus familias.

“Yo como mamá tengo que resolver como sea, tengo que alimentar a mis hijos, tengo que mirar qué hago, así esté muerta de migraña, sin plata, lloviendo, como sea. Entonces, ¿por qué al papá sí hay que considerarle los dolores, su economía y su todo? Ellos saben que tienen el privilegio de ser machos”.

Abril Rojas —o Abril Primaveral— tiene 24 años, es artista y madre de dos niños de tres y cinco años. Viven en la vereda La Bananera en La Florida, corregimiento ubicado en la cuenca media del río Otún, a unos veinte minutos de Pereira. Desde hace dos años Abril se separó de su pareja, quien ahora no responde con la cuota alimentaria para sus hijos ni con las labores de cuidado que son su deber.

Desde la separación, Abril ha tenido que solventar, mes a mes, todas las necesidades y cuidados de sus hijos, por medio del arte, del tejido, de la venta de sus creaciones y del handpoke. En cambio, el padre de los niños aparece esporádicamente con alguna fruta en la mano o un billete.

Como Abril, las madres cabeza de hogar constituyen el 86% de las familias monoparentales en el país, que representan un 19% del total de los hogares, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

El derecho a la asistencia alimentaria es vital para las y los hijos y para las madres cabeza de hogar. Este recurso debe incluir el sustento económico para la salud, vestido, vivienda, educación, recreación y todo lo “necesario para el desarrollo integral de los niños, niñas y adolescentes”. Es un derecho crucial que tiene grandes y graves implicaciones al no ser protegido y garantizado por parte del Estado, y que día a día es vulnerado principalmente por padres-hombres.

Entre 2019 y 2020, en Colombia hubo 46.499 personas indiciadas en procesos penales por incumplir esta responsabilidad. De ellas, el 86% eran hombres, según indicó El Tiempo.

Para el colectivo de abogadas Red Jurídica Feminista, la inasistencia alimentaria es un cúmulo de violencias —económica, psicológica, física, verbal, institucional, vicaria— ejercidas contra las madres y sus hijos e hijas, que como las demás violencias basadas en género, tienen como finalidad mantener la dominación y control de las mujeres con base en estereotipos y roles de género. En este caso, por medio de su rol materno y de las labores de cuidado, explica María Camila Poveda, abogada especialista en acción sin daño, integrante de la Red con amplia experiencia en protección y garantía de los derechos de las mujeres.

Esta dominación de las mujeres por medio del rol de madre, no debe entenderse como un ataque a la experiencia misma de la maternidad, como bien aclara la poeta, madre y ensayista feminista Adrianne Rich en uno de sus ensayos. Si no como el reconocimiento de que la maternidad, además de ser una relación humana central y vital, es “una institución política, una piedra angular de la dominación de las mujeres por los hombres en todos los ámbitos”.

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“El papá de mis tres hijos no se preocupa ni por la alimentación ni por la educación ni por la salud de ellos. Ayer le dije lo de los exámenes que necesita la niña y me dijo que no, que yo le estaba pidiendo para pagar mis revistas”, cuenta Adriana Montes con molestia.

Adriana tiene treinta y cinco años. Es campesina, comerciante y madre cabeza de hogar de cuatro hijos. Los tres primeros —un joven de 14, una niña de diez que está teniendo problemas de salud, y otra de siete— los tuvo con su expareja, de quien está separada hace siete años. Y el cuarto hijo, con un hombre que negó la paternidad del bebé durante cuatro años, el tiempo que demoró el proceso de confirmación de su paternidad, y la conciliación de sus responsabilidades alimentarias.

Con su familia Adriana vive en una finca ubicada en una vereda en Belén de Umbría, un pequeño municipio rural de Risaralda que queda a dos horas de Pereira, distancia que representa en ocasiones limitaciones importantes de movilidad y acceso a servicios de salud, por ejemplo, para ella y su familia.

Hasta hace dos años Adriana era recolectora de café pero abandonó la labor por afecciones de salud, ahora su sustento y el de su familia proviene de la venta de productos de catálogo.

“Gano casi lo mismo, por eso me quedé con las revistas mejor”.

Adriana gana cerca del salario mínimo mensual —menos de trescientos dólares— y debe mantener un hogar de cinco personas contando con ella. Lo que gana no les alcanza para vivir. La cuota alimentaria que da el papá mensualmente por los tres hijos es de 350.000 pesos. Es decir que por mes, 116.000 pesos —cerca de 25 dólares— deben alcanzar para la alimentación, vivienda, salud, vestido, recreación y cuidado de cada hijo. Es menos de un dólar por día.

Un comentario común que suelen recibir las madres cabezas de hogar, es que deben trabajar más y aunar esfuerzos para suplir esas ausencias paternas, desconociendo que las mujeres que brindan labores de cuidado no remunerado (como cocinar, limpiar, alimentar, hacer compras, cuidar a personas que lo requieren), reciben un 27% menos de ingresos en comparación con los hombres que ejercen estas labores.

Y tienen un 9% menos de tiempo para participar en el mercado laboral en comparación con las mujeres que no hacen este trabajo (DANE).

Por esto, dos diferencias fundamentales que Adriana encuentra entre hacer labores del campo como recolectar café y vender productos de catálogo, es que ella puede manejar sus propios horarios de trabajo y no debe someterse a jornadas laborales completas que le impedirían el cuidado de sus hijos. En especial cuando surgen otras variables que debe sortear.

Desde marzo de 2023 hasta la redacción de este reportaje, la escuela nueva a la que asisten las dos hijas de Adriana, ubicada en la vereda El Silencio y adscrita a la Institución Educativa Técnico Agropecuario Taparcal, ha estado cerrada porque la docente encargada ha estado incapacitada. Razón por la que Adriana ha tenido que cuidar a sus hijos e hijas y trabajar a la vez, incrementando su carga de trabajo y el apoyo de su hijo mayor en las labores de cuidado.

— ¿Entonces cómo has hecho este tiempo con tres hijos en la casa para salir a trabajar? — le pregunto.

— ¡Me los traigo! El niño grande me los cuida cuando está en la casa, por ejemplo hoy —era domingo y gracias a su hijo mayor podíamos estar teniendo esa entrevista—. Pero cuando él está estudiando me los traigo a todos tres, porque ¿dónde los voy a dejar? ¡yo en la casa no los dejo solos!

Cuenta Adriana que a pesar de que las escuelas nuevas no se pueden cerrar, la solución que le dio Luz Fanny Rodríguez, rectora de la Institución, es que sus hijas vayan mientras tanto a la siguiente escuela que queda en una vereda cercana. Pero las niñas de 7 y 10 años tendrían que esperar afuera de la escuela casi dos horas, porque el transporte escolar pasa por su casa a las seis de la mañana y la clase inicia a las ocho.

“¿Qué tal que les pase algo por ahí? Me da miedo. Y para irme con ellas no me da. Yo tengo que trabajar, tengo que salir a vender productos para poder comprarles lo que ellos necesitan. Porque en mi casa se acaba el gel, y yo soy la que tengo que ir, se acaba la panela y soy yo, yo soy la de todo. Es dura la situación”.

Es difícil la situación, aún más porque tiene implicaciones directas y visibles en sus hijos e hijas.

Por ejemplo, la hija de Adriana que tiene diez años de edad sufre de migraña y cuando tiene episodios altos —que son cada cuatro o cinco días últimamente— vomita, no come y se ve obligada a guardar reposo. La niña tiene pendientes unos exámenes autorizados en Pereira que están próximos a vencer pero Adriana no tiene el dinero para pagar los gastos de la cita. Solo los pasajes pueden valer ochenta mil pesos, lo que equivaldría al 68% de la cuota mensual que el papá da para la niña.

En medio de una discusión reciente sobre el tema en la que Andrea comparó la cuota con una limosna, el padre de sus hijos le respondió aludiendo que era más pecado “pedir” que dar, dejando en evidencia esa idea viciada que carga especialmente a las mujeres la responsabilidad total de los hijos mientras que el deber de los padres es visto como una “ayuda” y no como una responsabilidad, un deber vital. 

¿Qué es la violencia vicaria?

Canjear la dignidad y la seguridad por paternidades mediocres y violentas

En las dos ocasiones en las que Abril ha vivido con el papá de sus hijos, a pesar del maltrato del que fue víctima, él se comportó como un padre funcional, dice ella. Que trabaja, cocina, lava, merca, cuida a los niños. Pero si Abril no está con él, automáticamente deja de ser ese padre responsable y funcional, y por el contrario, entra a manipular y violentar a Abril, y por ende a los niños.

“Muchas veces ellos quieren negociar su paternidad por la relación con uno: cuando él ha estado conmigo es re fino con los niños pero si no está conmigo me castiga con su paternidad, con su rol. Porque él quiere estar conmigo, porque yo he sido la que se ha ido, la que ha demandado, la que se ha mamado de su violencia. Pero está este patrón de hombre posesivo que quiere estar conmigo, que me quiere poseer, y cuando yo le digo que no, y lo demando y lo suerteo, ¿él con qué me responde? no haciéndose cargo de los niños”.

Estamos sentadas en la mesa de su casa, tenemos casi enfrente la vista del cielo azul y una bella montaña. El hijo menor de Abril juega en la otra habitación, ella previamente le había explicado que durante un ratico no podía prestarle atención porque iba a estar ocupada. Abril me dice que ahora entiende porqué tantas mujeres no se separan de sus parejas para salvaguardar a sus hijos, porque saben que si se separan de ellos, los padres se van a desentender más de la crianza.

“Los papás lo quieren poner a uno en esa situación de ‘¡ahhh! ¿será que mejor estoy con él?’, ‘me conviene estar más con él porque no se me embolata la comida’… ‘o porque él me ayuda a cuidar los niños’. Entonces eso hace una: canjea su dignidad por la paternidad mediocre de ellos, se deja maltratar, y tantos tipos de violencias… Tantas violencias que las mujeres se aguantan solo pa’ que los manes sigan medio paternando”.

Entre los diez delitos con más procesos en la Fiscalía de Colombia en 2022, se encuentran la violencia intrafamiliar (en segundo lugar después del hurto), la inasistencia alimentaria y la violencia sexual. Y en los tres casos, las mujeres son las principales víctimas.

Hace aproximadamente nueve meses, Abril volvió con su expareja pensando que esta vez quizá podría funcionar. Estuvo con él dos meses “y ushh, ha sido tremenda escuela pa’ mí ese volver con él porque fue horrible. Ahí fue que lo demandé otra vez y pasaron un montón de cosas terribles. Y no lo vale, definitivamente. Prefiero cargar sola con toda la responsabilidad que canjear la dignidad, la seguridad, la tranquilidad, todo”.

Esto que resalta Abril está también muy ligado a la autonomía económica, al riesgo latente en el que están las mujeres, en especial las madres cabeza de hogar y las mujeres rurales, de caer en la pobreza.

Las madres cabeza de hogar no solo tienen menores ingresos, menor tiempo para trabajar, más recarga en el trabajo de cuidados, sino que también tienen un “27,5% de probabilidad de no contar con un sustento económico propio, mientras que en el caso de los hombres esta cifra es casi tres veces menor (10%)”, lo que las hace más propensas a caer en la pobreza (DANE y ONU Mujeres).

Además, para las mujeres rurales y campesinas es más difícil salir de la condición de pobreza, pues la probabilidad de no tener ingresos propios es cinco veces mayor que para los hombres, indica Dejusticia en la investigación ‘Renta básica feminista: de la utopía a la necesidad urgente’.

Aumenta la carga laboral y de cuidados, disminuye la libertad y autonomía

Desde la separación, Abril ha tenido menos tiempo para tocar los instrumentos que le gustan y que antes estaba estudiando con su expareja. Él en cambio, ha avanzado en su aprendizaje y, consciente de ello, le recuerda a Abril que su avance está detenido. “Yo siempre le digo ‘parce, usted está tocando lo que está tocando porque yo le estoy cuidando sus hijos pa’ que usted viaje y ensaye, y pa’ que usted todo’. Pero encima se ufana de que no estoy tocando tanto”.

Las mujeres que brindan labores de cuidado no remunerado también tienen menos tiempo para actividades de ocio (un 15% menos) y para actividades educativas (11%). Tienen menor posibilidad de hacer otras cosas que no estén relacionadas con el ser madre y buscar el sustento para ellas y sus hijos. Actividades como practicar algún deporte, un arte, estudiar, descansar, caminar, emprender, establecer otros vínculos. Ese cierre de posibilidades, agudizado por las brechas de desigualdad y la presión social, hace que se reafirme ese rol de madre y cuidadora, que algunos desearían fuera el único de las mujeres.

Ante ese desconocimiento de las responsabilidades paternas de cuidado y crianza, María Camila —abogada de la Red— me cuenta que ha atendido casos en los que el padre le dice a la mujer que no importa que lo demande porque igual ambos deben responder económicamente por mitades, desconociendo el tiempo, el espacio, el trabajo que implica el cuidado de los hijos. Por lo que la abogada pregunta y llama la atención: “¿las obligaciones con los hijos se miden solamente en términos económicos y empresariales? Realmente no. Esto hace parte de esa visión patriarcal sobre las labores de cuidado sin ningún reconocimiento ni remuneración. Somos parte del sistema que se aprovecha del cuidado”.

Sí. Somos parte del sistema que se aprovecha del cuidado no remunerado: si este trabajo se pagara en Colombia, equivaldría al 20% del producto interno bruto (PIB), y sería el sector más importante de la economía por encima del sector del comercio, el sector de la administración pública y el de la industria manufacturera (DANE y ONU Mujeres).

Juzgadas, excluidas y violentadas: ¿en realidad a alguien le importa?

Sol Sánchez es activista y cofundadora de la colectiva feminista Bugambilias de Quimbaya (Quindío). Tiene 30 años, y también es madre cabeza de hogar de dos niños de 5 y 9 años. Lleva cuatro años separada de su expareja, quien cada tanto y sin regularidad se manifiesta económicamente con cien o ciento cincuenta mil pesos, suma menor de la que es la cuota, y no vuelve a aparecer hasta unos meses después.

Este semestre, con la ayuda de una amiga que hace parte de su red de apoyo, Sol empezó algo muy importante para su vida y desarrollo personal: la carrera profesional de derecho. A la par, la abuela paterna que con remuneración económica le ayudaba a cuidar los niños, le dijo que ya no lo haría más y le sugirió que le diera ese dinero a su hijo, el papá de los niños, para que los cuidara.

Hasta ese momento y después de cuatro años siendo madre cabeza de hogar, Sol no había pedido ayuda ni había activado la ruta legal por la inasistencia alimentaria del padre.

“Me sentí obligada a activar la ruta no solo porque lo necesitaba, sino también porque necesitaba que entendieran que así no es la vida. Que si el man decide tener dos hijos, no me puede decir que le pague por cuidarlos. Así no funciona la vida ni las normas ni la sociedad”.

Dentro de la conciliación por la demanda, Sol incluyó la exigencia de que el padre cuidara de los hijos el 40% del tiempo, porque comprendió que era necesario que él asumiera su rol de paternidad con los niños, y que ella pudiera tener menos carga de cuidado para así tener más autonomía y libertad como mujer.

Durante estos meses la carga que Sol ha tenido ha sido especialmente dura, de hecho, esta ha sido la época de crisis económica más difícil de su vida, dice. A eso se le suma la carga de cuidados, pero en especial los juicios, señalamientos y estereotipos sociales que descargan en su contra, contra su maternidad, su crianza, la forma en la que existen ella y sus hijos, que incluso la han puesto a pensar en ocasiones en la posibilidad de renunciar a su estudio. “Hay poco respeto por cómo las familias, las mamás, desde su esfuerzo y su dolor están tratando de sacar a sus hijos adelante y de construirse”, denuncia Sol.

Es tan violenta y revictimizante la situación que a las madres se les culpa y responsabiliza incluso por la violencia que el padre ejerce en contra de las y los hijos y contra ellas. Les arrojan un montón de cuestionamientos que comúnmente dejan por fuera a la variable del papá irresponsable, ausente y violento. Así lo cuenta Sol en una publicación en Facebook:

“Comparto el enojo que siento cuando una sociedad justifica la ausencia económica y paternal de un man diciéndole a una, ‘¡No se queje que ese fue papá que usted eligió para sus hijos!’. Pues como les parece que no, dejen de justificar la irresponsabilidad de manes que creen que traer hijos al mundo y no responder es lo único que les corresponde, nosotras las mujeres, las mamás no tenemos por que llevar la carga y el señalamiento de una sociedad por estar llevando una maternidad solas. Cada día esforzando los sueños, proyectos para salir adelante en este país y mundo tan desigual, tan marginal cuando de mujeres y niños se trata, las mujeres no tenemos porque cargar con nada. ¿Porqué lo escribo? Porqué estoy cansada del día a día que vivo y veo, todos los días las mujeres somos atropelladas y cuestionadas. ¿Somos buenas mamás? ¿Porqué demandamos? ¿Quién la manda a tener muchachos? ¿Para que entra a estudiar? ¿Usted debe de estar en la casa? Etc. Etc. Etc. Etc”.

A este punto Abril agrega que mientras ellas son señaladas, culpadas, juzgadas, cuestionadas e incluso excluidas de los espacios que antes compartían con sus exparejas, los hombres no suelen recibir siquiera una sanción social. En su caso, el círculo social sabe que el padre no responde por sus hijos y que él ha ejercido violencia en contra de Abril porque algunos han sido testigos y porque ella misma ha expuesto la situación en sus redes sociales. Sin embargo, no ha visto sanciones sociales para él, pero sí ha tenido un constante y doloroso recordatorio:

“Cualquiera que tenga dos dedos de frente y lo vea a él siempre enfiestado y solo, y yo volteando con los niños se hace un panorama de la situación. No hay que saber mucho para saber cuando un man no está presente y uno lo ve siempre por ahí solito, ennoviado o enfiestado, lo que sea. En cambio la mamá cargando siempre con los niños. Pero eso es algo que a nadie le importa. Y eso es otra cosa que ha sido uffff… he tenido que trabajar un montón: aceptar que a la gente no le importa. Que nadie va dejar de hablarle a él por usted, nadie lo va mirar feo ni le va voltear los ojos. ¡No!, ¡acepte que a nadie le importa que él ejerza violencia contra usted!”.

Casi se puede sentir el dolor de estas madres que se topan con el muro gigante que es la realidad del discurso sobre la supuesta importancia de las infancias y las maternidades. Muros gigantes y fríos que les recuerdan que aunque parezca que su protección es crucial y urgente, en realidad están solas con sus criaturas y con aquellas y aquellos —la mayoría mujeres— que desde sus círculos afectivos apañan sus maternidades.

Un sistema creado por hombres que desconoce la realidad de las mujeres

A casi un año de tener la demanda activa, le dijeron a Sol que el caso iba a ser cerrado porque el padre de los niños no tenía trabajo. “¿Y es mi problema?”, se pregunta Sol. “Yo como mamá tengo que tener trabajo, tengo que responder por mis hijos, como mamá tengo que pagar renta, ¿y él?”.

Algo similar sucedió cuando Adriana solicitó aumentar la cuota alimentaria de sus tres hijos, el padre también argumentó no tener trabajo, a pesar de que, según indica Adriana, él estaba trabajando en Chile en una empresa que le pagaba bien.

Para María Camila, allí hay una falencia y permisividad del Estado. Pues decir que no se tiene trabajo para evadir la asistencia alimentaria es una práctica común en Colombia, en especial porque dados los altos índices de informalidad, es sencillo, dice, evadirse de esas responsabilidades porque normalmente lo que se hace para confirmar si una persona tiene o no trabajo es por medio de los aportes formales a seguridad social:

“¿Y cuántas personas en este país tienen empleo informal y no cotizan? Las tasas son altísimas. Y eso no significa que no tengan empleo y que sus hijos no tengan esas necesidades. Si los hijos vivieran con ellos los papás tendrían la obligación de buscar así sea de manera informal, la forma de cumplir con estas obligaciones”, agrega María Camila.

Para la abogada, esta falencia tiene que ver con que el derecho a los alimentos en Colombia se aplica desde un enfoque empresarial, en el que hay un contrato que “puede” ser incumplido si se demuestra que no se tiene empleo ni bienes, como un crédito bancario, por ejemplo. “Pero en este caso no es un contrato, no deberían darle ese tratamiento porque no reconoce un montón de dinámicas. Así él no tenga trabajo, los hijos tienen que comer. Las obligaciones son distintas, los derechos que están en juego son los de la infancia, el bienestar de la niñez, derechos de especial protección”, enfatiza.

Activar la ruta institucional de protección de este derecho tiene falencias y complejidades, como que las y los funcionarios públicos en su mayoría no aplican el enfoque de género, desestimulan la denuncia con comentarios revictimizantes, no hay celeridad en los procesos, las mujeres se ven obligadas a pactar con sus agresores, entre entidades se tiran la responsabilidad o los servidores públicos encargados a veces no están cuando las mujeres llegan a denunciar, como le pasó a Abril cuando intentó activar la ruta en Chinchiná, Caldas.

“Si uno quiere que pase algo [a nivel legal] hay que estar allá tallando y tallando, y consiguiendo testigos, pruebas, volteando un montón. Es muy desgastante además porque uno está maternando”. Y llevar a cabo el proceso exige tiempo, atención, que otra persona cuide a los hijos; dinero para el acompañamiento legal, para movilizarse y conseguir las pruebas y documentos necesarios, y salud física y mental para continuar y persistir a pesar de las barreras para acceder a la justicia.

La revictimización y las malas prácticas por parte de las instituciones gubernamentales implicadas en la garantía de este derecho son un tema de todos los días y ocurren con mayor frecuencia que las buenas prácticas. Por esto, desde la Red Jurídica han asumido una visión estructural del tema: comprendiendo que todo el sistema penal ha sido construido por hombres y para hombres. Razón por la que el sistema no abarca ni comprende a profundidad las necesidades y realidades de las mujeres en el país y cómo operan las opresiones y desigualdades en su contra. Y precisamente la comprensión de ese problema estructural, dice María Camila, es crucial para poder ejercer presión para que estas realidades cambien.

El apañe: mujeres, amigos, arte, naturaleza, dios

De la finca Adriana prefiere la tranquilidad, los árboles, el paisaje. Ella ha sido de finca toda la vida, dice, es una campesina a mucho orgullo. Pero hace tiempo viene considerando la idea de vivir en el pueblo para así facilitarse el trabajo y las labores de cuidado e intentar otras formas de ingreso, como montar un ropero de segunda para el que ya tiene los insumos principales. De esa posibilidad la distancian al menos cuatrocientos mil pesos, el valor del primer arriendo de una casa o apartamento en el pueblo.

A Abril constantemente familiares y personas cercanas le dicen que por qué no se va mejor para la ciudad (Pereira), que allí puede encontrar mejores oportunidades, gastar menos en transporte, encontrar otros trabajos, jardines para los niños con jornadas escolares más largas, y otros servicios de la urbe que suelen escasear en lo rural. Pero para la forma en la que ella desea vivir y para la crianza que quiere para sus hijos, esa no es una opción.

Vivir cerca al río, entre naturaleza, montaña, silencio y cielo, es una necesidad personal y familiar estrechamente ligada a su bienestar, aprendizaje, recreación, y a la necesidad de sanar la violencia producto de toda la situación:

“Para mí la tierra es curandera, sin lugar a dudas, por esto también he decidido vivir acá. Con la medicina de la tierra y del arte he podido tramitar todo esto que duele tanto de esta situación. De otra manera no sé cómo podría, no sé cómo hacen las otras mujeres de otras realidades. Qué valientes”.

Para Sol y Abril, las mujeres, las amigas y amigos han sido la salvación, han sido la posibilidad de encontrarse en las heridas, las rabias, también en los afectos, el apoyo, la transformación. “Por muy poderosa que sea una en la vida, son cosas que una sola no puede. Y yo he podido porque he tenido una maternidad colectiva, esa red de mujeres feministas, esa comunidad”, me dijo Sol, haciendo también alusión a una amiga que en ese momento de la entrevista estaba recogiendo a su hijo en Quimbaya mientras nosotras conversábamos en Armenia (Quindío) cerca a su Universidad.

Andrea, en cambio, ha vivido este proceso más sola, en especial desde que su mamá murió el año pasado, pues su hermana está en Pereira, y en Belén su círculo cercano es reducido. “Ella estaba pendiente de mí, me llamaba a diario si no estaba en la casa. Entonces me siento como muy sola porque ya nadie está pendiente de mí. Uno siente como que a nadie le importa…”, dice Adriana, y agrega que, a pesar de todo, Dios ha sido muy lindo con ella, él la ha ayudado.

Tener herramientas espirituales y artísticas, observa Abril, ha sido crucial en su proceso para poder sobrellevar toda la situación, el agotamiento, el dolor que le ha generado y genera la situación. En medio de la conversación, me dijo que ella creía en el valor de compartir estas experiencias con otras mujeres para tramitar y sanar:

“Volver esto tan horrible en algo pa’ mostrar, pa’ que la gente lo vea, para que otras mujeres lo vean y sepan que estamos juntas”.

Apenas dos días antes de esta frase y a más de dos horas de distancia de la casa de Abril, Adriana me había preguntado con cierto asombro y en medio del ruido del pueblo entre las montañas, que si entonces esto que ella vivía también lo sufrían otras muchas mujeres…

Sí. “Y sepan que estamos juntas”.

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