La agresión de los Estados Unidos contra Venezuela reveló el rostro más violento y agresivo de la política exterior de ese país, renombarada como la nueva “Doctrina Monroe” o “Doctrina Donroe” -en una clara referencia a Donald Trump-, inspirada en la política del expresidente James Monroe, quien en 1823 sentenció que el continente americano debía ser regido y tutelado por los Estados Unidos.
Bajo esta premisa la potencia del norte cometió invasiones, propició y apoyó golpes de estado e intervinó en la política interna de la mayoría de países del hemisferio occidental durante los últimos dos siglos.
La campaña militar contra Venezuela ha incluido un bloqueo naval que se sumó al bloqueo económico de los últimos años, ataques a botes con el argumento no probado de que transportaban narcóticos, operaciones encubiertas y bombardeos contra las instalaciones militares y civiles del país, y finalmente, culminó con la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro durante una incursión armada ilegal en el corazón de Caracas, acciones que han sido ampliamente cuestionadas, incluso por sectores políticos dentro de los mismos Estados Unidos.
Este hecho sin precedentes en años recientes demuestra que los países poderosos pueden llegar a límites impensables, como secuestrar a un mandatario en ejercicio pasando por encima de la soberanía de las naciones y violando todas las leyes internacionales, sin que haya ninguna consecuencia.
Es el final de las relaciones internacionales basadas en reglas, tal y como se entendían desde que culminó la segunda guerra mundial en 1945.
Venezuela no es el único escenario que revela el fracaso del viejo orden mundial. La guerra de Ucrania con la que Rusia ha conseguido anexarse una tercera parte del territorio de un país soberano es otro buen ejemplo.
El genocidio palestino perpetrado por Israel en vivo y en directo durante años ante los ojos de la comunidad internacional, sin mayores consecuencias para los ocupantes, es otra muestra del final de las relaciones internacionales basadas en reglas y que deberían servir para proteger a los más débiles frente a las potencias militares.
Las Naciones Unidas, un organismo multilateral concebido para mantener la paz en el mundo a través de una gobernanza global, se ha convertido en una institución inútil e inoperante, que no consigue frenar ni limitar las guerras, agresiones y aventuras armadas de las potencias y países poderosos.
Antes las Naciones Unidas desplegaron misiones de paz en países de África, América, Asia e incluso Europa, mediaron en conflictos territoriales entre potencias regionales como India y Pakistán, o tuvieron roles muy discutidos durante las guerras de los Balcanes en la antigua Yugoslavia.
Sin embargo, se las consideraba el órgano supremo donde se dirimían los conflictos globales. Esto parece un asunto del pasado.
Los Estados Unidos anunciaron oficialmente en la segunda semana de enero que se retirarán de todos los tratados y convenios internacionales que no les favorezcan.
En una larga entrevista con el diario New York Times concedida el 7 de enero en el despacho Oval de la Casa Blanca el presidente de ese país, Donald Trump, dijo abiertamente que no le interesaba respetar las leyes internacionales.
Laura Richardson, la exjefa del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos, reveló en una entrevista que los verdaderos intereses de su país en Latinoamérica tenían que ver con mantener el control sobre los ricos yacimientos minerales y las reservas de agua. La agresión a Venezuela buscando apoderarse de su petróleo es una muestra de ello.
Bernie Moreno, un senador republicado nacido en Colombia, muy cercano a Trump, desarrolló una estrategia que fue presentada oficialmente a la Casa Blanca en la que se ve al presidente colombiano Gustavo Petro vestido con un traje de presidiario junto a Nicolás Maduro, según lo reveló la Revista Cambio.