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El ABC de una vida: Armero, Bronx y Corona

Texto

Stephan Kroener

Ilustración

Ángel Balanta

Julio 10 de 2020

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El ABC de una vida:

Armero, Bronx y Corona

¿Cuántas tragedias conforman una vida? ¿Cuántos mundos construyen el mundo interior de una persona? La historia que sigue es la de Orly, un hombre que puede decir que conoce todos los dolores y todas las ausencias.

Conocí a Orly en la calle. No me acuerdo quién me lo presentó ni cuándo exactamente. No le di mucha importancia al principio. Era uno de esos transeúntes efímeros del centro de Bogotá. Un exhabitante de calle que se te acerca un día, aparece y desaparece. Tenía una piel como de pergamino, lisa, casi brillante y una cara prematuramente envejecida por las tragedias. Con rasgos criollos, casi indígenas. Luego de un tiempo, empecé a interesarme por él, por su nombre europeo —Wilhelm Orly Schneider— por sus cuentos fantásticos y su vida trágica. Poco a poco me sumergí en una historia y en una investigación de la que me gustaría emergiera un libro sobre la memoria de Colombia.

Armero

Es la memoria de la tragedia de un niño huérfano tras el desastre de Armero. Un pueblo en el departamento del Tolima, a unas cuatro horas en carro desde la capital colombiana, que fue próspero hasta el 13 de noviembre de 1985 cuando fuera arrasado por una avalancha apocalíptica. Se estima que murieron unas 23.000 personas. Ha sido el peor desastre natural en la historia de Colombia y fue provocado por la erupción del volcán Nevado del Ruiz, un sistema montañoso situado a unos 60 kilómetros de Armero, en el centro occidente del mapa colombiano. Según estudios científicos, el lahar o avalancha de lodo producida por la erupción descendió por el cauce del río Lagunilla a una velocidad de unos 40 kilómetros por hora y alcanzó una altura promedio de 20 metros.

Orly dice que tenía 6 años de edad cuando se salvó de morir en esa avalancha; según su cédula habría tenido 9, pero según su cara trajinada podría tener muchos más. “Había gente corriendo de aquí para allá, otros volviéndose, había gente detrás de nosotros, era el despelote total”, me contó cuando estuvimos a las ruinas de Armero, que hoy son un camposanto. Habíamos ido allá, luego de un año de habernos conocido, para que él se reencontrara con su memoria y recordara su pasado. El “pueblo” —como se refieren los sobrevivientes a su municipio— nunca fue reconstruido después de la catástrofe y muchos de los sobrevivientes se trasladaron a los municipios vecinos. Lo que fue Armero hoy solo existe en la memoria de los sobrevivientes y es un lugar perdido, desaparecido.  

Habitantes de la zona y varios expertos en vulcanología concuerdan en que la tragedia natural fue causada por errores humanos y por la negligencia de un Estado incapaz de manejar la situación. Otros le echan la culpa al ministro de minas en aquel año, Iván Duque Escobar, padre del presidente actual Iván Duque Márquez. Solo unos meses antes de la tragedia, la situación de Armero y la posible erupción del volcán fueron discutidas en el Congreso de la República, pero el ministro Duque descartó las advertencias del alcalde y de un congresista de la zona, y tildó aquella intervención como “llena de dramatismo y un poco de Apocalipsis”.

Orly se salvó resguardándose en una de las lomas que había alrededor del pueblo. Según él, un rescatista lo encontró, le dio ropa nueva y lo llevó en autobús a Bogotá. Solo “los que sacaron del lodo fueron llevados en helicóptero”, me explicó con voz de niño, a pesar de que él ya debía tener alrededor de 40 o 50 años.

Los huérfanos de Armero

Ya en Bogotá, Orly no fue registrado como sobreviviente ni buscado por nadie. Sus familiares más cercanos habían muerto y quienes lo habían conocido quizá pensaron que él tampoco se había salvado. En el caos de los primeros días del desastre se perdieron muchos niños que hoy en día son conocidos como los huérfanos de Armero. La Fundación Armando Armero los busca desde hace más de 10 años. Hasta ahora tiene en su base de datos más de 480 menores de edad reportados como desaparecidos y casi 70 huérfanos adoptados que siguen esperando encontrar a sus seres queridos y raíces.

Muchos fueron entregados a supuestos familiares o dados en adopción en procesos precipitados y descontrolados. Sin averiguar si había familiares vivos o parientes cercanos en otro lado, sin investigar a los padres y madres adoptivos y sus intenciones. Muchas veces estos huérfanos fueron llevados a Europa, Estados Unidos o países latinoamericanos. Fue una segunda tragedia para las víctimas de Armero, que así como la tragedia misma de la avalancha, fue causada por un Estado que se vio afectado por el creciente narcotráfico y la amenaza guerrillera. Solo ocho días antes de la tragedia de Armero un comando guerrillero del M-19 atacó el Palacio de Justicia en Bogotá. La recuperación violenta por parte del ejército se quedó como una herida abierta en la memoria nacional. Fue una muestra de un Estado al borde de fallar, un Estado incapaz de proteger sus ciudadanos.

El Bronx

La cédula de ciudadanía que me muestra Orly para comprobar sus apellidos franco-alemanes lleva la firma de Duque Escobar, del ex ministro de minas, quien fue inculpado públicamente aunque nunca investigado penalmente ni menos condenado por su negligencia en Armero y pudo seguir su paso por las instituciones hasta llegar a ser Registrador Nacional en diciembre de 1999.

Con la cédula, Orly comenzó a existir para el Estado colombiano. Antes había compartido un tiempo bajo el mismo techo con su “rescatista”. Este personaje pronto perdió el interés en el niño, así como la gente perdió el interés en Armero. Orly siguió creciendo sin hogar. Quince años vivió reciclando y de pedir favores. En la calle, tocó fondo y conoció el mundo de las drogas en El Cartucho y en El Bronx.

En los años 90, estos dos sectores del centro de Bogotá eran manzanas enteras de indigencia y exclusión invadidas por la droga y controladas por el crimen organizado. El Departamento Administrativo de Bienestar Social (DABS) confirmó a finales de los años 90 “que la calle del Cartucho presentaba tasas de homicidios superiores a los 1.000 muertos por 100.000 habitantes”. Por esta razón la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió El Cartucho entre 1997 y 1998 como uno de los lugares más peligrosos en el Planeta que no se encontraba en guerra.

La “resocialización” de Orly empezó cuando el alcalde de aquel entonces, Enrique Peñalosa, ejecutó el plan de desarrollo llamado “La Bogotá que queremos” que consistía, entre otros, en demoler la zona de El Cartucho —esa “vergüenza nacional”— para construir encima de sus ruinas el parque Tercer Milenio. Por eso, hay gente que lo llama el cementerio del barrio El Cartucho, porque fue construido encima de la memoria a muchos muertos.

Orly hizo parte del problema del que Peñalosa se quería liberar. El alcalde, presionado por la opinión pública, apoyó diferentes programas de “resocialización” para disminuir el efecto de su plan de renovación urbana. Con ayuda de un programa del gobierno, Orly salió de El Cartucho y de las drogas.

El parque Tercer Milenio queda a solo unas cuadras del palacio presidencial donde hoy reside Duque hijo. De la ayuda estatal que este Duque promueve —o no— para la población vulnerable depende Orly hoy en tiempos de pandemia.

Corona

La pandemia del Covid-19 es otra tragedia que cambió la vida de Orly, después de la de Armero, que este noviembre cumple su aniversario 35, y la de las drogas, que dejó atrás hace ya 20 años. Pero Orly sigue siendo víctima de una sociedad indiferente y de un país amnésico.

Hace dos años emprendí con Orly una reconstrucción del edificio de su memoria. Un edificio que constituye su identidad. Con la búsqueda en archivos, peticiones a instituciones estatales en Alemania y Colombia, y conversando con testigos de su vida logramos comprobar partes de su historia y desmentir otras. Al final, Orly se quedó como un colombiano cualquiera, como un sobreviviente del conflicto armado, como un ejemplo de resistencia.

Pero la vida en El Cartucho y en El Bronx deja cicatrices. La cara de Orly es la de un hombre envejecido, aunque en su cuero cabelludo no hay indicios de una cana. Siempre está cuidando su físico en la manera que puede, bien afeitado y con un corte de moda que le regalan en las escuelas de peluqueros. Por falta de recursos a veces no se puede duchar, pero lo oculta con varias capas de ropa. La nariz de Orly se ve dañada, por golpes o por el consumo de drogas. Hace poco otro golpazo le rompió su sonrisa y le dejó una masacre dental. Pero sus ojos dejan ver la entrada a su ser. Si me preguntaran por una palabra que lo caracteriza sería “suave”. Su tono de voz, su movimiento y sus ojos son de una suavidad que contrasta con su historia.

Ahora esta persona y su historia están en peligro de caer de nuevo en el olvido. Una editorial internacional estaba evaluando la posibilidad de publicar un libro sobre la vida de Orly, en el marco del aniversario de Armero. De haber salido al mercado, este libro hubiera puesto a Orly, por lo menos por un momento, fuera del anonimato. Pero la editorial tuvo que congelar el proyecto a causa de la crisis mundial por causa del Covid-19.

La pandemia también lo afectó económicamente. Ya desde antes de la crisis, Orly estaba al borde de la miseria y ahora se quedó sin ingresos. No volvieron los turistas que lo acompañaban en sus Toures de Sobrevivientes sobre Arte y Memoria, en los cuales Orly mostraba los barrios marginalizados de Bogotá mientras contaba de su vida, guiado por el antropólogo social José Hernando Bandera. Tampoco ha encontrado trabajo como empleado doméstico ni como cuidador de niños y ancianos. Las casas de amigos donde antes recibió ayuda o abrazos fueron cerrados por miedo al coronavirus.

Orly vive en Las Cruces, un barrio en el centro de Bogotá. Paga 5.000 pesos diarios por un cuarto en un inquilinato, en el que veinte personas comparten dos baños precarios. Sin ingresos, se le fueron acumulando las deudas de los días no pagados hasta que su arrendador le puso un candado en su puerta. A partir de ese momento, Orly deambula por las calles vacías del centro ayudando voluntariamente en el comedor comunitario de su barrio o llevando la comida a personas de la tercera edad en situación de vulnerabilidad. Desde que se alejó de las drogas está apoyando a otros. Con esta crisis desatada por la pandemia, su proceso de “resocialización” se ha visto menguado por una sociedad que asimismo se encuentra en un proceso peligroso de perder su solidaridad con los más débiles.

La indiferencia social como otra epidemia

Colombia no salvó a Orly después de Armero, lo perdió y lo olvidó en El Cartucho y en El Bronx. Entre la comunidad de vecinos buscamos pagarle el arriendo, pero no sabemos cuántos meses seguirá esta cuarentena, cuántos meses faltarán para el regreso de los turistas y cuántos meses Orly seguirá sin ingresos.

Hay muchos como él deambulando en el centro de Bogotá. Víctimas del conflicto, desplazados por la violencia, engañados por las drogas. Son los olvidados del Estado y la sociedad. Pero hacen parte de nosotros y de la memoria colectiva de Colombia, son fuentes de historias y hasta protagonistas de libros. No olvidemos las tragedias que sufrieron y no dejemos que esta crisis se vuelva otra más para ellos. La indiferencia social es peor que cualquier virus. Es una epidemia que ha dejado heridas profundas en la historia de Colombia.

En abril pasado logramos publicar un artículo en El Espectador y conseguimos algunas ayudas para pagarle el arriendo. Hay bastante solidaridad entre los vecinos cercanos. Pero es difícil conseguir dinero en un pueblo que está afectado profundamente por las restricciones económicas de la pandemia. Por eso queremos de nuevo buscar ayudas entre los lectores de esta crónica para que Orly y su historia no desaparezcan de nuevo entre las tragedias de Colombia.

 

* Historiador alemán y periodista independiente radicado en Colombia. La crónica “Orly, como el aeropuerto de París” fue su tesis de maestría en la Universidad de los Andes en Bogotá.

*Muchas publicaciones hablan sobre el informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero ninguna se refiere a una fuente directa. Por ejemplo, María Ángela Robledo y Patricia Rodríguez Santana: Emergencia del sujeto excluido. Aproximación genealógica a la no-ciudad en Bogotá. Bogotá, 2008, pág. 173.

 

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