Él, el hombre del servicio doméstico

Texto: Daniela Mejía Castaño
@Ela_mejia
Ilustración: Angélica Jhoana Correa Osorio
@aaangelic_

Él, el hombre del servicio doméstico

Casi siempre son ellas las que barren y estregan. En esta historia es él: Henry, un miembro de la población LGBTI que se ha enfrentado a la discriminación propia de su oficio y de su orientación sexual, además del rechazo de otros miembros de su población por hacer lo que hace: trabajar en el servicio doméstico.

Desde hace más de 20 años, Henry se levanta todos los días a las 5:45 de la mañana. Vive en un barrio popular y debe meterse en un bus durante una hora para llegar a los barrios estrato seis de la ciudad y esperar pacientemente a que le abran las puertas de edificios lujosos. En el apartamento que trabajará hoy, una mujer en levantadora lo saluda sonriente.
       —Hay que cambiar sábanas y lavar baños, en la taza del sanitario hay una mancha desde la última vez. Tiene que comprarse gafas. Ya estamos viejitos y no vemos —le dice en broma la mujer—.  La cafetera está llena. No se le olvide tomar su cafecito antes de empezar.
       Henry entra al baño, se cambia y sale vestido con camiseta blanca, pantaloneta azul oscura y Crocs grises. Va a la cocina, toma el café y enciende la radio. Suenan baladas añejas. La mujer comienza a alistarse para salir a hacer las vueltas del día de una viuda pensionada. Él se apura, empieza a limpiar y a organizar. Ambos tienen una coreografía llena de gentileza, silencios, por favores y un sí señora con mucho gusto. A lo largo del día, Henry cambiará las sábanas, lavará los baños, quitará el polvo de las mesas y las estanterías, barrerá, trapeará, almorzará, planchará y terminará su jornada a las seis de la tarde. Se meterá a un bus con sobrecupo otra hora y media, y llegará a su casa a descansar.
       La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que existen al menos 67 millones de personas trabajadoras del servicio doméstico en el mundo. El 20 por ciento —unos 30 millones— son hombres, como Henry. En Colombia, según la Escuela Nacional Sindical (ENS), son apenas el 4 por ciento. Para la OIT, este oficio se sitúa en el extremo inferior de los trabajadores dedicados a la economía del cuidado porque las jornadas de trabajo son muy largas y los salarios muy bajos.

***

Hace 40 años una partera recibió al último de los seis hijos de Flor de María, a las ocho de la noche en una finca productora de café del municipio de Balboa —pueblo situado a una hora larga al occidente de Pereira—. Fue bautizado como Henry Nelson y en el espacio de los apellidos su mamá solo puso el suyo: Villa.
        A sus escasos ocho años el chiquitito se levantaba antes de las cinco de la mañana para ayudarle a su mamá a moler maíz y entrar la leña. Le seguía media hora de camino a pie por una carretera destapada hasta la escuelita más cercana. A veces no iba; otras veces perdía la ida porque la escuelita era muy retirada incluso para los profesores. Al regresar, limpiaba las marraneras y le llevaba el refrigerio a los trabajadores que su mamá alimentaba. En medio del poco contacto que tenía con personas distintas a su familia, Henry sentía algo diferente dentro suyo pero la mayoría del tiempo se la pasaba jugando entre las montañas, los cafetales, los árboles frutales y las matas de plátano que le servían de deslizadero, así que no le prestaba mucha atención a ello.
        Fue un día, a sus 8 años, justo después de terminar su sesión como explorador de cafetales —un juego que se inventó en donde se perdía con un costal lleno de frutas entre los sembrados para estudiar granos de café—, cuando Henry escuchó por primera vez que se tendría que ir de la finca: el dueño de la tierra le había dicho a su madre que la guerrilla de las Farc lo estaba extorsionando a él y a otros finqueros de la vereda.
       —Hasta que el patrón abandonó la tierra y a nosotros nos tocó salir para La Virginia con lo poquito que teníamos. Mi mamá sabía trabajar en finca y no en ciudad, fueron días duros —dice, mientras hace el mismo oficio que le permitió a su madre sobrevivir después de que se acabaron los ahorros: asear casas de familia.
        Fue ahí, en ese pequeño municipio al occidente de Pereira, con pocas montañas y mucha gente alrededor, donde Henry confirmó su homosexualidad.
       —Había un niño como de dos años mayor que yo, con el que jugaba a construir chocitas de guaduas y esterilla, detrás de una mata de estropajo.

Las paredes de las chozas las llenaban de pétalos amarillos, violetas, palos de madera y pedazos de estropajo. Desde afuera no se podía ver lo que pasaba adentro.
        —Ahí nos dimos el primer beso —me dice—. Es lo que ha definido muchísimo eso. —“Eso” es su homosexualidad—. Me acuerdo de la atracción que tuvimos en ese instante. La inocencia. Todavía no sabíamos diferenciar entre lo bueno y lo malo. Pero yo me sentía agradado por él, me levantaba para verlo llegar del colegio, porque él sí estudiaba, y nos íbamos a jugar. Ese niño era la imagen paterna que nunca tuve, mi protección.
        Después de que a su mamá se le terminaron los ahorros y el trabajo en La Virginia, se mudaron a Pereira a la casa de una tía. Henry creció, se hizo adolescente y obtuvo sus primeros empleos formales. A partir de entonces, empezó a padecer las consecuencias más livianas de la discriminación.
         Alguna vez, mientras se desempeñaba como vendedor de zapatos, su jefe lo puso a cargar un bulto enorme. Henry perdió el equilibrio, cayó al suelo y se pegó en una ceja con el filo de un andén. La cortada le abrió la ceja en dos. Una de sus compañeras de ventas, indignada, le reveló que ella se había dado cuenta de que el jefe lo había puesto a cargar ese bulto dizque para que “aprendiera a ser hombre”. A la semana siguiente, Henry renunció. No quiso darle explicaciones a su jefe cuando le preguntó el por qué. Pero él ataba cabos, escuchaba a la gente hablar, zurcía ideas y letricas: ho-mo-fo-bia.

***

Un día, su hermana mayor llamada Olga Lucía, que trabajaba en el servicio doméstico en casas de familia, amaneció con un dolor insoportable en la espalda. Ya había faltado mucho a su trabajo por asistir a citas médicas y, como no quería seguir incumpliendo, le pidió a Henry que la reemplazara. Henry aceptó y le fue tan bien en este trabajo que pronto fue recomendado en otras casas de familia. Tenía 23 años. Y fue desempeñando este oficio que debió soportar las consecuencias más pesadas de la discriminación.
        —Yo le trabajaba a una señora que tenía un almacén en la casa, le hacía aseo y le ayudaba a atender el negocio. La señora se consiguió un novio menor que ella, que estaba como loco. Le decía que me echara, yo no le gustaba. Hasta que un día, en un ataque de rabia, el muchacho cogió un cuchillo y me lo enterró en el brazo. Me lo cruzó de lado a lado. Afortunadamente, pasó por entre los músculos. Aunque me los lastimó, no me cogió ningún nervio. Pero para recuperarme de eso fue muy difícil.
       Henry cuenta la historia con la mano sobre la encimera de la cocina, con la espalda derechita y sin rabia. Se la pasa así: bien erguido y atento a lo que se le diga, como si en cualquier momento fuera a ser llamado a prestar servicio militar.
       —¿Qué sentiste?
       —No, no me dolió, yo solo vi el chorrero de sangre y me asusté mucho.
       —¿Te enojaste?
       —También.
       —¿Seguiste yendo a trabajar?
       —Sí. Después de que él se fue, pude volver a trabajar con más paz.
       En casas en las que trabajó después fue víctima de otras formas de discriminación. En una no lo dejaban sentarse en ninguna de las sillas de la casa y le obligaban a que se sirviera en platos de plástico y comiera con cubiertos de plástico, nunca en la vajilla. Además, le pedían que se hiciera en la zona de ropas. En otra casa le prohibieron usar los baños, entonces él debía pedir prestado el de la portería del edificio para cambiarse de ropa y hacer sus necesidades. Sin darle importancia a esto, siguió yendo a cumplir con su trabajo a pesar de que la señora de la casa le hizo recoger la basura con las manos y luego le pidió que se las limpiara con alcohol para que le ayudara a cambiar el colchón de lado. Y así, como si ninguno de estos actos discriminatorios fuera suficiente para apagar su voluntad de trabajo, Henry sigue yendo hasta hoy, a sus 40 años, a donde le den una oportunidad.

***

       —Cuando empecé a salir a las discotecas gais un muchacho me invitó a bailar, me preguntó en qué trabajaba y le dije que haciendo aseo. Hizo “¡Aah!” y se retiró. Pensé que físicamente no le había atraído.
       Henry agarra el palo de la escoba para descansar el brazo y continúa:
       —Luego, otro me sacó a bailar y me preguntó: “Cuéntame, ¿a qué te dedicas?”. Le respondí lo mismo y otra vez se rompió el tema. Con el tercero decidí ser más abierto, me preguntó lo mismo y le dije clarito “trabajo haciendo aseo en casas de familia y no tengo sueldo fijo”. “¿Eso es un trabajo?”, me dijo. “Lógico, es un trabajo común y corriente”, respondí. Luego me preguntó que por qué no me valoraba y buscaba trabajo en otra cosita, y se fue.
       —¿Qué sentiste?
       —Eso sí me dolió.
       Henry mira al suelo y aprieta la escoba. Luego me regala una sonrisa melancólica y dice que para evitar volver a sentir ese dolor cambió la explicación. Al que se lo preguntaba le decía que trabajaba en un almacén de zapatos, “porque como yo ya había trabajado en eso, no me dejaba corchar”.
       De a poco lo fue entendiendo.
       —¿Por qué cuando yo decía que limpiaba casas me decían cosas odiosas, pero cuando decía que era vendedor de zapatos ahí sí todos me querían y hasta me pedían descuentos? —me pregunta y él mismo se responde—: Estaba siendo discriminado por mi propia comunidad.
       Según Carolina Herrera, psicóloga clínica de Liberarte, un consultorio psicológico especializado en personas sexualmente diversas, discriminar “es el acto, intencionado o no, que pretende rechazar, humillar, agredir o marginar a otro ser humano por muchos motivos, entre ellos de género y orientación sexual”.
       Prohibirle a un empleado del servicio doméstico que se siente en las sillas de uso común, que coma en los platos en los que todos comen o que utilice los baños del lugar en donde trabaja es discriminación. Pero hay otro tipo de marginación de la que poco se habla, la endodiscriminación, que Herrera describe como “la discriminación que se presenta al interior de un mismo grupo poblacional o comunidad”. Un ejemplo es lo que le ocurrió a Henry en la discoteca donde él creyó que encontraría aceptación, pero encontró rechazo.
       Las consecuencias de este tipo de discriminación pueden ser devastadoras: “Se automarginan, sienten que ni siquiera con otros seres sexualmente diversos pueden tener un espacio seguro, y esto trae problemas como la incapacidad de construir redes de apoyo adecuadas. Si a eso le sumamos que la persona ya ha sido discriminada o rechazada por su familia de origen, el resultado es un proceso de mucha soledad que en algunos casos puede terminar en episodios depresivos y de ansiedad”, explica Herrera.
       En algunos casos, la soledad, la depresión y la ansiedad terminan en suicidio. El Instituto Colombiano de Medicina Legal documentó nueve casos —3 mujeres y 6 hombres, entre ellos un menor de edad— de personas sexualmente diversas que se quitaron la vida durante el 2019 en el país. Pero ignoramos más de lo que sabemos. “Hay estudios sobre el suicidio que, mediante encuestas, han podido revelar que una de las limitaciones para definir este dato —haciendo referencia a la orientación sexual del suicida— es su elusión por causa de la estigmatización de la homosexualidad”, escribió Anderson Rocha, doctor en Salud Pública.
       Para llenar estos vacíos de información, The Williams Institute at UCLA School of Law y Ser Feliz Is Free International Foundation llevaron a cabo una encuesta titulada “Angustia psicológica y personas LGBTI”, que ha sido la más amplia hasta este momento en Colombia. Los resultados: una de cada cuatro personas aseguró haber querido quitarse la vida, el 72 por ciento de los encuestados reportó haber vivido angustia psicológica moderada, tres de cada cuatro personas fueron objeto de matoneo al menos una vez antes de cumplir 18 años y el 25 por ciento fueron despedidos de sus trabajos, o se les negó alguno debido a su orientación sexual o identidad de género. Sin embargo, sobre endodiscrminación apenas si se habla o se investiga.

***

Muy cerca del apartamento que asea Henry, trabaja un exitoso empresario y contador reconocido en Pereira llamado Jairo. Los grupos sociales en los que se mueve saben de su homosexualidad y que lleva más de 20 años con su pareja. Su madre también conoce su orientación sexual, pero con su padre jamás ha hablado del tema. Es un acuerdo tácito entre ambos, su papá siempre les advirtió a sus hijos que detestaba a las “putas” y a los “maricas”.
       Vestido con camiseta de algodón azul y luciendo una modesta cadena de oro en el cuello, Jairo trata de explicarme la situación:
       —Entre nosotros también hay estratos sociales, no estamos exentos. Hay una élite gay que se ha procurado superación. Es verdad, te discriminan por lo que haces. Y escúchame esto —me dice con los dedos entrelazados sobre el respaldo de una silla frente a él—: dentro de los gais, si te van a tratar mal te llaman “peluquera”. Es la forma de ofender agrestemente al otro. Jamás me he enamorado de una persona así, tan femenina, porque, voy a ser explícito, son muy maricas y eso se sale del contorno de lo que los gais queremos respetar para que no nos estigmaticen.
       Le pregunto si es una coraza, una forma de protección.
       —No sé, solo queremos demostrarle a la gente que como somos exitosos, tenemos capacidad económica y nos gusta lo mejor, no nos pueden discriminar por el tema de ser gais. Me ha funcionado, vivo en el estrato socioeconómico que quiero y quepo en todos los círculos sociales. Jamás me he sentido discriminado.
       Luego habla sobre uno de los logros políticos más grande que ha tenido la población LGBTI en Colombia, y probablemente en Latinoamérica.
       —Claudia López es una mujer digna de admirar, pero que no tiene respeto por la sociedad. Ella quiere transgredir, imponer, como quien dice “venga mi comunidad LGTBI que ustedes van conmigo y nos tienen que respetar como sea”.
       Y habla sobre el triunfo.
       —Para que no te discriminen, el éxito es ser respetuoso, que no rompás con esos cánones de la sociedad. En mi apartamento se rompen porque es mi casa, mi espacio, donde mis amigos y yo nos podemos desinhibir.
       Y luego veo a Jairo, un hombre masculino, de voz gruesa y formas fuertes y atractivas, confesarse.
       —Todos nos esmeramos por ser los mejores, para ganarnos el respeto; puede servir como coraza, pero esa coraza nos ha dado el coraje de ser los mejores, quizá para protegernos de que nos digan “esa loca no sirvió”.
       Según la psicóloga Herrera hay lastres más profundos que cargamos en sociedad. “Las personas sexualmente diversas no son inmunes a las prácticas sociales y creencias que se manejan en una cultura. Ellos, al ser discriminados, intentan pertenecer a un grupo privilegiado dentro de la población LGBTI, a través de la marginación a otro segmento menos privilegiado de la misma población”.
       En mayo de 2019, la Personería de Pereira, a través del Observatorio de Derechos Humanos Carlos Gaviria Díaz, realizó una mesa de trabajo con la población LGBTI de la ciudad en la que se descubrió endodiscriminación en varios sentidos. Hacia los jóvenes seropositivos que eran burlados y aislados dentro de la misma población. Hacia los jóvenes que no habían hecho pública su sexualidad y eran tachados de “enclosetados” y poco valientes. Y, por último, hacia personas que presentaban conductas afeminadas visibles y eran evitados por sus compañeros para no ser relacionados abiertamente por la sociedad como personas sexualmente diversas.
       En la capital risaraldense, los 45 casos de discriminación en contra de la población LGBTI que han sido reportados a la administración municipal en los últimos cuatro años dejan más preguntas que respuestas: ¿cuántos de estos actos discriminatorios han sido ejercidos por miembros de la misma población?, ¿cuántas de las víctimas han preferido callar?

***

       —¿Qué clase de comunidad es esa a la que pertenezco si realmente discriminan en rangos y hasta en el rol? ¿Eres pasivo [femenino] o activo [masculino]? Si dos activos se encuentran no pasa nada, son relajados, pueden hablar. Pero, el decir es que si un pasivo se encuentra con otro pasivo se miran por encima del hombro, reparan cómo están vestidos y terminan en problemas porque están conectados a lo femenino. Somos unas locas, un alboroto. El juego es ¿quién tiene mejor cuerpo y ropa? Nos odioseamos porque la discriminación, más que afuera, está adentro, en nosotros —reclama Henry mientras regresa la alfombra a su lugar luego de trapear.
       Uno de los significados que la Real Academia de la Lengua Española (RAE) le da a la palabra comunidad es: “congregación de personas que viven unidas bajo ciertas constituciones y reglas”. Henry no pertenece a ninguna comunidad. En realidad, nadie que tenga una sexualidad o género diverso hace parte de una comunidad —a menos que lo busque activamente—, como sí de una población. Tampoco es verdad que limpiarse las manos con agua, jabón y alcohol disminuya el riesgo de transmisión de infecciones asociadas a la población LGBTI, como lo creyó alguna vez una jefa de Henry. Tampoco debería ser cierto que si una persona sexualmente diversa anula expresiones femeninas tiene más opciones de ser exitosa.
       Todos son convencionalismos, ideas generalizadas que se tienen por verdaderas debido a la comodidad o conveniencia social, y cualquiera puede caer en ellos. La mejor forma de contrarrestarlos es reconociéndolos, plantea la psicología Herrera, porque “todos tenemos prejuicios de distinta índole y el preguntarnos de dónde salieron, si son vigentes o no, y a quiénes puedo lastimar con ellos es un buen primer paso”.
       —¿Qué más haces para que no te duela, para cuidarte? —le pregunto a Henry.
       —Si oigo un chiste discriminatorio entre mi familia o amigos comento que eso no está bien. Y ahora evito lugares donde me hacen sentir mal y trabajo en esta casa, donde la señora me hace café en las mañanas y a la hora del almuerzo me pide que me siente junto a ella para que le haga compañía.

La tierra de Los Almendros

Texto: Laura Rodríguez Salamanca
@Lrodrguezs1
Ilustración:  Daniela Hernández
@Danielailustra

La tierra de los almendros

Van cinco siglos de violencia contra el pueblo Zenú. Sus actuales sobrevivientes ocupan el histórico territorio que fue arrasado por la conquista española. Asediados por todos lo grupos armados vigentes en Colombia, solo esperan que el Estado cumpla sus compromisos.

¡Brrrum, brrrum! ¡Traca, traca, traca! La moto traquetea, salta, se embarra y, por momentos, creo que estamos a punto de caernos encima del pantano rojo. Es época de lluvias y la humedad se siente hasta en la punta del pelo. El mototaxista esquiva zanjas y estiércol de cebú, pasa por encima de ramas atravesadas, sube por tramos de placa huella y supera arroyos que le dan nombre a las veredas.
      En contravía pasan otros mototaxis con pasajeros y carga: yuca, ñame, azadones y palas. Cuando sacudo la cabeza saludando, ninguno contesta. Todos rehuyen a mi mirada y a la de cualquiera. Y el mototaxista me explica la razón: pocos foráneos visitan El Bagre por esos días. Cuando lo hacen, los vecinos se dan cuenta de inmediato y desconfían: piensan que son mineros, empresarios de quién sabe qué mercancía o, peor, periodistas que buscan lo que no se les ha perdido.
       Después de media hora de camino, nos toca hacer una parada. Un camión se enterró en el pantano y está obstruyendo el paso. Mientras el conductor lucha con la cabrilla y la palanca de cambios, los vecinos salvan la valiosa carga: una nevera nueva.
       Voy hacia el resguardo zenú de Los Almendros y el camino está trazado por carteles blancos: “Un atentado contra la Misión Médica es un atentado contra usted”, “El Bagre, territorio de paz”, “La Defensoría del Pueblo pide respetar la vida de los civiles en medio de las confrontaciones armadas”. Estos carteles se dejan ver cada diez minutos y en los intermedios encuentro casas de madera tosca, a medio pintar, con techos reforzados con plástico negro. Casi ninguna, habitada.
       Ya nos habían advertido. Anoche Pablo David, el fotógrafo que me acompaña, llamó a un colega suyo de la Agencia Francesa de Noticias (AFP) pidiéndole recomendaciones de seguridad. “¿Está en el pueblo fantasma? —le dijo—. Hace como dos meses se fueron unas 700 u 800 personas de allá. El editor no nos dejó ir, por la inseguridad”.

***

El resguardo zenú de Los Almendros se encuentra a una hora del centro de El Bagre, en la región del Bajo Cauca antioqueño. Es una zona que en los últimos años ha padecido un aumento de los homicidios y, en general, el agravamiento de la violencia. Según datos de la Policía Nacional, citados por la Defensoría del Pueblo, en el 2018 hubo 45 asesinatos en El Bagre, mientras que en 2017 hubo 11. Para 2019 la cifra fue de 37.
       El Bagre es un municipio de unos 1.500 kilómetros cuadrados —la misma superficie de Bogotá— pero con apenas 51.862 habitantes. Su economía está basada en la minería de oro. De acuerdo con datos de la Agencia Nacional de Minería, entre enero y septiembre de 2019 se extrajeron legalmente casi 58.000 onzas, que junto con las 225.000 producidas en los municipios vecinos de Segovia y Remedios, completaron un tercio de la producción total nacional.
       Después de que la guerrilla de las Farc saliera de la región en 2017, El Bagre se convirtió en área de disputa entre los neoparamilitares de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) —“Clan del Golfo”, para el Gobierno— y la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Más tarde, a mediados de 2018, también entró a esta guerra una disidencia de las AGC conocida como el Bloque Virgilio Peralta Arenas (BVPA), denominados por el Gobierno como “Los Caparros”- 

       El interés de estos grupos por El Bagre se debe a que su ubicación es clave para el tráfico de cocaína, pues está conectado con el Urabá, con el sur de Bolívar, con la costa norte colombiana, y tiene rutas que conectan con la frontera venezolana.

***

Luego de dos horas en la mototaxi, llegamos a la escuela del resguardo: una casa blanca de símbolos patrios desdibujados, excepto un sombrero vueltiao, el máximo ícono de las comunidades zenúes, que está a todo color. La escuela está custodiada por una cerca de alambre, tres gallinas, un matarratón y cuatro vacas. Robinson Benitez, el cacique del resguardo, nos recibe con una sonrisa que achica sus ojos, haciéndolos parecer chinos.
       —Bueeenos días —dice, lentamente, con acento sabanero.
       Nos conduce a su casa y nos invita a una taza de café bajo la sombra de un algarrobo. La taza hierve, pero el café alivia la insolación.
       —¿Ustedes vienen de Bogotá? —pregunta—. Eso es muy lejos, ¿verdad? Aquí vienen funcionarios de un lado y otro a llevarse nuestras inquietudes, a escuchar las necesidades. Pero se van y si uno no está llame y llame, se olvidan de nosotros.
       Un par de minutos después se nos une una mujer, que puede tener unos 60 años. Recarga energía con el tinto. Dice que ha caminado una hora a pleno sol por entre el monte. Y nos pregunta que si venimos de Bogotá.
       —¿Ustedes son los de la reunión?
       Creo que la reunión es la entrevista que había acordado con el cacique Benitez días antes, cuando lo conocí en Medellín y le prometí venir hasta aquí. Él mismo nos ayudó a coordinar el transporte, que se le debía encargar a alguien de su entera confianza por la situación de seguridad en la zona.
        Pero parece que no. Mientras recorremos el resguardo, más me confundo. La gente nos ve —al fotógrafo y a mí— y le repite al cacique lo mismo: ¿Ellos son los que van a hacer la reunión? ¿Ellos son los que vienen de Bogotá? Cuando Robinson lo niega, nos miran decepcionados. Ocurre con Ana, una mujer de ojos grandes, de ascendencia zenú y embera eyabida. También con otro miembro de la gobernanza del resguardo y con un par de ancianos que se protegen del sol en un ranchó de tablones.
        Solo hasta que pasamos el puente de tablas que atraviesa la quebrada Las Negritas, Robinson nos cuenta lo que ocurre.
        —Anoche, y es la tercera vez que pasa, el veterinario del SENA que tiene que hacernos la capacitación del ganado me llamó para decir que no venía. Eso es lo único que nos falta para empezar el proyecto productivo que nos dieron porque nosotros perdimos mucho en el conflicto. Desde el año pasado estamos en las mismas, con la plata en la cuenta, pero no podemos invertirla si no viene. Y ese ganado sirve para que podamos permanecer en el territorio.
       Pero este incumplimiento es solo el más reciente de una centenaria cadena de abusos y explotaciones que se remontan a la conquista española.

***

—Los viejos de nosotros se movilizaron como en 1955 para Antioquia. Venimos nacidos de Sotavento, pero nos acabamos de criar por aquí. Estuvimos unos años en Caucasia y luego nos vinimos pa’quí. Entonces mi papá se ubicó en este territorio, que era tierra baldía. Compró un pedazo de monte que él había tumbado —dice José Montalvo, casi 70 años, uno de los mayores del resguardo.
        —¿Por qué se vinieron para acá?
        —Ellos cuentan que mi papá no tenía tierra en donde trabajar. Aquí la tierra producía plátano y eso le gustó. En cambio, allá tenía poquita y no daba para sostenernos a todos, que estábamos pequeños. Así que se quedó aquí y aquí nos dejó. Éramos nueve hermanos.
        —¿Y los nueve se quedaron?
        —Al principio sí, pero después con la vaina de la violencia se fueron unos para el pueblo. Pero nosotros preferimos quedarnos. Si arrancamos pal pueblo vamos a sufrir más. Al menos aquí tenemos un poquitico de acción, pero afuera no —responde con la cabeza gacha.

***

Como cuenta Rubén Hernández, cacique del resguardo El Noventa, el pueblo indígena zenú nació en el territorio bañado por los ríos Sinú, San Jorge, Magdalena, Cauca y Nechí, una región hermosa, plana y fértil. Fueron tan importantes en la época precolombina que, doscientos años antes de Cristo, empezaron a construir un sistema de canales y drenaje que les permitía controlar las inundaciones y adecuar la tierra para cultivos y vivienda. Pero por estar situados en una zona plana, fueron fácilmente sometidos y esclavizados por los conquistadores españoles. A diferencia del pueblo embera que sí pudo huir hacia las partes altas de las montañas.
       En 1773 la Corona Española les escrituró un terreno de 83.000 hectáreas entre lo que hoy son los departamentos de Córdoba y Sucre. Allí constituyeron el resguardo San Andrés de Sotavento. A principios del siglo XX, el Estado disolvió algunos resguardos coloniales en toda Colombia entre los que estaba el zenú, con el argumento de que ya no había ‘indios’, porque habían perdido su lengua. Hacia los años cincuenta, en medio de la violencia partidista, “los terratenientes empezaron a arrinconarlos y a quitarles esas tierras. Muchos salieron huyendo y se dispersaron porque los habían expropiado”, dice Hernández.
        No se sabe cuántos llegaron a las zonas apartadas del Bajo Cauca, pero lo cierto es que al dispersarse y no expresarse en lengua propia, empezaron a ser reconocidos con una identidad campesina, no indígena. La comunidad de Los Almendros nació en ese desplazamiento. Hasta este lugar llegaron siete familias que, con el paso del tiempo, se fueron reconociendo a sí mismas como zenúes y se unieron para gestionar su gobernabilidad, recuperar sus costumbres, rituales y adquirir herramientas que les permitieran conservar el territorio. Hacia 2005, estas familias juntaron sus tierras y las donaron a la comunidad para darle vida a su propio resguardo. En 2009 lograron la titulación colectiva por parte del Estado. Hoy suman más de 280 personas.

 

***

Petronia Montalvo es hermana de José. Pero no llegó al resguardo con él, sino años después cuando una tía la sacó de San Andrés de Sotavento. Tiene 76 años, pero pocos surcos en las manos y solo un par de canas se asoman en su cabello negro. Está sentada con su hermana, Antonia, en una esquina observándome con curiosidad mientras converso con los demás. Entonces me le acerco y me dice:
        —Sí, es verdad que uno en el campo está como más bien. Las veces que se metió la violencia esa, nos fuimos toiticos a pie pa’l Bagre, con todos esos pelaos apenas con la mera ropa en el cuerpo. Y allá, todas las veces que hemos ido nos ha tocado aguantar hambre. Por eso siempre volvemos cuando está bueno. Uno por acá se crio, siembra yuca, plátano, cría a sus marranitos y sus pollos para la liga. A veces le he dicho a mi marido: “ay, construye un cambuche en otro lado. Yo no vengo más por acá”. Pero luego me arrepiento porque ¿cómo vamos a dejar la casita?, ¿cómo vamos a dejar que se la coma el comején?
        Cuando ella termina de hablar, José me susurra algo:
        —Hasta ahorita ha estado quieto porque los demás grupos armados no han llegado todavía. Pero hay muchos rumores de que van a entrar.
        Además de hacer parte de un municipio priorizado dentro de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), el resguardo Los Almendros fue declarado por la Unidad de Víctimas como sujeto de reparación colectiva. Sin embargo, de las cuarenta medidas de reparación que, según Robinson, fueron concertadas con el Estado solo se ha cumplido una: volver a celebrar el “Festival del bollo”, que había dejado de realizarse, como muchas otras reuniones, por miedo a los enfrentamientos armados, y que es un evento que los conecta con sus raíces y reivindica su identidad indígena.
        Las demás —entre las que se cuentan, por ejemplo, la reactivación económica de las mujeres a través de la artesanía, el reconocimiento y la siembra de sus semillas tradicionales y la construcción de un puente y una placa huella— están en veremos, mientras que las necesidades de la comunidad apremian.
        El mayor deseo de Robinson y de los zenúes de Los Almendros es que la próxima moto que llegue, que atraviese el camino de barro y arroyos, sea la que traiga el veterinario que les va dar capacitación. Han pasado más de seis meses y nada que viene.

Despacho # 4 “No tenemos cómo defendernos de la epidemia”

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Maria José Porras
IG: @iofi.bina

Despachos de la pandemia (desde el encierro)

Despacho #4 

“No tenemos cómo defendernos de la epidemia”

Ayer 11 de abril, el reporte del Instituo Nacional de Salud confirmó el primer caso de un infectado por Covid-19 en Quibdó, Chocó. Los habitantes de esta ciudad le temen a la enfermedad, pero como tampoco quieren morir de hambre se arriesgan al contagio trabajando en la calle. La crisis los ha puesto entre la inanición y el virus. 

A comienzos de abril, hace apenas unos diez días, circuló un video en redes sociales que mostraba lo que estaba sucediendo en la plaza de mercado de la ciudad de Quibdó. Una cantidad incontable de embarcaciones pequeñas —entre las que había canoas, botes y lanchas— se encontraba descargando pescado y plátano en la plaza de mercado a orillas del río Atrato. Mientras unos bajaban estos alimentos, otros se dedicaban a limpiar el pescado, a desescamarlo y a repartir el plátano. La gente subía y bajaba, se saludaba, sonreía, conversaba. El lugar se encontraba atiborrado de campesinos que recién habían llegado de sus comunidades para vender estos productos. Era el primer día de subienda y el bocachico aleteaba abundante entre los canastos de los pescadores.
       No era una escena exótica o irreconocible, salvo por el detalle de que ya regía la orden presidencial de cuarentena en todo el país. Ninguno de los rostros del video —que era un clip casero tomado con celular— estaba protegido con mascarilla o tapaboca, ni nadie se distanciaba de nadie los dos metros recomendados. En esta plaza de mercado, al menos durante ese primer día de la subienda, parecía no existir el temor a contagiarse del virus Covid-19. “Han sido días normales en el mercado”, me confirmó ‘El Murcy’, un joven fotógrafo raizal llamado Jeison Riascos. “Se ve lleno de gente porque aquí se vive de lo que se produce en el día a día. Muy pocos se pueden quedar en su casa sin hacer nada”.
       A unas cuantas cuadras de allí, en una calle peatonal conocida popularmente como la Alameda, sucede algo parecido. Los vendedores estacionales y ambulantes que habitualmente llenan este sector con sus puestos de trabajo no han dejado de hacerlo a pesar del decreto de aislamiento social. “Tenemos que ser flexibles”, me dijo Javier Moreno, el secretario de gobierno municipal. “Sabemos las condiciones de pobreza de estas personas y por más ayudas humanitarias que entreguemos no damos abasto para suplir todas las necesidades de la gente”.

       Quibdó está habitado por unas 130.000 personas y es la capital del departamento del Chocó. Territorio selvático cruzado por ríos largos y caudalosos. La región colombiana más extensa sobre la costa del oceáno Pacífico. En varias oportunidades, las mediciones han permitido concluir que este es el lugar con el mayor índice de necesidades básicas insatisfechas del país; en otras palabras, el más pobre. También es uno de los más afectados por el conflicto armado y hoy, luego de tres años de firmado el acuerdo de paz entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las Farc, sigue siendo escenario de enfrentamientos armados, combates, bombardeos y desplazamientos forzados masivos. Según Moreno, al menos el 30% de la población de Quibdó es víctima del conflicto armado.
       A estas cifras se suman la de desempleo y la de ocupación informal. En una ciudad sin industria y sin fuentes de trabajo numeroso, en la que el mayor empleador es el Estado, la cantidad de gente desempleada ha rondado el 19% desde hace dos décadas. El indicador de 2019 fue 18.9%. Cifras que representan casi el doble del porcentaje consolidado nacional, cuyo registro más reciente fue del 10.5%.
       Y luego, las cuotas de informalidad: de acuerdo a las estimaciones de la Secretaría de Gobierno de Quibdó cerca del 65% de la población vive del rebusque diario. Esto quiere decir que unas 70.000 personas pisan la calle todos los días persiguiendo el sustento cotidiano. Los tres sectores más representativos de este rebusque son: uno, la minería informal y la madera que son los campesinos que hasta antes de este encierro llegaban a Quibdó, provenientes de zonas apartadas, a vender oro y madera en las compraventas; dos, los campesinos cultivadores y pescadores, que así como se ha visto en estos días de subienda, arriban a la plaza de mercado a dejar lo que cosechan en la semana; y tres, los conductores de moto que transportan gente por la ciudad y que son conocidos como ‘rapimoteros’.
       Tras la cuarentena, los mineros y madereros no han vuelto a vender nada porque las compraventas permanecen cerradas. Los cultivadores y pescadores han vendido mucho menos que siempre porque la demanda se ha reducido a menos de la mitad. Y los rapimoteros, prácticamente, tienen sus motos quietas.

       Jaminton Robledo es un líder social de los barrios del norte de Quibdó. Esta zona de la ciudad se ha ido levantando desde hace unos 25 años para reubicar a las familias víctimas del conflicto armado que debieron desplazarse de sus comunidades lejanas y venirse para la capital. A juicio de Robledo esta zona puede estar habitada por unos 40.000 chocoanos que antes de haber sido violentados por la guerra se dedicaban a las labores del campo. En promedio, cada casa puede estar habitada por siete personas: papá, mamá, hijos y algún nieto.
       “Los trabajadores más afectados del norte de Quibdó son los rapimoteros y los peluqueros”, me dijo. “En general, población joven”. Hay familias que dependen exclusivamente de lo que produzcan sus hijos peluqueros o rapimoteros. Es difícil encontrar familias con hijos en carreras universitarias o desempeñándose en puestos de trabajo formales en oficinas. El ejemplo usual podría ser que el papá, si no es muy viejo, trata de ganar algo de dinero —unos 10.000 pesos diarios— como vendedor ambulante; la mamá, si no está enferma, se encarga de los trabajos domésticos y recibe ayuda de sus hijas menores; los hijos mayores, si tienen moto, voltean todo el día y parte de la noche transportando gente y pueden ganarse unos 20.000 pesos en total. Pero si no tienen moto, siguen los pasos del papá ofreciendo alimentos o cachivaches en las calles del centro de Quibdó. En conclusión: hasta antes de la cuarentena una de estas familias vivía con unos 30.000 pesos diarios.
      “Y ahora nada”, agregó Jaminton. “Los rapimoteros llegan hasta el puente de Huapango, que es la división del norte con el centro de la ciudad. Ahí miran si les sale una carrera, si no hay policía haciendo controles, si pueden seguir trabajando. Se arriesgan a que las autoridades les quiten la moto y les impongan un comparendo por violar la cuarentena”.
       No hace mucho, Jaminton acompañó la repartición de 200 mercados que la Secretaría de Inclusión Social del municipio distribuyó entre los adultos mayores del norte de Quibdó. “Cada mercado era un pollo, unos pescados y unos plátanos. Comida para el día de una familia”. Alrededor del punto de entrega se aglomeraron personas jóvenes que no iban a recibir esta ayuda. Uno de ellos que es rapimotero le dijo a Jaminton: “Profe, deme un mercadito a mí. Estoy llevado. No tengo nada en mi casa y mi familia depende de mí”. Jaminton no pudo ayudarlo. Los funcionarios de la Secretaría le contestaron al muchacho que más adelante habría ayudas humanitarias para otros sectores de la población.
       “Aquí al norte de Quibdó no ha llegado ninguna otra ayuda humanitaria más que esos 200 mercados”, me dijo Jaminton. “El Gobierno Nacional los ha anunciado, la gente los escucha, pero no se han visto. Tenga en cuenta la cifra: 200 mercados para una zona que tiene 40.000 habitantes”.

       Uno de los barrios más representativos del norte de Quibdó es El Reposo. Tiene tres etapas, la última de las cuales se llama ‘Dos de mayo’ y surgió como solución de vivienda para los desplazados de la masacre de Bojayá —ocurrida el 2 de mayo de 2002—. Uno de los líderes más queridos por los jóvenes es Jonathan Martínez. Hace unos meses que lo conocí me dio una de las definiciones más esclarecedoras y sencillas de lo que significa ser líder social en un suburbio marginal: “Ponerle siempre la cara a los problemas que uno puede ayudar a resolver”.
       En este barrio, Martínez creó una escuela y grupo de baile llamado Black Boys Chocó que hoy agrupa a más de 200 niños. Durante esta cuarentena, este grupo ha querido suavizar el encierro compartiendo videos de baile que pueden ser tutoriales para un aprendiz —veánlos y sigan la cuenta aquí —. “Queremos que los niños se queden en la casa y se cuiden, que no tengan que salir a la calle a rebuscarse el sustento de sus familias. Pero para eso necesitamos que el Gobierno Local ayude, que la Presidencia ayude”.
       Jonathan me dijo que en El Reposo la gente está cumpliendo la cuarentena a medias. Y que es entendible. Solo unas pocas familias pueden quedarse en sus casas y seguir aguantando. Pero la mayoría, no. Él teme que en medio de esta crisis algunos de los jóvenes que se sientan inútiles, olvidados por el Estado y hambrientos se pasen a la delincuencia. “Es lo que aquí puede suceder. Las bandas delincuenciales están ahí, son una opción y los jóvenes no van a dejar morir de hambre a sus familias ni a ellos mismos. Todo el trabajo de paz y tejido social que hemos construido en estos años en El Reposo se puede dañar en esta crisis”. Agregó que con el anuncio de la extensión de la cuarentena las familias del norte de Quibdó quedaron en vilo porque ya están en el último momento de resistencia. “Si el Gobierno no le da de comer a la gente, la gente se va hacer sentir. No solo van a violar la cuarentena, sino que nadie evitará que saqueen los supermercados. El día de la quema se verá el humo”.

El día en que la Organización Mundial de la Salud le recomendó a los países del mundo que la mejor estrategia para empezar a mitigar el contagio del Covid-19 era el aislamiento social —el encierro de los infectados, la cuarentena y el cierre completo de ciudades— los países pobres contestaron que es una medida funcional para países ricos o sin graves carencias de empleo, sin hambre y con el sustento asegurado. Pero en los pobres, donde la comida diaria depende de lo que sea capaz de producir cada persona en el día, el aislamiento social solo agrava el problema porque pone a la gente entre dos opciones: el hambre o el virus.
       “No nos ha llegado nada de las ayudas humanitarias por parte del Gobierno Nacional”, me dijo Javier Moreno, el secretario de gobierno municipal. “En el hospital de Quibdó solo hay 28 camas de cuidados intensivos y el departamento tiene más de 500.000 habitantes. Al personal médico que labora allí se le deben más de seis meses de salarios. No tenemos cómo defendernos de la epidemia. Ayúdemos con esta publicación, que el Gobierno Nacional sepa que estamos a merced del virus”.
       “Aquí la gente sabe que si no trabaja no come”, me dijo El Murcy. “Mientras deban seguir yendo a la plaza de mercado a ver qué consiguen, seguirán yendo. Nadie se va a quedar quieto”.
       “La gente ya está desesperada. Yo calculo que pueden aguantar tres o cuatro días más, pero si no reciben ayuda nadie va a esperar a que termine la cuarentena el 27 de abril. Se la van a jugar: ‘o me mata el virus o me mata el hambre’”, me dijo Jaminton.
       Y Jonathan cerró: “Yo le digo al Presidente: póngase la mano en el corazón y ayude al Chocó”.  

Despacho # 3 “Aquí nadie quiere infectarse”

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Maria José Porras

Despachos de la pandemia (desde el encierro)

Despacho #3 

“Aquí nadie quiere infectarse”*

La epidemia avanza. Con el encierro de la gente, el país ha ganado tiempo para tomar mejores desiciones e ir ajustando la estrategia que detenga el contagio. La pregunta que nos hacemos ahora es por los médicos: ¿cuáles son sus angustias actuales? ¿qué implica querer curar a sabiendas de que muchos infectados van a morir?

En la segunda semana de marzo, hace escasos veinte días, Europa central se convirtió en el epicentro mundial de la pandemia del Covid-19. Las noticias emitidas desde Italia y España solo referían cifras de contagio en decenas de miles y un promedio en cada uno de estos dos países entre 700 y 800 muertos por día. Mientras que la región más afectada de Italia era —es— Lombardía, la de España era —es— Madrid y alrededores.
            Una amiga mía vive hace dos décadas en la capital de España y se desempeña como médico especialista en rehabilitación ósea. Dadas las circunstancias, me dio por escribirle y pedirle, en la medida de lo posible, que me concediera una pequeña entrevista sobre lo que ella estaba atestiguando. Amigos en común me habían informado que ella está clavada trabajando en una clínica que solo atiende pacientes de Covid-19. Como en principio su especialidad no tiene nada qué ver con los tratamientos que obliga esta infección, pensé que no era atrevido y oportunista hacerle mi petición. Ella, en tono afectado, me escribió un mensaje de vuelta diciéndome que no, que no era “un buen momento”, que su suegra estaba internada en condición grave y que ella estaba padeciendo un nivel alto de estrés y ansiedad. “Estoy emocionalmente hundida”, zanjó.
            Si algo ha entrado en crisis con esta pandemia es la salud mental de los profesionales de la atención médica. En unos pocos días, especialistas en áreas clínicas como internistas, neumólogos, infectólogos, urgentólogos, cardiólogos, entre otros, pasaron de vivir un estrés laboral rutinario a uno en grado máximo e inevitable. “Antes no me tocaba ni una alerta naranja en el día; ya en este momento recibo cinco o seis diarias. Y eso que acá no hemos llegado al momento de máximo contagio”, me dijo un internista de una clínica privada de nivel 4 en la ciudad de Pereira a quien llamaré G.
            Las preocupaciones que rondan ahora a los médicos pueden ser tres: primera —la más importante según entendí—, es que el sistema de atención colapse, que los infectados lleguen a ser tantos que no se puedan atender. Segunda, que ellos y el resto del personal médico se contagie y lleve el virus a su casa. Y tercera, que la información científica sobre el virus apenas está siendo concretada en el mundo y, en general, la enfermedad sigue sorprendiendo.
            Vamos una por una.

El colapso

A comienzos de marzo, luego de que supimos del primer contagiado en Colombia, llamé a G para que me diera su opinión sobre lo que podría pasar en el país. G, debo decirlo ya, es el médico que me ha atentido hace años y con quien he desarrollado suficiente confianza para hablar sin misterios sobre la ortodoxia de la medicina. Su conocimiento clínico ha sido probado dentro del gremio reconociéndolo en varias ocasiones como uno de los diez internistas más sabios del país.
            De entrada me dijo “nos llevó el putas” y citó una cifra con la que quería probar su pesimismo: “En Colombia no tenemos más de 7.000 ventiladores o respiradores mecánicos, y los modelos matemáticos indican que en el pico del contagio necesitaremos unos 23.000”. Un mes más tarde, es decir ahora a comienzos de abril, volvimos a hablar del tema y me contó que en la clínica para la que trabaja ya hay ocupados tres ventiladores de los veinte que tienen. “Está claro que los vamos a ocupar todos en pocos días, mucho antes de alcanzar el mayor número de infectados”, dijo. Añadió que aunque en el país se estaban habilitando clínicas abandonadas —como las que quedaron cesantes tras la quiebra de la EPS Saludcoop— y se estaban adaptando amplios espacios techados como si fueran hospitales de campaña y desocupando pisos completos de clínicas para empezar a acomodar pacientes de Convid-19, el problema era la falta de equipos de soporte pulmonar: balas de oxígeno para cada cama nueva habilitada con pacientes de síntomas moderados a severos, y ventiladores para cada cama de cuidados intensivos. “Hay universidades públicas que han creado modelos de ventiladores más baratos, pero quién sabe si podremos llegar a usarlos tan rápido como los vayamos a necesitar”.
            Desde Buenos Aires, Argentina, otro internista me describió lo que para ellos allá será el colapso. En ese país se han registrado más de 1.400 infectados y van 43 muertos, cifras que Colombia está cerca de manejar. Sus agravantes son dos: que durante el mes de enero, una cantidad indeterminada de porteños se encontraba en Europa, especialmente en Italia, cuando la infección corría impunemente entre la gente y todavía no se había manifestado con síntomas mortales y no parecía preocupar a nadie. A su regreso a la Argentina, estos viajeros esparcieron el virus sin darse cuenta. Y desde el 23 de marzo, día en que las autoridades sanitarias registraron el primer caso sin vínculo epidemiológico —sin poder rastrear cómo se contagió—, la ciudad de Buenos Aires se encuentra en la fase tres de la epidemia, es decir en ‘transmisión comunitaria’. Este internista, a quien llamaré M, me dijo: “Acá ya no se requiere que una persona haya venido desde un país pandémico o que haya tenido contacto cercano con un viajero de un país pandémico. Acá cualquier persona con los síntomas ya es un probable caso de Covid-19”.
            Lo más inquietante, a su juicio, es que las pruebas RT-PCR han mostrado resultados de falso negativo muy altas, hasta de un 41%. Pacientes que en la primera prueba dieron negativo y a los cuales se les pudo hacer una segunda ya dieron positivo. “Tenemos un subregistro de los positivos. En teoría, debería ser el 20% de los infectados, pero como ese 80% restante no presenta síntomas va por ahí contagiando mínimo a tres personas más”.
            Dice que los médicos más viejos han sido mandados para la casa por indicación de la clínica para la que trabaja, que les ordenaron estar en aislamiento y alejados de la práctica profesional para evitarles el contagio. Y dice que lo más grave está por venir cuando las temperaturas de la ciudad bajen con el cambio de estación y se pase de otoño a invierno: “Vamos a entrar en la época de Influenza estacional y ante la similitud de los síntomas, vamos a atender a todos los pacientes como si tuvieran Covid-19. Esto va a colapsar”.

Llevar el virus a casa

A M le sucedió. Uno de los primeros pacientes que recibió en la clínica por sospecha de Covid-19 fue una mujer recién bajada de un crucero por Europa. M aisló a la mujer y esperó el resultado de la prueba. Horas más tarde recibió al hijo de esta paciente y le dio igual trato: aislamiento preventivo, pero quedó pendiente la toma de la prueba según el resultado que arrojara el de mamá.
            Al día siguiente, otro internista compañero de trabajo le dijo a M que el resultado de la prueba de la mujer había dado negativo. M verificó el dato entrando a la página web del ministerio de salud argentino y leyó: “negativo”. Se dirigió, entonces, a la habitación del hijo de la mujer. Revisó los exámenes regulares de laboratorio y las radiografías de pulmón. El paciente no tenía fiebre ni mayores síntomas y en las radiografías no se notaban cambios que dejaran ver el inicio de una neumonía. M entró a la habitación del paciente rompiendo el protocolo de riesgo: sin barbijo ni guantes ni traje protector. Le dio el alta y lo mandó para la casa. Esa noche, M recibió una llamada del director de la clínica en la que le advertían que el resultado de la prueba de la mujer había sido un falso negativo, que le habían practicado la segunda prueba y había arrojado positivo. La señora sí tenía el Covid-19 y en consecuencia el hijo también podía tenerlo. El director le indicó a M que se aislara, pero ya era tarde. M vive en un monoambiente con su esposa. Si había quedado infectado, ella también lo estaba. La pareja conversó las posibilidades: qué les podía pasar, cuál era el riesgo de agravarse y ser internados en cuidados intensivos. Al día diez de su encierro, el médico de la clínica lo llamó de nuevo para decirle que las dos pruebas que le habían practicado al hijo de la señora habían dado negativas, que no estaba infectado. M sintió que le volvía la vida. “Mi esposa y yo somos jóvenes y no tenemos otras enfermedades, pero con este virus no se sabe qué pueda pasar”.
            G no ha sufrido de un susto equiparable, pero dice que la falta de equipos de protección si ha sido un grave error de procedimiento. Hace una semana recibió una alerta naranja. Debía atender a una paciente recién internada con todos los síntomas del Covid-19. G no tenía un barbijo de tipo N95 —el adecuado para evitar el contagio—, apenas una mascarilla de protección quirúrgica. Salió del consultorio y habló con el grupo de médicos que estaban en ese momento en el piso de atención y les pidió el favor de que lo relevaran. Una médico sí tenía ese implemento, aceptó tomar el lugar de G y fue a ver a ese paciente. “Mi sistema inmunológico se inflama muy fácil —me dijo G—. Si a mí me llega dar ese virus, me saca de camino fácil”. En su jerga, ‘me saca de camino’ quiere decir ‘me mata’. Y en caso de que no, su otro gran miedo es llevar la infección a su casa y contagiar a su esposa —enfermera de profesión— y a su hija que es una niña menor de diez años. “Mi esposa está sufriendo de ansiedad por el riesgo que estoy corriendo. Y si le contagio el virus a mi hija no se sabe qué le pueda pasar. Es falso que a los niños no les pase nada. Ese virus es una porquería. Enloquece el sistema inmunológico; en la nariz este virus se multiplica mil veces más que el coronavirus del SARS y si llega a bajar a los pulmones, cuente con una infección severa. No hay manera de que sea leve”.
            Otro médico de los que entrevisté y que trabaja en atención domiciliaria me reveló que hace unos veinte días, cuando los casos de contagio en el país apenas estaban empezando, los médicos de una clínica privada le pidieron a los directivos que los confinaran en un hotel mientras trabajaban en la pandemia. Esa clínica ya había recibido tres casos graves que se estaban debatiendo entre la vida y la muerte en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), y los médicos advertían que sería así de ahí en adelante. “No querían llevar el virus a su casa”, me dijo este médico a quien llamaré D. “Pero la clínica les dijo que no, no iban a correr con ese gasto”. Desde entonces, los que han podido se alejaron temporalemente de sus familias mudándose de cuenta propia a unos apartamentos cercanos a la clínica. “Nadie quiere infectarse y estamos resolviendo cada cosa que resulte día tras día”.

La infección sigue sorprendiendo

Hace cuatro días, D llegó a la sala de urgencias de una clínica privada con un paciente que presentaba una infección en los riñones. Se trataba de un caso cotidiano en su trabajo, nada relacionado con el Covid-19. Luego de gestionarle el ingreso, se puso a hablar con el médico urgentólogo que estaba a esa hora como jefe de sala. En eso, una ambulancia arribó a toda prisa y se bajaron dos camilleros vestidos con los trajes de riesgo biológico. Abrieron las puertas y descargaron un paciente que habían recogido con todos los síntomas graves de la epidemia, incluida la dificultad evidente para respirar. D los vio moverse con premura y preocupación. Y vio que al médico jefe de urgencias lo empezaron a vestir con los implementos de protección que tenían a la mano: una mascarilla de tela, nada comparable al barbijo N95, guantes y una bata común. Una enfermera gritó: “doctor póngase una segunda bata encima”, y resultó que no había más. Lo que a continuación vio D le causó una sensación de risa y derrota: la aseadora que venía saliendo de un pasillo se quitó su delantal amarillo y se lo puso al médico. “Fue increíble, ese pobre médico quedó con atuendo de carnicero y así salió a recibir al paciente”, me dijo D. Y una vez cruzó la puerta de salida, se encontró con los camilleros de la ambulancia y se dispuso a ver el paciente, se dio cuenta de que había muerto. “Todo fue muy rápido —añadió D—. Según parece, esa persona presentó síntomas repentinos, se demoró un día para llamar a la ambulancia, y vea”.
            Aunque D no se enteró después si a esa víctima le practicaron la prueba de Covid-19 para asegurarlo como muerto de la epidemia, fue claro para él que el deceso se produjo por complicaciones respiratorias. Lo increíble, me dijo, es que unos días antes él había visto los exámenes de dos pacientes graves —una pareja, de 46 años el hombre y 41 la mujer— que se encontraban en UCI en coma inducido. Las placas de los pulmones de ambos mostraban un avance severo de la infección. “En 24 horas se había doblado el daño hecho por el virus. Miedoso. El médico que seguía el caso, las enfermeras, yo mismo, creimos que se iban a morir. Parecía imposible que se recuperaran. Y resultó que no”. La pareja comenzó a responder al tratamiento y se ha ido recuperando. El hombre, incluso, ya dejó cuidados intensivos y fue llevado a cuidado intermedio. “Con este virus no se sabe nada —me dijo D—. Nadie puede calcular la respuesta del sistema inmunológico de los pacientes, así que nadie puede anticipar quién vaya a morir o a resistir”.

***

Hace tres días mis amigos me enteraron de la muerte de la suegra de nuestra amiga médica en Madrid. De inmediato, le envié a ella un mensaje de solidaridad y compañía. Su respuesta fue: “Pasando el trago amargo. Cuídate mucho. Espero que en Colombia no pase esto”.
            Ojalá. Pero dado el comportamiento de la epidemia en este país y los notorios problemas de atención médica debido a las hondas carencias en todo el sistema de salud, es más fácil que sí pase lo que ha enloquecido a España y a Europa central en general. Mi amiga me dio la pista cuando me reveló que estaba sufriendo un alto nivel de ansiedad y estrés, y que estaba hundida emocionalmente. Llegado el momento en que los centros de salud del país empiecen a recibir a todos los pacientes infectados y el sistema ya no sea capaz de salvar la vida de todos los enfermos, los médicos sufrirán ese mismo estrés y esa misma ansiedad. Y tendrán que elegir. “Seamos realistas —me dijo G—. Solo salvaremos a los salvables”. Aún no saben —no sabemos— qué implique para ellos decidir a quién le darán el ventilador que ha quedado libre.

Pereira, 5 de abril, 11.00 a.m.


Para este despacho fueron cambiados los nombres de los médicos y omitidos los nombres de los centros de salud. Queremos evitar señalamientos y acusaciones.

Despacho # 2 “Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”*

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Ángel Balanta

Despachos de la pandemia
(desde el encierro)

Despacho #2 

“Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”*

A 23 días de que apareciera el primer infectado de Covid-19 en Colombia, quizás el principal tema de debate público tenga que ver con las pruebas de detección del virus. Un prestigioso inmunólogo explica algunas cuestiones fundamentales y una mujer que fue testeada narra su caso.

Laura regresó a Colombia el pasado 12 de marzo, luego de estar unos pocos días de trabajo en Nueva York. Durante los momentos previos al viaje había debatido con su esposo la conveniencia de salir del país y exponerse al contagio del Covid-19. Para ese entonces, la capital del mundo no se encontraba asolada por la pandemia, como hoy, pero ya tenía un número indeterminado de personas infectadas y asintomáticas circulando libremente por las calles. Su esposo le había dicho que le parecía irresponsable montarse en ese avión dado el peligro, pero no le insistió y respetó lo que ella decidiera.
            Una vez aterrizó en el país y comenzó a caminar hacia las bandas del equipaje, Laura vio que estaban haciendo controles de los recién llegados. Ella venía padeciendo síntomas de una gripa normal desde antes de haber estado en Estados Unidos, pero dudó en admitirlo porque temía que la obligaran a aislarse inmediatamente y no la dejaran llegar a su casa. Ya de cara ante el agente dijo lo que sentía: dolor en la garganta, tos y estornudos, y aclaró que esos síntomas la venían aquejando desde antes de haber salido de Colombia. El agente de control le dijo que entonces siguiera y que si llegaba a sentir los síntomas más graves o los específicos del Covid-19 —como la dificultad para respitar—, llamara a la línea telefónica de asistencia para recibir indicaciones.
            Transcurrieron siete días de normalidad familiar. Laura visitó a sus padres, a sus suegros, se dedicó a su esposo y a su hijo de dos años. Sostuvo algunas reuniones de trabajo en sitios públicos. Y el 19 de marzo, en horas de la mañana, su esposo recibió una llamada de las autoridades de Salud. Le dijeron que Laura había regresado al país en un avión en el que también había venido un infectado por el virus. Que al día siguiente irían a su casa a hacerle la prueba —lo llamaron a él porque ella lo había indicado en la aerolínea como número de contacto en caso de emergencia—.
            Laura se llevó las manos a la cara y se fue inundando de angustia. Antes de desbaratarse, le escribió a su mejor amiga un mensaje de WhatsApp pidiéndole ayuda. Y a los cinco minutos recibió una llamada de una psicóloga. Laura subió corriendo a su habitación, le puso seguro a la puerta y se desató a llorar con el teléfono pegado a la oreja mientras, al otro lado de la línea, la psicóloga intentaba calmarla. Se enloqueció recordando que había pasado mucho tiempo junto a sus papás y se reprendió pensando por qué los había recibido en su casa sabiendo que ella venía de un país pandémico. Pensó en su esposo y en su hijo que ya estaba tosiendo con frecuencia. Pensó en el taxista al que le había pagado la carrera del aeropuerto a su casa, si le había tocado la mano, si le había exhalado cerca de la cara. Pensó en las personas con las que se había visto en reuniones de trabajo, casi todos amigos suyos. Y machacó su angustia diciéndose: “Si todos están contagiados, será mi culpa”.
            Pasaron tres días más de llamadas institucionales confirmando datos y sin que le hicieran la prueba. En ese tiempo su estado de ánimo fue un sube y baja. “Estábamos bien, calmados, sentados en la sala y de repente ella comenzaba a decir: ‘Mis papás se van a morir, nos vamos a morir y va a ser mi culpa’”, me contó su esposo. “Hasta que le dije que yo también estaba muy asustado y que si ella no me ayudaba un poco a manejar la situación, que si se dejaba llevar por el pánico, yo solo no iba a ser capaz de levantarle el ánimo a toda la familia”.
            Para completar la tensión, Laura se enteró de que dos de los compañeros con los que había estado en Nueva York se encontraban contagiados. Su esposo evaluó la situación: “Por el solo hecho de haber estado en Estados Unidos estás en riesgo. En el avión de regreso había un contagiado, estás muy en riesgo. Dos de los compañeros de trabajo en Nueva York están contagiados, entonces el riesgo está multiplicado por mil. Y con uno de esos dos te saludaste de pico en la mejilla”. Luego, opacado por los nervios, su esposo le reclamó que no le hubiera hecho caso cuando él le había dicho que era un viaje irresponsable: “Si resulta que no estás contagiada y que nosotros no estamos contagiados, tenés una suerte que nadie más va a tener”.
            En la tarde de ese tercer día luego de la llamada, 21 de marzo, un grupo médico vestido con equipo antiriesgo biológico se presentó en su casa. Como es un condominio, todos los vecinos estaban en sus casas y se dieron cuenta. Su esposo debió decirles que se trataba de una prueba de rutina que se la estaban haciendo a todos los recién llegados al país. Les ocultó que sobre Laura recaía una seria sospecha de ser portadora del virus.
            El médico que tomó la muestra de la nariz de Laura dijo que tendría el resultado en dos días. Que debían esperar.

***

            Como todo lo que ha sudedido con esta pandemia, las pruebas para detectar el Covid-19 son materia de discusión pública. A quién se las practican, de qué manera, por qué parece haber tan pocos test de prueba en el país, por qué tardan los resultados, cómo se pueden aligerar y masificar, son preguntas que la prensa ha tratado de responder casi desde que tuvimos certeza del primer infectado en el país, por allá el 6 de marzo.
            Las pruebas son una técnica general de análisis llamada PCR inventada en los años ochenta por el químico y premio nobel Kary Mullis. Se trata de reproducir cientos de veces una copia de material genético —ADN y ARN— a partir de una muestra mínima. Su utilidad es tan amplia que se usa para la detección de microorganismos difíciles de cultivar, infecciones virales recientes —como el SARS y el Covid-19—, marcadores de cáncer, entre otros.
            Sin embargo, los detalles durante el protocolo de la toma de la muestra, el transporte y el manejo en laboratorio son tan delicados que pueden afectar el resultado drásticamente. De ahí que el Instituto Nacional de Salud (INS) esté siendo tan celoso a la hora de centralizar el manejo de las pruebas durante esta pandemia.
            Para ayudarnos a comprender la complejidad del diagnóstico del Covid-19 y el reto científico que supone masificar la práctica de pruebas PCR en esta coyuntura entrevisté al médico inmunólogo John M González, PhD de la Universidad del Valle en Cali, profesor titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes y director del laboratorio de Ciencias Básicas Médicas también de esa universidad. A partir de esta semana, este laboratorio deberá ser uno de los 22 externos que auxiliarán al INS en el análisis de pruebas y manejo de resultados.

¿Cuáles son las instrucciones necesarias para la toma de la muestra y manejo de la prueba?

R/ La toma de la muestra es un hisopado nasofaríngeo. El hisopo [un palito plástico con la punta de algodón] debe entrar profundo por la nariz o la boca hasta alcanzar la pared de la faringe de donde debe recoger una muestra de la mucosa. Si entra por la nariz produce lagrimeo y si entra por la boca genera arcadas. Si el hisopo solo toma saliva o mocos superficiales no sirve. La muestra se deja en un tubo que contiene un medio de transporte. Ese tubo se guarda en neveritas que conserven el frío. Ya en el laboratorio, la muestra debe ser manejada con toda la bioseguridad para los que hacen el análisis y con toda la seguridad para que no se contamine. El resultado debe estar listo en unas nueve horas.

Además de confirmar si una persona está infectada o no, ¿esta prueba también puede decir cuál es la carga viral?
R/ Puede determinarla, pero no lo estamos haciendo ahora. Lo importante es saber quién tiene el virus.

Si una persona está muy enferma, con síntomas muy agudos, se supone que tiene una carga viral más alta que alguien asintomático.
R/ Parece que no. Un estudio reciente elaborado por los médicos en Lombardía, Italia, la zona más afectada por la pandemia, dice que la carga viral en los pacientes sintomáticos y en los asintomáticos es la misma. Lo que se sabe es que los pacientes que se complican sí tienen carga viral por más tiempo. Se sabe que los pacientes que se recuperan rápidamente lo logran después de 14 días. Por eso la instrucción es la de aislarse 14 días. Pero ha habido pacientes a los que el virus se les queda mucho más tiempo. Hubo un caso en China en que al paciente le detectaron el virus en la nasofaringe durante 37 días.

Uno de los problemas para hacer las pruebas es que los países, en general, no cuentan con suficientes elementos y reactivos y hoy siguen siendo difíciles de conseguir, ¿por qué?
R/ El problema es que los materiales y reactivos para analizar la muestra los pone cada laboratorio, y el mayor productor de materiales de plástico y reactivos que usamos en laboratorio es China. Pero durante esta pandemia China detuvo la producción, así que los materiales son más escasos cada día. Y en los laboratorios no se reutiliza nada de esto. Cada elemento usado en el análisis de una muestra tiene que ser desechado.

¿En qué consisten los falsos positivos y los falsos negativos para el caso de esta prueba?
R/ El falso positivo es cuando la prueba de una persona dio positiva, pero ese resultado no es muy confiable porque puede ser que la muestra se haya contaminado o que haya una reacción confusa que dé positiva, por ejemplo que tenga un virus parecido. Y el falso negativo es como el caso del conductor de taxi en Cartagena que murió con síntomas de Covid-19 pero la primera prueba había arrojado un resultado negativo. Le hicieron dos pruebas más y la tercera confirmó que sí había tenido el virus. Eso fue porque la primera muestra pudo haber sido mal tomada o mal transportada.
      La mayoría de los problemas con estas pruebas son de calidad de la muestra. Desde el mismo momento en que la toman hasta el momento en que la transportan. Cualquier detalle mal hecho puede hacer que la muestra no llegue bien al laboratorio.

¿Ese manejo tan delicado de todo el protocolo de la prueba puede explicar el celo del Instituto Nacional de Salud (INS) mostrado hasta el momento para mantener centralizado el análisis de las pruebas?
R/ Ha sido muy difícil habilitar laboratorios, porque cada fase de análisis requiere un nivel de bioseguridad y de seguridad de manejo de la muestra. Por eso el INS no quiere que todos los laboratorios hagan pruebas. Además, los reportes deben ser unificados, todo el mundo debe estar haciendo el mismo procedimiento.

Y sin embargo ya hay 22 laboratorios, en región y otros también en Bogotá, en proceso de habilitación para auxiliar al INS. ¿Cuántas pruebas diarias puede hacer el INS y a cuantas puede aumentar cuando los 22 laboratorios empiecen a ayudar?
R/ Hace poco la doctora Martha Lucía Ospina, directora general, dijo en televisión que el INS está en capacidad de analizar 1.600 pruebas diarias. Cada laboratorio auxiliar puede estar en condiciones de analizar entre 200 y 400 pruebas más al día.

Hablemos de las pruebas rápidas que están siendo tan discutidas. ¿En qué consisten?
R/ Paréntesis: anoche Bill Gates anunció que mediante su fundación están desarrollando una prueba casera, para que la gente en su casa se la pueda hacer y anticipe la toma de decisiones. Si da positivo, así no tenga síntomas, a la persona se le debe hacer la RT-PCR.
            Con respecto a las pruebas rápidas que se anuncian ahora consisten en que han aligerado el proceso de laboratorio. Algunas de ellas ya tienen los reactivos premezclados y listos: ponga aquí, eche aquí y sale. El resultado debe conocerse entre dos y cuatro horas. Hace poco conté unas cincuenta compañías que están fabricando y ofreciendo estás pruebas.

Es decir que “pruebas rápidas” no significa que la gente se las pueda hacer en la casa como si fueran las de embarazo.
R/ No. Siguen siendo pruebas de laboratorio. Al final de esto quizás se llegue a eso, a que se vuelvan pruebas caseras, pero todavía no.

¿Qué tan certeras son estas pruebas?
R/ No han sido validadas. Es que no ha habido tiempo. Las compañías se lanzaron a producir y a producir, pero no ha habido tiempo para confirmar que son confiables. Ahí está el caso reciente de España que compró unas que no sirven porque solo arrojan un 30 por ciento de confiabilidad.

Hasta el momento cada país ha hecho la cantidad de pruebas que está en condiciones de hacer. Y eso no necesariamente es lo ideal. ¿Qué sería ideal?
R/ Lo importante es la proporción entre el número de pruebas por cada millón de habitantes. Corea del Sur, que es un ejemplo de haber manejado esta pandemia con éxito, hace 5.000 pruebas por millón. Bahrein 6.000 por millón. China 3.000 por millón. En Colombia llevamos poco más 10.000 pruebas hechas desde que comenzó el brote y tenemos 49 millones de habitantes. Haga usted el cálculo para que saque conclusiones. Estamos lejitos.

¿Entonces no hay una cantidad de pruebas que se pueda calificar de óptima?
R/ No la hay. Solo queda la instrucción que dio el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom: “Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”. Y digo que no la hay porque el número de contagiados nunca lo vamos a saber realmente. Está demostrado que entre el 30 y 50 por ciento de los casos son asintomáticos. Nunca se les hará una prueba pero tuvieron el virus. Solo queda la instrucción de hacer pruebas, tantas como se pueda, para aislar a los contagiados.

Para el caso colombiano y en su opinión, ¿el resultado de contagiados según el número de pruebas hechas es funesto o es optimista?
R/ Es bajito porque no hemos hecho más pruebas. Llevamos 6 muertos entre unos 600 contagiados. Una mortalidad del 1 por ciento. Son cifras muy parecidas a las de otros países.

Debido a la no abundancia de elementos y reactivos de pruebas, ¿cuáles han sido los criterios para elegir a quién se le hace y a quién no?

R/ Son tres. Uno, personas que vienen de paises afectados por la pandemia. Dos, los contactos de estos recién llegados, las personas con las que se ha visto. Y tres, personas que presentan cuadros gripales complicados.

¿Con la importación de pruebas se espera ampliar esos criterios?
R/ Exacto. De eso se trata. Yo imagino que se le empezarán a realizar pruebas a personas que tengan síntomas de gripa entre moderados y severos. Y entre más pruebas tengamos, a más personas se las podremos hacer. Es la única manera de cortar con la cadena de contagios. Entre más personas contagiadas podamos detectar, más aislamientos podremos hacer.

***

            Antes de que Laura recibiera el resultado formal de la prueba, el médico que le había tomado la muestra ya la había telefoneado para calmarla diciéndole que “parecía” que su caso era negativo. Entre esa llamada y el momento en que finalmente se lo dieron, pasaron otros dos días. Laura, su esposo y los padres de cada uno sintieron un alivio como pocas veces en su vida. Tuvieron la suerte que muchos no.
            Ahora, recordando esta tensión y viviendo aún con la amenaza del contagio allá afuera, Laura llora. Se llena de ansiedad al imaginar lo que hubiera podido suceder en caso de que hubiera salido positivo y de saber que en cada salida a la tienda por comida ella y su esposo se exponen al mismo riesgo.
            Su esposo me dice: “Todos nos damos moral pensando que esta enfermedad, en algún momento, nos va a dar a todos. Y si uno piensa eso, lo mejor entonces es que nos dé ya, ahora que hay camas y respiradores disponibles, y no en quince días o veinte cuando los médicos deban escoger a quién deben darle esa respiración mecánica. Si nos da ya, mejor. En un mes estamos en la calle y con el virus vencido por nuestro sistema inmune. Pero sabemos que eso solo es fuerza moral, porque esta infección está matando a mucha gente”.

*Para elaborar este despacho fue indispensable la colaboración de la médico Vanessa Collazos.

Pereira, 29 de marzo, 9:30 am

Despachos de la pandemia (desde el encierro)

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Ana María Lagos

Despachos de la pandemia (desde el encierro)

La crisis de salud pública global no da espera. En BaudóAP hemos venido trabajando sin fijarnos mucho en los asuntos impuestos por la urgencia de la coyuntura. Lo consideramos un método eficaz para poder llevar a fondo y con la calma necesaria los temas que nos mueven como grupo de investigación periodística. Sin embargo, la fatalidad mundial causada por este nuevo coronavirus —los miles de muertos, los cientos de miles de contagios— nos ha empujado a querer ayudar entregándole información a los lectores que les pueda ser útil a la hora de tomar decisiones que les prevenga de contagiarse de esta infección o que, llegado el momento, les pueda salvar la vida. Quizás caigamos en la saturación informativa sobre un mismo suceso, pero en este caso preferimos errar por exceso de atención y no por desinterés editorial.

Quedan muy invitados a leer estos despachos y a enviarnos sus preguntas vitales sobre esta enfermedad. Nosotros trataremos de encontrarles respuesta con las explicaciones de los expertos.

Despacho # 1

“El signo de alarma más grande es la dificultad para respirar”

El encierro puede empujarnos hacia un estado de pánico en el que leemos cualquier dolencia como un signo del nuevo coronavirus. Conviene pedir ayuda profesional en tal caso y conviene también tener muy claro cuáles son las manifestaciones reales de la enfermedad. Una prestigiosa infectóloga nos ha contestado unas preguntas con las que queremos ayudarle a los lectores a distinguir los reales síntomas de esta infección. 

Lo primero es la incertidumbre.
     Aunque los gobernantes locales aquí en Colombia han ordenado la cuarentena preventiva desde este fin de semana —del 20 al 23 de marzo—, somos muchos los que ya llevamos varios días de encierro voluntario y los efectos en la salud mental han empezado a aparecer. Las dolencias de siempre se han convertido en “potenciales” síntomas de esta nueva enfermedad. Un dolor de cabeza que antes se lidiaba con acetaminofen ahora nos hace dudar. Una opresión en el pecho, típica manifestación del estrés, nos hace creer que tenemos los pulmones afectados y seremos víctimas de una neumonía mortal. Una fiebre repentina nos obliga a preguntarnos si hemos estado expuestos al contagio del Covid-19.
     Una amiga llamada Manuela despertó el martes pasado con la garganta inflamada. Era su segundo día sin pisar la calle. El miércoles ya no podía tragar y debió insistir en el teléfono por una cita médica a larga distancia. Manuela, disciplinada en su vida cotidiana, sabe que en marzo y octubre de cada año padece de esto mismo. El aire de Medellín —ciudad en la que vive— se torna nocivo y a ella le despierta, sin falta, una faringitis aguda. Lo jodido es que a pesar de tenerlo presente, se dejó llevar por el pánico y conjeturó todas las variantes en las que podía haber contraído el virus. La reunión con unos clientes en tal día; el almuerzo con el amigo de sus papás; la vez que fue a comprar verduras al supermercado. Agotada de que no le contestaran, se tiró a dormir. En la noche, finalmente, un médico al otro lado del auricular atendió su consulta y la calmó diciéndole que no tenía los síntomas de este virus.
     Algo parecido le sucedió a Sara. El martes de esta semana que termina le nació un dolor en el pecho que iba y venía con la respiración. Sin darse tiempo para ver otro destino, se inclinó a creer que estaba contagiada por el Covid-19. Quizás tuvo dos razones: una, que vive en Bogotá, ciudad en la que se ha confirmado el más alto número de contagios: 88 al corte de ayer sábado 21 de marzo a las 8 de la noche. Otra, que su mejor amiga trabaja en una librería en Bogotá frecuentada por extranjeros y el lunes despertó con los síntomas de una gripa. Y como Sara la había visto en los días previos, temió lo peor. Ese dolor en el pecho la llenó de angustia y la hizo estallar en llanto. Cuando pudo controlarse, pidió atención domiciliaria. Una médico general que en estos días no para de visitar pacientes agobiados que requerirían consulta de salud mental se presentó en casa de Sara y le dijo que estuviera tranquila, que eso del pecho era la somatización de la angustia y le recetó calmantes.
     A mí me estaba pasando algo parecido. Al tercer día de mi encierro, un inusitado dolor de garganta, un martilleo en la cabeza y la noticia de una prima que había amanecido ardida en fiebre de 39 grados y que había estado todo el día —toda la semana— en mi casa. Ya el viernes, es decir al quinto día de estar viendo los semáforos desde el balcón, me germinó una levedad en el cuerpo como si me fuera a dar escalofrío. “Cogiste el virus”, comencé a decirme. “Vas a matar a tu papá”. Mi papá tiene 88 años, sufre de varias dolencias de base y esta cuarentena la estamos piloteando bajo el mismo techo.

     Lo segundo es la confusión.

   ¿Cuándo saber que lo que siento puede ser esta gripe letal? ¿En qué momento debo salir corriendo a la clínica?
  Sobre el tema de las pruebas o test que ahora andan haciendo selectivamente los equipos médicos públicos y privados, siguiendo el instructivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay que escribir otro despacho. Por ahora vale decir que aquí en Colombia —y más en ciudades que no son Bogotá— no es suficiente que la persona que se cree infectada llame a la línea de atención y pida la prueba. Cuando le contestan —hay gente que tarda un día entero intentándolo— es para decirle que si no está documentado su caso como un posible contagio por cercanía con un portador comprobado, no se la van a hacer. Le indican que debe autoaislarse en su propia casa y de sus familiares. Que si siente asfixia corra a un centro médico.
    Por ahora —ojalá solo por ahora— parecen no haber en el país suficientes kits de prueba (RT-PCR) para atender a todo aquel que pueda ser un potencial infectado. Si los hubiera, el Ministerio de Salud ya hubiese ordenado iniciar la estrategia que mejor resultado ha dado para “aplanar” —reducir—  la curva de contagio, que es aumentar ostensiblemente la toma de pruebas en todas las personas posibles y de manera aleatoria. Tal como Corea del Sur, que logró realizar 20.000 pruebas diarias durante diez días para detectar los portadores del virus en el mayor foco de infección, aislarlos y tratarlos.
    Mientras Colombia se reacomoda buscando evitar que la gente no se infecte, la doctora Karen Melissa Ordoñez Díaz se tomó unos minutos de su extenuante agenda para explicarnos vía telefónica los signos de alarma de este nuevo virus. La doctora Ordoñez es una médico internista e infectóloga graduada de la Universidad Nacional, miembro de número de la Asociación Colombiana de Infectología y full member de la Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas. En esta coyuntura hace parte del Consenso Nacional para el Manejo del Covid-19, que es un equipo de unos cuarenta virtuosos especialistas en diferentes áreas —internistas, infectólogos, neumólogos, intensivistas, cardiólogos, entre otros más—, que fue creado por el Ministerio de Salud con el objeto de analizar la información objetiva para orientar las decisiones sobre prevención y manejo de la crisis.

Luego de que una persona queda contagiada, ¿a los cuántos días manifiesta los síntomas?
R/ Después del momento del contagio los síntomas pueden desarrollarse en cualquiera de los siguientes 14 días. Si después de esos 14 días la persona no presentó síntomas, no los desarrollará luego.

¿Cuál es el primer síntoma que se manifiesta en un contagiado?
R/ Las manifestaciones pueden ser leves, moderadas o severas. La mayoría de los casos van a ser leves y los síntomas son los de un resfriado común: dolor de cabeza, tos, mocos, dolor de garganta, fiebre. Puede aparecer cualquiera de estos y sin ningún orden particular. Y rápidamente se juntan todos.
     Si la persona no tiene dificultad para respirar, si puede comer bien y tomar líquido, si no sufre de otras enfermedades, si es menor de 65 años, digamos que no habría necesidad de que acudiera a Urgencias. Pero si la persona presenta estos síntomas leves y además tiene diabetes o hipertensión, cáncer, falla renal u otras enfermedades que se las esté tratando cotidianamente, debe hacerse valorar de un médico para saber si requiere ser hospitalizado.

Si la persona sufre de alguna de estas enfermedades de base o es mayor de 65 años, ¿estos síntomas se van a manifestar distinto?
R/ Pueden darle con mayor severidad. Le puede dar dificultad para respirar y se le puede bajar la saturación de oxígeno en la sangre. Estos son síntomas de que la gripa se le está complicando y se le está desarrollando una neumonía.

Se ha dicho con alguna insistencia en que los pacientes mayores de 65 años son los que tienen mayor riesgo de que desarrollen neumonía. ¿Qué pasa en los menores de 65 años?
R/ También pueden desarrollar neumonía por el Covid-19. Que se presente más en los mayores de 65 no quiere decir que a los de menor edad no les dé. La gente joven también se ha complicado. Todos debemos estar atentos a los signos de alarma.

¿El dolor de garganta que produce el Covid-19 es parecido al de una amigdalitis? ¿Es distinto?
R/ Es así, parecido al de la amigdalitis.

¿La fiebre que puede dar de un día para otro y no volver más puede considerarse un síntoma de esta enfermedad?
R/ La fiebre de los episodios virales dura tres días. De tres a cinco días y se controla con medicamentos. Pero la fiebre puede dar por otras razones. Con el Covid-19 el signo de alarma más grande es la dificultad para respirar.

[Le describo un caso que me contaron por teléfono: mujer, 24 años, buen estado de salud, fiebre súbita de 39 grados, tos y carraspera en la garganta. 24 horas después los síntomas comienzan a mermar. Y 48 horas después solo ha quedado el dolor en la garganta de tanta tos. La doctora Ordoñez me dice que es raro, pero que si ya pasaron los síntomas y no presentó disnea —dificultad para respirar— no se le da tratamiento contra el Covid-19. Sus palabras exactas fueron: “No se le hace nada”.]

Lo que le estoy entendiendo es que esta mujer pudo haber tenido el virus y se le manifestó así, pero también pudo no haberlo tenido, ¿correcto?
R/ Exacto. Hay que tener en cuenta que los virus respiratorios son como cincuenta. En este momento a uno le puede dar gripa por cualquiera de esos cincuenta. Que a alguien le dé gripa no significa que tiene coronavirus. No hay que olvidar que los otros virus existen, que la neumonía por bacterias sigue existiendo, la tuberculosis sigue existiendo. No hay que perder el panorama.

[Le digo que por eso lo ideal es que si una persona presenta síntomas de una gripa común opte por autoaislarse voluntariamente para evitar un posible contagio a sus familiares. Como no sabe si es coronavirus, lo mejor es evitar todo contacto. La doctora Ordoñez me dice: “Correcto. Es lo mejor”.]

¿En qué momento una persona que no sabe si está infectado con el Covid-19 debe buscar atención en un centro médico?
R/ Los que presentan los síntomas de la gripa y que además tengan factor de riesgo para complicarse deben ir a un centro médico sí o sí. Mayores de 65 años, diabéticos, hipertensos, pacientes con cáncer, pacientes con complicaciones renales, con complicaciones pulmonares.
     Si es una persona joven y presenta los síntomas de la gripa y además empieza a sentir ahogo, problemas para respirar y que sienta que le falta el aire, tiene que ir a Urgencias porque son signos de que está desarrollando una neumonía.

¿Dentro los síntomas pulmonares también cabe el dolor interno en los costados de la espalda, como si le estuvieran doliendo los pulmones?
R/ Más que todo, el síntoma es que sienta la falta de aire, que no pueda respirar, que se ahoga.

Un paciente salió diagnosticado con el Covid-19, ¿de qué depende que lo dejen hospitalizado?
R/ Únicamente, que presente signos de neumonía. A un paciente que solo tenga los síntomas de la gripa no se le deja hospitalizado.

¿Y qué debe pasar para que a ese paciente hospitalizado lo pasen para la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI)?
R/ Que la neumonía se agrave. Y una neumonía se agrava cuando el oxígeno en la sangre baja muchísimo y el paciente requiera de una máquina que lo ayude a respirar para que esa oxigenación suba. Que la tensión arterial baje mucho y el paciente requiera medicamentos para que le suba la presión. Que el paciente empiece a tener fallas en los órganos vitales por la sepsis, como pueden ser los riñones. La sepsis es el cuadro de complicaciones agudas cuando se sufre una infección. Estos son casos graves que deben ir a terapia intensiva.

Cuando un paciente está en la UCI con ventilación mecánica, ¿de qué depende que se salve? ¿De qué depende que no muera?
R/ De varias cosas. Primero, que el mismo paciente comience a regular su respuesta inflamatoria sistémica. Segundo, que su sistema inmune comience a controlar el virus. Tercero, hay algunas terapias que se están utilizando y pueden ayudar a la recuperación, entonces, que el paciente responda bien a esas terapias. Sin embargo, cuando el paciente alcanza el estado de sepsis la mortalidad es muy alta. Alrededor del 60% de los pacientes que alcanzan la sepsis, por cualquier tipo de infección no solo la del Covid-19, mueren.

Luego de que un paciente grave esté en la UCI, ¿cuánto puede tardar en morir?
R/ No te puedo decir porque eso depende del cuadro clínico de cada paciente. Una persona puede morir al quinto día o puede sobrevivir al Covid-19 pero luego sufrir una complicación posviral y morir. Decirte una cantidad de días es muy irresponsable.

Comprendo. Pero una persona en estado grave que internen a la UCI ¿logra resistir varios días o se muere rápido?
R/ Una persona con una infección grave que no reciba un tratamiento adecuado se muere rápido. Siempre. En este caso del Covid-19 en que todavía no hay un tratamiento especial que uno sepa que funciona, el paciente se muere rápido. Es el ritmo general de todas las infecciones porque se llega al proceso de sepsis. Y la sepsis mata rápido porque causa la disfunción de los órganos vitales.

[Le digo a la doctora Ordoñez que quizás esto explique por qué en Italia mueren centenares de personas entre un día y otro. Del viernes 20 de marzo al sábado 21 esté país sumó 793 muertos por esta infección. Me dice que sí y añade: “También hay que considerar el colapso de los servicios de salud. Digamos que si tú no tienes dónde hospitalizar a los enfermos y no tienes cómo internarlos en cuidado intensivo se van a morir. Eso mismo está sucediendo en España.]

A los pacientes que les dio neumonía grave, pero se logran recuperar ¿qué tan afectados les quedan los pulmones? ¿Recuperan completamente sus pulmones?
R/ No sabemos todavía. El virus apareció en diciembre y no ha transcurrido suficiente tiempo para que conozcamos las secuelas. Eso solo lo sabremos en los próximos años cuando veamos a los pacientes que se recuperaron y podamos observar si les quedaron secuelas.
     Usualmente, un paciente se demora varios días para recuperar su función pulmonar previa luego de una neumonía, pero queda normal.

    El encierro apenas está comenzando. Si hasta el viernes 20 había sido opcional, a partir del martes 24 de marzo será obligado por orden presidencial. Quizás no sea exagerado decir que la mayoría de la población colombiana nunca antes ha —hemos— debido sobrellevar algo así. De ahí que casi nadie tenga claro que pueda suceder con su salud mental en los días que siguen. En Internet, en radio y televisión ya están circulando una serie de recomendaciones que quizás convenga seguir.

     Por su parte, Manuela ha optado por dejar su apartamento y mudarse a casa de sus padres mientras pasan los días más críticos. Sabe que el imperativo ahora es aplacar los nervios: “Yo creo que todos en este momento creemos que tenemos esa vaina. El cerebro no se ha desconectado de esto por tres o cuatro semanas. La ansiedad nos va a matar primero que el virus”.
     Sara la tiene distinta. Comparte apartamento con un primo, pero vive muy lejos de su mamá, aunque cerca de sus hermanas. Ha llorado todos los días y, aunque es historiadora, optó por dejar de informarse sobre el avance de la pandemia para sacarse de la cabeza la idea de esta crisis por el tiempo que sea posible. “Tengo susto, de verdad”, me escribe. “No quiero pensar que tengo ese virus. Es mejor pensar que no tengo ese virus”.

En mi caso, ninguno de los supuestos síntomas que he sentido en este aislamiento ha durado más de 24 horas. Es claro que mi mente me está poniendo a prueba. Pero, por si las moscas, he tratado de permanecer a más de dos metros de distancia de mi papá y ya van a ser siete días en que no le doy un abrazo. 

          Pereira, domingo 22 de marzo, 8:10 am

Las mujeres en silencio

Texto: Carolina Gómez Aguilar
Ilustración: Ema Villalba

Las mujeres en silencio

El feminismo está llamando a abrazar, escuchar y sostener a las víctimas, incluidas las que no están preparadas para denunciar a sus agresores.

La semana pasada una amiga nos buscó, a un par de mujeres más y a mí, para contarnos que hace varios años un hombre al que todas conocemos la había violado. Necesitaba decirlo para sacarlo de su cuerpo porque no la estaba dejando respirar.

Pese a nuestra insistencia, ella fue enfática en que no le interesaba denunciarlo, que solo quería desahogarse y encontrar en nuestras respuestas un alivio a su dolor. Necesitaba escuchar que la culpa no era suya, porque su propia voz no había logrado convencerla. Nos dijo que no ha querido denunciarlo porque se niega a enfrentar un proceso que no pidió vivir, a cargar con el título de víctima, los cuestionamientos por no haber denunciado antes y con el peso de afectar las vidas de la esposa y los hijos del tipo. La entendimos, la respaldamos, la abrazamos.

Durante los días siguientes me estuve preguntando qué podía hacer yo para aliviar en alguna medida su dolor y para evitar que lo sientan otras. Qué dicta el feminismo ante esta situación.

El feminismo está llamando a abrazar, escuchar y sostener a las víctimas, incluidas las que no están preparadas para denunciar a sus agresores. Dentro de nuestras posibilidades, es lo mejor que podemos hacer. No todas las sobrevivientes de abuso quieren llevar a cuestas la etiqueta de víctimas, y sobre esto encontré una explicación en la voz de Alma Guillermoprieto, quien en su más reciente libro ¿Será que soy feminista? propone pensar una manera distinta para referirnos a las víctimas de la violencia patriarcal, porque esa etiqueta es a veces la forma de perpetuar el dolor: “Hay mujeres que sobreviven a violaciones, amenazas, golpizas y ataques a su integridad, y mujeres que sufren daño sicológico por manoseo o persecución, y siguen adelante sin traumas incapacitantes, o con traumas y con valentía. ¿Podemos usar otra palabra? ¿Alguna, no sé cuál, que en ambos casos no nos despoje de nuestra fuerza y orgullo?”.

La situación me llevó a pensar en las otras mujeres cercanas a mí que me han contado sus historias de abuso. Pensé en mis propias historias y me pregunté si será que el feminismo no ha alcanzado para llenarnos los cuerpos de fuerza y denunciar a nuestros agresores. No, no se trata solo de eso. Se trata de que a las mujeres, la mitad de la población, se nos ha impedido hacer uso de nuestro poder y estamos peleando por él. Que estemos en silencio frente a nuestros abusadores no significa que desde nuestra cotidianidad no estemos pateando al patriarcado para no mantenernos calladas, quietas y controladas. Porque como dice Guillermoprieto: “La lucha de las mujeres por acceder al poder es vital, porque abre puertas y derriba murallas para todas”.

Existen diferentes maneras de acercarse al feminismo y esa ha sido otra respuesta importante para mí. Mi motivación no es la misma que la de otras mujeres porque tampoco mis carencias lo son. Lo que no significa que mi posición no me permita entender la injusticia, la inequidad, el abuso y la violencia que sufren las mujeres por su género y por su entorno, y exigir que esto cambie. Tampoco significa que todas luchamos desde la misma perspectiva y que debemos estar de acuerdo siempre, significa que hacemos parte de un movimiento plural, histórico y primordial en la lucha de las mujeres por exigir derechos básicos y justicia social, que ha contado con la valentía de mujeres que pensaron y pelearon por causas específicas que hoy nos conceden un puñado de derechos elementales como el derecho al divorcio, al voto, al aborto. Mujeres que no necesariamente se reconocieron feministas, pero lo fueron, porque el ‘feministómetro’ no existe, aunque algunos se empeñen en crearlo. 

En enero de 2018, la periodista Claudia Morales publicó Una defensa del silencio, columna de opinión en la que reveló que un antiguo jefe suyo la había violado después de haber entrado a empujones a su habitación de hotel. Morales no relevó el nombre del agresor porque, igual que a mi amiga, tampoco le interesaba denunciarlo. “La revelación de mi historia es una defensa del silencio y un llamado a entender que cada uno de quienes hemos sido abusados tenemos mundos distintos. Este texto también es una forma de invitarlos a callarse cuando no haya nada bueno por aportar y tengan la tentación de juzgar”.

Dos años más tarde, como respuesta a un trino de Twitter en el que Morales pedía recomendaciones para aliviar un dolor de cabeza, el actual senador Gustavo Bolívar escribió: “La mejor terapia, querida Claudia, es hacer catarsis de viejos traumas para que el cuerpo somatice el bienestar de descargar la ira represada. Simple, decir quién es Él”. ¿Cómo espera el señor Bolívar que una mujer denuncie a su agresor en un país donde cada 36 horas asesinan a una mujer que había denunciado maltrato? ¿Cómo lo espera, además, teniendo en cuenta que el hombre parece ocupar un lugar de poder? Y lo más grave: ¿cuál es su interés en que revele el nombre de su abusador? ¿Acaso lo considera un arma para su política particular?

Unos días después de escuchar la historia de mi amiga, me encontré en Twitter con este trino de Carolina Sanín: “Me parece que hasta tú, Simone, encubriste a un depredador. ¿Qué vamos a esperar de nosotras?”. Lo recibí como un golpe seco en el estómago porque me parecía que Sanín nos condenaba a la decepción constante de vivir doblegadas ante el patriarcado. A pesar de eso me detuve en el enunciado por varios minutos porque algo me cuestionaba. Si Carolina se refería a Simone de Beauvoir, me estaba proporcionando un refugio. El segundo sexo es probablemente la base del feminismo que hoy conozco y el primer libro que me llevó a preguntarme por el significado de ser mujer. Si esta mujer había elegido el silencio respecto a un depredador, al mismo tiempo se había ocupado de despejar un camino que, aunque empedrado, nos ha permitido avanzar. En todo caso fue una mujer que pudo elegir y que me ha permitido hacerlo también.

Historias que inundan todo

Texto: Martín Franco Vélez
Ilustración: Aaangelic_

Historias que inundan todo

¿Qué puede enseñarle su oficio a un periodista que nunca ha dado una “chiva” y se ha mantenido lejos del frenesí que se vive en las salas de redacción? Una colección de postales dispersas revela cómo, más allá de la primicia y el último minuto, esta profesión puede acabar moldeándonos de maneras insospechadas.

1.

Manizales, Caldas. Estoy parado ante la tumba de Orlando Sierra Hernández, el subdirector del periódico La Patria asesinado el 30 de enero de 2002. Han pasado diez años desde entonces y a esta hora, una tarde limpia en la capital de Caldas, el cementerio está vacío. Me quedo un rato viendo la lápida y me sorprende que esté tan descuidada: la hierba, alta y desigual, ha acabado cubriéndola casi por completo. Es evidente que desde hace un tiempo nadie ha pasado por allí, mucho menos a dejar flores. Estoy en la ciudad —que además es la mía, donde nací—, haciendo una crónica para la revista Cromos sobre una faceta desconocida de Sierra: la de novelista. He hablado con amigos, excolegas y familiares. Incluso su antigua pareja, Gloria Luz Ángel, me pasó en formato digital todas las novelas que dejó escritas y muchas de las cuales siguen aún sin publicarse. Las leí con atención, una a una. Es el último día de mi estancia aquí; pronto debo regresar al aeropuerto. Y entonces, de repente, frente a esa lápida medio abandonada y ante la vida que sigue, como es normal, pienso en las palabras de un amigo cercano a Sierra un día antes, mientras nos tomábamos una cerveza en un bar de la avenida Santander que ya no existe: «¿Por una historia, hermano?», me preguntó mirándome, inquiriéndome casi con rabia. «¿Hacerse matar por eso?». Luego se llevó la cerveza a la boca —o eso recuerdo, ya no sé—, y nos quedamos los dos en silencio un rato. Ya habíamos acabado la entrevista, pero la conversación terminó prolongándose un rato más; no dije nada, no supe cómo llenar ese silencio. Hasta que volvió a la carga: «¿No sería mejor que Orlando estuviera aquí con los amigos, tomándose una cerveza, puliendo un verso?».      

 

            Muchos años después sigo recordando ese momento porque, creo, su reclamo continúa más vigente que nunca: ¿Vale la pena hacerse matar por una historia en este país amnésico y desagradecido que ve a tantos caer abatidos, año tras año, sin que pase mayor cosa?

 

2.

El Salado, Bolívar. Han pasado casi veinte años desde que más de 400 paramilitares del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), al mando de Jorge 40, perpetraran una de las masacres más brutales en la historia de este país. Durante varios días, hombres armados, borrachos y drogados, se ensañaron contra la población civil en una jornada de violencia tan despiadada, que quedó consignada como una de las más inhumanas de la sangrienta historia colombiana.

Una noche de 2017, bajo un quiosco con techo de iraca, me siento con varios habitantes de la población en un círculo grande de sillas Rimax. Hace un calor sofocante a pesar de la hora. De pronto, mientras pasan unas cocas de plástico con patacones y pedazos de carne que comemos con la mano, comienzan a hablar. Sus voces llenan el silencio y los visitantes empezamos a sentirnos incómodos con esas historias que lo inundan todo, que impiden pensar en algo más: la de esa mujer a pocos metros que narra cómo la violaron entre varios y la golpearon hasta casi matarla; la de ese hombre que vio morir a su hijo acribillado. Han pasado casi veinte años y ellos quisieran sentirse a salvo, pero en este país la violencia no se acaba nunca, al contrario: renace, se recicla.           

Y entonces, justo allí, vuelvo a pensar en lo fácil que es pedir la guerra desde la ciudad; en lo ligeros que somos a veces, tantas veces, con nuestras opiniones; en lo sencillo que resulta volcar nuestro odio sobre ese otro que es diferente, que no ha tenido nuestras mismas oportunidades. Lo pienso muchas veces más durante los días siguientes, mientras recorremos esas calles polvorientas, y un par de años más tarde, cuando vuelvo a ver en la televisión que el pueblo está otra vez amenazado. La historia, de nuevo, repitiéndose.

 

3.

Samaná, Caldas. Junto al equipo de desminado humanitario del Ejército —conformado, casi todo, por mujeres—, hacemos una parada antes de emprender la subida a pie por esas montañas escarpadas que se entrelazan a lo lejos. Vamos en un par de camionetas blancas serpenteando por una carretera polvorienta y vacía, hasta que nos detenemos en un pequeño plan: una tregua de la geografía que los niños del lugar han aprovechado para convertir en cancha de fútbol. Cuando nos bajamos, revolotean a nuestro alrededor persiguiendo un balón deshilachado. Saludamos a los campesinos que están allí, estiramos las piernas; luego, con sutileza, saco la pequeña grabadora que me acompaña y me siento junto a un tronco a hablar con doña Rociber Cifuentes, una mujer trigueña, más bien bajita, que tiene la piel callosa por cuenta del trabajo y el sol. Justo allí, en medio de ese paisaje de belleza sobrecogedora, doña Rociber cuenta el horror que vivió hace unos años y que recuerda como si fuera ayer: se acuerda, dice, de que esa mañana de 2006 su hijo Didier Julián, de 15 años, se despidió de ellos y salió montaña arriba para ayudar en los arreglos del acueducto; se acuerda de que él apenas había caminado unos metros cuando pisó una mina que lo levantó por los aires; se acuerda de la sangre y de su miedo y del silencio que siguió a la explosión, y se acuerda, luego, de que cuando lo llevaron al hospital el médico le dijo que sólo un milagro podía salvarlo: la mina lo había reventado por dentro. Se acuerda de que su dolor era tan fuerte que había que amarrarlo a la cama y de que, cuando estaba consciente, la miraba con ojos suplicantes y le decía que quería irse para la casa. Y luego, sin variar un ápice el tono, recuerda que a Didier le dio un paro y murió.

            Media hora después nos despedimos y seguimos el viaje, pero esa noche, dentro de la carpa improvisada donde dormimos en medio de las montañas, no puedo quitarme la imagen de Didier Julián y de doña Rociber. Pienso en mi propio hijo pequeño, que justo en ese momento duerme tranquilo y seguro a cientos de kilómetros de allí, y siento entonces una oleada de rabia y miedo por este país injusto, en el que unos cuantos privilegiados vivimos ajenos a todo y tan lejos de una guerra que no se acaba. Ni siquiera hoy, tantos años más tarde, me quito esa imagen de la cabeza, aunque sólo la haya vivido a través de las palabras: el cuerpo por los aires, el horror y la mirada suplicante de Didier en el hospital: «Mamá, ¿cuándo nos vamos para la casa?». 

 

4.

Soy periodista hace 15 años y nunca he contado una primicia. Tampoco he vivido la adrenalina del último minuto, ni sentido rabia de que me “chiveen”. Si he de ser sincero, debo decir que, tal y como está planteado, como se hace en el día a día, el oficio me interesa cada vez menos. Me aburre. Y, sin embargo, creo que más allá de la crisis latente, de la falta de puestos de trabajo, de los grandes problemas de credibilidad, de los intereses económicos y de la evidente mediocridad académica, volvería a ser periodista sin pensarlo dos veces. No sé muy bien para qué, porque tampoco estoy seguro de que sirva para algo, pero el simple hecho de que este oficio me haya llevado a vivir este tipo de cosas, que haya logrado sacudir mi lugar en el mundo y que siga aún cuestionándome, tantos años después, hace que haya valido la pena. Así parezca ir en contravía.   

Fotografías verbales: Gol, despertame gol

Fotografías verbales


Escrito por: Juan Miguel Álvarez
Foto: Alexis Múnera

#FotografíasVerbales

Nuevo espacio de Afluentes

Gol, despertame gol

(Córdoba, Argentina)

 

Media tarde de viernes. Por la ventana, el sol crepita sobre Avenida Corrientes, esquina del Luna Park. Hace instantes: pasta corta, ensalada, vino en jarra. Ahora, el letargo de la duermevela, cabeza va, cabeza viene, baba en el sofá y el aleteo de un mosquito que se solaza en un reguero de algo.

De súbito, grito desesperado: “Gooool, goooool, goooooooooooooooooooooool”, tono de narrador agotado, pienso, celebración del gol soñado, pienso: final de Mundial, último minuto, chalaca de espalda al arco y la pelota que entra por el rincón apenas entre horizontal y vertical. Pienso. Nada de eso. Falsa alarma. Es el despertador del teléfono móvil de Dante.

Dante se apellida Leguizamón, cordobés, cronista judicial en su provincia.

—Qué manera criminal de despertarte en la mañana —le digo.

—Ni hablar, es el gol de mi vida.

—¿Y quién hizo el gol, Maradona contra Inglaterra en el 86?

—No —me responde Dante—. Es el gol de la Paternidad Albiazul: Talleres sobre Belgrano.

Un clásico de provincia, un clásico de equipos hoy casi inexistentes.

—Los dos más grandes equipos de Córdoba son Talleres y Belgrano —Dante me cuenta la historia—. Tienen más de cien años. Belgrano nació en los ferrocarriles de Belgrano y Talleres surgió de los talleres de ese ferrocarril. Talleres tiene dos o tres años menos que Belgrano, habría que buscarlo en la web. Y desde ahí nació el clásico.

”En esos años se jugaba el Campeonato Metropolitano con River, Boca, Independiente… todos clubes de Buenos Aires; y se jugaban ligas provinciales. El clásico más notorio de la Liga de Córdoba ha sido el de Talleres y Belgrano. Si se han enfrentado en 200 partidos, cada uno debe haber ganado 98 y deben haber unos 20 empates. Muy parejo. Por el juego exquisito, el estadio de Talleres se llamó La Boutique; el de Belgrano, el Gigante de Alberdi ubicado sobre la calle Arturo Orgaz. De ahí nuestra canción: ‘Y vamos a dar la vuelta/ la vamos a dedicar/ a esos negros putos del Arturo Orgaz’.

”En la década del setenta se empezó a jugar un torneo llamado el Nacional. Una manera que tuvo la AFA de vincular los equipos del Interior a los torneos de Buenos Aires. Talleres y Belgrano comenzaron a jugar contra River, contra Boca, contra todos y allí empezó la era de gloria de Talleres porque no solo demostró que estaba al nivel de los equipos de Buenos Aires, también que les ganaba. Llegó a dos finales y a una semifinal. Belgrano no tuvo esa proyección en ese momento. Más tarde se creó el torneo de primera y el de segunda, con posibilidad de ascenso y descenso, y a Talleres, por decreto, se le dio la oportunidad de competir en los torneos nacionales; a los otros equipos de Córdoba y demás provincias les tocó participar en el Ascenso.

”No es casual que a Talleres se le haya dado ese beneficio. El dictador que gobernaba en Córdoba se llamaba Luciano Benjamín Menéndez y era hincha de Talleres. Se decía que como Talleres era un símbolo de Córdoba, parte del proyecto político de Menéndez era tener ese equipo en el Nacional. Y me dijo Carlos Hairabedian, un abogado penalista de Córdoba preso político de Menéndez, que ellos que eran hinchas de Talleres, mientras estaban presos festejaron la derrota de Talleres en la final de 1977 contra el Independiente de Bochini y Bertoni —el Independiente que ganó todo en el mundo—, porque en ese contexto la victoria de Talleres hubiera sido el símbolo político del éxito de Menéndez. Imaginate a Menéndez: consideraba a Videla la mano blanda de la dictadura y en 1978 le intentó un golpe de estado porque decía que Videla era un cagón; hacé esa lectura de Menéndez: un perverso hijo de mil putas.

”Desde esa derrota, nos quedó el mote de Gallinas. Fue vergonzoso: a Independiente le echaron a cuatro jugadores, el equipo se estaba yendo de la cancha y el técnico les dijo: ‘No. Hay que quedarse y jugar’, y con cuatro jugadores menos nos hicieron un gol y ganaron el torneo. En los años ochenta, Talleres empezó a volverse un equipo de mitad de tabla hasta que en los noventa terminó descendiendo a la B.

”En 1998, Ricardo Gareca entrenó a Talleres y logró armar con puros jugadores de la cantera un equipo para regresar a la A. El torneo de la B era un todos contra todos y los dos primeros de la tabla jugaban una final; el ganador ascendía. Y fue que Talleres y Belgrano llegaron a la final, partidos de ida y vuelta en el estadio más grande de Córdoba que hoy se llama Mario Alberto Kempes, 55 mil espectadores, la popular sur para Talleres, la popular norte para Belgrano. No se hablaba de otra cosa en Córdoba, el partido de fútbol más importante de la provincia en cincuenta años.

”La ida la ganó Talleres con gol del Cachi Celaya: desborde de Albornoz, tira el centro y gol del Cachi Celaya. En la vuelta, Talleres hizo el primer gol y tenía prácticamente asegurado el ascenso. No sé en qué momento Artime, el mejor de Belgrano, hizo un gol y empataron pero seguía ascendiendo Talleres debido a la victoria del primer partido. Hasta que en el minuto 47 del segundo tiempo, tiro libre a favor de Belgrano sobre la línea del área de Talleres. Fue Sosa. Vos veías la tribuna de Talleres y todos nos agarrábamos la cabeza y nos tapábamos los ojos. El peor universo posible era ese: un tiro libre en el último minuto en los pies de Sosa. Todos los jugadores de Talleres se miraban porque sabían que iba a ser gol. Nada peor podía pasar y pasó. Ni un penal hubiera sido tan complicado como esa situación porque Cuenca, el arquero de Talleres, atajaba penales muy bien. Y fue gol. Cuenca armó la barrera y se paró detrás de ella y descuidó el otro palo, ¡una cosa de locos! Sosa pateó al palo libre y ya está.

”Alargue.

”Talleres tenía a Humoller, el líbero, encalambrado. Fue un sufrimiento. Los dos equipos atacaban. Era tal el nivel de tensión que cada vez que Humoller tenía que salir a cruzar a un atacante de Belgrano y tenía que meter la pierna encalambrada gritaba de dolor: ahhgggggghagggg y todo el estadio escuchaba y nos agarrábamos la cabeza. Una tensión tremenda.

”Conclusión: penales. No recuerdo cómo fue la serie. El arquero de Belgrano era Ragg, un tipo que tenía dientes de conejo. Un segundo delantero de Talleres que le peleaba la titular al Cachi Celaya, Luis Oste, le tocó patear el último penal. Se paró frente a la pelota. Sufríamos. Y pateó a la derecha de Ragg y Ragg se tiró a su izquierda. Golazo… Golazo… Ascenso de Talleres y Belgrano para siempre en la B. Ahí comenzó la Paternidad Albiazul, el 5 de julio de 1998. Fue un partido larguísimo: recuerdo que empezó con el sol en la cabeza, tipo tres de la tarde, y terminó de noche.

”Desde entonces, cada 5 de julio la hinchada de Talleres va al Patio Olmos, que es un sector de Córdoba donde se encuentra la gente de la ciudad, como el Obelisco en Buenos Aires; también va Oste con la camiseta que tenía ese día del penal, viene de donde esté, no importa si está fuera del país, llega. Uno de los hinchas de Talleres se disfraza de Ragg con una máscara de conejo, hay bengalas, llevan un arco de futbolito con malla, y Oste va y patea el penal a la misma parte y el muñeco de Ragg se tira a la misma parte y siempre es gol y la gente lo grita, lo canta, y después la hinchada abraza a Oste, lo sube en hombros y le da una vuelta coreando: ‘Un minuto de silencio, pa’ Belgrano que está muerto, aeae aeae aeae’”. Tenés que verlo en Youtube.

—¿Y qué dicen los hinchas de Belgrano?

—No, nada. Todos los medios de Córdoba están llenos de hinchas de Belgrano, así que nunca sale publicado nada de esto en prensa.

—¿Cómo llegaste al despertador del móvil?

—Una tarde, en casa de mi viejo, sin darme cuenta él hizo que mi hermano lo llamara. Y lo escuché. Me puse loco, qué rico, y me lo pasó. La narración es de Oswaldo Weber que en ese momento ya no trabajaba en Córdoba, pero fue contratado para narrar esa final. ¿Viste que es  muy bueno?

 —¿Y vos has visto a Talleres quedar campeón de la primera categoría?

—En la A, ¡nunca!

—¿Realmente te despertás todas las mañanas con ese gol?

—Ya no todas. Cuando mi mujer me deja. Aturde, ¿viste?

 

Nuevo espacio de Afluentes Fotografías verbales Por: Juan Miguel Álvarez.

Con el nombre de ‘Fotografías verbales’ llevé durante unos meses de 2016 una columna en la revista Vice. Pasados estos años, con muchos más viajes a cuestas, retomo el ejercicio a partir de hoy pero en nuestra agencia Baudó AP. Se trata de narrar una historia real, un episodio, un movimiento y su estela en el tiempo, poner en palabras una sensación, convertir una fotografía mental en palabras.

En principio, será un texto cada mes. Luego, veremos si eso cambia.

Invitadísimos a leer, comentar y compartir.

Fotografías verbales Por Juan Miguel Álvarez

Nuevo espacio de Afluentes
Fotografías verbales
Por: Juan Miguel Álvarez

Con el nombre de ‘Fotografías verbales’ llevé durante unos meses de 2016 una columna en la revista Vice. Pasados estos años, con muchos más viajes a cuestas, retomo el ejercicio a partir de hoy pero en nuestra agencia Baudó AP.

Se trata de narrar una historia real, un episodio, un movimiento y su estela en el tiempo, poner en palabras una sensación, convertir una fotografía mental en palabras.

En principio, será un texto cada mes. Luego, veremos si eso cambia.

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