El punk de París

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Angélica Jhoana Correa Osorio
@aaangelic_

El punk de París

En la frontera de Medellín y Bello un hombre de sueños invertidos en la música de cresta y botas punteras resuelve lo que el Estado no ha sido capaz: el hambre de la gente.

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La vecina le preguntó a Fáber: “¿Qué significan las bandereas rojas?”. Fue una expresión lanzada en el tono más inocente posible. No cargaba ironía ni buscaba una respuesta erudita. Habían transcurrido dos semanas desde que el Gobierno nacional hubiera encerrado a la gente como medida imperiosa para detener la expansión del coronavirus, y la vecina no se había enterado de que un trapo rojo puesto en un lugar visible de las fachadas quería decir “tenemos hambre”. Sorprendido por la pregunta o por lo que deparara la pregunta, Fáber contestó: “¡Cómo así! ¿Dónde las vio?”. La vecina le dijo: “Baje y mire”. Fáber bajó las escaleras que separan su casa del andén, se paró en la mitad de la autovía y miró hacia la parte alta de la calle: toda la cuadra, a izquierda y derecha, tenía trapos rojos pendidos como banderines en las ventanas, en las puertas, en las cornisas de los techos. Fáber exhaló todo el aire, como si el cuadro de carencias que estaba atestiguando le hubiera exprimido los pulmones.

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Fáber López Amariles es un tipo de 45 años, vocalista y fundador en 1988 de una banda de punk llamada KDH (Kaso De Homicidio). Es ancho, no muy alto, de ojos hundidos y sombreados. Skinhead absoluto. Vive en París, un barrio levantado como frontera entre Medellín y Bello, esquina noroccidental del conurbano. Como ya parece obvio —a estas alturas de la historia contada y vuelta a contar de la guerra en tiempos de Pablo Escobar— KDH fue una reacción barrial y contracultural ante el aciago folclor de sicarios y traquetos en Colombia. En aquel tiempo, el París era un suburbio que apenas estaba siendo construido a fuerza de lidia obrera y campesina. Hoy es fácil ver el contraste: muchas de las primeras casas lucen fachadas de terminaciones pulidas —enchape y barandas forjadas— que se riegan sobre andenes delimitados por autovías de pavimento y asfalto. Pero las erguidas en años recientes apenas se muestran como junturas desiguales de ladrillo roto y cemento burdo, sobre vías de tierra pantanosa. Así como existen la tendera, el taxista, la enfermera, el maestro de obra, que han logrado una vida de mínimas posesiones dignas, existen el desplazado, el desarraigado, la violentada, la abandonada que acaso logran conseguir la plata del arriendo de una habitación.

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Luego de haber descubierto los trapos rojos en las fachadas, Fáber pidió ayuda. Habló con amigos, conocidos, gente que tuviera alguna capacidad económica y quisiera ayudar. Hizo correr la urgencia por redes sociales. Las donaciones fueron llegando y se fueron convirtiendo en paquetes de alimentos, mercados para la contingencia de una semana o dos. Fáber se impuso la tarea de hallar a las familias que se encontraban en estados de hambre y soledad extrema. Esas serían las primeras en recibir los paquetes. Después iría avanzando con familias ligeramente menos urgidas hasta llegar a todas las necesitadas. Antes, caminó el barrio, las cuadras más despedazadas por la pobreza y fue tropezándose con relatos de vidas opacadas que lo hacían llorar: la hija de la vecina que de 13 años ya estaba en embarazo, el viudo encanecido con su cambuche de latas debajo del puente, el técnico electricista desempleado y sin plata para pagar el arriendo, la joven mamá diabética que por la enfermedad y poca comida no le salía leche para amamantar a su bebé, la… (ponga aquí la tragedia que quiera). Una vez configuró el mapa de hambre en la cabeza, Fáber recibió apoyo de dos vecinas, Alejandra Soto (27) y Dayana Madrid (20), para cargar y repartir.

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En París todo es resistencia. Los fundadores y los hijos de los fundadores que hoy están vivos han visto y padecido y protagonizado la violencia más cruda. Tras la muerte de Pablo Escobar y la caída del Cartel, esta frontera entre Medellín y Bello fue un botín en disputa. Primero, una organización de sicarios conocida como la Banda de Frank sometió a la comunidad —tiendas y buses de transporte público— a pagar extorsiones diarias o semanales o mensuales. Nadie se salvaba. Todo el que tuviera un pequeño negocio, una fuente de ingreso, estaba obligado a tributarle a la banda o a irse o a morirse. Después, aparecieron los hombres de las Milicias Populares, que eran unas avanzadas de supuesto origen guerrillero, con el afán de sacar a la Banda de Frank y quedarse con el control territorial de esta frontera. Los combates con armas de asalto en las calles de París se volvieron comunes. Un día, Fáber quedó en medio del fuego cruzado. Iba caminando y se encontraba a menos diez metros de alcanzar la puerta de su casa cuando, desde un filo del barrio, los milicianos rafaguearon la calle con tiros de ametralladora. Uno de los proyectiles rebotó en una superficie y atravesó la rodilla derecha de Fáber. Doblado en el piso por el dolor y la sorpresa y el miedo, Fáber sintió que un miliciano se le acercó y le puso el cañón de una pistola en la cabeza. Lo iban a ultimar, pero a lo lejos escuchó que gritaron “Él es el punk, ese no es”.

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La mamá de Fáber murió no hace mucho. Fue una vecina querida y respetada. Devota del catolicismo. Una novicia que prefirió ser madre antes que monja. A su hijo le infundió el valor de la solidaridad, el sentido de compasión por el oprimido, la virtud de la generosidad a riesgo de despojarse de lo propio. Las amigas que dejó en el barrio ahora ven pasar a Fáber poniendo en práctica lo aprendido. Lo saludan desde las ventanas, le dicen palabras de cariño y gratitud, le sonríen. Algunas lo quieren como si fuera su sobrino. Fáber devuelve ternuras y sonrisas. Y apenas le llegan donaciones, reparte alimentos y provisiones —a las familias que tienen perros les ha donado paquetes de concentrado—. Hasta hoy, 31 de mayo de 2020, ha entregado 236 mercados. Uno de los vecinos más agradecidos con Fáber es un vendedor de dulces en el centro de Medellín, que desde la cuarentena quedó de brazos cruzados. Un día Fáber lo vio decidido a violar la restricción y salir de rebusque. El vendedor le dijo: “A mí me toca escoger: que me mate el virus o que me mate el hambre. Y yo creo que es más duro que me mate el hambre”. Una de las canciones que Fáber compuso hace unos años para KDH se llama “Nuestra humanidad”. No se le pasaba por la cabeza cómo podía ser una pandemia ni lo que una cuarentena hacía sufrir a la gente más pobre. Pero ya tenía claro que el hambre es la condición palpable de la injusticia. Y escribió:

 

Hambre en Etiopía, hambre en Pakistán,
hambre en las calles de nuestra ciudad.
Las madres y sus niños muriendo de dolor.
Mis ojos no resisten, se destrozan de dolor.
Las madres y sus niños muriendo de desnutrición.

Él, el hombre del servicio doméstico

Texto: Daniela Mejía Castaño
@Ela_mejia
Ilustración: Angélica Jhoana Correa Osorio
@aaangelic_

Él, el hombre del servicio doméstico

Casi siempre son ellas las que barren y estregan. En esta historia es él: Henry, un miembro de la población LGBTI que se ha enfrentado a la discriminación propia de su oficio y de su orientación sexual, además del rechazo de otros miembros de su población por hacer lo que hace: trabajar en el servicio doméstico.

Desde hace más de 20 años, Henry se levanta todos los días a las 5:45 de la mañana. Vive en un barrio popular y debe meterse en un bus durante una hora para llegar a los barrios estrato seis de la ciudad y esperar pacientemente a que le abran las puertas de edificios lujosos. En el apartamento que trabajará hoy, una mujer en levantadora lo saluda sonriente.
       —Hay que cambiar sábanas y lavar baños, en la taza del sanitario hay una mancha desde la última vez. Tiene que comprarse gafas. Ya estamos viejitos y no vemos —le dice en broma la mujer—.  La cafetera está llena. No se le olvide tomar su cafecito antes de empezar.
       Henry entra al baño, se cambia y sale vestido con camiseta blanca, pantaloneta azul oscura y Crocs grises. Va a la cocina, toma el café y enciende la radio. Suenan baladas añejas. La mujer comienza a alistarse para salir a hacer las vueltas del día de una viuda pensionada. Él se apura, empieza a limpiar y a organizar. Ambos tienen una coreografía llena de gentileza, silencios, por favores y un sí señora con mucho gusto. A lo largo del día, Henry cambiará las sábanas, lavará los baños, quitará el polvo de las mesas y las estanterías, barrerá, trapeará, almorzará, planchará y terminará su jornada a las seis de la tarde. Se meterá a un bus con sobrecupo otra hora y media, y llegará a su casa a descansar.
       La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que existen al menos 67 millones de personas trabajadoras del servicio doméstico en el mundo. El 20 por ciento —unos 30 millones— son hombres, como Henry. En Colombia, según la Escuela Nacional Sindical (ENS), son apenas el 4 por ciento. Para la OIT, este oficio se sitúa en el extremo inferior de los trabajadores dedicados a la economía del cuidado porque las jornadas de trabajo son muy largas y los salarios muy bajos.

***

Hace 40 años una partera recibió al último de los seis hijos de Flor de María, a las ocho de la noche en una finca productora de café del municipio de Balboa —pueblo situado a una hora larga al occidente de Pereira—. Fue bautizado como Henry Nelson y en el espacio de los apellidos su mamá solo puso el suyo: Villa.
        A sus escasos ocho años el chiquitito se levantaba antes de las cinco de la mañana para ayudarle a su mamá a moler maíz y entrar la leña. Le seguía media hora de camino a pie por una carretera destapada hasta la escuelita más cercana. A veces no iba; otras veces perdía la ida porque la escuelita era muy retirada incluso para los profesores. Al regresar, limpiaba las marraneras y le llevaba el refrigerio a los trabajadores que su mamá alimentaba. En medio del poco contacto que tenía con personas distintas a su familia, Henry sentía algo diferente dentro suyo pero la mayoría del tiempo se la pasaba jugando entre las montañas, los cafetales, los árboles frutales y las matas de plátano que le servían de deslizadero, así que no le prestaba mucha atención a ello.
        Fue un día, a sus 8 años, justo después de terminar su sesión como explorador de cafetales —un juego que se inventó en donde se perdía con un costal lleno de frutas entre los sembrados para estudiar granos de café—, cuando Henry escuchó por primera vez que se tendría que ir de la finca: el dueño de la tierra le había dicho a su madre que la guerrilla de las Farc lo estaba extorsionando a él y a otros finqueros de la vereda.
       —Hasta que el patrón abandonó la tierra y a nosotros nos tocó salir para La Virginia con lo poquito que teníamos. Mi mamá sabía trabajar en finca y no en ciudad, fueron días duros —dice, mientras hace el mismo oficio que le permitió a su madre sobrevivir después de que se acabaron los ahorros: asear casas de familia.
        Fue ahí, en ese pequeño municipio al occidente de Pereira, con pocas montañas y mucha gente alrededor, donde Henry confirmó su homosexualidad.
       —Había un niño como de dos años mayor que yo, con el que jugaba a construir chocitas de guaduas y esterilla, detrás de una mata de estropajo.

Las paredes de las chozas las llenaban de pétalos amarillos, violetas, palos de madera y pedazos de estropajo. Desde afuera no se podía ver lo que pasaba adentro.
        —Ahí nos dimos el primer beso —me dice—. Es lo que ha definido muchísimo eso. —“Eso” es su homosexualidad—. Me acuerdo de la atracción que tuvimos en ese instante. La inocencia. Todavía no sabíamos diferenciar entre lo bueno y lo malo. Pero yo me sentía agradado por él, me levantaba para verlo llegar del colegio, porque él sí estudiaba, y nos íbamos a jugar. Ese niño era la imagen paterna que nunca tuve, mi protección.
        Después de que a su mamá se le terminaron los ahorros y el trabajo en La Virginia, se mudaron a Pereira a la casa de una tía. Henry creció, se hizo adolescente y obtuvo sus primeros empleos formales. A partir de entonces, empezó a padecer las consecuencias más livianas de la discriminación.
         Alguna vez, mientras se desempeñaba como vendedor de zapatos, su jefe lo puso a cargar un bulto enorme. Henry perdió el equilibrio, cayó al suelo y se pegó en una ceja con el filo de un andén. La cortada le abrió la ceja en dos. Una de sus compañeras de ventas, indignada, le reveló que ella se había dado cuenta de que el jefe lo había puesto a cargar ese bulto dizque para que “aprendiera a ser hombre”. A la semana siguiente, Henry renunció. No quiso darle explicaciones a su jefe cuando le preguntó el por qué. Pero él ataba cabos, escuchaba a la gente hablar, zurcía ideas y letricas: ho-mo-fo-bia.

***

Un día, su hermana mayor llamada Olga Lucía, que trabajaba en el servicio doméstico en casas de familia, amaneció con un dolor insoportable en la espalda. Ya había faltado mucho a su trabajo por asistir a citas médicas y, como no quería seguir incumpliendo, le pidió a Henry que la reemplazara. Henry aceptó y le fue tan bien en este trabajo que pronto fue recomendado en otras casas de familia. Tenía 23 años. Y fue desempeñando este oficio que debió soportar las consecuencias más pesadas de la discriminación.
        —Yo le trabajaba a una señora que tenía un almacén en la casa, le hacía aseo y le ayudaba a atender el negocio. La señora se consiguió un novio menor que ella, que estaba como loco. Le decía que me echara, yo no le gustaba. Hasta que un día, en un ataque de rabia, el muchacho cogió un cuchillo y me lo enterró en el brazo. Me lo cruzó de lado a lado. Afortunadamente, pasó por entre los músculos. Aunque me los lastimó, no me cogió ningún nervio. Pero para recuperarme de eso fue muy difícil.
       Henry cuenta la historia con la mano sobre la encimera de la cocina, con la espalda derechita y sin rabia. Se la pasa así: bien erguido y atento a lo que se le diga, como si en cualquier momento fuera a ser llamado a prestar servicio militar.
       —¿Qué sentiste?
       —No, no me dolió, yo solo vi el chorrero de sangre y me asusté mucho.
       —¿Te enojaste?
       —También.
       —¿Seguiste yendo a trabajar?
       —Sí. Después de que él se fue, pude volver a trabajar con más paz.
       En casas en las que trabajó después fue víctima de otras formas de discriminación. En una no lo dejaban sentarse en ninguna de las sillas de la casa y le obligaban a que se sirviera en platos de plástico y comiera con cubiertos de plástico, nunca en la vajilla. Además, le pedían que se hiciera en la zona de ropas. En otra casa le prohibieron usar los baños, entonces él debía pedir prestado el de la portería del edificio para cambiarse de ropa y hacer sus necesidades. Sin darle importancia a esto, siguió yendo a cumplir con su trabajo a pesar de que la señora de la casa le hizo recoger la basura con las manos y luego le pidió que se las limpiara con alcohol para que le ayudara a cambiar el colchón de lado. Y así, como si ninguno de estos actos discriminatorios fuera suficiente para apagar su voluntad de trabajo, Henry sigue yendo hasta hoy, a sus 40 años, a donde le den una oportunidad.

***

       —Cuando empecé a salir a las discotecas gais un muchacho me invitó a bailar, me preguntó en qué trabajaba y le dije que haciendo aseo. Hizo “¡Aah!” y se retiró. Pensé que físicamente no le había atraído.
       Henry agarra el palo de la escoba para descansar el brazo y continúa:
       —Luego, otro me sacó a bailar y me preguntó: “Cuéntame, ¿a qué te dedicas?”. Le respondí lo mismo y otra vez se rompió el tema. Con el tercero decidí ser más abierto, me preguntó lo mismo y le dije clarito “trabajo haciendo aseo en casas de familia y no tengo sueldo fijo”. “¿Eso es un trabajo?”, me dijo. “Lógico, es un trabajo común y corriente”, respondí. Luego me preguntó que por qué no me valoraba y buscaba trabajo en otra cosita, y se fue.
       —¿Qué sentiste?
       —Eso sí me dolió.
       Henry mira al suelo y aprieta la escoba. Luego me regala una sonrisa melancólica y dice que para evitar volver a sentir ese dolor cambió la explicación. Al que se lo preguntaba le decía que trabajaba en un almacén de zapatos, “porque como yo ya había trabajado en eso, no me dejaba corchar”.
       De a poco lo fue entendiendo.
       —¿Por qué cuando yo decía que limpiaba casas me decían cosas odiosas, pero cuando decía que era vendedor de zapatos ahí sí todos me querían y hasta me pedían descuentos? —me pregunta y él mismo se responde—: Estaba siendo discriminado por mi propia comunidad.
       Según Carolina Herrera, psicóloga clínica de Liberarte, un consultorio psicológico especializado en personas sexualmente diversas, discriminar “es el acto, intencionado o no, que pretende rechazar, humillar, agredir o marginar a otro ser humano por muchos motivos, entre ellos de género y orientación sexual”.
       Prohibirle a un empleado del servicio doméstico que se siente en las sillas de uso común, que coma en los platos en los que todos comen o que utilice los baños del lugar en donde trabaja es discriminación. Pero hay otro tipo de marginación de la que poco se habla, la endodiscriminación, que Herrera describe como “la discriminación que se presenta al interior de un mismo grupo poblacional o comunidad”. Un ejemplo es lo que le ocurrió a Henry en la discoteca donde él creyó que encontraría aceptación, pero encontró rechazo.
       Las consecuencias de este tipo de discriminación pueden ser devastadoras: “Se automarginan, sienten que ni siquiera con otros seres sexualmente diversos pueden tener un espacio seguro, y esto trae problemas como la incapacidad de construir redes de apoyo adecuadas. Si a eso le sumamos que la persona ya ha sido discriminada o rechazada por su familia de origen, el resultado es un proceso de mucha soledad que en algunos casos puede terminar en episodios depresivos y de ansiedad”, explica Herrera.
       En algunos casos, la soledad, la depresión y la ansiedad terminan en suicidio. El Instituto Colombiano de Medicina Legal documentó nueve casos —3 mujeres y 6 hombres, entre ellos un menor de edad— de personas sexualmente diversas que se quitaron la vida durante el 2019 en el país. Pero ignoramos más de lo que sabemos. “Hay estudios sobre el suicidio que, mediante encuestas, han podido revelar que una de las limitaciones para definir este dato —haciendo referencia a la orientación sexual del suicida— es su elusión por causa de la estigmatización de la homosexualidad”, escribió Anderson Rocha, doctor en Salud Pública.
       Para llenar estos vacíos de información, The Williams Institute at UCLA School of Law y Ser Feliz Is Free International Foundation llevaron a cabo una encuesta titulada “Angustia psicológica y personas LGBTI”, que ha sido la más amplia hasta este momento en Colombia. Los resultados: una de cada cuatro personas aseguró haber querido quitarse la vida, el 72 por ciento de los encuestados reportó haber vivido angustia psicológica moderada, tres de cada cuatro personas fueron objeto de matoneo al menos una vez antes de cumplir 18 años y el 25 por ciento fueron despedidos de sus trabajos, o se les negó alguno debido a su orientación sexual o identidad de género. Sin embargo, sobre endodiscrminación apenas si se habla o se investiga.

***

Muy cerca del apartamento que asea Henry, trabaja un exitoso empresario y contador reconocido en Pereira llamado Jairo. Los grupos sociales en los que se mueve saben de su homosexualidad y que lleva más de 20 años con su pareja. Su madre también conoce su orientación sexual, pero con su padre jamás ha hablado del tema. Es un acuerdo tácito entre ambos, su papá siempre les advirtió a sus hijos que detestaba a las “putas” y a los “maricas”.
       Vestido con camiseta de algodón azul y luciendo una modesta cadena de oro en el cuello, Jairo trata de explicarme la situación:
       —Entre nosotros también hay estratos sociales, no estamos exentos. Hay una élite gay que se ha procurado superación. Es verdad, te discriminan por lo que haces. Y escúchame esto —me dice con los dedos entrelazados sobre el respaldo de una silla frente a él—: dentro de los gais, si te van a tratar mal te llaman “peluquera”. Es la forma de ofender agrestemente al otro. Jamás me he enamorado de una persona así, tan femenina, porque, voy a ser explícito, son muy maricas y eso se sale del contorno de lo que los gais queremos respetar para que no nos estigmaticen.
       Le pregunto si es una coraza, una forma de protección.
       —No sé, solo queremos demostrarle a la gente que como somos exitosos, tenemos capacidad económica y nos gusta lo mejor, no nos pueden discriminar por el tema de ser gais. Me ha funcionado, vivo en el estrato socioeconómico que quiero y quepo en todos los círculos sociales. Jamás me he sentido discriminado.
       Luego habla sobre uno de los logros políticos más grande que ha tenido la población LGBTI en Colombia, y probablemente en Latinoamérica.
       —Claudia López es una mujer digna de admirar, pero que no tiene respeto por la sociedad. Ella quiere transgredir, imponer, como quien dice “venga mi comunidad LGTBI que ustedes van conmigo y nos tienen que respetar como sea”.
       Y habla sobre el triunfo.
       —Para que no te discriminen, el éxito es ser respetuoso, que no rompás con esos cánones de la sociedad. En mi apartamento se rompen porque es mi casa, mi espacio, donde mis amigos y yo nos podemos desinhibir.
       Y luego veo a Jairo, un hombre masculino, de voz gruesa y formas fuertes y atractivas, confesarse.
       —Todos nos esmeramos por ser los mejores, para ganarnos el respeto; puede servir como coraza, pero esa coraza nos ha dado el coraje de ser los mejores, quizá para protegernos de que nos digan “esa loca no sirvió”.
       Según la psicóloga Herrera hay lastres más profundos que cargamos en sociedad. “Las personas sexualmente diversas no son inmunes a las prácticas sociales y creencias que se manejan en una cultura. Ellos, al ser discriminados, intentan pertenecer a un grupo privilegiado dentro de la población LGBTI, a través de la marginación a otro segmento menos privilegiado de la misma población”.
       En mayo de 2019, la Personería de Pereira, a través del Observatorio de Derechos Humanos Carlos Gaviria Díaz, realizó una mesa de trabajo con la población LGBTI de la ciudad en la que se descubrió endodiscriminación en varios sentidos. Hacia los jóvenes seropositivos que eran burlados y aislados dentro de la misma población. Hacia los jóvenes que no habían hecho pública su sexualidad y eran tachados de “enclosetados” y poco valientes. Y, por último, hacia personas que presentaban conductas afeminadas visibles y eran evitados por sus compañeros para no ser relacionados abiertamente por la sociedad como personas sexualmente diversas.
       En la capital risaraldense, los 45 casos de discriminación en contra de la población LGBTI que han sido reportados a la administración municipal en los últimos cuatro años dejan más preguntas que respuestas: ¿cuántos de estos actos discriminatorios han sido ejercidos por miembros de la misma población?, ¿cuántas de las víctimas han preferido callar?

***

       —¿Qué clase de comunidad es esa a la que pertenezco si realmente discriminan en rangos y hasta en el rol? ¿Eres pasivo [femenino] o activo [masculino]? Si dos activos se encuentran no pasa nada, son relajados, pueden hablar. Pero, el decir es que si un pasivo se encuentra con otro pasivo se miran por encima del hombro, reparan cómo están vestidos y terminan en problemas porque están conectados a lo femenino. Somos unas locas, un alboroto. El juego es ¿quién tiene mejor cuerpo y ropa? Nos odioseamos porque la discriminación, más que afuera, está adentro, en nosotros —reclama Henry mientras regresa la alfombra a su lugar luego de trapear.
       Uno de los significados que la Real Academia de la Lengua Española (RAE) le da a la palabra comunidad es: “congregación de personas que viven unidas bajo ciertas constituciones y reglas”. Henry no pertenece a ninguna comunidad. En realidad, nadie que tenga una sexualidad o género diverso hace parte de una comunidad —a menos que lo busque activamente—, como sí de una población. Tampoco es verdad que limpiarse las manos con agua, jabón y alcohol disminuya el riesgo de transmisión de infecciones asociadas a la población LGBTI, como lo creyó alguna vez una jefa de Henry. Tampoco debería ser cierto que si una persona sexualmente diversa anula expresiones femeninas tiene más opciones de ser exitosa.
       Todos son convencionalismos, ideas generalizadas que se tienen por verdaderas debido a la comodidad o conveniencia social, y cualquiera puede caer en ellos. La mejor forma de contrarrestarlos es reconociéndolos, plantea la psicología Herrera, porque “todos tenemos prejuicios de distinta índole y el preguntarnos de dónde salieron, si son vigentes o no, y a quiénes puedo lastimar con ellos es un buen primer paso”.
       —¿Qué más haces para que no te duela, para cuidarte? —le pregunto a Henry.
       —Si oigo un chiste discriminatorio entre mi familia o amigos comento que eso no está bien. Y ahora evito lugares donde me hacen sentir mal y trabajo en esta casa, donde la señora me hace café en las mañanas y a la hora del almuerzo me pide que me siente junto a ella para que le haga compañía.

La tierra de Los Almendros

Texto: Laura Rodríguez Salamanca
@Lrodrguezs1
Ilustración:  Daniela Hernández
@Danielailustra

La tierra de los almendros

Van cinco siglos de violencia contra el pueblo Zenú. Sus actuales sobrevivientes ocupan el histórico territorio que fue arrasado por la conquista española. Asediados por todos lo grupos armados vigentes en Colombia, solo esperan que el Estado cumpla sus compromisos.

¡Brrrum, brrrum! ¡Traca, traca, traca! La moto traquetea, salta, se embarra y, por momentos, creo que estamos a punto de caernos encima del pantano rojo. Es época de lluvias y la humedad se siente hasta en la punta del pelo. El mototaxista esquiva zanjas y estiércol de cebú, pasa por encima de ramas atravesadas, sube por tramos de placa huella y supera arroyos que le dan nombre a las veredas.
      En contravía pasan otros mototaxis con pasajeros y carga: yuca, ñame, azadones y palas. Cuando sacudo la cabeza saludando, ninguno contesta. Todos rehuyen a mi mirada y a la de cualquiera. Y el mototaxista me explica la razón: pocos foráneos visitan El Bagre por esos días. Cuando lo hacen, los vecinos se dan cuenta de inmediato y desconfían: piensan que son mineros, empresarios de quién sabe qué mercancía o, peor, periodistas que buscan lo que no se les ha perdido.
       Después de media hora de camino, nos toca hacer una parada. Un camión se enterró en el pantano y está obstruyendo el paso. Mientras el conductor lucha con la cabrilla y la palanca de cambios, los vecinos salvan la valiosa carga: una nevera nueva.
       Voy hacia el resguardo zenú de Los Almendros y el camino está trazado por carteles blancos: “Un atentado contra la Misión Médica es un atentado contra usted”, “El Bagre, territorio de paz”, “La Defensoría del Pueblo pide respetar la vida de los civiles en medio de las confrontaciones armadas”. Estos carteles se dejan ver cada diez minutos y en los intermedios encuentro casas de madera tosca, a medio pintar, con techos reforzados con plástico negro. Casi ninguna, habitada.
       Ya nos habían advertido. Anoche Pablo David, el fotógrafo que me acompaña, llamó a un colega suyo de la Agencia Francesa de Noticias (AFP) pidiéndole recomendaciones de seguridad. “¿Está en el pueblo fantasma? —le dijo—. Hace como dos meses se fueron unas 700 u 800 personas de allá. El editor no nos dejó ir, por la inseguridad”.

***

El resguardo zenú de Los Almendros se encuentra a una hora del centro de El Bagre, en la región del Bajo Cauca antioqueño. Es una zona que en los últimos años ha padecido un aumento de los homicidios y, en general, el agravamiento de la violencia. Según datos de la Policía Nacional, citados por la Defensoría del Pueblo, en el 2018 hubo 45 asesinatos en El Bagre, mientras que en 2017 hubo 11. Para 2019 la cifra fue de 37.
       El Bagre es un municipio de unos 1.500 kilómetros cuadrados —la misma superficie de Bogotá— pero con apenas 51.862 habitantes. Su economía está basada en la minería de oro. De acuerdo con datos de la Agencia Nacional de Minería, entre enero y septiembre de 2019 se extrajeron legalmente casi 58.000 onzas, que junto con las 225.000 producidas en los municipios vecinos de Segovia y Remedios, completaron un tercio de la producción total nacional.
       Después de que la guerrilla de las Farc saliera de la región en 2017, El Bagre se convirtió en área de disputa entre los neoparamilitares de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) —“Clan del Golfo”, para el Gobierno— y la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Más tarde, a mediados de 2018, también entró a esta guerra una disidencia de las AGC conocida como el Bloque Virgilio Peralta Arenas (BVPA), denominados por el Gobierno como “Los Caparros”- 

       El interés de estos grupos por El Bagre se debe a que su ubicación es clave para el tráfico de cocaína, pues está conectado con el Urabá, con el sur de Bolívar, con la costa norte colombiana, y tiene rutas que conectan con la frontera venezolana.

***

Luego de dos horas en la mototaxi, llegamos a la escuela del resguardo: una casa blanca de símbolos patrios desdibujados, excepto un sombrero vueltiao, el máximo ícono de las comunidades zenúes, que está a todo color. La escuela está custodiada por una cerca de alambre, tres gallinas, un matarratón y cuatro vacas. Robinson Benitez, el cacique del resguardo, nos recibe con una sonrisa que achica sus ojos, haciéndolos parecer chinos.
       —Bueeenos días —dice, lentamente, con acento sabanero.
       Nos conduce a su casa y nos invita a una taza de café bajo la sombra de un algarrobo. La taza hierve, pero el café alivia la insolación.
       —¿Ustedes vienen de Bogotá? —pregunta—. Eso es muy lejos, ¿verdad? Aquí vienen funcionarios de un lado y otro a llevarse nuestras inquietudes, a escuchar las necesidades. Pero se van y si uno no está llame y llame, se olvidan de nosotros.
       Un par de minutos después se nos une una mujer, que puede tener unos 60 años. Recarga energía con el tinto. Dice que ha caminado una hora a pleno sol por entre el monte. Y nos pregunta que si venimos de Bogotá.
       —¿Ustedes son los de la reunión?
       Creo que la reunión es la entrevista que había acordado con el cacique Benitez días antes, cuando lo conocí en Medellín y le prometí venir hasta aquí. Él mismo nos ayudó a coordinar el transporte, que se le debía encargar a alguien de su entera confianza por la situación de seguridad en la zona.
        Pero parece que no. Mientras recorremos el resguardo, más me confundo. La gente nos ve —al fotógrafo y a mí— y le repite al cacique lo mismo: ¿Ellos son los que van a hacer la reunión? ¿Ellos son los que vienen de Bogotá? Cuando Robinson lo niega, nos miran decepcionados. Ocurre con Ana, una mujer de ojos grandes, de ascendencia zenú y embera eyabida. También con otro miembro de la gobernanza del resguardo y con un par de ancianos que se protegen del sol en un ranchó de tablones.
        Solo hasta que pasamos el puente de tablas que atraviesa la quebrada Las Negritas, Robinson nos cuenta lo que ocurre.
        —Anoche, y es la tercera vez que pasa, el veterinario del SENA que tiene que hacernos la capacitación del ganado me llamó para decir que no venía. Eso es lo único que nos falta para empezar el proyecto productivo que nos dieron porque nosotros perdimos mucho en el conflicto. Desde el año pasado estamos en las mismas, con la plata en la cuenta, pero no podemos invertirla si no viene. Y ese ganado sirve para que podamos permanecer en el territorio.
       Pero este incumplimiento es solo el más reciente de una centenaria cadena de abusos y explotaciones que se remontan a la conquista española.

***

—Los viejos de nosotros se movilizaron como en 1955 para Antioquia. Venimos nacidos de Sotavento, pero nos acabamos de criar por aquí. Estuvimos unos años en Caucasia y luego nos vinimos pa’quí. Entonces mi papá se ubicó en este territorio, que era tierra baldía. Compró un pedazo de monte que él había tumbado —dice José Montalvo, casi 70 años, uno de los mayores del resguardo.
        —¿Por qué se vinieron para acá?
        —Ellos cuentan que mi papá no tenía tierra en donde trabajar. Aquí la tierra producía plátano y eso le gustó. En cambio, allá tenía poquita y no daba para sostenernos a todos, que estábamos pequeños. Así que se quedó aquí y aquí nos dejó. Éramos nueve hermanos.
        —¿Y los nueve se quedaron?
        —Al principio sí, pero después con la vaina de la violencia se fueron unos para el pueblo. Pero nosotros preferimos quedarnos. Si arrancamos pal pueblo vamos a sufrir más. Al menos aquí tenemos un poquitico de acción, pero afuera no —responde con la cabeza gacha.

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Como cuenta Rubén Hernández, cacique del resguardo El Noventa, el pueblo indígena zenú nació en el territorio bañado por los ríos Sinú, San Jorge, Magdalena, Cauca y Nechí, una región hermosa, plana y fértil. Fueron tan importantes en la época precolombina que, doscientos años antes de Cristo, empezaron a construir un sistema de canales y drenaje que les permitía controlar las inundaciones y adecuar la tierra para cultivos y vivienda. Pero por estar situados en una zona plana, fueron fácilmente sometidos y esclavizados por los conquistadores españoles. A diferencia del pueblo embera que sí pudo huir hacia las partes altas de las montañas.
       En 1773 la Corona Española les escrituró un terreno de 83.000 hectáreas entre lo que hoy son los departamentos de Córdoba y Sucre. Allí constituyeron el resguardo San Andrés de Sotavento. A principios del siglo XX, el Estado disolvió algunos resguardos coloniales en toda Colombia entre los que estaba el zenú, con el argumento de que ya no había ‘indios’, porque habían perdido su lengua. Hacia los años cincuenta, en medio de la violencia partidista, “los terratenientes empezaron a arrinconarlos y a quitarles esas tierras. Muchos salieron huyendo y se dispersaron porque los habían expropiado”, dice Hernández.
        No se sabe cuántos llegaron a las zonas apartadas del Bajo Cauca, pero lo cierto es que al dispersarse y no expresarse en lengua propia, empezaron a ser reconocidos con una identidad campesina, no indígena. La comunidad de Los Almendros nació en ese desplazamiento. Hasta este lugar llegaron siete familias que, con el paso del tiempo, se fueron reconociendo a sí mismas como zenúes y se unieron para gestionar su gobernabilidad, recuperar sus costumbres, rituales y adquirir herramientas que les permitieran conservar el territorio. Hacia 2005, estas familias juntaron sus tierras y las donaron a la comunidad para darle vida a su propio resguardo. En 2009 lograron la titulación colectiva por parte del Estado. Hoy suman más de 280 personas.

 

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Petronia Montalvo es hermana de José. Pero no llegó al resguardo con él, sino años después cuando una tía la sacó de San Andrés de Sotavento. Tiene 76 años, pero pocos surcos en las manos y solo un par de canas se asoman en su cabello negro. Está sentada con su hermana, Antonia, en una esquina observándome con curiosidad mientras converso con los demás. Entonces me le acerco y me dice:
        —Sí, es verdad que uno en el campo está como más bien. Las veces que se metió la violencia esa, nos fuimos toiticos a pie pa’l Bagre, con todos esos pelaos apenas con la mera ropa en el cuerpo. Y allá, todas las veces que hemos ido nos ha tocado aguantar hambre. Por eso siempre volvemos cuando está bueno. Uno por acá se crio, siembra yuca, plátano, cría a sus marranitos y sus pollos para la liga. A veces le he dicho a mi marido: “ay, construye un cambuche en otro lado. Yo no vengo más por acá”. Pero luego me arrepiento porque ¿cómo vamos a dejar la casita?, ¿cómo vamos a dejar que se la coma el comején?
        Cuando ella termina de hablar, José me susurra algo:
        —Hasta ahorita ha estado quieto porque los demás grupos armados no han llegado todavía. Pero hay muchos rumores de que van a entrar.
        Además de hacer parte de un municipio priorizado dentro de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), el resguardo Los Almendros fue declarado por la Unidad de Víctimas como sujeto de reparación colectiva. Sin embargo, de las cuarenta medidas de reparación que, según Robinson, fueron concertadas con el Estado solo se ha cumplido una: volver a celebrar el “Festival del bollo”, que había dejado de realizarse, como muchas otras reuniones, por miedo a los enfrentamientos armados, y que es un evento que los conecta con sus raíces y reivindica su identidad indígena.
        Las demás —entre las que se cuentan, por ejemplo, la reactivación económica de las mujeres a través de la artesanía, el reconocimiento y la siembra de sus semillas tradicionales y la construcción de un puente y una placa huella— están en veremos, mientras que las necesidades de la comunidad apremian.
        El mayor deseo de Robinson y de los zenúes de Los Almendros es que la próxima moto que llegue, que atraviese el camino de barro y arroyos, sea la que traiga el veterinario que les va dar capacitación. Han pasado más de seis meses y nada que viene.