Despacho # 4 “No tenemos cómo defendernos de la epidemia”

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Maria José Porras
IG: @iofi.bina

Despachos de la pandemia (desde el encierro)

Despacho #4 

“No tenemos cómo defendernos de la epidemia”

Ayer 11 de abril, el reporte del Instituo Nacional de Salud confirmó el primer caso de un infectado por Covid-19 en Quibdó, Chocó. Los habitantes de esta ciudad le temen a la enfermedad, pero como tampoco quieren morir de hambre se arriesgan al contagio trabajando en la calle. La crisis los ha puesto entre la inanición y el virus. 

A comienzos de abril, hace apenas unos diez días, circuló un video en redes sociales que mostraba lo que estaba sucediendo en la plaza de mercado de la ciudad de Quibdó. Una cantidad incontable de embarcaciones pequeñas —entre las que había canoas, botes y lanchas— se encontraba descargando pescado y plátano en la plaza de mercado a orillas del río Atrato. Mientras unos bajaban estos alimentos, otros se dedicaban a limpiar el pescado, a desescamarlo y a repartir el plátano. La gente subía y bajaba, se saludaba, sonreía, conversaba. El lugar se encontraba atiborrado de campesinos que recién habían llegado de sus comunidades para vender estos productos. Era el primer día de subienda y el bocachico aleteaba abundante entre los canastos de los pescadores.
       No era una escena exótica o irreconocible, salvo por el detalle de que ya regía la orden presidencial de cuarentena en todo el país. Ninguno de los rostros del video —que era un clip casero tomado con celular— estaba protegido con mascarilla o tapaboca, ni nadie se distanciaba de nadie los dos metros recomendados. En esta plaza de mercado, al menos durante ese primer día de la subienda, parecía no existir el temor a contagiarse del virus Covid-19. “Han sido días normales en el mercado”, me confirmó ‘El Murcy’, un joven fotógrafo raizal llamado Jeison Riascos. “Se ve lleno de gente porque aquí se vive de lo que se produce en el día a día. Muy pocos se pueden quedar en su casa sin hacer nada”.
       A unas cuantas cuadras de allí, en una calle peatonal conocida popularmente como la Alameda, sucede algo parecido. Los vendedores estacionales y ambulantes que habitualmente llenan este sector con sus puestos de trabajo no han dejado de hacerlo a pesar del decreto de aislamiento social. “Tenemos que ser flexibles”, me dijo Javier Moreno, el secretario de gobierno municipal. “Sabemos las condiciones de pobreza de estas personas y por más ayudas humanitarias que entreguemos no damos abasto para suplir todas las necesidades de la gente”.

       Quibdó está habitado por unas 130.000 personas y es la capital del departamento del Chocó. Territorio selvático cruzado por ríos largos y caudalosos. La región colombiana más extensa sobre la costa del oceáno Pacífico. En varias oportunidades, las mediciones han permitido concluir que este es el lugar con el mayor índice de necesidades básicas insatisfechas del país; en otras palabras, el más pobre. También es uno de los más afectados por el conflicto armado y hoy, luego de tres años de firmado el acuerdo de paz entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las Farc, sigue siendo escenario de enfrentamientos armados, combates, bombardeos y desplazamientos forzados masivos. Según Moreno, al menos el 30% de la población de Quibdó es víctima del conflicto armado.
       A estas cifras se suman la de desempleo y la de ocupación informal. En una ciudad sin industria y sin fuentes de trabajo numeroso, en la que el mayor empleador es el Estado, la cantidad de gente desempleada ha rondado el 19% desde hace dos décadas. El indicador de 2019 fue 18.9%. Cifras que representan casi el doble del porcentaje consolidado nacional, cuyo registro más reciente fue del 10.5%.
       Y luego, las cuotas de informalidad: de acuerdo a las estimaciones de la Secretaría de Gobierno de Quibdó cerca del 65% de la población vive del rebusque diario. Esto quiere decir que unas 70.000 personas pisan la calle todos los días persiguiendo el sustento cotidiano. Los tres sectores más representativos de este rebusque son: uno, la minería informal y la madera que son los campesinos que hasta antes de este encierro llegaban a Quibdó, provenientes de zonas apartadas, a vender oro y madera en las compraventas; dos, los campesinos cultivadores y pescadores, que así como se ha visto en estos días de subienda, arriban a la plaza de mercado a dejar lo que cosechan en la semana; y tres, los conductores de moto que transportan gente por la ciudad y que son conocidos como ‘rapimoteros’.
       Tras la cuarentena, los mineros y madereros no han vuelto a vender nada porque las compraventas permanecen cerradas. Los cultivadores y pescadores han vendido mucho menos que siempre porque la demanda se ha reducido a menos de la mitad. Y los rapimoteros, prácticamente, tienen sus motos quietas.

       Jaminton Robledo es un líder social de los barrios del norte de Quibdó. Esta zona de la ciudad se ha ido levantando desde hace unos 25 años para reubicar a las familias víctimas del conflicto armado que debieron desplazarse de sus comunidades lejanas y venirse para la capital. A juicio de Robledo esta zona puede estar habitada por unos 40.000 chocoanos que antes de haber sido violentados por la guerra se dedicaban a las labores del campo. En promedio, cada casa puede estar habitada por siete personas: papá, mamá, hijos y algún nieto.
       “Los trabajadores más afectados del norte de Quibdó son los rapimoteros y los peluqueros”, me dijo. “En general, población joven”. Hay familias que dependen exclusivamente de lo que produzcan sus hijos peluqueros o rapimoteros. Es difícil encontrar familias con hijos en carreras universitarias o desempeñándose en puestos de trabajo formales en oficinas. El ejemplo usual podría ser que el papá, si no es muy viejo, trata de ganar algo de dinero —unos 10.000 pesos diarios— como vendedor ambulante; la mamá, si no está enferma, se encarga de los trabajos domésticos y recibe ayuda de sus hijas menores; los hijos mayores, si tienen moto, voltean todo el día y parte de la noche transportando gente y pueden ganarse unos 20.000 pesos en total. Pero si no tienen moto, siguen los pasos del papá ofreciendo alimentos o cachivaches en las calles del centro de Quibdó. En conclusión: hasta antes de la cuarentena una de estas familias vivía con unos 30.000 pesos diarios.
      “Y ahora nada”, agregó Jaminton. “Los rapimoteros llegan hasta el puente de Huapango, que es la división del norte con el centro de la ciudad. Ahí miran si les sale una carrera, si no hay policía haciendo controles, si pueden seguir trabajando. Se arriesgan a que las autoridades les quiten la moto y les impongan un comparendo por violar la cuarentena”.
       No hace mucho, Jaminton acompañó la repartición de 200 mercados que la Secretaría de Inclusión Social del municipio distribuyó entre los adultos mayores del norte de Quibdó. “Cada mercado era un pollo, unos pescados y unos plátanos. Comida para el día de una familia”. Alrededor del punto de entrega se aglomeraron personas jóvenes que no iban a recibir esta ayuda. Uno de ellos que es rapimotero le dijo a Jaminton: “Profe, deme un mercadito a mí. Estoy llevado. No tengo nada en mi casa y mi familia depende de mí”. Jaminton no pudo ayudarlo. Los funcionarios de la Secretaría le contestaron al muchacho que más adelante habría ayudas humanitarias para otros sectores de la población.
       “Aquí al norte de Quibdó no ha llegado ninguna otra ayuda humanitaria más que esos 200 mercados”, me dijo Jaminton. “El Gobierno Nacional los ha anunciado, la gente los escucha, pero no se han visto. Tenga en cuenta la cifra: 200 mercados para una zona que tiene 40.000 habitantes”.

       Uno de los barrios más representativos del norte de Quibdó es El Reposo. Tiene tres etapas, la última de las cuales se llama ‘Dos de mayo’ y surgió como solución de vivienda para los desplazados de la masacre de Bojayá —ocurrida el 2 de mayo de 2002—. Uno de los líderes más queridos por los jóvenes es Jonathan Martínez. Hace unos meses que lo conocí me dio una de las definiciones más esclarecedoras y sencillas de lo que significa ser líder social en un suburbio marginal: “Ponerle siempre la cara a los problemas que uno puede ayudar a resolver”.
       En este barrio, Martínez creó una escuela y grupo de baile llamado Black Boys Chocó que hoy agrupa a más de 200 niños. Durante esta cuarentena, este grupo ha querido suavizar el encierro compartiendo videos de baile que pueden ser tutoriales para un aprendiz —veánlos y sigan la cuenta aquí —. “Queremos que los niños se queden en la casa y se cuiden, que no tengan que salir a la calle a rebuscarse el sustento de sus familias. Pero para eso necesitamos que el Gobierno Local ayude, que la Presidencia ayude”.
       Jonathan me dijo que en El Reposo la gente está cumpliendo la cuarentena a medias. Y que es entendible. Solo unas pocas familias pueden quedarse en sus casas y seguir aguantando. Pero la mayoría, no. Él teme que en medio de esta crisis algunos de los jóvenes que se sientan inútiles, olvidados por el Estado y hambrientos se pasen a la delincuencia. “Es lo que aquí puede suceder. Las bandas delincuenciales están ahí, son una opción y los jóvenes no van a dejar morir de hambre a sus familias ni a ellos mismos. Todo el trabajo de paz y tejido social que hemos construido en estos años en El Reposo se puede dañar en esta crisis”. Agregó que con el anuncio de la extensión de la cuarentena las familias del norte de Quibdó quedaron en vilo porque ya están en el último momento de resistencia. “Si el Gobierno no le da de comer a la gente, la gente se va hacer sentir. No solo van a violar la cuarentena, sino que nadie evitará que saqueen los supermercados. El día de la quema se verá el humo”.

El día en que la Organización Mundial de la Salud le recomendó a los países del mundo que la mejor estrategia para empezar a mitigar el contagio del Covid-19 era el aislamiento social —el encierro de los infectados, la cuarentena y el cierre completo de ciudades— los países pobres contestaron que es una medida funcional para países ricos o sin graves carencias de empleo, sin hambre y con el sustento asegurado. Pero en los pobres, donde la comida diaria depende de lo que sea capaz de producir cada persona en el día, el aislamiento social solo agrava el problema porque pone a la gente entre dos opciones: el hambre o el virus.
       “No nos ha llegado nada de las ayudas humanitarias por parte del Gobierno Nacional”, me dijo Javier Moreno, el secretario de gobierno municipal. “En el hospital de Quibdó solo hay 28 camas de cuidados intensivos y el departamento tiene más de 500.000 habitantes. Al personal médico que labora allí se le deben más de seis meses de salarios. No tenemos cómo defendernos de la epidemia. Ayúdemos con esta publicación, que el Gobierno Nacional sepa que estamos a merced del virus”.
       “Aquí la gente sabe que si no trabaja no come”, me dijo El Murcy. “Mientras deban seguir yendo a la plaza de mercado a ver qué consiguen, seguirán yendo. Nadie se va a quedar quieto”.
       “La gente ya está desesperada. Yo calculo que pueden aguantar tres o cuatro días más, pero si no reciben ayuda nadie va a esperar a que termine la cuarentena el 27 de abril. Se la van a jugar: ‘o me mata el virus o me mata el hambre’”, me dijo Jaminton.
       Y Jonathan cerró: “Yo le digo al Presidente: póngase la mano en el corazón y ayude al Chocó”.  

Despacho # 3 “Aquí nadie quiere infectarse”

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Maria José Porras

Despachos de la pandemia (desde el encierro)

Despacho #3 

“Aquí nadie quiere infectarse”*

La epidemia avanza. Con el encierro de la gente, el país ha ganado tiempo para tomar mejores desiciones e ir ajustando la estrategia que detenga el contagio. La pregunta que nos hacemos ahora es por los médicos: ¿cuáles son sus angustias actuales? ¿qué implica querer curar a sabiendas de que muchos infectados van a morir?

En la segunda semana de marzo, hace escasos veinte días, Europa central se convirtió en el epicentro mundial de la pandemia del Covid-19. Las noticias emitidas desde Italia y España solo referían cifras de contagio en decenas de miles y un promedio en cada uno de estos dos países entre 700 y 800 muertos por día. Mientras que la región más afectada de Italia era —es— Lombardía, la de España era —es— Madrid y alrededores.
            Una amiga mía vive hace dos décadas en la capital de España y se desempeña como médico especialista en rehabilitación ósea. Dadas las circunstancias, me dio por escribirle y pedirle, en la medida de lo posible, que me concediera una pequeña entrevista sobre lo que ella estaba atestiguando. Amigos en común me habían informado que ella está clavada trabajando en una clínica que solo atiende pacientes de Covid-19. Como en principio su especialidad no tiene nada qué ver con los tratamientos que obliga esta infección, pensé que no era atrevido y oportunista hacerle mi petición. Ella, en tono afectado, me escribió un mensaje de vuelta diciéndome que no, que no era “un buen momento”, que su suegra estaba internada en condición grave y que ella estaba padeciendo un nivel alto de estrés y ansiedad. “Estoy emocionalmente hundida”, zanjó.
            Si algo ha entrado en crisis con esta pandemia es la salud mental de los profesionales de la atención médica. En unos pocos días, especialistas en áreas clínicas como internistas, neumólogos, infectólogos, urgentólogos, cardiólogos, entre otros, pasaron de vivir un estrés laboral rutinario a uno en grado máximo e inevitable. “Antes no me tocaba ni una alerta naranja en el día; ya en este momento recibo cinco o seis diarias. Y eso que acá no hemos llegado al momento de máximo contagio”, me dijo un internista de una clínica privada de nivel 4 en la ciudad de Pereira a quien llamaré G.
            Las preocupaciones que rondan ahora a los médicos pueden ser tres: primera —la más importante según entendí—, es que el sistema de atención colapse, que los infectados lleguen a ser tantos que no se puedan atender. Segunda, que ellos y el resto del personal médico se contagie y lleve el virus a su casa. Y tercera, que la información científica sobre el virus apenas está siendo concretada en el mundo y, en general, la enfermedad sigue sorprendiendo.
            Vamos una por una.

El colapso

A comienzos de marzo, luego de que supimos del primer contagiado en Colombia, llamé a G para que me diera su opinión sobre lo que podría pasar en el país. G, debo decirlo ya, es el médico que me ha atentido hace años y con quien he desarrollado suficiente confianza para hablar sin misterios sobre la ortodoxia de la medicina. Su conocimiento clínico ha sido probado dentro del gremio reconociéndolo en varias ocasiones como uno de los diez internistas más sabios del país.
            De entrada me dijo “nos llevó el putas” y citó una cifra con la que quería probar su pesimismo: “En Colombia no tenemos más de 7.000 ventiladores o respiradores mecánicos, y los modelos matemáticos indican que en el pico del contagio necesitaremos unos 23.000”. Un mes más tarde, es decir ahora a comienzos de abril, volvimos a hablar del tema y me contó que en la clínica para la que trabaja ya hay ocupados tres ventiladores de los veinte que tienen. “Está claro que los vamos a ocupar todos en pocos días, mucho antes de alcanzar el mayor número de infectados”, dijo. Añadió que aunque en el país se estaban habilitando clínicas abandonadas —como las que quedaron cesantes tras la quiebra de la EPS Saludcoop— y se estaban adaptando amplios espacios techados como si fueran hospitales de campaña y desocupando pisos completos de clínicas para empezar a acomodar pacientes de Convid-19, el problema era la falta de equipos de soporte pulmonar: balas de oxígeno para cada cama nueva habilitada con pacientes de síntomas moderados a severos, y ventiladores para cada cama de cuidados intensivos. “Hay universidades públicas que han creado modelos de ventiladores más baratos, pero quién sabe si podremos llegar a usarlos tan rápido como los vayamos a necesitar”.
            Desde Buenos Aires, Argentina, otro internista me describió lo que para ellos allá será el colapso. En ese país se han registrado más de 1.400 infectados y van 43 muertos, cifras que Colombia está cerca de manejar. Sus agravantes son dos: que durante el mes de enero, una cantidad indeterminada de porteños se encontraba en Europa, especialmente en Italia, cuando la infección corría impunemente entre la gente y todavía no se había manifestado con síntomas mortales y no parecía preocupar a nadie. A su regreso a la Argentina, estos viajeros esparcieron el virus sin darse cuenta. Y desde el 23 de marzo, día en que las autoridades sanitarias registraron el primer caso sin vínculo epidemiológico —sin poder rastrear cómo se contagió—, la ciudad de Buenos Aires se encuentra en la fase tres de la epidemia, es decir en ‘transmisión comunitaria’. Este internista, a quien llamaré M, me dijo: “Acá ya no se requiere que una persona haya venido desde un país pandémico o que haya tenido contacto cercano con un viajero de un país pandémico. Acá cualquier persona con los síntomas ya es un probable caso de Covid-19”.
            Lo más inquietante, a su juicio, es que las pruebas RT-PCR han mostrado resultados de falso negativo muy altas, hasta de un 41%. Pacientes que en la primera prueba dieron negativo y a los cuales se les pudo hacer una segunda ya dieron positivo. “Tenemos un subregistro de los positivos. En teoría, debería ser el 20% de los infectados, pero como ese 80% restante no presenta síntomas va por ahí contagiando mínimo a tres personas más”.
            Dice que los médicos más viejos han sido mandados para la casa por indicación de la clínica para la que trabaja, que les ordenaron estar en aislamiento y alejados de la práctica profesional para evitarles el contagio. Y dice que lo más grave está por venir cuando las temperaturas de la ciudad bajen con el cambio de estación y se pase de otoño a invierno: “Vamos a entrar en la época de Influenza estacional y ante la similitud de los síntomas, vamos a atender a todos los pacientes como si tuvieran Covid-19. Esto va a colapsar”.

Llevar el virus a casa

A M le sucedió. Uno de los primeros pacientes que recibió en la clínica por sospecha de Covid-19 fue una mujer recién bajada de un crucero por Europa. M aisló a la mujer y esperó el resultado de la prueba. Horas más tarde recibió al hijo de esta paciente y le dio igual trato: aislamiento preventivo, pero quedó pendiente la toma de la prueba según el resultado que arrojara el de mamá.
            Al día siguiente, otro internista compañero de trabajo le dijo a M que el resultado de la prueba de la mujer había dado negativo. M verificó el dato entrando a la página web del ministerio de salud argentino y leyó: “negativo”. Se dirigió, entonces, a la habitación del hijo de la mujer. Revisó los exámenes regulares de laboratorio y las radiografías de pulmón. El paciente no tenía fiebre ni mayores síntomas y en las radiografías no se notaban cambios que dejaran ver el inicio de una neumonía. M entró a la habitación del paciente rompiendo el protocolo de riesgo: sin barbijo ni guantes ni traje protector. Le dio el alta y lo mandó para la casa. Esa noche, M recibió una llamada del director de la clínica en la que le advertían que el resultado de la prueba de la mujer había sido un falso negativo, que le habían practicado la segunda prueba y había arrojado positivo. La señora sí tenía el Covid-19 y en consecuencia el hijo también podía tenerlo. El director le indicó a M que se aislara, pero ya era tarde. M vive en un monoambiente con su esposa. Si había quedado infectado, ella también lo estaba. La pareja conversó las posibilidades: qué les podía pasar, cuál era el riesgo de agravarse y ser internados en cuidados intensivos. Al día diez de su encierro, el médico de la clínica lo llamó de nuevo para decirle que las dos pruebas que le habían practicado al hijo de la señora habían dado negativas, que no estaba infectado. M sintió que le volvía la vida. “Mi esposa y yo somos jóvenes y no tenemos otras enfermedades, pero con este virus no se sabe qué pueda pasar”.
            G no ha sufrido de un susto equiparable, pero dice que la falta de equipos de protección si ha sido un grave error de procedimiento. Hace una semana recibió una alerta naranja. Debía atender a una paciente recién internada con todos los síntomas del Covid-19. G no tenía un barbijo de tipo N95 —el adecuado para evitar el contagio—, apenas una mascarilla de protección quirúrgica. Salió del consultorio y habló con el grupo de médicos que estaban en ese momento en el piso de atención y les pidió el favor de que lo relevaran. Una médico sí tenía ese implemento, aceptó tomar el lugar de G y fue a ver a ese paciente. “Mi sistema inmunológico se inflama muy fácil —me dijo G—. Si a mí me llega dar ese virus, me saca de camino fácil”. En su jerga, ‘me saca de camino’ quiere decir ‘me mata’. Y en caso de que no, su otro gran miedo es llevar la infección a su casa y contagiar a su esposa —enfermera de profesión— y a su hija que es una niña menor de diez años. “Mi esposa está sufriendo de ansiedad por el riesgo que estoy corriendo. Y si le contagio el virus a mi hija no se sabe qué le pueda pasar. Es falso que a los niños no les pase nada. Ese virus es una porquería. Enloquece el sistema inmunológico; en la nariz este virus se multiplica mil veces más que el coronavirus del SARS y si llega a bajar a los pulmones, cuente con una infección severa. No hay manera de que sea leve”.
            Otro médico de los que entrevisté y que trabaja en atención domiciliaria me reveló que hace unos veinte días, cuando los casos de contagio en el país apenas estaban empezando, los médicos de una clínica privada le pidieron a los directivos que los confinaran en un hotel mientras trabajaban en la pandemia. Esa clínica ya había recibido tres casos graves que se estaban debatiendo entre la vida y la muerte en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), y los médicos advertían que sería así de ahí en adelante. “No querían llevar el virus a su casa”, me dijo este médico a quien llamaré D. “Pero la clínica les dijo que no, no iban a correr con ese gasto”. Desde entonces, los que han podido se alejaron temporalemente de sus familias mudándose de cuenta propia a unos apartamentos cercanos a la clínica. “Nadie quiere infectarse y estamos resolviendo cada cosa que resulte día tras día”.

La infección sigue sorprendiendo

Hace cuatro días, D llegó a la sala de urgencias de una clínica privada con un paciente que presentaba una infección en los riñones. Se trataba de un caso cotidiano en su trabajo, nada relacionado con el Covid-19. Luego de gestionarle el ingreso, se puso a hablar con el médico urgentólogo que estaba a esa hora como jefe de sala. En eso, una ambulancia arribó a toda prisa y se bajaron dos camilleros vestidos con los trajes de riesgo biológico. Abrieron las puertas y descargaron un paciente que habían recogido con todos los síntomas graves de la epidemia, incluida la dificultad evidente para respirar. D los vio moverse con premura y preocupación. Y vio que al médico jefe de urgencias lo empezaron a vestir con los implementos de protección que tenían a la mano: una mascarilla de tela, nada comparable al barbijo N95, guantes y una bata común. Una enfermera gritó: “doctor póngase una segunda bata encima”, y resultó que no había más. Lo que a continuación vio D le causó una sensación de risa y derrota: la aseadora que venía saliendo de un pasillo se quitó su delantal amarillo y se lo puso al médico. “Fue increíble, ese pobre médico quedó con atuendo de carnicero y así salió a recibir al paciente”, me dijo D. Y una vez cruzó la puerta de salida, se encontró con los camilleros de la ambulancia y se dispuso a ver el paciente, se dio cuenta de que había muerto. “Todo fue muy rápido —añadió D—. Según parece, esa persona presentó síntomas repentinos, se demoró un día para llamar a la ambulancia, y vea”.
            Aunque D no se enteró después si a esa víctima le practicaron la prueba de Covid-19 para asegurarlo como muerto de la epidemia, fue claro para él que el deceso se produjo por complicaciones respiratorias. Lo increíble, me dijo, es que unos días antes él había visto los exámenes de dos pacientes graves —una pareja, de 46 años el hombre y 41 la mujer— que se encontraban en UCI en coma inducido. Las placas de los pulmones de ambos mostraban un avance severo de la infección. “En 24 horas se había doblado el daño hecho por el virus. Miedoso. El médico que seguía el caso, las enfermeras, yo mismo, creimos que se iban a morir. Parecía imposible que se recuperaran. Y resultó que no”. La pareja comenzó a responder al tratamiento y se ha ido recuperando. El hombre, incluso, ya dejó cuidados intensivos y fue llevado a cuidado intermedio. “Con este virus no se sabe nada —me dijo D—. Nadie puede calcular la respuesta del sistema inmunológico de los pacientes, así que nadie puede anticipar quién vaya a morir o a resistir”.

***

Hace tres días mis amigos me enteraron de la muerte de la suegra de nuestra amiga médica en Madrid. De inmediato, le envié a ella un mensaje de solidaridad y compañía. Su respuesta fue: “Pasando el trago amargo. Cuídate mucho. Espero que en Colombia no pase esto”.
            Ojalá. Pero dado el comportamiento de la epidemia en este país y los notorios problemas de atención médica debido a las hondas carencias en todo el sistema de salud, es más fácil que sí pase lo que ha enloquecido a España y a Europa central en general. Mi amiga me dio la pista cuando me reveló que estaba sufriendo un alto nivel de ansiedad y estrés, y que estaba hundida emocionalmente. Llegado el momento en que los centros de salud del país empiecen a recibir a todos los pacientes infectados y el sistema ya no sea capaz de salvar la vida de todos los enfermos, los médicos sufrirán ese mismo estrés y esa misma ansiedad. Y tendrán que elegir. “Seamos realistas —me dijo G—. Solo salvaremos a los salvables”. Aún no saben —no sabemos— qué implique para ellos decidir a quién le darán el ventilador que ha quedado libre.

Pereira, 5 de abril, 11.00 a.m.


Para este despacho fueron cambiados los nombres de los médicos y omitidos los nombres de los centros de salud. Queremos evitar señalamientos y acusaciones.