Despacho # 2 “Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”*

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Ángel Balanta

Despachos de la pandemia
(desde el encierro)

Despacho #2 

“Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”*

A 23 días de que apareciera el primer infectado de Covid-19 en Colombia, quizás el principal tema de debate público tenga que ver con las pruebas de detección del virus. Un prestigioso inmunólogo explica algunas cuestiones fundamentales y una mujer que fue testeada narra su caso.

Laura regresó a Colombia el pasado 12 de marzo, luego de estar unos pocos días de trabajo en Nueva York. Durante los momentos previos al viaje había debatido con su esposo la conveniencia de salir del país y exponerse al contagio del Covid-19. Para ese entonces, la capital del mundo no se encontraba asolada por la pandemia, como hoy, pero ya tenía un número indeterminado de personas infectadas y asintomáticas circulando libremente por las calles. Su esposo le había dicho que le parecía irresponsable montarse en ese avión dado el peligro, pero no le insistió y respetó lo que ella decidiera.
            Una vez aterrizó en el país y comenzó a caminar hacia las bandas del equipaje, Laura vio que estaban haciendo controles de los recién llegados. Ella venía padeciendo síntomas de una gripa normal desde antes de haber estado en Estados Unidos, pero dudó en admitirlo porque temía que la obligaran a aislarse inmediatamente y no la dejaran llegar a su casa. Ya de cara ante el agente dijo lo que sentía: dolor en la garganta, tos y estornudos, y aclaró que esos síntomas la venían aquejando desde antes de haber salido de Colombia. El agente de control le dijo que entonces siguiera y que si llegaba a sentir los síntomas más graves o los específicos del Covid-19 —como la dificultad para respitar—, llamara a la línea telefónica de asistencia para recibir indicaciones.
            Transcurrieron siete días de normalidad familiar. Laura visitó a sus padres, a sus suegros, se dedicó a su esposo y a su hijo de dos años. Sostuvo algunas reuniones de trabajo en sitios públicos. Y el 19 de marzo, en horas de la mañana, su esposo recibió una llamada de las autoridades de Salud. Le dijeron que Laura había regresado al país en un avión en el que también había venido un infectado por el virus. Que al día siguiente irían a su casa a hacerle la prueba —lo llamaron a él porque ella lo había indicado en la aerolínea como número de contacto en caso de emergencia—.
            Laura se llevó las manos a la cara y se fue inundando de angustia. Antes de desbaratarse, le escribió a su mejor amiga un mensaje de WhatsApp pidiéndole ayuda. Y a los cinco minutos recibió una llamada de una psicóloga. Laura subió corriendo a su habitación, le puso seguro a la puerta y se desató a llorar con el teléfono pegado a la oreja mientras, al otro lado de la línea, la psicóloga intentaba calmarla. Se enloqueció recordando que había pasado mucho tiempo junto a sus papás y se reprendió pensando por qué los había recibido en su casa sabiendo que ella venía de un país pandémico. Pensó en su esposo y en su hijo que ya estaba tosiendo con frecuencia. Pensó en el taxista al que le había pagado la carrera del aeropuerto a su casa, si le había tocado la mano, si le había exhalado cerca de la cara. Pensó en las personas con las que se había visto en reuniones de trabajo, casi todos amigos suyos. Y machacó su angustia diciéndose: “Si todos están contagiados, será mi culpa”.
            Pasaron tres días más de llamadas institucionales confirmando datos y sin que le hicieran la prueba. En ese tiempo su estado de ánimo fue un sube y baja. “Estábamos bien, calmados, sentados en la sala y de repente ella comenzaba a decir: ‘Mis papás se van a morir, nos vamos a morir y va a ser mi culpa’”, me contó su esposo. “Hasta que le dije que yo también estaba muy asustado y que si ella no me ayudaba un poco a manejar la situación, que si se dejaba llevar por el pánico, yo solo no iba a ser capaz de levantarle el ánimo a toda la familia”.
            Para completar la tensión, Laura se enteró de que dos de los compañeros con los que había estado en Nueva York se encontraban contagiados. Su esposo evaluó la situación: “Por el solo hecho de haber estado en Estados Unidos estás en riesgo. En el avión de regreso había un contagiado, estás muy en riesgo. Dos de los compañeros de trabajo en Nueva York están contagiados, entonces el riesgo está multiplicado por mil. Y con uno de esos dos te saludaste de pico en la mejilla”. Luego, opacado por los nervios, su esposo le reclamó que no le hubiera hecho caso cuando él le había dicho que era un viaje irresponsable: “Si resulta que no estás contagiada y que nosotros no estamos contagiados, tenés una suerte que nadie más va a tener”.
            En la tarde de ese tercer día luego de la llamada, 21 de marzo, un grupo médico vestido con equipo antiriesgo biológico se presentó en su casa. Como es un condominio, todos los vecinos estaban en sus casas y se dieron cuenta. Su esposo debió decirles que se trataba de una prueba de rutina que se la estaban haciendo a todos los recién llegados al país. Les ocultó que sobre Laura recaía una seria sospecha de ser portadora del virus.
            El médico que tomó la muestra de la nariz de Laura dijo que tendría el resultado en dos días. Que debían esperar.

***

            Como todo lo que ha sudedido con esta pandemia, las pruebas para detectar el Covid-19 son materia de discusión pública. A quién se las practican, de qué manera, por qué parece haber tan pocos test de prueba en el país, por qué tardan los resultados, cómo se pueden aligerar y masificar, son preguntas que la prensa ha tratado de responder casi desde que tuvimos certeza del primer infectado en el país, por allá el 6 de marzo.
            Las pruebas son una técnica general de análisis llamada PCR inventada en los años ochenta por el químico y premio nobel Kary Mullis. Se trata de reproducir cientos de veces una copia de material genético —ADN y ARN— a partir de una muestra mínima. Su utilidad es tan amplia que se usa para la detección de microorganismos difíciles de cultivar, infecciones virales recientes —como el SARS y el Covid-19—, marcadores de cáncer, entre otros.
            Sin embargo, los detalles durante el protocolo de la toma de la muestra, el transporte y el manejo en laboratorio son tan delicados que pueden afectar el resultado drásticamente. De ahí que el Instituto Nacional de Salud (INS) esté siendo tan celoso a la hora de centralizar el manejo de las pruebas durante esta pandemia.
            Para ayudarnos a comprender la complejidad del diagnóstico del Covid-19 y el reto científico que supone masificar la práctica de pruebas PCR en esta coyuntura entrevisté al médico inmunólogo John M González, PhD de la Universidad del Valle en Cali, profesor titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes y director del laboratorio de Ciencias Básicas Médicas también de esa universidad. A partir de esta semana, este laboratorio deberá ser uno de los 22 externos que auxiliarán al INS en el análisis de pruebas y manejo de resultados.

¿Cuáles son las instrucciones necesarias para la toma de la muestra y manejo de la prueba?

R/ La toma de la muestra es un hisopado nasofaríngeo. El hisopo [un palito plástico con la punta de algodón] debe entrar profundo por la nariz o la boca hasta alcanzar la pared de la faringe de donde debe recoger una muestra de la mucosa. Si entra por la nariz produce lagrimeo y si entra por la boca genera arcadas. Si el hisopo solo toma saliva o mocos superficiales no sirve. La muestra se deja en un tubo que contiene un medio de transporte. Ese tubo se guarda en neveritas que conserven el frío. Ya en el laboratorio, la muestra debe ser manejada con toda la bioseguridad para los que hacen el análisis y con toda la seguridad para que no se contamine. El resultado debe estar listo en unas nueve horas.

Además de confirmar si una persona está infectada o no, ¿esta prueba también puede decir cuál es la carga viral?
R/ Puede determinarla, pero no lo estamos haciendo ahora. Lo importante es saber quién tiene el virus.

Si una persona está muy enferma, con síntomas muy agudos, se supone que tiene una carga viral más alta que alguien asintomático.
R/ Parece que no. Un estudio reciente elaborado por los médicos en Lombardía, Italia, la zona más afectada por la pandemia, dice que la carga viral en los pacientes sintomáticos y en los asintomáticos es la misma. Lo que se sabe es que los pacientes que se complican sí tienen carga viral por más tiempo. Se sabe que los pacientes que se recuperan rápidamente lo logran después de 14 días. Por eso la instrucción es la de aislarse 14 días. Pero ha habido pacientes a los que el virus se les queda mucho más tiempo. Hubo un caso en China en que al paciente le detectaron el virus en la nasofaringe durante 37 días.

Uno de los problemas para hacer las pruebas es que los países, en general, no cuentan con suficientes elementos y reactivos y hoy siguen siendo difíciles de conseguir, ¿por qué?
R/ El problema es que los materiales y reactivos para analizar la muestra los pone cada laboratorio, y el mayor productor de materiales de plástico y reactivos que usamos en laboratorio es China. Pero durante esta pandemia China detuvo la producción, así que los materiales son más escasos cada día. Y en los laboratorios no se reutiliza nada de esto. Cada elemento usado en el análisis de una muestra tiene que ser desechado.

¿En qué consisten los falsos positivos y los falsos negativos para el caso de esta prueba?
R/ El falso positivo es cuando la prueba de una persona dio positiva, pero ese resultado no es muy confiable porque puede ser que la muestra se haya contaminado o que haya una reacción confusa que dé positiva, por ejemplo que tenga un virus parecido. Y el falso negativo es como el caso del conductor de taxi en Cartagena que murió con síntomas de Covid-19 pero la primera prueba había arrojado un resultado negativo. Le hicieron dos pruebas más y la tercera confirmó que sí había tenido el virus. Eso fue porque la primera muestra pudo haber sido mal tomada o mal transportada.
      La mayoría de los problemas con estas pruebas son de calidad de la muestra. Desde el mismo momento en que la toman hasta el momento en que la transportan. Cualquier detalle mal hecho puede hacer que la muestra no llegue bien al laboratorio.

¿Ese manejo tan delicado de todo el protocolo de la prueba puede explicar el celo del Instituto Nacional de Salud (INS) mostrado hasta el momento para mantener centralizado el análisis de las pruebas?
R/ Ha sido muy difícil habilitar laboratorios, porque cada fase de análisis requiere un nivel de bioseguridad y de seguridad de manejo de la muestra. Por eso el INS no quiere que todos los laboratorios hagan pruebas. Además, los reportes deben ser unificados, todo el mundo debe estar haciendo el mismo procedimiento.

Y sin embargo ya hay 22 laboratorios, en región y otros también en Bogotá, en proceso de habilitación para auxiliar al INS. ¿Cuántas pruebas diarias puede hacer el INS y a cuantas puede aumentar cuando los 22 laboratorios empiecen a ayudar?
R/ Hace poco la doctora Martha Lucía Ospina, directora general, dijo en televisión que el INS está en capacidad de analizar 1.600 pruebas diarias. Cada laboratorio auxiliar puede estar en condiciones de analizar entre 200 y 400 pruebas más al día.

Hablemos de las pruebas rápidas que están siendo tan discutidas. ¿En qué consisten?
R/ Paréntesis: anoche Bill Gates anunció que mediante su fundación están desarrollando una prueba casera, para que la gente en su casa se la pueda hacer y anticipe la toma de decisiones. Si da positivo, así no tenga síntomas, a la persona se le debe hacer la RT-PCR.
            Con respecto a las pruebas rápidas que se anuncian ahora consisten en que han aligerado el proceso de laboratorio. Algunas de ellas ya tienen los reactivos premezclados y listos: ponga aquí, eche aquí y sale. El resultado debe conocerse entre dos y cuatro horas. Hace poco conté unas cincuenta compañías que están fabricando y ofreciendo estás pruebas.

Es decir que “pruebas rápidas” no significa que la gente se las pueda hacer en la casa como si fueran las de embarazo.
R/ No. Siguen siendo pruebas de laboratorio. Al final de esto quizás se llegue a eso, a que se vuelvan pruebas caseras, pero todavía no.

¿Qué tan certeras son estas pruebas?
R/ No han sido validadas. Es que no ha habido tiempo. Las compañías se lanzaron a producir y a producir, pero no ha habido tiempo para confirmar que son confiables. Ahí está el caso reciente de España que compró unas que no sirven porque solo arrojan un 30 por ciento de confiabilidad.

Hasta el momento cada país ha hecho la cantidad de pruebas que está en condiciones de hacer. Y eso no necesariamente es lo ideal. ¿Qué sería ideal?
R/ Lo importante es la proporción entre el número de pruebas por cada millón de habitantes. Corea del Sur, que es un ejemplo de haber manejado esta pandemia con éxito, hace 5.000 pruebas por millón. Bahrein 6.000 por millón. China 3.000 por millón. En Colombia llevamos poco más 10.000 pruebas hechas desde que comenzó el brote y tenemos 49 millones de habitantes. Haga usted el cálculo para que saque conclusiones. Estamos lejitos.

¿Entonces no hay una cantidad de pruebas que se pueda calificar de óptima?
R/ No la hay. Solo queda la instrucción que dio el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom: “Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”. Y digo que no la hay porque el número de contagiados nunca lo vamos a saber realmente. Está demostrado que entre el 30 y 50 por ciento de los casos son asintomáticos. Nunca se les hará una prueba pero tuvieron el virus. Solo queda la instrucción de hacer pruebas, tantas como se pueda, para aislar a los contagiados.

Para el caso colombiano y en su opinión, ¿el resultado de contagiados según el número de pruebas hechas es funesto o es optimista?
R/ Es bajito porque no hemos hecho más pruebas. Llevamos 6 muertos entre unos 600 contagiados. Una mortalidad del 1 por ciento. Son cifras muy parecidas a las de otros países.

Debido a la no abundancia de elementos y reactivos de pruebas, ¿cuáles han sido los criterios para elegir a quién se le hace y a quién no?

R/ Son tres. Uno, personas que vienen de paises afectados por la pandemia. Dos, los contactos de estos recién llegados, las personas con las que se ha visto. Y tres, personas que presentan cuadros gripales complicados.

¿Con la importación de pruebas se espera ampliar esos criterios?
R/ Exacto. De eso se trata. Yo imagino que se le empezarán a realizar pruebas a personas que tengan síntomas de gripa entre moderados y severos. Y entre más pruebas tengamos, a más personas se las podremos hacer. Es la única manera de cortar con la cadena de contagios. Entre más personas contagiadas podamos detectar, más aislamientos podremos hacer.

***

            Antes de que Laura recibiera el resultado formal de la prueba, el médico que le había tomado la muestra ya la había telefoneado para calmarla diciéndole que “parecía” que su caso era negativo. Entre esa llamada y el momento en que finalmente se lo dieron, pasaron otros dos días. Laura, su esposo y los padres de cada uno sintieron un alivio como pocas veces en su vida. Tuvieron la suerte que muchos no.
            Ahora, recordando esta tensión y viviendo aún con la amenaza del contagio allá afuera, Laura llora. Se llena de ansiedad al imaginar lo que hubiera podido suceder en caso de que hubiera salido positivo y de saber que en cada salida a la tienda por comida ella y su esposo se exponen al mismo riesgo.
            Su esposo me dice: “Todos nos damos moral pensando que esta enfermedad, en algún momento, nos va a dar a todos. Y si uno piensa eso, lo mejor entonces es que nos dé ya, ahora que hay camas y respiradores disponibles, y no en quince días o veinte cuando los médicos deban escoger a quién deben darle esa respiración mecánica. Si nos da ya, mejor. En un mes estamos en la calle y con el virus vencido por nuestro sistema inmune. Pero sabemos que eso solo es fuerza moral, porque esta infección está matando a mucha gente”.

*Para elaborar este despacho fue indispensable la colaboración de la médico Vanessa Collazos.

Pereira, 29 de marzo, 9:30 am

Despachos de la pandemia (desde el encierro)

Texto: Juan Miguel Álvarez 
TW: @cronista77
IG: @vidacronica
Ilustración: Ana María Lagos

Despachos de la pandemia (desde el encierro)

La crisis de salud pública global no da espera. En BaudóAP hemos venido trabajando sin fijarnos mucho en los asuntos impuestos por la urgencia de la coyuntura. Lo consideramos un método eficaz para poder llevar a fondo y con la calma necesaria los temas que nos mueven como grupo de investigación periodística. Sin embargo, la fatalidad mundial causada por este nuevo coronavirus —los miles de muertos, los cientos de miles de contagios— nos ha empujado a querer ayudar entregándole información a los lectores que les pueda ser útil a la hora de tomar decisiones que les prevenga de contagiarse de esta infección o que, llegado el momento, les pueda salvar la vida. Quizás caigamos en la saturación informativa sobre un mismo suceso, pero en este caso preferimos errar por exceso de atención y no por desinterés editorial.

Quedan muy invitados a leer estos despachos y a enviarnos sus preguntas vitales sobre esta enfermedad. Nosotros trataremos de encontrarles respuesta con las explicaciones de los expertos.

Despacho # 1

“El signo de alarma más grande es la dificultad para respirar”

El encierro puede empujarnos hacia un estado de pánico en el que leemos cualquier dolencia como un signo del nuevo coronavirus. Conviene pedir ayuda profesional en tal caso y conviene también tener muy claro cuáles son las manifestaciones reales de la enfermedad. Una prestigiosa infectóloga nos ha contestado unas preguntas con las que queremos ayudarle a los lectores a distinguir los reales síntomas de esta infección. 

Lo primero es la incertidumbre.
     Aunque los gobernantes locales aquí en Colombia han ordenado la cuarentena preventiva desde este fin de semana —del 20 al 23 de marzo—, somos muchos los que ya llevamos varios días de encierro voluntario y los efectos en la salud mental han empezado a aparecer. Las dolencias de siempre se han convertido en “potenciales” síntomas de esta nueva enfermedad. Un dolor de cabeza que antes se lidiaba con acetaminofen ahora nos hace dudar. Una opresión en el pecho, típica manifestación del estrés, nos hace creer que tenemos los pulmones afectados y seremos víctimas de una neumonía mortal. Una fiebre repentina nos obliga a preguntarnos si hemos estado expuestos al contagio del Covid-19.
     Una amiga llamada Manuela despertó el martes pasado con la garganta inflamada. Era su segundo día sin pisar la calle. El miércoles ya no podía tragar y debió insistir en el teléfono por una cita médica a larga distancia. Manuela, disciplinada en su vida cotidiana, sabe que en marzo y octubre de cada año padece de esto mismo. El aire de Medellín —ciudad en la que vive— se torna nocivo y a ella le despierta, sin falta, una faringitis aguda. Lo jodido es que a pesar de tenerlo presente, se dejó llevar por el pánico y conjeturó todas las variantes en las que podía haber contraído el virus. La reunión con unos clientes en tal día; el almuerzo con el amigo de sus papás; la vez que fue a comprar verduras al supermercado. Agotada de que no le contestaran, se tiró a dormir. En la noche, finalmente, un médico al otro lado del auricular atendió su consulta y la calmó diciéndole que no tenía los síntomas de este virus.
     Algo parecido le sucedió a Sara. El martes de esta semana que termina le nació un dolor en el pecho que iba y venía con la respiración. Sin darse tiempo para ver otro destino, se inclinó a creer que estaba contagiada por el Covid-19. Quizás tuvo dos razones: una, que vive en Bogotá, ciudad en la que se ha confirmado el más alto número de contagios: 88 al corte de ayer sábado 21 de marzo a las 8 de la noche. Otra, que su mejor amiga trabaja en una librería en Bogotá frecuentada por extranjeros y el lunes despertó con los síntomas de una gripa. Y como Sara la había visto en los días previos, temió lo peor. Ese dolor en el pecho la llenó de angustia y la hizo estallar en llanto. Cuando pudo controlarse, pidió atención domiciliaria. Una médico general que en estos días no para de visitar pacientes agobiados que requerirían consulta de salud mental se presentó en casa de Sara y le dijo que estuviera tranquila, que eso del pecho era la somatización de la angustia y le recetó calmantes.
     A mí me estaba pasando algo parecido. Al tercer día de mi encierro, un inusitado dolor de garganta, un martilleo en la cabeza y la noticia de una prima que había amanecido ardida en fiebre de 39 grados y que había estado todo el día —toda la semana— en mi casa. Ya el viernes, es decir al quinto día de estar viendo los semáforos desde el balcón, me germinó una levedad en el cuerpo como si me fuera a dar escalofrío. “Cogiste el virus”, comencé a decirme. “Vas a matar a tu papá”. Mi papá tiene 88 años, sufre de varias dolencias de base y esta cuarentena la estamos piloteando bajo el mismo techo.

     Lo segundo es la confusión.

   ¿Cuándo saber que lo que siento puede ser esta gripe letal? ¿En qué momento debo salir corriendo a la clínica?
  Sobre el tema de las pruebas o test que ahora andan haciendo selectivamente los equipos médicos públicos y privados, siguiendo el instructivo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay que escribir otro despacho. Por ahora vale decir que aquí en Colombia —y más en ciudades que no son Bogotá— no es suficiente que la persona que se cree infectada llame a la línea de atención y pida la prueba. Cuando le contestan —hay gente que tarda un día entero intentándolo— es para decirle que si no está documentado su caso como un posible contagio por cercanía con un portador comprobado, no se la van a hacer. Le indican que debe autoaislarse en su propia casa y de sus familiares. Que si siente asfixia corra a un centro médico.
    Por ahora —ojalá solo por ahora— parecen no haber en el país suficientes kits de prueba (RT-PCR) para atender a todo aquel que pueda ser un potencial infectado. Si los hubiera, el Ministerio de Salud ya hubiese ordenado iniciar la estrategia que mejor resultado ha dado para “aplanar” —reducir—  la curva de contagio, que es aumentar ostensiblemente la toma de pruebas en todas las personas posibles y de manera aleatoria. Tal como Corea del Sur, que logró realizar 20.000 pruebas diarias durante diez días para detectar los portadores del virus en el mayor foco de infección, aislarlos y tratarlos.
    Mientras Colombia se reacomoda buscando evitar que la gente no se infecte, la doctora Karen Melissa Ordoñez Díaz se tomó unos minutos de su extenuante agenda para explicarnos vía telefónica los signos de alarma de este nuevo virus. La doctora Ordoñez es una médico internista e infectóloga graduada de la Universidad Nacional, miembro de número de la Asociación Colombiana de Infectología y full member de la Sociedad Americana de Enfermedades Infecciosas. En esta coyuntura hace parte del Consenso Nacional para el Manejo del Covid-19, que es un equipo de unos cuarenta virtuosos especialistas en diferentes áreas —internistas, infectólogos, neumólogos, intensivistas, cardiólogos, entre otros más—, que fue creado por el Ministerio de Salud con el objeto de analizar la información objetiva para orientar las decisiones sobre prevención y manejo de la crisis.

Luego de que una persona queda contagiada, ¿a los cuántos días manifiesta los síntomas?
R/ Después del momento del contagio los síntomas pueden desarrollarse en cualquiera de los siguientes 14 días. Si después de esos 14 días la persona no presentó síntomas, no los desarrollará luego.

¿Cuál es el primer síntoma que se manifiesta en un contagiado?
R/ Las manifestaciones pueden ser leves, moderadas o severas. La mayoría de los casos van a ser leves y los síntomas son los de un resfriado común: dolor de cabeza, tos, mocos, dolor de garganta, fiebre. Puede aparecer cualquiera de estos y sin ningún orden particular. Y rápidamente se juntan todos.
     Si la persona no tiene dificultad para respirar, si puede comer bien y tomar líquido, si no sufre de otras enfermedades, si es menor de 65 años, digamos que no habría necesidad de que acudiera a Urgencias. Pero si la persona presenta estos síntomas leves y además tiene diabetes o hipertensión, cáncer, falla renal u otras enfermedades que se las esté tratando cotidianamente, debe hacerse valorar de un médico para saber si requiere ser hospitalizado.

Si la persona sufre de alguna de estas enfermedades de base o es mayor de 65 años, ¿estos síntomas se van a manifestar distinto?
R/ Pueden darle con mayor severidad. Le puede dar dificultad para respirar y se le puede bajar la saturación de oxígeno en la sangre. Estos son síntomas de que la gripa se le está complicando y se le está desarrollando una neumonía.

Se ha dicho con alguna insistencia en que los pacientes mayores de 65 años son los que tienen mayor riesgo de que desarrollen neumonía. ¿Qué pasa en los menores de 65 años?
R/ También pueden desarrollar neumonía por el Covid-19. Que se presente más en los mayores de 65 no quiere decir que a los de menor edad no les dé. La gente joven también se ha complicado. Todos debemos estar atentos a los signos de alarma.

¿El dolor de garganta que produce el Covid-19 es parecido al de una amigdalitis? ¿Es distinto?
R/ Es así, parecido al de la amigdalitis.

¿La fiebre que puede dar de un día para otro y no volver más puede considerarse un síntoma de esta enfermedad?
R/ La fiebre de los episodios virales dura tres días. De tres a cinco días y se controla con medicamentos. Pero la fiebre puede dar por otras razones. Con el Covid-19 el signo de alarma más grande es la dificultad para respirar.

[Le describo un caso que me contaron por teléfono: mujer, 24 años, buen estado de salud, fiebre súbita de 39 grados, tos y carraspera en la garganta. 24 horas después los síntomas comienzan a mermar. Y 48 horas después solo ha quedado el dolor en la garganta de tanta tos. La doctora Ordoñez me dice que es raro, pero que si ya pasaron los síntomas y no presentó disnea —dificultad para respirar— no se le da tratamiento contra el Covid-19. Sus palabras exactas fueron: “No se le hace nada”.]

Lo que le estoy entendiendo es que esta mujer pudo haber tenido el virus y se le manifestó así, pero también pudo no haberlo tenido, ¿correcto?
R/ Exacto. Hay que tener en cuenta que los virus respiratorios son como cincuenta. En este momento a uno le puede dar gripa por cualquiera de esos cincuenta. Que a alguien le dé gripa no significa que tiene coronavirus. No hay que olvidar que los otros virus existen, que la neumonía por bacterias sigue existiendo, la tuberculosis sigue existiendo. No hay que perder el panorama.

[Le digo que por eso lo ideal es que si una persona presenta síntomas de una gripa común opte por autoaislarse voluntariamente para evitar un posible contagio a sus familiares. Como no sabe si es coronavirus, lo mejor es evitar todo contacto. La doctora Ordoñez me dice: “Correcto. Es lo mejor”.]

¿En qué momento una persona que no sabe si está infectado con el Covid-19 debe buscar atención en un centro médico?
R/ Los que presentan los síntomas de la gripa y que además tengan factor de riesgo para complicarse deben ir a un centro médico sí o sí. Mayores de 65 años, diabéticos, hipertensos, pacientes con cáncer, pacientes con complicaciones renales, con complicaciones pulmonares.
     Si es una persona joven y presenta los síntomas de la gripa y además empieza a sentir ahogo, problemas para respirar y que sienta que le falta el aire, tiene que ir a Urgencias porque son signos de que está desarrollando una neumonía.

¿Dentro los síntomas pulmonares también cabe el dolor interno en los costados de la espalda, como si le estuvieran doliendo los pulmones?
R/ Más que todo, el síntoma es que sienta la falta de aire, que no pueda respirar, que se ahoga.

Un paciente salió diagnosticado con el Covid-19, ¿de qué depende que lo dejen hospitalizado?
R/ Únicamente, que presente signos de neumonía. A un paciente que solo tenga los síntomas de la gripa no se le deja hospitalizado.

¿Y qué debe pasar para que a ese paciente hospitalizado lo pasen para la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI)?
R/ Que la neumonía se agrave. Y una neumonía se agrava cuando el oxígeno en la sangre baja muchísimo y el paciente requiera de una máquina que lo ayude a respirar para que esa oxigenación suba. Que la tensión arterial baje mucho y el paciente requiera medicamentos para que le suba la presión. Que el paciente empiece a tener fallas en los órganos vitales por la sepsis, como pueden ser los riñones. La sepsis es el cuadro de complicaciones agudas cuando se sufre una infección. Estos son casos graves que deben ir a terapia intensiva.

Cuando un paciente está en la UCI con ventilación mecánica, ¿de qué depende que se salve? ¿De qué depende que no muera?
R/ De varias cosas. Primero, que el mismo paciente comience a regular su respuesta inflamatoria sistémica. Segundo, que su sistema inmune comience a controlar el virus. Tercero, hay algunas terapias que se están utilizando y pueden ayudar a la recuperación, entonces, que el paciente responda bien a esas terapias. Sin embargo, cuando el paciente alcanza el estado de sepsis la mortalidad es muy alta. Alrededor del 60% de los pacientes que alcanzan la sepsis, por cualquier tipo de infección no solo la del Covid-19, mueren.

Luego de que un paciente grave esté en la UCI, ¿cuánto puede tardar en morir?
R/ No te puedo decir porque eso depende del cuadro clínico de cada paciente. Una persona puede morir al quinto día o puede sobrevivir al Covid-19 pero luego sufrir una complicación posviral y morir. Decirte una cantidad de días es muy irresponsable.

Comprendo. Pero una persona en estado grave que internen a la UCI ¿logra resistir varios días o se muere rápido?
R/ Una persona con una infección grave que no reciba un tratamiento adecuado se muere rápido. Siempre. En este caso del Covid-19 en que todavía no hay un tratamiento especial que uno sepa que funciona, el paciente se muere rápido. Es el ritmo general de todas las infecciones porque se llega al proceso de sepsis. Y la sepsis mata rápido porque causa la disfunción de los órganos vitales.

[Le digo a la doctora Ordoñez que quizás esto explique por qué en Italia mueren centenares de personas entre un día y otro. Del viernes 20 de marzo al sábado 21 esté país sumó 793 muertos por esta infección. Me dice que sí y añade: “También hay que considerar el colapso de los servicios de salud. Digamos que si tú no tienes dónde hospitalizar a los enfermos y no tienes cómo internarlos en cuidado intensivo se van a morir. Eso mismo está sucediendo en España.]

A los pacientes que les dio neumonía grave, pero se logran recuperar ¿qué tan afectados les quedan los pulmones? ¿Recuperan completamente sus pulmones?
R/ No sabemos todavía. El virus apareció en diciembre y no ha transcurrido suficiente tiempo para que conozcamos las secuelas. Eso solo lo sabremos en los próximos años cuando veamos a los pacientes que se recuperaron y podamos observar si les quedaron secuelas.
     Usualmente, un paciente se demora varios días para recuperar su función pulmonar previa luego de una neumonía, pero queda normal.

    El encierro apenas está comenzando. Si hasta el viernes 20 había sido opcional, a partir del martes 24 de marzo será obligado por orden presidencial. Quizás no sea exagerado decir que la mayoría de la población colombiana nunca antes ha —hemos— debido sobrellevar algo así. De ahí que casi nadie tenga claro que pueda suceder con su salud mental en los días que siguen. En Internet, en radio y televisión ya están circulando una serie de recomendaciones que quizás convenga seguir.

     Por su parte, Manuela ha optado por dejar su apartamento y mudarse a casa de sus padres mientras pasan los días más críticos. Sabe que el imperativo ahora es aplacar los nervios: “Yo creo que todos en este momento creemos que tenemos esa vaina. El cerebro no se ha desconectado de esto por tres o cuatro semanas. La ansiedad nos va a matar primero que el virus”.
     Sara la tiene distinta. Comparte apartamento con un primo, pero vive muy lejos de su mamá, aunque cerca de sus hermanas. Ha llorado todos los días y, aunque es historiadora, optó por dejar de informarse sobre el avance de la pandemia para sacarse de la cabeza la idea de esta crisis por el tiempo que sea posible. “Tengo susto, de verdad”, me escribe. “No quiero pensar que tengo ese virus. Es mejor pensar que no tengo ese virus”.

En mi caso, ninguno de los supuestos síntomas que he sentido en este aislamiento ha durado más de 24 horas. Es claro que mi mente me está poniendo a prueba. Pero, por si las moscas, he tratado de permanecer a más de dos metros de distancia de mi papá y ya van a ser siete días en que no le doy un abrazo. 

          Pereira, domingo 22 de marzo, 8:10 am

Las mujeres en silencio

Texto: Carolina Gómez Aguilar
Ilustración: Ema Villalba

Las mujeres en silencio

El feminismo está llamando a abrazar, escuchar y sostener a las víctimas, incluidas las que no están preparadas para denunciar a sus agresores.

La semana pasada una amiga nos buscó, a un par de mujeres más y a mí, para contarnos que hace varios años un hombre al que todas conocemos la había violado. Necesitaba decirlo para sacarlo de su cuerpo porque no la estaba dejando respirar.

Pese a nuestra insistencia, ella fue enfática en que no le interesaba denunciarlo, que solo quería desahogarse y encontrar en nuestras respuestas un alivio a su dolor. Necesitaba escuchar que la culpa no era suya, porque su propia voz no había logrado convencerla. Nos dijo que no ha querido denunciarlo porque se niega a enfrentar un proceso que no pidió vivir, a cargar con el título de víctima, los cuestionamientos por no haber denunciado antes y con el peso de afectar las vidas de la esposa y los hijos del tipo. La entendimos, la respaldamos, la abrazamos.

Durante los días siguientes me estuve preguntando qué podía hacer yo para aliviar en alguna medida su dolor y para evitar que lo sientan otras. Qué dicta el feminismo ante esta situación.

El feminismo está llamando a abrazar, escuchar y sostener a las víctimas, incluidas las que no están preparadas para denunciar a sus agresores. Dentro de nuestras posibilidades, es lo mejor que podemos hacer. No todas las sobrevivientes de abuso quieren llevar a cuestas la etiqueta de víctimas, y sobre esto encontré una explicación en la voz de Alma Guillermoprieto, quien en su más reciente libro ¿Será que soy feminista? propone pensar una manera distinta para referirnos a las víctimas de la violencia patriarcal, porque esa etiqueta es a veces la forma de perpetuar el dolor: “Hay mujeres que sobreviven a violaciones, amenazas, golpizas y ataques a su integridad, y mujeres que sufren daño sicológico por manoseo o persecución, y siguen adelante sin traumas incapacitantes, o con traumas y con valentía. ¿Podemos usar otra palabra? ¿Alguna, no sé cuál, que en ambos casos no nos despoje de nuestra fuerza y orgullo?”.

La situación me llevó a pensar en las otras mujeres cercanas a mí que me han contado sus historias de abuso. Pensé en mis propias historias y me pregunté si será que el feminismo no ha alcanzado para llenarnos los cuerpos de fuerza y denunciar a nuestros agresores. No, no se trata solo de eso. Se trata de que a las mujeres, la mitad de la población, se nos ha impedido hacer uso de nuestro poder y estamos peleando por él. Que estemos en silencio frente a nuestros abusadores no significa que desde nuestra cotidianidad no estemos pateando al patriarcado para no mantenernos calladas, quietas y controladas. Porque como dice Guillermoprieto: “La lucha de las mujeres por acceder al poder es vital, porque abre puertas y derriba murallas para todas”.

Existen diferentes maneras de acercarse al feminismo y esa ha sido otra respuesta importante para mí. Mi motivación no es la misma que la de otras mujeres porque tampoco mis carencias lo son. Lo que no significa que mi posición no me permita entender la injusticia, la inequidad, el abuso y la violencia que sufren las mujeres por su género y por su entorno, y exigir que esto cambie. Tampoco significa que todas luchamos desde la misma perspectiva y que debemos estar de acuerdo siempre, significa que hacemos parte de un movimiento plural, histórico y primordial en la lucha de las mujeres por exigir derechos básicos y justicia social, que ha contado con la valentía de mujeres que pensaron y pelearon por causas específicas que hoy nos conceden un puñado de derechos elementales como el derecho al divorcio, al voto, al aborto. Mujeres que no necesariamente se reconocieron feministas, pero lo fueron, porque el ‘feministómetro’ no existe, aunque algunos se empeñen en crearlo. 

En enero de 2018, la periodista Claudia Morales publicó Una defensa del silencio, columna de opinión en la que reveló que un antiguo jefe suyo la había violado después de haber entrado a empujones a su habitación de hotel. Morales no relevó el nombre del agresor porque, igual que a mi amiga, tampoco le interesaba denunciarlo. “La revelación de mi historia es una defensa del silencio y un llamado a entender que cada uno de quienes hemos sido abusados tenemos mundos distintos. Este texto también es una forma de invitarlos a callarse cuando no haya nada bueno por aportar y tengan la tentación de juzgar”.

Dos años más tarde, como respuesta a un trino de Twitter en el que Morales pedía recomendaciones para aliviar un dolor de cabeza, el actual senador Gustavo Bolívar escribió: “La mejor terapia, querida Claudia, es hacer catarsis de viejos traumas para que el cuerpo somatice el bienestar de descargar la ira represada. Simple, decir quién es Él”. ¿Cómo espera el señor Bolívar que una mujer denuncie a su agresor en un país donde cada 36 horas asesinan a una mujer que había denunciado maltrato? ¿Cómo lo espera, además, teniendo en cuenta que el hombre parece ocupar un lugar de poder? Y lo más grave: ¿cuál es su interés en que revele el nombre de su abusador? ¿Acaso lo considera un arma para su política particular?

Unos días después de escuchar la historia de mi amiga, me encontré en Twitter con este trino de Carolina Sanín: “Me parece que hasta tú, Simone, encubriste a un depredador. ¿Qué vamos a esperar de nosotras?”. Lo recibí como un golpe seco en el estómago porque me parecía que Sanín nos condenaba a la decepción constante de vivir doblegadas ante el patriarcado. A pesar de eso me detuve en el enunciado por varios minutos porque algo me cuestionaba. Si Carolina se refería a Simone de Beauvoir, me estaba proporcionando un refugio. El segundo sexo es probablemente la base del feminismo que hoy conozco y el primer libro que me llevó a preguntarme por el significado de ser mujer. Si esta mujer había elegido el silencio respecto a un depredador, al mismo tiempo se había ocupado de despejar un camino que, aunque empedrado, nos ha permitido avanzar. En todo caso fue una mujer que pudo elegir y que me ha permitido hacerlo también.