El miedo está en el aire

Texto: Carlos Piedrahita
Ilustración: Opert_ser

#SubiendadeRío
Chocó

Cobertura: Una parte por millón

El miedo está en el aire

 

 

 

         La capital de Chocó tiene el aire más contaminado por mercurio del departamento. En Quibdó la contaminación no solo se respira en el ambiente y se escurre en el agua por los techos, su presencia ha mutado en un miedo que no hay lluvia que lo refresque.

 

-Yo le cuento, pero no me grabe ni ponga mi nombre por ahí.

 

            Después de una charla difícil para convencerla, una paisa, de las muchas que se ven en Quibdó atendiendo negocios, como carnicerías, tiendas de abarrotes o variedades, accede a contarme su experiencia con la contaminación del mercurio. Eso sí, cada tanto hace una pausa porque siente que sus palabras toman algo de peso y advierte, como pidiendo el favor, que no vaya a revelar su identidad porque le da miedo.

 

La mujer de unos 60 años de edad, nunca ha tenido ningún tipo de relación con el oro, más allá de unos aretes o un adorno de la virgen de los milagros que cuelga de su pecho. Vivió durante muchos años en el barrio Roma que se encuentra rodeado de compraventas de oro privadas, cerca de un punto de referencia importante como es la catedral de Quibdó.

 

         Con las compraventas de oro privado en auge, las amalgamas de oro y mercurio comenzaron a ser quemadas en pleno centro de la ciudad. Las ‘goldshops’, como se les conoce popularmente, surgen luego de que el gobierno de César Gaviria eliminara, en 1995, las agencias mineras de compra de metales que dependían directamente del Banco de la República y que regulaban el precio del oro en todo el territorio, según el relato del historiador Jorge Perea.         

 
       

Este tipo de contaminación por evaporación del metal, es la causa principal por la que Quibdó presenta niveles de contaminación más altos que poblaciones donde se hace minería directamente, como Río Quito.

        Al principio esta mezcla de oro y mercurio se quemaba incluso a cielo abierto, pero ante las alertas de las autoridades frente a la práctica dañina, algunas de las ‘goldshops’ han camuflado el proceso de muchas maneras. Por ejemplo, una de las vecinas del barrio Roma, me señala lo que parece ser una canal de desagüe en un tejado:

 

– Compare esa canal con la otra, ¿si lo nota?, está dentro de la casa y sube hasta muy arriba del techo, no en el borde como es lo lógico. Es porque no es ninguna canaleta, sino una chimenea de mercurio, y esa chimenea le queda en la cara a todo el barrio.

 

Para encontrar a la primera mujer de este relato, fue necesario rebotar entre la mercancía de una calle y otra en el ruidoso centro de Quibdó. Finalmente, fue el rumor de que la estaban buscando lo que la atrajo a esta investigación, arrastrando sus pasos con una taza de café paisa en las manos, nos contó que tuvo que irse hace un par de años del barrio Roma, a pesar de que las recomendaciones de su médico indicaban que no debía vivir ni siquiera en Quibdó. Con recursos propios, se desplazó a Medellín acompañada de su hijo para hacerse los estudios de toxicología en sangre. Según los resultados, él tiene 9 microgramos de mercurio en la sangre y ella 16.

 

La medida de referencia dictada por el Instituto Nacional de Salud (Protocolo de vigilancia en salud pública, junio de 2014) en personas no expuestas directamente al metal, como es su caso, debe estar entre 5 y 10 microgramos para no afectar la salud de las personas.

 

Con las hojas de los resultados de la Universidad de Antioquia en las manos, la mujer entró en discusión con los encargados de las compraventas. A partir de eso, empezaron las llamadas y comentarios amenazantes que terminaron por amedrentar su pelea, hasta obligarla a poner en alquiler su casa y cambiarse de barrio.

 

Este tipo de contaminación por evaporación del metal, es la causa principal por la que Quibdó presenta niveles de contaminación más altos que poblaciones donde se hace minería directamente, como Río Quito. 

Todo esto ha creado un enrarecimiento en la atmósfera de las comunidades, sembrando  miedo en el imaginario, que se suma a la falta de relaciones, en muchos casos, de los habitantes nativos con los implicados de manera directa en esta cadena de minería.

         Según un estudio realizado por investigadores del Doctorado en Toxicología de la Universidad de Cartagena, dicha contaminación presenta resultados alarmantes para la capital. Los niveles de concentración total de mercurio en las zonas suburbanas son 1.1 y 1.9 veces mayores que el ‘nivel Background’ (nivel que se establece para cada estudio y para cada territorio específicamente), pero, a pesar de eso, se consideran niveles bajos.

 

Ahora, dentro de las tiendas de oro, donde se queman las amalgamas, los niveles de concentración de mercurio alcanzan niveles máximos, hasta 200.9 veces, por encima del ‘nivel Background’. Este estudio se llama Mercury pollution by gold mining in a global biodiversity hotspot, the Choco biogeographic region, Colombia, y fue realizado por Yuber Palacios-Torres, Karina Caballero-Gallardo y Jesus Olivero-Verbel, y dice, además, que “El problema de salud no es solo para los trabajadores de tiendas de oro, la exposición también ocurre al aire libre cuando se activan los extractores de aire o cuando las puertas de entrada están abiertas, lo que representa un riesgo potencial de exposición a Hg en las comunidades circundantes”.

 

Yúber Palacios, co-autor de este estudio, cuenta que muchas de las ‘goldshops’ no permitieron hacer la medición en sus locales comerciales, lo que limita el alcance de los resultados de su estudio. Aunque el rastro del metal en el aire permanece por niveles superiores a la regla, la información fue tomada en momentos donde no se estaba realizando ningún proceso con mercurio. Los momentos de las quemas que no han sido medidos, pueden representar infusiones de veneno directas para la población flotante que colma las calles del centro de Quibdó y  que desaparece por las noches para dejar a los foráneos que dormitan arrullados por aires acondicionados en los hoteles.

 

Para Yúber Palacios la contaminación que sucede cuando no se está expuesto directamente al humo de mercurio, tiene una explicación: “existe un riesgo inminente para las comunidades que viven adyacentes, porque están expuestas a ciertas conservaciones de mercurio en su ambiente natural y que, por procesos de la dinámica natural, la gente recoge el agua, la almacena en unos tanques especiales y es posible que ese mercurio atmosférico se precipite y vaya al sitio de almacenamiento del agua y las comunidades la estemos tomando sin saber el riesgo en que estamos”.

 

 

Otra de las vecinas de los ‘goldshops’ se lleva la mano a la frente, respira profundo y casi escenifica en un español cantado los episodios de desmayos que vivía en la cocina y la terraza de su casa, que alguna vez para ella fueron inexplicables y súbitos, pero con el tiempo pudo notar que coincidían puntualmente como las campanadas de la catedral, con los momentos en que se hacían quemas de mercurio en uno de las compraventas cerca de su casa.

 

Marino Sánchez es un negro de sonrisa fácil que, cuando por fin para de bromear, empieza a desenredar sus recuerdos en Playa de Oro (Tadó) cuando trabajaba directamente con el mercurio, quemando las amalgamas de su producido sin protección, respirando vigilante con el humo en su cara, siempre atento y curioso a cuánto oro final iba a dejarle la llama del soplete. El minero en una suerte de negación o culpa, acepta que por su cabeza nunca se cruzó que una tarea tan simple pudiera ser tan dañina:

 

– No ha habido un estudio sobre eso, entonces ahí nadie sabe si está contaminado o no. Pero para mí aquí la mayoría lo está, porque si estaban quemando el azogue, uno se acercaba por novelear y ver cómo queda de amarillo, sin saber que todo ese humo se va absorbiendo, porque el mercurio lo quemaban así al aire libre, sin control. Además, el azogue cuando está malo no atrapa el oro, si no lo sabe arreglar, hay que botarlo y en la botada, usted lo tira en cualquier parte. Hay unos que sí lo saben arreglar porque le echan caña agria, le echan sal, limón y lo arreglan otra vez, pero, en general, la gente no sabe reutilizarlo.

 

Como un ejercicio de resistencia, muchas de las tradiciones relacionadas con el oro sobreviven en medio de toda la cadena de producción y contaminación. En un pequeño taller del barrio Roma, trabajan amontonados entre cuatro y cinco joyeros, unos muy jóvenes y otros mayores, profesores de universidad y aprendices inexpertos, entre juegos de damas chinas con tapas de gaseosa y un calor sofocante que a veces un pequeño ventilador no logra disimular, Henry Valoyes sortea el día a día con sus compañeros, reparando piezas, sacándole brillo a otras y, en muy pocas ocasiones, creando nuevas joyas por encargo.

        

 

La presencia de los ‘goldshops’ ha sido una competencia difícil de enfrentar para las asociaciones de joyeros. En tono de resignación, Henry comenta que es consciente de la contaminación en su barrio y en su oficio, “una vez cogieron para estudiar más o­ menos cuatro cuadras alrededor y todo está contaminado. Eso cae en los techos, en el suelo, en el agua y por eso la cantidad de personas que vivimos por acá estamos contaminados con mercurio… siempre nos ha dado un poquito duro porque a veces nos cuesta rechazar algunos trabajos, porque nos dicen que el oro que nos traen lleva mercurio, sin embargo, nosotros nos arriesgamos porque necesitamos el trabajo y la platica. Dicen que a futuro puede hacer mucho daño. Eso se siente como cansancio, desanimo”.

 

Las descripciones de estas sensaciones físicas concuerdan con el concepto del toxicólogo Yúber Palacio cuando dice que la timidez, irritabilidad, cambios de comportamiento, delirios de persecución, depresión y aislamiento social, son algunos de los efectos más comunes por contaminación de mercurio. Además, las palpitaciones irregulares del corazón, los temblores y los dolores en general, también suelen ser efectos causados en las personas a partir del uso de mercurio en la minería de oro.

 

Por otro lado, los efectos en el sistema reproductor pueden significar una disminución en los espermatozoides, infertilidad, pérdida de la memoria y, los más comunes, aquellos asociados con el sistema nervioso. Todos estos efectos sumados a un ambiente de miedo por presiones de agentes externos significan un fuerte impacto para comunidades que construyen sus tejidos sociales basadas en la confianza colectiva, como las chocoanas.

 

Todo esto ha creado un enrarecimiento en la atmósfera de las comunidades, sembrando un miedo en el imaginario, que se suma a la falta de relaciones, en muchos casos, de los habitantes nativos con los implicados de manera directa en esta cadena de minería.

 

 

El comentario común acerca de quién explota el oro, quién trae el mercurio o quién compra y saca el metal producido en la zona, remite a personajes sin nombre, extraños de los que nadie quiere hablar mucho y que solo se ven solitarios o en grupos pequeños en las noches de fiesta en los bares, o los domingos en la tarde abasteciéndose de provisiones para volver a sus dragas que se comen la selva chocoana sin tregua.

 

El oro sumergido en el azogue

Texto: Carlos Piedrahita
Ilustración: Opert_ser

#SubiendadeRío
Chocó

Cobertura: Una parte por millón

El oro sumergido en el azogue

Un acercamiento a los impactos del mercurio en la minería de oro en el Chocó

Parece que todos en el Chocó tienen algo claro: el mercurio hace daño al agua, a la tierra, a las plantas, a los seres humanos y a los animales. Pero esta es una idea reciente para la mayoría de los chocoanos. Por alrededor de un siglo, la minería legal practicada por la extinta compañía minera Chocó Pacífico y, en las últimas décadas, la minería ilegal, han derramado, quemado y esparcido por los ríos y territorios una cantidad de mercurio que hasta ahora ningún estudio o entidad han podido calcular de manera concluyente.

Todos saben que hay contaminación, todos viven con la contaminación y entre los antiguos mineros sobreviven historias de obreros sumergidos en tolvas llenas de mercurio, que a veces se tragaban el metal para llegar a su casa a expulsarlo, quemarlo y conseguir algo de oro, inconscientes del daño que se hacían.

Entre la espesura de la selva, con una cicatriz de deforestación, se ven las lagunas tóxicas que han dejado las minas abandonadas. En los ríos algunos mineros tradicionales recogen y manipulan el mercurio confundiéndolo con el platino y en las cabeceras municipales la gente habla del peligro de comer pescado envenenado por el metal. El miedo está vigente pero no impide que sigan usando el azogue, como se llama coloquialmente al mercurio, en las laderas y afluentes del río Atrato, en el Río Quito o en el San Juan, donde se han ido escondiendo los mineros de la intermitente persecución a la minería ilegal emprendida por el gobierno.

Al caminar por las calles de los pueblos de mayor influencia minera en el Chocó, como Tadó, Istmina, Condoto y Andagoya, podría quedar la sensación de que la minería es cosa del pasado. Lejos están las historias de pueblos que parecían de feria todos los días por el dinamismo que los recursos generados por la minería traían, o de las 80 retroexcavadoras y 160 volquetas que se veían trabajar a toda máquina solo en el tramo de 20 kilómetros que separan a Tadó de Playa de Oro. Hoy la gente sobrevive en un transcurrir lento, se mantienen en estado de espera, pocos tienen los recursos para emprender una empresa minera con todos los requisitos que la ley exige, entonces no queda más que el barequeo para vivir al diario, o irse detrás de las retroexcavadoras o dragas de foráneos que se tragan el paisaje para tratar de conseguir algo de oro.

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Es una realidad que para ser leída necesita ser tomada con pinzas desde los extremos de todas sus complejidades, pero que en esencia, es el reflejo del abandono estatal que hace que el Chocó hoy, según el mismo Gobierno nacional, tenga el índice más alto de Necesidades Básicas Insatisfechas de Colombia con el 79.1%.

"Un negro sin su oro no vale na"

       La relación del pueblo afrocolombiano con el oro es tan antigua que de hecho explica el origen de su presencia en el Chocó. Después de que los colonizadores europeos esclavizaron y casi exterminaron a los nativos, necesitaron de un pueblo que conociera el trabajo con el metal y fuera resistente a los trabajos físicos. Desde entonces los negros y el oro están unidos en el Pacífico colombiano, construyendo un conjunto de prácticas económicas y culturales que se amalgamaron con el entorno en una relación que hace que el oro sea imposible de separar de este pueblo.

       El uso del mercurio en la explotación del oro no es tan antiguo como esta relación, pero aún así completa casi un siglo y se relaciona con la llegada de la Compañía minera Chocó Pacífico en 1916. A través del tiempo ha generado consecuencias evidentes en su dinámica, recrudecidas en las últimas décadas con el incremento de la minería catalogada como ilegal por las autoridades. Los impactos ambientales del mercurio en el medio ambiente no solo han afectado el ecosistema en diferentes etapas, sino que han interrumpido las dinámicas de otras actividades como la pesca y la agricultura, y con ellas, la transmisión de saberes y prácticas culturales.

       Así como los chocoanos no se conciben sin sus ríos, tampoco lo hacen sin los valores estéticos, culturales y económicos que le dan al oro, “usted ve un negro con una cosa amarillita que le resalta mucho, o una alhaja en plata, eso resalta muy bonito. Por tradición, por lo mágico-religioso, dicen que un metal en el cuerpo aleja las malas energías… el negro aprende a trabajar el oro, lo conoce y tiene afinidad con él” Expresa Henry Valoyes, un joyero tradicional de Quibdó, mientras manipula una pieza de oro en su taller.

       Este tipo de significados otorgados al oro desde la tradición se suman a la explicación de prácticas tan antiguas como los alabados, que surgen, según Fulvia Ruíz, en medio de ambientes mineros, “la minería no es solo venir a trabajar acá, eso viene de nuestros ancestros. A los esclavos los ponían a trabajar, y ellos,  para poder ‘desfogar’ su corazón, cantaban; de ahí viene el canto”. El cambio en las prácticas mineras tradicionales, amenazadas por su poca productividad en comparación a la minería mecanizada, ponen en riesgo la transmisión de los saberes ancestrales.

       Además, los mineros llegados de otros países como Brasil y de otras regiones como Antioquia y Nariño, entran a las comunidades con un sistema de valores que choca con el local y amenaza su permanencia, así lo explica Jorge Perea un líder minero de Condoto, “nosotros tenemos una institución que se llama el ‘tío tía’. Como eran mineros ancestrales, cuando la gente se iba para las minas, en la casa quedaba un mayor. Casi siempre era una mujer que se encargaba de la mayoría de los muchachos de la comunidad, por lo que todo el mundo le decía tío o tía.

       Así no exista una relación sanguínea, por cultura y respeto es mi tía o mi tío. Y ese tío o tía sentía una responsabilidad y una obligación de cuidar y proteger ese niño o niña­­. Esa institución se va perdiendo culturalmente y son las barreras de protección cultural que tenemos, porque en la comunidad todo el mundo se siente comprometido con el otro. Todos nos conocemos, todos nos queremos. Eso, cuando llega la gente nueva que es de otra cultura, impacta.” Alexis Castro Arriaga, uno de los investigadores de Codechocó, dice que “estos procesos mineros tienen un componente social fuerte. Tradicionalmente la minería es un asunto de familias o de grupos grandes que tienen algún tipo de relación interpersonal. Al entrar estos nuevos tipos de minería, con extranjeros, las unidades solidarias se empezaron a romper. También se genera un problema social que siempre termina en violencia”.

       Además de la pérdida de las estructuras sociales tradicionales, la entrada de los barequeros a otros sistemas de explotación trae unos riesgos sobre los cuales la Dra. Mabel Torres, docente investigadora de la Universidad Tecnológica del Chocó, dice que “nosotros tradicionalmente tenemos una minería donde participa la familia, inclusive si el papá o la mamá se iban al río, el niño también lo hacía. Pero ahora con toda la dificultad que tienen las familias para mantenerse y sostener la integridad familiar, muchas mujeres se han tenido que meter a la minería, expuestas a enfermedades.

       También es un tema que está relacionado con prostitución porque ahí en ese medio es donde está la gente que se supone que tiene dinero por el oro. Además, hay otra problemática social y es que las mujeres se tienen que ir de su casa, dejar a sus hijos solos con gente que no conoce nuestras dinámicas y que no sabe nuestra cultura. Si realmente la minería que se está haciendo ahora fuera la solución económica para el Chocó, el Chocó no tendría por qué estar en la situación en la que está”.

      Las formas de minería implementadas en la zona comenzaron a ser más atractivas para los locales, pues arrojaban mayores valores de oro en el aprovechamiento, pero en el largo plazo, no resultaron tan productivas y significaron la disminución de la agricultura y la pesca, como también lo explica Arriaga: “La gente empezó a ver que el trabajador de esa manera ya no iba a sacar oro en gramos, sino que iba a sacar oro en libras. Eso también elevó la controversia, porque estábamos produciendo bastante, pero llegó un momento, como sucede en casi todos los procesos mineros en Colombia, que el brasileño se fue y se llevó su plata. Se llevó el oro y aquí nos dejó el problema. El minero era una persona preocupada porque sabía que de todas maneras vivía ahí y alternaba, hacía ciclos: ciclos de minería y ciclos de cultivo. Sabía que no podía dañar de manera permanente porque cuando no estaba sacando oro, estaba cultivando. Ahora con la llegada de estas nuevas formas de producción eso se rompió y ahora eso es: destruya, saque, lave y lave hasta que llega el momento en que ya no encuentra nada.” Este cambio sucedió de una manera abrupta y aunque convivió en paralelo con la minería artesanal que hoy sobrevive en menor escala, terminó por reducir todas las demás prácticas económicas en el territorio. Los chocoanos preferían un trabajo de menor esfuerzo y dedicación en el tiempo, con rentabilidades económicas que luego les permitiera comprar el alimento que antes sembraban.

       Lazer Mosquera, un minero de espalda ancha y mirada noble, que pasa sus días en una tienda de variedades donde ya casi nadie compra en Playa de Oro, explica la situación: “Bueno, en un tiempo con la explotación del oro fue un impacto que nos vino a nosotros como ‘una hora de llegada’, porque de verdad por aquí no se conocía la minería de maquinarias pesadas. Pero cuando llegaron, fue un impacto muy grande porque en un momento dado nos daba mucha plata y entonces por ese medio fuimos abandonando la agricultura. Cambió la forma de vivir, sí señor. Y ahora en este medio que estamos, el gobierno ha venido achicando y apretando la minería.

       Al llegar a Quibdó la gente vivía en su parcela y salía los sábados y domingos a los pueblos a mercar. Así nos mantuvimos mucho en el campo, surtíamos al municipio de Tadó con plátano, banano, chontaduro, cerdo, ñame. Había gente por toda la orilla de los ríos o carreteras. Estábamos en el campo y teníamos el pescado, la guagüita, el venadito, el cerdo, la gallina, el huevo, todo eso… Pero con la minería se acabó todo. Comenzaron a trabajar aquí echando todos los descargues a los ríos, eso tapó las cuevas y los pescados se quedaron sin dónde vivir.

       Cuando nosotros estábamos muchachos no pensábamos en comernos un plátano porque preferíamos coger un anzuelo, la atarraya e ir al río a coger un pescado; pero hoy en día no podemos. Mire estos pueblos, mire cómo están, solos. En un tiempo cuando estaba la minería, usted llegaba por estos pueblos y usted no sabía cuándo era domingo, cuándo era sábado, cuándo un día entre semana; eso era parejo y mire hoy en día como está. Ahora da mucho miedo comerse un pescado. Ya uno no puede estar tomando agua de los caños que iban por estos caminos.

Uno se iba hasta Tadó a pie y donde le daba a uno sed, cogía una hoja y tomaba agua ahí, hoy en día no lo podemos hacer por miedo al mercurio”.

        En medio de estos cambios, el minero tradicional o barequero ha tenido que enfrentarse a la realidad del mercurio desde el desconocimiento. Las entidades como Codechocó, empezaron tarde y con poca fuerza, la educación necesaria para entender los impactos. Los barequeros y dueños de terrenos hoy solo pueden ver la realidad en una suerte de lamentación porque con sus recursos poco o nada les queda por hacer.

 

        Marino Sánchez, otro minero de Playa de Oro, se detiene un momento a explicar con orgullo por que prefiere que le digan barequero y no minero, como evitando que se le relacione con las prácticas que reprocha, “la diferencia es que, por ejemplo, yo soy barequero, yo espero a que los mineros destapen y luego voy con mi batea a barequear, a raspar, a sacar mi grano de ahí́. El minero es el que tiene su entable. Ahora ha habido un cambio el verraco, porque había minas a donde usted iba y en menos de una hora hacía tres castellanos y vaya ahora a ver qué consigue… azogue. Yo siento que la minería dio un impacto malo, porque había dueños de tierras que le arrendaban al minero y cogían el porcentaje. Hoy en día están peor que uno y con tierra mala que no sirve para nada. Donde el azogue pasa, tiene que esperar cinco o diez años para que crezca una mata por ahí.”

 

       El chocoano en general siente orgullo de su origen minero y lo manifiesta, pero cambia de semblante cuando se le pregunta por retroexcavadoras, dragas o mercurio. Aunque muchos reconocen haber trabajado o tenido contacto con el mercurio en algún momento, las versiones a veces son contradictorias y cambian si la grabadora está apagada, el trabajo con el oro que los exalta se oscurece y los avergüenza cuando es relacionado con el azogue.

 

       En medio de un camino marcado por pozos tóxicos de antiguas minas abandonadas, hay una finca que parece un oasis, allí el profesor pensionado, Denis Torres, ha desarrollado una experiencia de recuperación de su terreno después de la minería, “en este terreno se hacía piscicultura, pero desafortunadamente sufrí un secuestro por la guerrilla y tuve que meterle minería. Lo hice por fuerza mayor, porque no tenía recursos para pagar las deudas del secuestro y otros compromisos que había adquirido antes. Yo lo iba a trabajar a porcentaje, me daban el 20% libre. Hicimos un contrato, un convenio para que trabajaran sin mercurio y a la vez me replanaban el terreno, eso se cumplió. Cuando no se usa el mercurio, se usan plantas de nuestra región, como guácimo, yarumo y escoba boa, como le dicen vulgarmente, eso da una espuma que se adhiere a la arena y ayuda a separar el oro de la arena. Es decir, cumple la misma función del mercurio, lo único es que no compacta el oro, pero si permite la separación de la arena, del platino, y del oro con el platino y además sin los impactos”.

 

       La compañía minera Chocó Pacífico funcionó con sede principal en la población de Andagoya, pero distribuyó sus dragas, según los pobladores las primeras que vio el Chocó, a través de todo el Río San Juan y sus afluentes. Esta minería legal funcionó en una especie de concesión entregada por el Estado pero con administración extranjera hasta principios de los años 80, y en ese momento entró en un estado de liquidación que se tranzó a través de los años con varios cambios de nombre y administradores. Entre los últimos aparecen los nombres de figuras reconocidas de la política nacional como el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

 

        Entre todo y bajo una permisividad del Estado, la Chocó Pacífico siempre trabajó con mercurio y dejó en Andagoya una generación de mineros que se desligaron de la minería tradicional para ser obreros casi de por vida en las dragas y talleres de la compañía, allí al lado y lado del río Condoto, sobreviven algunos pensionados, como es el caso de Manuel Mendoza, que cuenta su experiencia: “Me ponían a manipular el mercurio, y el mercurio es muy peligroso. No me daban guantes ni nada, yo me puse flaco. El mercurio es un metal tan pesado que atrapa todo lo que es oro. Entonces ellos les echaban a esos canalones ese mercurio y cuando uno iba a lavar y sacaba esa cantidad de oro, había que exprimirle ese mercurio, y todo me tocaba a mí, así́ a mano. Y después de eso me mandaron a fundir metal. Se  quemaba el mercurio y ese vapor, y el mismo mercurio, son muy malos. Yo me vi bastante mal con eso. Hace varios años me hicieron un examen y descubrieron que tenía un poquito de mercurio en el cuerpo todavía.

 

       A estas alturas, después de veinte y pico de años de pensionado, todavía siento dolor acá en estas partes (se señala los riñones). Creo que algo de mercurio se me quedó”.

 

       En todas las formas de minería, tradicional, legal o ilegal, se reconoce ese anhelo por el oro que es evidente en la mirada de los chocoanos. El mercurio aparece como un invasor, para muchos un mal necesario, para otros solo un mal, un mal reemplazable, una imposición que se hizo inevitable, pero todos los mineros reconocen su perjuicio y de alguna manera, como quemándolo con el pensamiento, tratan de separarlo del oro anhelado cuando hablan del oficio minero.

La voracidad con que la minería mecanizada permitió la explotación aurífera, es recordada en el tiempo como una época dorada que pasó más rápido de lo que pudieron percibir y hoy el oro está lejos en el panorama.

       La sensación del chocoano es la de haber vivido al diario. Los ganadores, extranjeros en su mayoría, ya no están para contemplar cómo el territorio se hunde en el tiempo que pasa lento entre el desempleo y el hambre. Fulvia, la cantadora de alabados, comparte su visión de barequera, “trabajar la mina sin contaminación es muy sabroso porque a usted no le da nada. Los que trabajan con ese azogue, creo, se enferman porque les coge tembladera en la manos. El azogue es un metal muy pesado. Es blanquito pero muy pesado. Hay gente que ya se ha muerto por eso. Porque han trabajado con mercurio. Hay un señor que todavía está vivo, pero usted lo ve temblando, ya no puede, pobrecito, ya ni camina bien. Las manos con tembladera tocaban ese azogue. Cuando era la empresa minera del Chocó, si uno sacaba oro se tenía que ir. Venía gente de otra parte, los gringos y todo eso. Ya se fueron, por eso hay una canción de los mineros, una canción que dice:

Andagoya que en tu tiempo pasado fue rico,
su riqueza fue grande admiración,
que trajeron a muchos viajeros de otros países
y ahora estamos sufriendo en la ruina por todos aquellos.
La empresa tuvo en manos los obreros y ellos no supieron de administración,
y ahora con el nuevo gobierno la estamos pasando un poco peor.
Andagoya que su tiempo pasado fue rico,
su riqueza fue grande admiración
y trajeron a muchos viajeros de otros países
y ahora estamos sufriendo en la ruina por todos aquellos.
Llegaron a nuestra tierra
se apoderaron de ella,
se fueron con su riqueza
y luego nos dejaron a nosotros
sucumbidos en la pobreza…
Andagoya”.